Recorrido por Barichara, uno de los pueblos más lindos de Colombia

Recorrido por Barichara, uno de los pueblos más lindos de Colombia

Planes recomendados para la Semana Mayor por uno de los pueblos patrimonios de Colombia.

Barichara

El pueblo está ubicado a 90 minutos de Bucaramanga y a 6 horas de Bogotá, por una carretera que se encuentra en perfecto estado.

Foto:

Diego Santacruz / EL TIEMPO

15 de marzo 2018 , 07:19 a.m.

Sobre una ondulante y árida meseta teñida de ocre y terracota, aferrado a la austeridad de la piedra a modo de escudo ante la embestida de la modernidad, existe un lugar en el corazón del departamento de Santander en donde las manecillas del reloj se mueven tan despacio que pareciera que fueran marcha atrás. Barichara, ‘tierra de descanso’ en lengua indígena, es pueblo patrimonio de Colombia y uno de los más lindos del país, el que lo es más para muchos.

Nada en Barichara es vertiginoso. Todo es equilibrado. Armónico. Pulcro. Silencioso. Pausado. Sosegado. Y por eso gusta tanto; también a mí, porque no todos los días se encuentra un pueblo así, detenido en el tiempo, de calles empedradas, sencilla pero bellísima arquitectura de piedra, tierra y barro “tan vieja como la que ha estado siempre”, según alguien escribió, paredes pulcramente encaladas, tejas rojas, toques aguamarina y patios abiertos a la celestial inmensidad.

Una mirada distinta

“He vivido en Nueva York, Montreal, también en Madrid, pero en ningún lugar he podido trabajar como en Barichara. La temperatura y la presión atmosférica son perfectas, también la luz, maravillosa y cambiante, que me recuerda a la de la Toscana en otoño”, me aseguró David Manzur, uno de los pintores más relevantes de Colombia, radicado aquí desde hace algunos años. En su casa del barrio de La Loma, entre pájaros, naranjos y mangos, hablamos de España, mi país, donde pasó parte de su infancia y donde dijo sentirse de vuelta cuando recorre las calles de este pueblo, por el que dejó Bogotá.

¿Su lugar preferido de Barichara?, le pregunté : “El mirador sobre el río”, me contestó sin titubear. Y allá fui porque quise ver con mis ojos lo que ven los de Manzur y emocionarme con la neblina que levita desde el río bien temprano en la mañana mientras a lo lejos divisé los abruptos farallones desde donde, cuenta la leyenda, saltaron al vacío los valerosos y dignos indígenas que prefirieron morir antes que caer sometidos al yugo de los conquistadores.

Barichara

Antes de que el sol suba, se ve la bruma que baja por la cordillera.

Foto:

Toya Viudes

La luz de Barichara es muy especial, sí. Y el azul del cielo, tan intenso y profundo que a veces no parece de verdad; pero lo es, porque lo vi, arropando como en el mejor de los lienzos las capillas de Jesús y Santa Bárbara; las torres de la iglesia de la Inmaculada Concepción, que cambian de color a capricho del sol, y el parque donde todos los secretos se cuentan y saben. Azul extravagante, en palabras de Isabel Crooke, la doctora Isabelita como la llaman cariñosamente los vecinos; inglesa, historiadora, arqueóloga, ceramista, escultora y pintora, quien llegó hace muchos años y aquí se quedó como esos otros “artistas iluminados por muchos duendes exteriores y por muchos ángeles interiores”, según el expresidente de Colombia Belisario Betancur, quien también pasa aquí largas temporadas.

Su esposa, Dalita Navarro, ideó la Escuela de Artes y Oficios que hoy dirige, donde gratuitamente se enseña cocina, confección, cerámica, encuadernación y otros oficios artesanales en lo que fue un antiguo internado de estilo colonial que merece una visita. Muy cerca, en la Fábrica de Papel de la Fundación San Lorenzo, se ablanda el fique con cal viva, prensándolo y tiñéndolo con repollo y cebolla como antaño. Muy interesante.

“En Barichara no hay tiempo, pero sí mucha paz. Todos los días son especiales, también la luz, y mi hijo puede caminar descalzo por el bosque”. Por eso también dejó la ciudad Patricia Macaya y se instaló aquí, en una casa que asemeja un caney, donde consiguió transportarme a otro mundo con su concierto de cuencos tibetanos y otros ancestrales instrumentos, masaje sonoro y terapia sanadora.

Barichara

En este patio interior de una casa se destaca la arquitectura en piedra, típica de la zona.

Foto:

Archivo particular

Los nativos

Humberto Muñoz es patiamarillo de pura cepa, así llaman a los nacidos en Barichara por el color de la tierra que pisan desde que Francisco Pradilla y Ayerbe fundó una aldea allá por el año 1705, justo en el lugar en donde un campesino encontró la imagen de la Virgen dibujada sobre la roca. También dirige la Casa de la Cultura, y con él caminé este pueblo, bonito lo mires por donde lo mires, por algo es plató de películas y series de televisión.

“Tengo 54 años y no me sé ni los números ni los nombres de las calles, mejor que me digan al pie de quién”, me confesó sonriendo mientras pasábamos por la esquina de don Chepe, la de don Manuel, la antigua fábrica de tabaco y llegamos al cementerio, donde “no se nota la muerte, aquí todo es extremadamente calmado”, me dijo antes de mostrarme con orgullo las esculturas talladas en piedra que embellecen las tumbas a modo de tributo al oficio de los fallecidos.

“Barichara es más que pararse frente a la iglesia y tomarse fotos en el parque”. Lo intuí, y por eso acepté la invitación de Sergio Morantes, socio fundador de Probarichara, para recorrer la ruta de la Hermandad
. Así han llamado a los 7 kilómetros de camino que separan a Barichara de Villanueva, dos pueblos históricamente enfrentados, hoy hermanos, donde alivié la sed con el guarapo que preparan en su tiendita doña Alicia y don Gerardo y aprendí con Diana Yaneth Molina, cocinera ancestral, cómo ablandar con ceniza el maíz para preparar las arepas tradicionales que me alegraron cada desayuno de este viaje. En esta ruta pregunten también por los hijos de Nicodemus Viviescas y sus canastos de bejuco, las bateas talladas en madera, las artesanías de cáscara de plátano. Y por el tallador Heriberto Meneses, porque Barichara también es conocido por su piedra, ‘la amarilla’, y por esos maestros que conocen como nadie las vetas de las rocas, les siguen el compás al martillo y el cincel y han conseguido que este arte traspase países y fronteras.

De artesanías y comida

De los indígenas guanes que habitaron estas tierras poco más queda que algunos apellidos como Alquichire, el que doña Felisa lleva con orgullo. A su casa de techo de lata en la vereda de Regadillo llegué a conocer a esta nonagenaria alfarera de marcado acento y manos fuertes y resecas de tanto moldear a mano, que sigue trabajando sin descanso, fiel a una antiquísima tradición y a pesar de los achaques de su delicado corazón. “No sé hacer nada más, lo mío siempre ha sido esto de los tiesticos y las ollas de barro. Llévate un tejo, las arepas y la carnita te quedarán mucho más ricas”. Y le hice caso, claro que sí, porque su trabajo no es artesanía, es arte, con mayúsculas. También metí en mi equipaje el cuadro que yo misma pinté con tierra de la zona, después de olerla y hasta probarla, en casa de Santiago Rivero, ingeniero civil que ha dedicado media vida a estudiar la tapia pisada, técnica de construcción de la que Barichara puede presumir con orgullo porque seguro tiene a los mejores ‘tapieros’ de país.

Les confieso que en este viaje no probé las hormigas culonas porque no es época hasta Semana Santa, ni el cabro con pepitoria y bañado en sangre del animal, pero sí la carne oreada y el arequipe, que tiene fama de ser el más cremoso del país, como el que prepara doña Ana Joaquina Patiño detrás de la iglesia con leche recién ordeñada, azúcar, una pizca de mantequilla y siguiendo paso a paso la receta de las abuelas.

De los santandereanos he oído decir que tienen mucho carácter, son distantes y hablan como si estuvieran enfadados. Esa no es la impresión que me llevé de Barichara, donde solo recibí cariño y atenciones y donde seguro volveré muy pronto porque ya extraño su color. Barichara, romance de piedra y barro donde uno querría quedarse para siempre. Barichara, balconcito de cielo, como te canta tu himno.

Si usted va

¿Les gusta caminar? Reserven una mañana, madruguen mucho para evitar el calor y, desde la parte alta del pueblo, al lado del monumento a Bolívar, tomen, como yo hice, hasta Guane por el Camino Real, que es bien de interés cultural nacional, de tramos tan bonitos que parecen sacados de un cuento, y no se preocupen si no están en buena forma física porque casi todo es cuesta abajo.

TOYA VIUDES
PARA EL TIEMPO
* Cuenta de Instagram: @colombiadeuna

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