La historia de un viaje familiar en moto por los Andes peruanos

La historia de un viaje familiar en moto por los Andes peruanos

Crónica de una aventura en dos ruedas con padre, madre e hijos a bordo. 

Viaje en moto

Gonzalo Bueno Angulo viajó con su familia por los Andes peruanos en moto. Esta es su historia.

Foto:

Mateo Bueno

Por: Gonzalo Bueno Angulo
19 de marzo 2019 , 06:13 p.m.

Los viajeros vivimos de los recuerdos. Cada viaje en moto nos deja muchas experiencias, muchas sensaciones que no se olvidan fácilmente. Los paisajes, los olores, la gente sencilla y sabia del camino que nos indica por dónde ir, qué comer, en dónde pernoctar. Cuando nos llegan los años y miramos para atrás, los recuerdos nos llevan inmediatamente a planear el siguiente viaje, pensando que cualquiera de éstas travesías puede ser la última que nos corresponda hacer en la vida.

Es muy importante compartir estos gustos y esta forma de vida con su pareja. “Amar no es solo mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección” decía Saint-Exupéry. Y así, conversando, arranca la planeación de una ruta.

Como es natural, la fiebre motociclista se lleva en la sangre y es lógico que ese ADN pueda llegar a los hijos. En mi caso particular, el 50 por ciento (dos de los cuatro herederos) son pilotos de moto. Las otras dos solo disfrutan de 'pato'. Hemos salido muchas veces, pero por cosas del destino, como los pilotos no viven en la misma ciudad, nunca habíamos tenido la oportunidad de hacer un viaje todos juntos. Y así fue como decidimos no aplazarlo más y salir a buscar los Andes peruanos en diciembre pasado, organizando una travesía que llamamos 'Ruta Andina 2018'.

Mi hija Catalina, 28 años, conduce una Royal Enfield Himalayan, de 411 cc. A pesar de tener muchos kilómetros conmigo acompañándome atrás, su experiencia como piloto era muy corta. Solo tenía 5.000 kilómetros de recorrido en su moto, pero ella se lanzó, sin dudarlo, a una aventura internacional de mas del doble.

Mi hijo Mateo, 37 años, se acomoda muy bien en una BMW F800GS y tiene vasta experiencia en viajes y buena práctica de Enduro. Mi señora Gabriela y éste cronista, sin confesar las edades, salimos en una Honda África Twin de 1.000 cc. En Lima, para el recorrido al sur del Perú, se nos unió Rachel, la novia de Mateo, conformando el equipo de los 5 viajeros, de la misma familia, recorriendo los andes peruanos.

Viaje en moto

No sin dificultad y riesgos en su camino, la familia llegó a Machu Picchu.

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Mateo Bueno

La preparación del viaje, como siempre, es un proceso largo que comienza unos meses antes de la partida. Llantas Heidenau nuevas, pastillas de freno, maletas metálicas, aceites, filtros… Simultáneamente vamos planeando la ruta y los lugares “imperdibles” que queremos visitar.

Salimos al Ecuador por Mocoa, en el Putumayo. Es la mejor ruta, pues a diferencia del paso por Ipiales, éste lugar es muy descongestionado. No es que les falte el trabajo en el puesto de control, pero es un paso de frontera con menos tráfico automotor, menos turistas, menos caminantes e inmigrantes en largas filas, como se ven en el otro lado.

El Hotel Dantayaco, a la entrada de las cascadas del Fin del Mundo, en Mocoa, nos recibió después de una larga jornada de 15 horas, desde Bogotá, con lluvia en las últimas 3 horas. Esa primera etapa siempre es la más dura, pues el cuerpo apenas está empezando a acostumbrarse a las rutinas de largos periodos sobre la moto, que a veces son de dos horas o más.

Con la ropa aun húmeda cruzamos la frontera y en el segundo día, en otra jornada intensa pero no tan larga, llegamos a Quito. Pasamos a la carrera por esta capital, continuando a Cuenca por la cordillera. Buenas y elevadas carreteras, con algo de neblina, muy agradables de conducir. Algunos pocos picos nevados nos iban distrayendo, como el Cotopaxi, haciendo mas corta la jornada.

En Cuenca, hermosa ciudad colonial, nos dimos un primer día de descanso, recorriéndola por todo lado, escogiendo de su reconocida gastronomía unos buenos restaurantes. A continuación, nos dirigimos también un paso de frontera entre Ecuador y Perú poco concurrido, llamado El Alamor. Como pueden ver, realmente no le dedicamos al Ecuador el tiempo que se merece, pues lo cruzamos muy rápidamente. Hay muchos lugares espectaculares por visitar en ese país, volcanes, ríos, nevados, lagunas, que quedaron en la lista de espera para un próximo viaje.

Viaje en moto

Aunque no tenía mucha experiencia, la hija de Gonzalo se enfrentó de manera temeraria al camino.

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Mateo Bueno

Al entrar a Perú empieza inmediatamente el desierto y con él, las basuras… Es impresionante el mal manejo de los residuos que le han dado en los últimos años. Si bien parece que han ido cambiando la mentalidad poco a poco, el desierto no miente. No esconde nada. Los plásticos y papeles y toda clase de porquerías están ahí, a la vista de todo el mundo. Muchas veces los olores inmundos nos llegaban directamente, metiéndose dentro del casco y nos hacían peligrar en la conducción.

Es todo un contraste, pues al mismo tiempo se mitiga el desagrado con el placer de llevar esas motos con tranquilidad por buenas carreteras, con la belleza que presentan las altas dunas que se pierden en el horizonte contra la cordillera, por un lado, y con los hermosos recovecos marinos y playas que se asoman por el otro.

Sin embargo, cuando se completan 700 kms por la ruta Panamericana, en el Perú, con rectas interminables y desiertos y mas desiertos, se siente la monotonía. Esa es la hora de cambiar y de desprenderse del mar por unos días.

A la altura de Santa/Chimbote, cruzamos al oriente a buscar las montañas de nuevo. Por el legendario y mítico cañón del Pato subimos hasta Caraz. Es una carretera muy angosta, considerada una de las vías de más alto riesgo en el mundo; por eso mismo, es un destino obligado del motociclismo. Hace unos años la recorrí y estaba sin asfalto. Cuando se dice angosta, es angosta de verdad, verdad. Muchos años atrás era una vía del ferrocarril por donde se llevaban las mercancías desde Chimbote hacia el “Callejón del Huaylas” y viceversa.

Sinceramente creo que el reciente pavimento y sus 43 túneles de tren estrechos la vuelven más peligrosa aún, pues aumenta la velocidad promedio de los vehículos. Este nombrado callejón es un valle profundo, por donde discurre el río Santa, de sur a norte, entre dos cadenas montañosas.

Al oriente, con picos que superan los 5.000 metros sobre el nivel del mar (m. s. n. m.), muchos de ellos nevados, está la cordillera Blanca. Al Occidente, con montañas y picos mas bajos y sin nieve, se encuentra la cordillera Negra.

En el Callejón están varios pueblos, muy cerca unos de otros, como Caraz, Yungay, Carhuaz y Huaraz. El reto de los viajeros de aventura, a pie, en bicicleta de montaña, en moto o en vehículos 4x4, es subir la cordillera Blanca y cruzar en ella el Parque Nacional de Huascarán, por diferentes puntos.

Nosotros nos desviamos en Yungay, por una carretera destapada que en las cumbres, llegando a los 5.000 msnm, se convierten en trochas resbalosas con correntíos de agua rodando al medio y piedra suelta. El esfuerzo que esto implica, con poco oxígeno y algo de soroche, con el peso de la moto cargada y con la señora de 'pato', se compensa una infinidad de veces con la belleza del paisaje. Los picos nevados aparecen y desaparecen con el movimiento de las nubes.

Llegar a las famosas Lagunas de Llanganuco, por ejemplo, es una trampa total. De un azul turquesa alucinante, que simplemente embelesan y dejan boquiabierto hasta al mas serio, hacen que uno pueda pasar horas contemplándolas: simplemente el impactante paisaje no deja avanzar.

El resultado fue que, de los 240 kilómetros que teníamos planeados hacer en ese día no completamos ni la mitad. Nos cogió la noche al otro lado de la Cordillera Blanca y tuvimos que improvisar un albergue en Chacas. Y valió la pena, pues seguir de noche sería perder el esfuerzo de haber llegado hasta allá.

El cruce de regreso, algo más fácil pues hay asfalto, es igualmente extraordinario. En la cima, se pasa por el túnel de carretera mas alto del mundo, llamado la Punta Olímpica con algo mas de 4.800 m. s. n. m. En el camino se aprecian muchos otros picos nevados, entre ellos, el famoso nevado Huascarán, que da nombre al parque. Es un bloque macizo conformado por dos cumbres nevadas pegadas. Una de ellas, con mas de 6.700 msnm es el monte más alto del Perú.

Estando ahí, no importa si no se respira bien. No hace ningún efecto, ni daño, tampoco el frío de 2° C, ni la llovizna con granizo fino que congela hasta los huesos. La felicidad nos inunda. Ver a mis hijos en éstas circunstancias, acompañando al viejo en sus locuras, es muy satisfactorio. En especial, ver a Catalina aguantando con mucho coraje éstas dos jornadas, en particular, me llenó de orgullo. Es claro que hubo otras etapas muy duras, de muchos kilómetros o de mucho cansancio. Pero estas dos jornadas son de las mejores que tuvimos. Si está pensando en ir al Perú en moto, Huascarán debe ser su destino principal.

Continuamos después hacia Lima, bajando nuevamente a la Panamericana. Como ya mencioné, allí nos encontramos con Rachel, quien pasó a ser el 'pato' de Mateo para el tour del sur. Rachel es americana, vino de San Francisco y el primer día de su experiencia en moto con nosotros fue muy duro. Volvimos a la sierra, rumbo a Ayacucho. Y nuevamente bordeamos los cinco miles, con soroche, lluvia y granizo. Todos sufrimos en esta etapa, pero como es lógico, ella sufrió algo más… Sin embargo, en poco tiempo y con la ayuda del té de coca, nos fuimos aclimatando todos.

Viaje en moto

La altura puede jugar malas pasadas, así que es importante aclimatarse y tomar precauciones.

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Mateo Bueno


El recorrido por las cimas de los Andes es sui generis. A veces es un serrucho total, bajando a valles profundos de ríos caudalosos e inmediatamente subiendo de nuevo a los 3.500 o 4.000 m. s. n. m. En otros casos es común encontrar en esas alturas las llamadas altiplanicies: grandes extensiones de llanuras planas, con largos trayectos muy fríos sobre esas estepas paramunas. Nunca faltan los nevados para recordarnos donde estamos. Pasamos por Abancay, rumbo a Cuzco. Y de allí a Machu Picchu, metiéndonos en el mundo del turismo masivo, en contraste con la soledad de las altiplanicies.

Yo lo había visitado hace unos años, pero mis hijos no. Quedé un poco desilusionado con el manejo del lugar. Hoy éste patrimonio de la humanidad recibe 7.500 visitantes diarios, en tres turnos. A usted lo van empujando como ganado manso. Y todo a su alrededor es un negocio de precios exorbitantes que no se pueden eludir. El tren para llegar desde Cuzco o desde Ollantaytambo hasta el pueblo de Aguas Calientes, hoy llamado Machu Picchu, el bus para subir de allí a la entrada del Santuario Histórico, los servicios del parque, todos cobran precios que no se corresponden… En fin, también se puede llegar caminando, por varios días y no faltan los mochileros que así lo hacen.

Seguimos al sur, hasta Puno y nos adentramos al Lago Titicaca. Dormimos una noche en una de las islas flotantes, hechas por los locales Uros con la tradición indígena que manipula los juncos de esa planta que crece silvestre en el lago, llamada totora. Fue una experiencia interesante. El regreso se inició descendiendo por Arequipa y tomando la Panamericana nuevamente, ahora hacia Lima. Pasamos por Nazca, haciendo el vuelo sobre las famosas Líneas y por el oasis de Huacachina, también con su turismo masivo atraído por las dunas, sus recorridos en los buggies y los descensos en tablas de surf sobre la arena.

Viaje en moto

Fue una gran travesía para Gonzalo, quien logró viajar por primera vez con toda su familia.

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Mateo Bueno


En Lima nos reunimos un par de días con otra de mis hijas, María José, quien sin el ADN de piloto/moto, viaja en avión. Pero lo importante era estar en familia unos pocos días, al menos. Gabriela, Rachel y Maria José regresaron en avión desde Lima y quedamos solo los tres pilotos y sus máquinas.

El regreso siempre debe matizarse, para no sentirlo aburrido, si se tienen que recorrer los mismos lugares. Escogimos muchas rutas alternas, de arena y off road, que no solo nos sacaban de la rutina propia de la Panamericana, sino que fueron de las más divertidas, a pesar de los riesgos de resbalarse en la arena. Y en el Ecuador, escogimos el regreso por la Ruta del Pacífico, bordeando la costa. Entramos a Colombia por Ipiales y Pasto, en el desorden de una inmigración que ya sabíamos era desastrosa. Dimos una pasada por Popayán y Cali, sin dedicarles tampoco mucho tiempo al turismo, pues ya, después de 39 días, el deseo de llegar a casa a descansar de esta aventura es grande.

Las tres motos, de tres marcas distintas, se portaron muy bien. No tuvimos ni un solo inconveniente mecánico serio. Ni un solo pinchazo, lo cual es récord en 10.500 kms de recorrido total y cuando se viaja en moto, no tener que desmontar llanta es una dicha.

A todos aquellos que disfrutan sus motos en familia, les aconsejo un viaje largo. Únicamente con los suyos, sin amigos extras. Por más queridos que sean, ellos son para otro tipo de viajes. Hacerlo en familia es sin duda una muy buena experiencia

GONZALO BUENO ANGULO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO@ViajarET

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