Ciudad Perdida: los riesgos de un paraíso nacional

Ciudad Perdida: los riesgos de un paraíso nacional

La calidad de los servicios que reciben los visitantes ponen en riesgo el potencial de este destino.

Ciudad Perdida

Ciudad Perdida brota en los confines de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Foto:

ANA MARÍA GARCÍA Y JOSÉ A. MOJICA

02 de agosto 2018 , 03:53 p.m.

En febrero pasado, CNN Travel recomendó Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta, como sustituta de Machu Picchu. Esa maravilla peruana la incluyó en su lista de 12 destinos para evitar en 2018, pues “es visitado por 5.000 personas al día, doblando el número recomendado por la Unesco”.

Tony Wheeler, fundador de la prestigiosa guía de viajes Lonely Planet, escribió sobre este mismo tesoro arqueológico colombiano: “Olvídate del Machu Picchu peruano. Esta es la mayor ciudad antigua de América del Sur, y... ¡está realmente perdida! El hecho de que para visitarla haya que caminar durante varios días a través de la jungla garantiza que siga así de perdida”.

Así es la travesía a ciudad perdida (Especial: Destinos de la esperanza)

Está claro. Ciudad Perdida –o Teyuna, su nombre ancestral– es una de las apuestas turísticas más interesantes y exitosas de los últimos tiempos. Una travesía de varios días entre selvas y ríos –en medio de la belleza exuberante de la Sierra Nevada de Santa Marta– que ha sido catalogada como uno de los mejores trekkings (o recorridos a pie) del mundo.


Pero no todo es belleza. Preocupan la seguridad, los alojamientos y la carga de turistas que recibe el lugar de manera vertiginosa. Eso, entre otros aspectos que ponen en riesgo la sostenibilidad del destino, del que viven cientos de familias indígenas y campesinas que trabajan en la cadena turística.

Esta es la mayor ciudad antigua de América del Sur, y... ¡está realmente perdida!

En el 2008, tan solo 1.000 turistas llegaron a este asentamiento de los indígenas tayronas, construido en el siglo VII, abandonado a finales del XVI y descubierto en 1976 tras permanecer oculto bajo la selva más de 400 años.

Y en el 2017, según datos del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), más de 23.000 personas, de 85 nacionalidades, recorrieron este parque arqueológico. Y, según todas las previsiones de expertos nacionales e internacionales, que ya lo consideran uno de los grandes destinos de Suramérica, los números seguirán creciendo.

Fue en el 2013 cuando subí y bajé por primera vez a Ciudad Perdida, tras cinco días de interminables y agotadoras caminatas. Fui con Paco Nadal, reconocido periodista de viajes del diario El País de España. Lo volví a hacer el año pasado al frente de un grupo de turistas españoles, y otra vez hace no más de un mes.

No sobra contarles que soy una periodista y viajera española viviendo en Colombia. Desde hace siete años no he parado de viajar por todo el país. Conozco 30 de sus 32 departamentos, que he fotografiado y sobre los que he escrito y publicado crónicas y guías de viajes. Y sigo pensando que este poblado indígena, en el corazón de la sierra, a 1.300 metros de altitud y en el que vivieron en 33 hectáreas más de 2.500 indígenas, es uno de los rincones más fascinantes del que ya es mi país de adopción. Y es, sin duda, una de las mejores apuestas turísticas de Colombia.

Pero hay mucho por mejorar. En mi último viaje, tras bajar los más de 1.200 resbalosos y pequeños escalones que suben a Ciudad Perdida, el río Buritaca consiguió asustarme. El día anterior llovió más de nueve horas seguidas y el río creció peligrosamente, sin dejar otra opción que cruzarlo con el agua hasta arriba de la cintura.

Afortunadamente nos acompañaba Beto Montero, uno de los guías más experimentados, quien nos aseguró con mosquetones a la cuerda que cruzaba el torrente. Pero, ¿cómo hicieron los otros turistas? A muchos no les quedó otra que atravesar el caudaloso Buritaca sin estar asegurados, dependiendo de su fuerza para agarrar la cuerda y evitar ser llevados por el río, que como los más de treinta que cruzan la Sierra Nevada, allí arriba no se anda con tonterías.

¿Estamos esperando que alguien muera para construir la tarabita o el puente colgante tantas veces reclamados y evitar el cruce del río a pie en este peligroso punto? ¿Es suficiente el entrenamiento ofrecido por el Sena a los guías para una travesía tan exigente y complicada?

De quién depende la seguridad del camino: ¿solo de las empresas turísticas que organizan la excursión, de los guías? ¿No es acaso un tema que les compete tanto al gobierno regional como al nacional para que tomen medidas contundentes?

Ciertamente, en los últimos años, la seguridad en la travesía ha mejorado. Las empresas han invertido en entrenamiento para sus guías, en seguros para los turistas, y los campamentos cuentan con equipos de rescate. Pero no es suficiente.
Los accidentes más graves han requerido de evacuación en helicóptero. Pero eso depende de la disponibilidad del Ejército y la Policía Nacional, que han colaborado con los traslados, generosamente, cuando han podido.

Ciudad Perdida

En el 2008 fueron solo 1.000 los visitantes que recibió Ciudad Perdida. Y en el 2017, según datos del Icanh, más de 23.000 personas, de 85 nacionalidades, recorrieron el parque.

Foto:

Ana María García y José A. Mojica

Lo ideal sería que el seguro que los turistas obtienen al pagar la excursión incluyera el rescate aéreo, pero las aseguradoras que operan en Colombia y cubren este tipo de actividades no lo contemplan.

El español Miguel Ángel Román subió a Ciudad Perdida en agosto del pasado año. “Primero que todo, debo decir que es un trekking impresionante: paisajes espectaculares y vírgenes. Y llegar a Ciudad Perdida es una sensación de triunfo, de orgullo, de resistencia. Una de las experiencias más importantes que he tenido en mi vida, que me ha servido de inspiración en mi lucha contra el cáncer”.

Una de las cosas que más preocupó al viajero fue la seguridad. “Deberían existir algunos sitios en la ruta donde pudieran aterrizar helicópteros porque un accidente grave puede convertirse en una auténtica tragedia. Vi cómo evacuaban, en mula, a una turista con el brazo roto, propio de otros tiempos lejanos”.

Mucho por mejorar

Desde su descubrimiento fortuito por guaqueros a principios de los setenta –que llegaron a escarbarlo todo buscando oro y otros tesoros–, el Icanh no ha dejado de velar por la protección de Ciudad Perdida y por su buena administración, a pesar de las vicisitudes de la violencia y de la falta de presupuesto para su mantenimiento.

Vale recordar que en estos territorios sagrados para koguis, wiwias, arhuacos y kankuamos –donde, según sus ancestros, palpita el corazón del mundo– corrió mucha sangre por cuenta de los grupos armados y de los cultivos de coca, hace un par de décadas.

Por su parte, los campesinos e indígenas, propietarios de los predios a lo largo del camino, también han puesto de su parte para la organización de la ruta. Lo mismo ha sucedido con las agencias que operan el destino y han implementado alojamientos, servicio de guías, transporte de alimentos y todo lo necesario para el viaje. Ha habido además apoyo de fondos internacionales. Pero mi percepción es que desde la primera vez que subí, hasta hoy, queda mucho por mejorar; eso, teniendo en cuenta, además, que el número de visitantes no para de crecer.

Para Shaida Olarte, directora del Instituto Distrital de Turismo de Santa Marta (Indetur), se necesita con urgencia un diagnóstico y una reglamentación clara del camino, que cumpla con los estándares internacionales.

“En eso vamos a trabajar, y me lo tomo como reto personal, ya que considero que este lugar es el verdadero valor turístico de la zona, por encima, incluso, de sus playas, que poco pueden competir con las de los países vecinos. Ciudad Perdida hace única a Santa Marta”.

La funcionaria indica que es necesario poner en marcha un plan de recuperación integral. “Planificamos o planificamos. No hay de otra. Y para eso, debemos mirar hacia afuera, copiar las buenas prácticas y evitar las malas”.

En este sentido, Javier Ancízar, coordinador del Icanh para Santa Marta y el Caribe, señala: “Nosotros no tenemos autoridad en el camino porque las tierras y los campamentos son de propiedad privada; pero está claro que se necesitan decisiones urgentes, asumir entre todos responsabilidades y poner en marcha las inversiones necesarias”.

Un ente regulador en el que estén representadas todas las partes implicadas es lo que propone Diana Mejía, guardaparque de Ciudad Perdida desde hace seis años. “Yo también soy una doliente del estado del camino y también quiero trabajar para su mejora”, asegura.

Los campamentos...

Otra de las grandes deficiencias de la ruta es el estado de los siete campamentos del camino, propiedad de familias campesinas e indígenas que, obviamente, lo hacen lo mejor que pueden.

Pero les falta la capacitación necesaria para mejorar su servicio. Hay carencias de higiene y saneamiento básico, de diseño, comodidad, manipulación de alimentos y manejo de residuos, problemas que fácilmente podrían subsanarse con líneas de crédito blandas y asesoría permanente destinadas a estos pequeños empresarios que luchan día a día por hacer lo mejor desde la soledad de la sierra.

Leydi Portillo, gerente de Guías y Baquianos, uno de los operadores, reconoce: “El punto más débil de todo el tour lo tenemos en las carencias de los alojamientos, y es de lo que más se quejan los turistas. Hay que mejorarlos, pero se necesita ayuda externa para poder hacerlo”.

Andrés Delgado, colombiano y director de la agencia Kaishi Travel, estuvo en Ciudad Perdida la Semana Santa pasada:

“Los alojamientos en el camino dejan mucho qué desear: las cocinas están sucias, hacen falta más baños, las camas huelen horrible porque en temporada alta, el mismo día que se va un turista llega otro. Cuando llueve, la ruta es un barrizal y las escaleras de subida y bajada al parque arqueológico son peligrosísimas, por lo resbalosas. Son las agencias que operan el destino las que deben invertir en mejorar el camino, es su responsabilidad”, considera.

Otro asunto que preocupa es la preservación. Santiago Giraldo, director de la Fundación ProSierra Nevada de Santa Marta, director para Latinoamérica de Global Heritage Fund (GHF), es antropólogo y uno de los investigadores que más saben del lugar. Ha trabajado desde el 2000 en Ciudad Perdida, mano a mano con el Icanh y las comunidades:

“En los últimos diez años, entre GHF y el instituto se ha invertido más de un millón y medio de dólares en conservación arqueológica y desarrollo comunitario, pero el proyecto finalizó. A todos nos preocupa de dónde va a salir el dinero a partir de ahora para todo lo que hay que hacer en los próximos años, teniendo en cuenta que el lugar es cada vez más visitado. Es claro que necesitamos que haya más disponibilidad de fondos del Estado colombiano”, dice.

Que todos cuidemos a Ciudad Perdida para que no se pierda nunca.

Toya Viudes
Para EL TIEMPO
Twitter: @colombiadeuna

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