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Una travesía por la historia y la naturaleza del Camino del Quindío
Camino del Quindío

Las vistas que ofrece son maravillosas, como esta de la parte más alta de la cordillera Central.

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Andrés Hurtado García

Una travesía por la historia y la naturaleza del Camino del Quindío

Las vistas que ofrece son maravillosas, como esta de la parte más alta de la cordillera Central.

Esta ruta, construida en tiempos prehispánicos, unía a Santafé y Quito. Es un deleite recorrerla.

El camino más importante de Colombia, desde antes del Descubrimiento, durante la Colonia y buena parte de la República, medía exactamente 20 leguas, 1.531 varas y 24 pulgadas, “de plaza a plaza”. En 1777, un acucioso señor de apellido Buenaventura lo midió y, de paso, descubrió la palma de cera, 20 años antes de que el sabio Humboldt hablara de ella.

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Este camino de herradura que habían hecho los indios en tiempos prehispánicos unía a Santafé con Quito pasando por Ibagué y Cartago. Con nuestras medidas de hoy son 98,449 kilómetros.

Descendía desde la Sabana hasta Honda, seguía por Mariquita a Ibagué y allí continuaba hasta Toche, donde se internaba en el sector más salvaje y peligroso que era remontar la cordillera Central para caer a Salento y continuar por Filandia hasta Cartago, donde empataba con el camino que venía de Antioquia hacia el sur. El camino proseguía por Buga, Cali, Popayán, Pasto y culminaba en Quito.

Era el Camino del Quindío, que recorrieron sabios como José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas, Juan Bautista Boussingault y Ernesto Rothlisberger, entre otros, y Bolívar, los patriotas y los realistas. Los contendientes en la guerra de los Mil Días también lo recorrieron, era el Camino Nacional.

Hubo otro camino que comunicaba a Bogotá con Quito y era el Camino de Guanacas en el Huila, menos transitado porque los feroces pijaos atacaban a menudo a los viajeros. Unía el valle del Magdalena con Timaná, La Plata y Popayán.

El penoso viaje de Humboldt

El río Toche, que pasa bajo este puente, rinde sus aguas al río Coello, que a su vez las deposita en el Anaime y este, al Bermellón. El viaje termina en el río Magdalena.

Foto:

Andrés Hurtado García

El primer blanco que intentó cruzar la cordillera y fracasó por la dureza de los elementos fue el capitán español Álvaro Mendoza.

Los científicos hablan de los animales que encontraron: jaguares, osos, venados, dantas, simios, serpientes, hormigas, variedad de pájaros y mariposas... El camino recorría todos los pisos térmicos entre Bogotá y Cartago y por eso se habla de animales de todas esas latitudes. Pedro Cieza de León se mostró especialmente maravillado ante las chuchas o zarigüeyas.

Hoy ese camino se ha convertido en una carreterita, cuyo recorrido es un verdadero deleite para el alma y para los sentidos. Yo la he transitado tres veces en compañía del conocido odontólogo de Armenia César Román y su niño Samuel, que es un enamorado de la naturaleza. Casi todo el trayecto lo hacemos a pie.

Libro en mano leyendo el relato del viaje de Humboldt vamos siguiendo los pasos del sabio por el Paso del Quindío, como llamó él al camino. Su travesía, efectuada entre el 30 de septiembre y el 13 de octubre de 1801, fue muy dura y llena de penalidades, a diferencia de la llevada a cabo por Charles Stuart Cochrane, la cual fue “un viaje feliz”.
La travesía de Humboldt ocurrió en un invierno feroz acompañado de frío, neblinas y lluvias que imposibilitaban los caminos.

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Entre 20 y 25 días duraba en esa época el viaje entre Ibagué y Cartago. En vehículo, saliendo de Salento (1.650 m. s. n. m.), se tardan 3 horas en llegar a Toche (2.000 m. s. n. m.). Ambos puntos, Salento y Toche, marcan el inicio y el fin del paso de la cordillera y se encuentran a 33 kilómetros de distancia. Y entre Toche e Ibagué, la distancia es de 17 kilómetros.

La parte más alta del camino, llamada La Línea y, en tiempos de Humboldt, “la garita del páramo”, se encuentra a 3.378 m. s. n. m. Hoy la carretera nacional que une a Ibagué con Armenia avanza paralela al Camino del Quindío y su punto más alto se llama también La Línea, y es igualmente la carretera principal de Colombia por unir los valles del Magdalena y del Cauca y enlazar al país con el puerto de Buenaventura.

En aquellos tiempos muchos viajeros cruzaban la cordillera montados en las sillas que llevaban los cargueros, labor tremendamente dura, especialmente, cuando el barro imposibilitaba los caminos.

Humboldt utilizó 12 bueyes y 5 cargueros y prefirió los bueyes porque estaban más adaptados que las mulas para los caminos del páramo. Como era la vía principal del país, se encontraba a menudo atestada en ambos sentidos y ceder el paso era un enorme problema para los bueyes, que entonces se salían del camino y arrojaban la carga entre matorrales. Los viajeros perdían sus zapatos agujereados por las púas de los guaduales en la zona baja del Quindío.

Un mar de palmas de cera

Palmas de cera, el árbol nacional de Colombia.

Foto:

Andrés Hurtado García

Nosotros salimos de Salento, y a medida que vamos ganando altura descubrimos paisajes de gran belleza sobre la cresta de la cordillera. El descenso a Toche depara al viajero uno de los más espectaculares paisajes de Colombia: tupidos bosques de palmas de cera tapizan la cordillera, como no los hay en Cocora ni en ninguna otra parte del país.

Se calculan 900.000 árboles. Nos detenemos en cada curva del camino para hacer fotografías. En alguno de mis viajes las palmas tenían fruto. Los miles y miles de racimos rojos descuellan entre el verde follaje de las palmas. La palma se llama científicamente Ceroxylon quindiuense.

La sola contemplación de estos bosques que “llegan hasta arañar el cielo”, como decía un campesino de la región, justifica un viaje por el Camino del Quindío. Las palmas pueden alcanzar 70 metros de altura y son únicas en el planeta. Nuestra palma se enorgullece de tres títulos: es la más alta del mundo, crece a mayor altura en el planeta (hasta los 3.200 m) y es nuestro árbol nacional.

Descendemos de la cordillera y llegamos al caserío de Toche. En la tienda principal donde almorzamos ya nos conocen.

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Dos ríos se juntan en el pueblo, el Toche y el Tochecito, que rinden sus aguas al Coello, y este al Anaime y este al Bermellón para terminar en el Magdalena.
Con el odontólogo César comentamos cómo serían los trabajos de los cargueros acomodando sobre los pacientes bueyes todos los trebejos de la civilización porque todos pasaron por allí, como lo cuenta Víctor Zuluaga Gómez en su libro El camino del Quindío y las guerras civiles.

Los mansos bueyes trasportaron desde pianos hasta ataúdes, pasando por camas, campanas y bancos de iglesias, cargas de café, maletas, vestidos, vajillas, machetes finos… Difícil imaginar a los bueyes cargando pianos y camas en la parte alta del camino, con las patas hundidas en el barro durante los inviernos.

Este Camino del Quindío, que lleva el nombre de mi departamento, contribuyó a forjar la unidad política del país recién nacido de la Independencia y fue clave en el progreso político, económico y cultural de Colombia. Volveré a recorrerlo, porque la visión de esos bosques de palmas de cera conmociona el alma.

Si usted va...

Partiendo de Armenia se visita Cocora, en Salento, con sus palmas de cera.

El carreteable hasta Toche mide 33 km y está en aceptables condiciones.

El viaje de ida y regreso puede hacerse en un día.

Desde Toche se puede salir hacia Cajamarca o Ibagué.

ANDRÉS HURTADO GARCÍA - PARA EL TIEMPO
En Twitter: @ViajarET

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