Viaje a La Guajira, agreste y misteriosa

Viaje a La Guajira, agreste y misteriosa

El departamento que sirve de puerta de entrada al país es una mezcla de encanto, dureza y soledad.

La Guajira

El cabo de la Vela es uno de los lugares de visita obligatoria.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Por: Natalia Noguera Álvarez*
22 de octubre 2018 , 05:47 p.m.

Es el primer día de octubre, un mes de lluvia por tradición. No cae ni una gota de agua desde hace un año y la sequía ya se nota en las plantas secas, en los animales flacos; se siente en la sed. Son las 9 de la noche y la gente duerme arrullada por el vaivén de los chinchorros. Los chivos balan a la distancia y un cántico evangélico wayúu –acaso una contradicción– parece velar su sueño. La brisa marina, que tanto se extraña al mediodía, calma ahora el bochorno usual de las noches guajiras.

Todo está en calma en esta ranchería de Pusheo, mejor conocida por los turistas como el restaurante y hospedaje Donde Marlene y Martín. Aquí vive la familia de Keila López, una joven wayúu de 20 años, quien está al frente del negocio. En Donde Marlene se come y se descansa, es un punto intermedio entre Riohacha y Punta Gallinas.

Hay calma hasta que cae el primer trueno. En el cielo corcovean hilos de luz como arañazos y el agua no da tregua, cae frenética y obliga a la gente a levantarse del chinchorro, a recogerlo y a buscar otra enramada. Pero el sitio es así: palos de madera que sostienen tejas de aluminio.

Mientras la gente –que no es más que un grupo de turistas– maldice la tormenta eléctrica por perturbar el paseo, los wayúu agradecen a Juyá. Sus chivos tendrán que beber. Sus plantas reverdecerán. Sus jagüeyes se llenarán de agua otra vez.

Llueve toda la noche, llueve en la madrugada, y cuando el sol se levanta, el desierto despierta empantanado. Los turistas pretendían seguir hasta Punta Gallinas, pero tendrán que ir al cabo de la Vela y encontrar otra manera de llegar.Este viaje, que apenas empieza, acaba de ser bendecido por el mismísimo señor de las lluvias.

Alta Guajira

La aridez del desierto guajiro.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Alta Guajira

El almacén Donde Marlene y Martín.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Alta Guajira

Keila López y Eudomar son primos. Durante el viaje fueron los encargados de atender a los visitantes.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Alta Guajira

Tranporte en la Alta Guajira.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

***

La Guajira es la puerta de entrada de Colombia. Es un terreno tan distinto al resto del país que es casi ajeno. En 20.848 kilómetros cuadrados se distribuyen zonas de desierto y montañas, con temperaturas máximas de 45 °C cuando se calcina el ambiente y mínimas de 3 °C en las cimas.

Viven más de 790.000 personas, aproximadamente, de las cuales más del 40 por ciento son wayúu, una etnia indígena que durante siglos se ha resistido a la colonización, a las sequías y, sobre todo, al saqueo y la corrupción. El agua es su bien más preciado y escaso. Y aunque la historia de sus pobladores no comienza en el siglo XVI con la llegada de los españoles, suele contarse a partir de allí: Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa y otros expedicionarios del viejo mundo navegaron las costas guajiras. De la Cosa fue el primero en desembarcar.

Y –grossísimo modo– empezó así una historia de invasión, pero también de resistencia indígena, que es hoy evidente en los rituales y las tradiciones que sobrevivieron a la cultura occidental.

Esto cuenta Yicelis Cantillo –35 años, riohachera, guía turística certificada–, desde el asiento trasero de una camioneta habilitada para atravesar el desierto. Trabaja en la agencia de viajes Kaishi Travel, encabezada por Andrés Delgado (conocido como el cachaco del desierto). Este año, la empresa cumple 15 años de funcionamiento y es reconocida por trabajar de la mano de las comunidades guajiras, ofreciéndoles a estas precios justos y a los turistas, una experiencia cultural verídica.

La camioneta salió de Riohacha y, sin parar, recorrió 5 horas hasta Pusheo. Después de la lluvia, el itinerario cambió hacia el cabo de la Vela, uno de los lugares más visitados en el departamento.

Alta Guajira

Vista desde el pilón de Azúcar

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Alta Guajira

Las dunas de Taroa.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Alta Guajira

Frente a la posada Apalanchii está la playa del cabo.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

***

En el cabo de la Vela la electricidad está limitada a la potencia de una planta de energía. Después de las 11 de la noche deja de funcionar y las rancherías se quedan sin luz. Este corregimiento de Uribia está a 120 kilómetros de Riohacha y para llegar deben cruzarse las carreteras casi invisibles del desierto. Recomiendan siempre ir en compañía de un guía o contratar con una agencia.

La posada Apalanchii es uno de los pocos alojamientos de la zona que ofrece duchas y sanitarios. Hay además servicio de restaurante (pescado frito, el plato especial) y está a pocos metros de la playa. Es también uno de los pocos lugares en donde la señal de los teléfonos celulares funciona. Las cabañas están construidas con cemento y yotojoro (el material que resulta después de secar el cactus). Son ideales para quienes no están acostumbrados ni interesados en dormir en chinchorro.

Yicelis explica que la playa arcoíris recibe su nombre gracias a los rayos del sol que caen en el agua y forman pequeños arcoíris en la costa. Hoy no hay sol, ergo no hay arcoíris. Pero el sonido de las olas rompe en la orilla y las rocas se funden con la arena y las parejas se ven enamoradas y la tarde es perfecta. Poesía visual.

En la zona está el Pilón de Azúcar, una colina que se sube en solo 15 minutos. En la cima hay un altar dedicado a la Virgen de Fátima golpeado una y otra vez por ráfagas de viento. La vista hacia el mar Caribe es tan interesante y vasta como la que hay desde el faro, otro punto de la zona con un mirador privilegiado.

El caparazón de la tortuga, las playas que se extienden por la costa y el Ojo de Agua (formación de agua que mezcla la salada con la dulce) son otros atractivos del cabo. Desde cualquiera de estos puntos puede verse uno de los más lindos regalos de esta tierra: el sol cayendo sobre el mar. En alguno de estos lugares del cabo –que cambia según quien cuente la historia– está Jepirra. Hasta aquí viajan los espíritus de los wayúu cuando mueren para descansar.

Alta Guajira

Yicelis y Ángel en una playa de Punta Gallinas.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Alta Guajira

Keila tejiendo un chinchorro.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Alta Guajira

El punto más septentrional de Colombia.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

***

“El wayúu apalanchii es aquel que vive cerca al mar, el que pesca, el que bucea. El wayúu apalanchii tiene una estrella. Cuando uno ve una estrella, sabe qué pesca tiene que hacer. Y hay diferentes tipos: la pesca de calambre, la pesca de lance, la pesca de buceo. Y todo depende de la luna. Si la luna está clara, no podemos echar chinchorro sino transparente para que el pescado no lo vea y quede enredado”.

Ángel Zúñiga Pushaina tiene 32 años. Está dedicado al turismo, a hablar de su tierra y de sus costumbres. Es wayúu y conoce su historia, la que atraviesa con relatos breves en una caminata que va desde el hospedaje Alexandra, ubicado en una orilla de Punta Gallinas, hasta la playa. Este alojamiento ofrece cabañas con camas y duchas de agua salobre (una mezcla entre agua de mar y agua dulce), pero también una enramada para guindar chinchorros.

Aquí no se llega con facilidad. El terreno es árido y, cuando llueve, pantanoso. Los carros entonces pueden quedarse atascados y, previendo una situación de este tipo, salen por lo general caravanas que se dan una mano entre sí, en caso de que lo necesiten. José, conductor de Kaishi Travel, se conoce los recorridos. Ha podido salir de trochas difíciles sin asomo de preocupación. Conoce el camino y con su experticia ha traído a los viajeros hasta Punta Aguja, una playa del Caribe que también tiene partes de manglar.

En el camino hacia el punto más septentrional del continente, en donde termina el país con una caseta, un faro y el mar violento, Ángel habla de su padre y le sale un verso vallenato. Cuenta la historia de su hijo, de cómo busca proteger su tradición indígena aunque los alijunas (como se conocen a los occidentales) hayan entrado a sus terrenos y los hayan investigado para estudiarlos y ponerles su lengua por escrito. “Mi lengua no se escribe”, dice.

Ángel también cuenta la leyenda de Francisco el Hombre, el virtuoso que inventó el vallenato con un acordeón alemán. Pasa a otro tema y aclara, previendo el pensamiento de los alijunas, que a las mujeres en su cultura no las venden. Que la dote no es una manera de comprarlas, sino una forma de demostrar su valor. “Las mujeres son lo más importante de la cultura”, explica. Por eso, un aspirante ofrece chivos, los animales que más valor tienen para los wayúu, además de collares y, a veces, dinero, para casarse con una mujer y formar su familia.

Pero en las dunas de Taroa, esas montañas vivas que se mueven con el viento, Ángel calla. También lo hacen Yicelis, Andrés y los demás viajeros. En esta extensión de arena que termina en el Caribe se ven las huellas de viajeros y de animales. Es la representación de la creación: una tierra que se extiende y se cruza con el agua, sin pirotecnia, sin más complejidad. En esta caminata de 40 minutos se escucha el viento y el mar. Algunos rayos anuncian la próxima tormenta.

Palabrero wayúuJorge Henríquez Apshana.
Jorge Henríquez
***

Los tejidos wayúu tienen sello de denominación de origen. Son únicos de este lugar y tienen un significado que se cruza con la mitología indígena. Keila López, la encargada del establecimiento en Pusheo, sabe tejer. Lleva algunos meses haciendo un chinchorro y dice que se toma hasta seis meses para finalizarlo: “Este podría costar hasta 1’500.000 pesos”. En su almacén, además de vender alimentos, hay varios productos de las artesanas de la región.

En el malecón de Riohacha hay extendidas varias mantas con tejidos expuestos. Mujeres como Graciela Jayariyu y Conchita Wouliyuu se dedican a la venta. Es una de las actividades más reconocidas de La Guajira y, también, la principal fuente de ingresos para estas artesanas.

“Cuando no le pasa transporte, doña Conchita tiene que caminar hasta 7 kilómetros para coger el bus que la trae a Riohacha. Tiene que hacer lo del día para que le valga la pena”,traduce Graciela lo que dice Conchita en wayuunaiki.

Los turistas pasan, preguntan cuánto cuesta una u otra mochila, reclaman rebaja y siguen su camino.

Alta Guajira

Conchita y Graciela.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Alta Guajira

Keila con el chinchorro.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Alta Guajira

Mochilas en Riohacha.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

***

A 20 kilómetros al sur de Riohacha está Boca de Camarones, una playa del Santuario de Flora y Fauna los Flamencos. Este Parque Nacional Natural es hogar de estas aves rosadas, pero también de tigrillos, zorros, venados y muchos peces.

En la madrugada, antes de la lluvia de la mañana, la sierra nevada de Santa Marta estaba despejada. Los cúmulos de nieve se apiñaban en la cima como algodones. Juan Uriana, guía turístico del santuario, agradece el agua que cayó. Cuenta que la laguna estaba seca; la lluvia ya era necesaria.

El cayuco –canoa de madera que sirve a los wayúu para la pesca– navega en busca de flamencos. “Esta mañana estaban aquí”, dice. Pero ahora no hay ninguno. El invierno los obligó a migrar a zonas menos hondas para alimentarse.

Aunque no hay flamencos, la conversación de Juan vale la pena. “La cachira es un plato típico que se hace en verano”, explica. Cuando la laguna tiene poca agua, los animales que allí habitan mueren, pero aquí nada se desperdicia y los locales hacen un plato con estos peces. Dicen que es fuerte, que tiene un sabor salado, pero que se le coge el gusto de a poco.

No hubo flamencos, pero sí un almuerzo de lujo en el restaurante Doña Pastora. Hace falta tiempo para saber más de la comunidad, de su forma de vida. Juan hace invitaciones a los velorios, promete presentar a su primogénito y un nuevo encuentro. Yo prometo lo mismo.
*Invitación de Kaishi Travel.

Si usted va
Andrés Delgado

Andrés Delgado, el cachaco del desierto que fundó la agencia Kaishi Travel en La Guajira.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

Kaishi Travel ofrece planes desde $ 680.000 por persona (no incluye tiquetes) durante todo el año. Un recorrido de 6 días cuesta alrededor de $ 1’980.000. El plan incluye alimentación, guías, transporte, visitas a sitios turísticos.
Informes: 311 429 6315, www.kaishitravel.com.

Tenga en cuenta

El agua no es de buena calidad, así que se recomienda tomar solo la embotellada.
Lleve siempre gorra y bloqueador.

La infraestructura turística es incipiente. Este es también el encanto del viaje.

Prepárese para dormir en chinchorro: en la mayoría de alojamientos es lo que hay.

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.