Así fue la primera vez de un adulto en el mundo infantil de Disney

Así fue la primera vez de un adulto en el mundo infantil de Disney

El autor de esta historia comprobó que la diversión en un parque de atracciones no tiene edad.

Disney

Así fue la experiencia de Hugo Parra en el lugar más feliz del mundo.

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Hugo Parra

19 de septiembre 2018 , 06:00 a.m.

Sí. Yo pensaba que un parque de atracciones no podía sorprenderme. Mi hija ya lo había hecho al menos en dos oportunidades, y eso ya era bastante para mí. A mis 52 años, no estaba dentro de mis prioridades.

Hace unas semanas, cuando le conté que me iba para Orlando (Florida) a la inauguración de Toy Story Land, me advirtió: “Papá, ese lugar no tiene edad, no tiene tiempo, diviértete mucho, no pienses en nada más… Algún día podremos ir juntos, en cualquier momento de la vida”. Risas y promesas.

Lo desconocido es aburrido hasta tanto no lo descubres. Qué lejos estaba yo de imaginar lo que iba a sentir, toda una montaña rusa de emociones y sensaciones que me llevaron a una dimensión que no recordaba: volver a ser un niño. Toda una experiencia.

La primera sorpresa fue en el aeropuerto cuando Dimitrius Lester, un corpulento hombre sonriente y amable, me recogió en una camioneta de color rojo con pepas blancas, muy al estilo de Minnie Mouse. Una vez estuve en el hotel Jambo House (alojamiento tipo safari inspirado en el kraal africano), un grupo de mujeres jugaba con niños en la mitad del lobby, mientras que, a un costado, un hombre tallaba en madera lo que pronto se convertiría en un bastón. Y desde el balcón de la habitación vi cómo sobre la espesa sabana merodeaban jirafas, cebras, venados, gacelas, entre otros animales. Un espectáculo lleno de detalles.

Al salir, las rutas de buses dejan y recogen pasajeros a la hora exacta que se anuncia en pantalla, sin costo alguno. Viajan personas de todas las razas, edades, condiciones y, lo más sorprendente: cada vez que me chocaba con alguien me ofrecía disculpas. Puede sonar muy parroquial, pero en un bus de Transmilenio, mínimo, me muestran los dientes.

En total, visité cuatro parques temáticos: Hollywood Studios, Epcot, Animal Kingdom y Magic Kingdom, así como un gran centro de comercio, Disney Springs, donde se concentran restaurantes, almacenes de marcas, tarima de conciertos y algunas atracciones.

El primer lugar que conocí fue, precisamente, este último. Al principio, no alcancé a detallar bien el edificio The Void. Todo fue muy rápido: se abrió una puerta y pasamos al espacio de una nave intergaláctica. Recibimos algunas instrucciones y después vestimos chaleco, un casco de gafas oscuras y quedamos amarrados a una guaya. Pensé que nos iban a elevar, a descolgar. ¡Dios! Nos entregaron un arma de juguete, desengancharon el arnés y, en un giro, otra puerta se abrió. Subimos a un ascensor y así aparecimos dentro de una escena de La guerra de las galaxias. Indescriptible.

Walt Disney

Buzz Lightyear, uno de los residentes del parque.

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Hugo Parra

Walt Disney

Los desfiles y presentaciones son una constante.

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Hugo Parra

Walt Disney

La carroza de la Bella y la Bestia.

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Hugo Parra


En vivo y en directo nos metimos en los secretos del imperio. Emocionante por el tamaño, los colores y las sensaciones de los disparos. Sentí el calor, los golpes de los rayos, los olores, los sonidos. Qué impresionante. No quería salir de ahí. Comenzamos a defendernos de los rebeldes en medio de la fantasía hecha realidad, pero muy aumentada. Y ese fue solo el comienzo.

Esa noche, la cena fue en la terraza de Wine Bar George Miliotes, que cuenta con una vinacoteca que alberga 130 selecciones de vinos del mundo. Cuando salimos, llegó el postre: en la tarima de uno de los escenarios retumbó la música de nuestro Caribe colombiano. Los visitantes bailaban con sus hijos, esposas y amigos. Disney Spring a esa hora era una fiesta.

Al otro día nos internamos en Disney’s Animal Kingdom. Después de las fotos con Tío Rico y el Pato Donald, me vi en medio de una película en la que todo era un hit de cartelera y un derroche de imaginación: estaba en Avatar. O en algo parecido a la escenografía de esta película, con árboles gigantes y rocas colgantes, quebradas y cascadas. Así, me fui metiendo entre la montaña hasta ingresar a una de las atracciones más visitadas por los turistas: Pandora. Nos subimos a una especie de motonaves. Nos pusimos las gafas, se desplegó la pantalla y a volar sobre el planeta de los Na’vi. La sensación de vértigo y de vacío se apoderó de mí. La chica que estaba a mi lado no paraba de gritar. Era la más feliz de todos los que estábamos en ese momento. Cuando nos bajamos a la realidad, la que gritaba era María, una señora adulta mayor, próxima a pensionarse, que daba saltos de felicidad. No me aguanté las ganas de preguntarle por qué tanta emoción. “Cada vez que vengo vuelvo a ser niña”, me dijo.

Otra aventura que me puso a volar fue la montaña rusa que recorre el sistema del Himalaya hasta llegar al Everest. Me imaginé a bordo de un tren con morral al hombro cuando de pronto, a mitad del camino, se ve una vía destruida por un monstruo de las nieves. La locomotora se detuvo y dio reversa en una carrera desenfrenada de gritos, risas y susto.

En Disney’s Hollywood Studios me fui directo a la torre del terror donde se recrea La dimensión desconocida, ícono del suspenso en blanco y negro con la típica música de fondo de misterio. Subimos, recorrimos las entrañas del edificio en una confección de escenarios perfectos, y en esas estábamos cuando de un momento a otro nos descolgamos como en el ascensor de la película por no sé cuántos pisos. Más gritos, más risas.

Y ni qué decir de Rock ‘n’ Roller Coaster, un viaje a toda velocidad en una montaña rusa que sale disparada mientras al fondo suena una canción de Aerosmith. ¿A qué hora visita uno todo esto?, me pregunté. A la salida nos esperaba un escenario para más de 5.000 personas con algunas representaciones de Indiana Jones. Nos fuimos preparados con crispetas y bebidas que venden a la entrada. Entre el público seleccionan a varios extras que participan en medio de carros que explotan, incendios, disparos, acción y emoción en una puesta en escena a la que uno no puede quitarle los ojos de encima.

Para el remate, lo mejor: la inauguración de Toy Story Land, el plan familiar, en un patio gigante de 44.500 metros cuadrados con todos los personajes de la película que se estrenó hace 23 años. Este es un sitio donde los visitantes se ven como juguetes que cobran vida y que se suben a todas las atracciones que tiene Andy, el niño protagonista de la historia. Una montaña rusa comandada por Slinky, el perro salchicha de largas orejas y resortado, que da brincos y curvas de emoción sobre los rieles. Al salir están los Alien Swirling Saucers, esos extraterrestres verdes de tres ojos que van girando veloces para simular un viaje en platillo volador.

Y no podía escaparme de Toy Story Mania, una atracción que ya estaba antes de esta inauguración, pero que resultó tan divertida que me hizo sentir como un niño de nuevo. En el camino, los soldados verdes van dando órdenes y saludando a cuanto visitante se encuentran. Son los que dan la orden de pasarla bien.

Al regresar, le conté a mi hija que todo fue perfecto y ella me dijo: “Papá, lo mejor de este viaje es que arrancó eso que a veces te hace falta: divertirte y reír a carcajadas. Eso es vital”. Gracias, Sara.
*Invitación de Walt Disney World.

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