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Marruecos, una antesala al paraíso
Caravana de camellos, Marruecos

Caravana de camellos sobre las dunas. Marruecos.

Foto:

Andrés Hurtado García

Marruecos, una antesala al paraíso

Los colombianos ya no necesitan visa para visitar este país de África, que deslumbra con su belleza.

“Abrieron las puertas del paraíso” fue el comentario de un amigo, enamorado como yo de Marruecos y que ha visitado el país en tres ocasiones y espera hacerlo más veces “hasta que la muerte nos separe”.

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Gracias a la bella embajadora del reino de Marruecos en Colombia, Loudaya Farida, los colombianos podremos entrar sin visa al fabuloso país que conjuga a la perfección el supremo encanto del exotismo, de la tradición y de la cultura ancestral de los magrebíes con el progreso y el empuje de sus modernas urbes.

Por este país pasaron los fenicios, los cartagineses y romanos. Gocé recorriendo las espléndidas ruinas de Volúbilis, ciudad romana fundada por Juba II, que estaba casado con Cleopatra Selene, que era hija de Marco Antonio y Cleopatra.

En el año 788, Idris ibn Abdala, descendiente del profeta por su hija Fátima, fundó la primera dinastía marroquí. Son seis hasta hoy, y las primeras las fundaron tribus procedentes del desierto que abogaban cada vez por mayor fervor en la práctica del islamismo. Estas son idrisíes, almoravides, almohades, meriníes, sadíes y alauitas, cuyo representante actual es el rey Mohamed VI.

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Marruecos es el país magrebí que salió mejor librado en la Primavera Árabe, gracias en parte a sus relaciones con Europa y a su larga presencia en España, donde dejó una importante huella en la cultura, arte y ciencia y en monumentos como la Torre del Oro y la Giralda de Sevilla. Uno de los mayores filósofos de la Edad Media fue el andalusí Averroes, que nació en Córdoba (España) y murió en Marrakech.

Los pintores se enamoran de Marruecos. Delacroix y Matisse y 473 artistas de 62 países que han pasado por Ifrit sostienen que la luz de Marruecos es mágica.

Puerto de Essaouira, Marruecos.

Foto:

Andrés Hurtado García

Los escritores también se han embelesado con este país. Peter Bowles y Juan Goytisolo allí se establecieron; en Tánger pasaron largas temporadas íconos de la generación beat norteamericana: William Burroughs y Allen Ginsberg. Y Saint-Exupéry iluminó a chicos y adultos del mundo con sus creaciones nacidas al sur del país en el Sahara español, que tras la independencia de Marruecos, en 1956, de Francia y España, pertenece a Marruecos.

Quizá las dos máximas emociones en Marruecos residan en el recorrido de las medinas y en la ruta de las cien kasbahs que termina en el desierto.

Las medinas son los barrios tradicionales de las ciudades marroquíes. Recorrerlas, rendirse a su encanto, dejarse llevar por su universo de colores y olores, entretenerse en el contacto con los comerciantes y sus negocios es un placer único y memorable. En las medinas, laberintos de centenares de callejuelas atestadas de negocios, el visitante puede conseguir todas las artesanías y regalos que el exquisito comercio árabe ofrece.

Allí el regateo, costumbre tradicional, es un tire y afloje cordial. Las ciudades de Marruecos tienen su medina. Las principales son Fez, Meknes, Rabat, Marrakech, Casablanca y Tánger. Todas me encantan, pero la de Fez me emociona por encima de todas. Alberga 300 barrios, medio millón de habitantes, 9.000 callejuelas y es la más grande del mundo.

Un país para contar historias

Todas las ciudades de Marruecos merecen largas visitas. Siempre me detengo en dos: Casablanca y Marrakech. La primera está inscrita en la historia y en el imaginario del mundo. En la historia, porque allí en 1943 se reunieron Franklin Delano Roosevelt, Charles de Gaulle y Winston Churchill y sellaron el final de la Segunda Guerra Mundial.

En el imaginario, porque Casablanca es el nombre de una de las películas más famosas de la filmografía mundial. En ella Humphrey Bogart e Ingrid Bergman huyen de los nazis. Para mí, Casablanca encierra un recuerdo memorable.

A un restaurante asistía Saint-Exupéry, el autor de El principito, y sobre una mesa dejó varios dibujos que luego aparecerían en el libro. Los fotografié porque los conservan enmarcados en las paredes.

Hasán II construyó en Casablanca una mezquita monumental, a orilla del mar, única en el mundo. El minarete mide 200 metros de altura, y el interior, 20.000 metros cuadrados; su sala de oración puede albergar 25.000 personas, y en la explanada exterior caben 80.000.

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Marrakech es la perla de Marruecos. La madrasa Ben Yusef y el Palacio de la Bahía son el summum de la belleza de la arquitectura árabe en cuestión de salones y artesonados. La medina mide 600 hectáreas, y la muralla que la rodea, 19 kilómetros.

El modisto Yves Saint Laurent vivió en Marrakech y allí murió. Dejó a la ciudad los Jardines Majorelle, espléndido palacete de fuentes y jardines de palmeras y gran variedad de cactus de las más extrañas formas.

Mezquita de Hassan II en Casablanca, Marruecos

Foto:

Andrés Hurtado García

Quizás el encanto mayor para los turistas en Marrakech sea su afamada plaza, única en el mundo, Jema-el Fna, patrimonio de la humanidad.

La ciudad es la entrada del desierto, y la plaza es un resumen del mundo de los nómadas bereberes del desierto: sus cantos, sus espectáculos, sus artesanías, sus encantadores de animales, sus cuentistas, sus negociantes de toda clase de cachivaches, sus aguateros, las mujeres que hacen tatuajes, los vendedores de dátiles y de deliciosos jugos de frutas... Por la noche la plaza se llena de tenderetes que ofrecen la comida tradicional.

En un ángulo de la plaza se encuentra la bellísima mezquita la Koutubia, que sirvió de modelo para la Giralda de Sevilla.

La máxima emoción en Marruecos es recorrer la carretera de las cien kasbahs, que termina en el desierto. Las kasbahs son enormes fortificaciones de origen bereber donde todo el vecindario se protegía de los enemigos y de las inclemencias del tiempo. Su estampa es de impresionante belleza y transporta a mundos de épicas aventuras.

Salimos de Marrakech y subimos a la cordillera del Atlas, que traviesa de norte a sur casi todo el país, para luego adentrarnos en las llanuras que nos van introduciendo poco a poco en el desierto. Los paisajes son de adusta belleza: montañas rocosas, grandes barrancos, hermosos pueblos metidos en el corazón de los oasis de palmeras datileras.

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La primera kasbah y la más bella de todas es la de Ait Ben Haddou, cercana a los estudios Atlas. Escenas de las más grandes producciones se han filmado aquí. Estas son algunas de una veintena: Alejandro Magno, Juego de tronos, los Diez Mandamientos, Lawrence de Arabia, Gladiador, Kundum, La joya del Nilo, La guerra de las galaxias, La última tentación de Cristo, 007: Amanecer viviente y La momia.

Montar en camello en la inmensa soledad de las dunas de Erg Chebig, las más celebradas del Sahara; dormir en una jaima y embelesarse contemplando el cielo más limpio del planeta es el placer supremo al que un amante de la Tierra puede aspirar.
De Marruecos se regresa con el corazón renovado y el espíritu fortalecido. Para muchos viajeros, Marruecos es la antesala del paraíso.

Si usted va...
  1. Para llegar a Marruecos hay vuelo hacia Madrid u otras ciudades de Europa, desde donde se conecta con ese país.
  2. Si quiere tener una experiencia más vívida, puede viajar por tierra desde España atravesando el estrecho de Gibraltar.
  3. La moneda es el dírham. Un euro equivale a 10.76 dírhams marroquíes.
  4. Hay hoteles excelentes y a buenos precios.
  5. Es importante ser muy respetuoso con la religión y las costumbres del Islam.
  6. En Marruecos mucha gente habla o entiende el castellano.

Andrés Hurtado García
Para EL TIEMPO

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