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Quito, una ciudad para ser admirada desde sus altos
Quito, Ecuador

Quito, Ecuador.

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Quito, una ciudad para ser admirada desde sus altos

Quito, Ecuador.

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Miradores y templos ofrecen la posibilidad de observar esta ciudad desde una óptica distinta.

Quito, la primera capital americana en ser declarada patrimonio cultural de la humanidad por la Unesco, es una mágica ciudad enclavada en los Andes y que se deja admirar desde el mismo cielo y a través de sus templos sincretizados por el tiempo.

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Pero, sin duda, lo mejor de Quito “es su gente”, porque es “amable y cariñosa con el visitante”, comenta el guía turístico José Luis Rodríguez, en cuya opinión esta ciudad posee un gran potencial para constituirse en un destino ineludible para el turista extranjero. Según él, solo basta llegar a la plaza de la Independencia, en el corazón del centro histórico, y acudir a las cúpulas de la Catedral Metropolitana para empezar a ver a Quito desde lo alto.

Caminar por el centro histórico de Quito es hacer un viaje a la época de la Colonia.

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Juan Diego Buitrago / ELTIEMPO

Otro de los miradores icónicos del centro de Quito es El Panecillo (nombre colonial), en cuya cúspide se levanta la escultura gigante de la Virgen de Lergarda, sobre un monumento inca, en una clara muestra del sincretismo cultural de los Andes.
La escultura, de 41 metros de alto, se posa en una esfera mundial que parece surgir de la edificación inca, y desde donde el turista puede observar la grandeza de la capital ecuatoriana.

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Casi frente a El Panecillo se levanta otra pequeña loma de 2.929 metros, denominada Itchimbía, coronada en su planicie por un majestuoso centro de convenciones conocido como el Palacio de Cristal, con una vista de 360 grados para admirar el centro histórico y el norte moderno de Quito. El Itchimbía se presenta como un gran parque, pero también hay zonas residenciales donde confluyen exclusivos restaurantes que ofrecen platos típicos de la ciudad y de la cocina internacional.

Cerca de allí, el exclusivo barrio González Suárez es la puerta de entrada hacia el mirador de Guápulo, un barrio bohemio, artístico y religioso, metido en el recodo de un gran descenso a los valles y punto de inicio de la vía Interoceánica, la que usó Francisco de Orellana en el siglo XVI para ir por la Amazonia hasta al Atlántico.

Basílica del Voto Nacional.

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Juan Diego Buitrago / El Tiempo

En el centro histórico también hay edificaciones que presentan las condiciones de miradores turísticos, como el caso del hotel Mama Cuchara, en un acogedor barrio del casco colonial que también es refugio de artistas y hábiles artesanos. Este barrio, cuya forma pareciera idear a la madre (Mama) de todas las cucharas, desemboca en el redondel donde se levanta el hotel con su rooftop, que permite disfrutar de un bar de excelencia con una vista de 360 grados del centro histórico de Quito y desde donde se tiene vista directa hacia la virgen de El Panecillo.

Algo más hacia el norte, justo cuando el casco histórico empieza a perderse con la modernidad quiteña, se levanta la basílica del Voto Nacional, una iglesia gótica coronada por torres de cien metros de alto, a cuya cima se sube por una escalera en espiral. En la subida por la escalinata, el visitante puede admirar la ciudad a través de pequeñas ventanas ovaladas y redondas, que se asemejan a ojos, de sus poderosas paredes.

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En las faldas de la montaña, y un poco más hacia el sur, se erige el Templo de la Patria, un museo que recoge la historia de la batalla de Pichincha de 1822, la gesta libertadora más importante de Ecuador, que selló la independencia colonial del país. La también llamada Cima de la Libertad evoca la gesta independentista, pero también es un museo sobre la historia militar del país y un mirador turístico que marca la unión umbilical del quiteño con su identidad de montaña y cielo.

Pero si uno quiere acudir al mismo cielo, Cruz Loma es el sitio indicado, a 4.050 metros de altura, muy cerca de la cima del volcán Guagua Pichincha; la capital ecuatoriana se posa a sus pies, con todo su esplendor. Y si bien la altura puede eventualmente afectar la respiración, un moderno teleférico conecta a Cruz Loma con la ciudad, en un recorrido por el contorno de la montaña, sobre una distancia de 2.500 metros hacia arriba, cuyo cómodo trayecto tarda unos diez minutos. Ya desde las cabinas se puede apreciar la grandeza de la ciudad, que se perenniza en su mirador, desde el cual se pueden observar los volcanes nevados que rodean la capital, como el Cotopaxi, el Antisana y el Cayambe, los tres alineados de sur a norte.

Muchos suelen ir a Cruz Loma para caminar por los senderos que conducen al volcán Guagua Pichincha, en un recorrido relativamente corto y al final del cual, desde esa parte del cielo, aparece como un coloso que protege a Quito.

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EFE

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