Un ‘tour’ para entender por qué la paz valió la pena

Un ‘tour’ para entender por qué la paz valió la pena

El recorrido 'Tejiendo Paz' de la agencia de viajes Impulse Travel muestra otra cara de Bogotá.

Tejiendo paz

Juan Urbano, socio fundador de Distrito Chocolate, sembró coca en Pauna. Hoy se dedica a la producción de cacao.

Foto:

Cortesía Impulse travel

Por: Natalia Noguera
23 de enero 2020 , 05:00 a.m.

Los turistas que llegan a Bogotá escuchan advertencias: hay muchos carros y mucho trancón. Es una ciudad peligrosa; es mejor que no salgan solos y que no se asomen por unos barrios. Una familia de viajeros franceses visita por cuarta vez el país y no ha hecho mayor caso. En cambio, padres e hijo se alistan para un recorrido turístico por la capital colombiana en el que escucharán historias del pasado violento de esta tierra y verán cómo ha cambiado el panorama para unas comunidades después de la firma de los acuerdos de paz.

Probarán preparaciones de cacao cultivado en Boyacá y un tinto con granos de café cosechados en un resguardo indígena ubicado en Aponte. Nariño; verán el mapa del país que hay en el parque Nacional y escucharán la historia que el guía tiene para contarles sobre cómo las regiones han sido escenario del conflicto. Comerán en un restaurante de productos nacionales y conocerán el espacio dedicado a rendir homenaje a las víctimas de la violencia. El discurso que se repetirá durante el recorrido será que la terminación de la guerrilla más antigua del país permitió que actores de la guerra se alejaran del conflicto y se dedicaran a sembrar cacao y café. Que encontraran una forma de vida distinta y en paz.

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A las 9 de la mañana de un día sin nubes empieza el tour, que la agencia Impulse Travel vende bajo el título Tejiendo Paz. El guía Alejandro Díaz es el copiloto de la van que lleva al grupo hacia a la primera parada: Distrito Chocolate.

La tienda está ubicada en el barrio Quinta Camacho, en la calle 70A con carrera 9.ª. Es una casa de estilo inglés con patio interno y una vitrina con productos expuestos. Recibe al grupo Camilo Sánchez: boyacense, de 23 años, jefe del punto de venta e hijo de una generación que renunció a cultivar coca para sembrar cacao. Los viajeros se sientan y piden chocolate caliente con arepa. En el centro de la mesa hay una canasta con granos de cacao. Mientras hacen una cata de chocolates liderada por Camilo, escuchan una historia de transformación.

Un video se reproduce en una pantalla. Aparecen los campos de cultivo de cacao en Pauna, un municipio ubicado en el occidente de Boyacá, y habla el líder campesino Juan Antonio Urbano. Cuenta que hace 30 años se desató en la región una guerra por la producción de esmeraldas. Gobierno y campesinos acordaron un proceso de formalización de la minería, pero cuando los campesinos, ya sin trabajo en las minas, regresaron a sus tierras, encontraron la coca.

“La coca nos permitió generar el mismo flujo de caja que las esmeraldas –cuenta Juan Antonio–. Pero si la minería nos había conducido a la violencia, la coca arreció el problema: hubo una descomposición social generalizada, se institucionalizó la ley del más fuerte y de la trampa. Nos volvimos codiciosos, ambiciosos y violentos”.

Los viajeros escuchan la historia sin probar aún el cacao.

Tejiendo paz

En el 2010, Pauna (Boyacá) se convirtió en la primera zona libre de cultivos ilícitos.

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Cortesía Impulse travel

Una década después llegó el punto de quiebre. En el 2005, un grupo de campesinos fueron asesinados en el municipio. Eran los amigos de Juan Antonio: “Después de esto, una noche nos sentamos a hablar de la situación de violencia. Yo pensaba al principio que era para planear la venganza, pero al final decidimos dejar de pelear por güevonadas. Hablamos más bien del origen del conflicto, que era el cultivo de coca. Teníamos que cambiar”.

En otro tiempo, la región era un fortín agrícola. El abuelo de Juan, de hecho, tuvo un cultivo de 8 hectáreas de cacao. Y esta fue la alternativa: “Ahí arranca un proceso muy bonito. Fue difícil, a dos de nuestros líderes los mataron. Pero nos decidimos por la sustitución de cultivos ilícitos”.

La historia sigue y mejora: mucho trabajo y esfuerzo después, en el 2010 Pauna se convirtió en la primera zona libre de cultivos ilícitos. Juan y su comunidad empezaron a soñar con una empresa más grande, y la comunidad campesina se dio a la tarea de aprender a transformar el cacao. La cooperación del Gobierno colombiano y de gobiernos internacionales abrió las puertas, y para el 2014 el cacao de Pauna era el mejor del país. En el 2015 abre Distrito Chocolate.

El video termina. Camilo trae para la cata chocolates de Nariño, Arauca, Tumaco, Putumayo, Sierra Nevada, Cesar, Córdoba, Huila, todos con sello de desarrollo alternativo. Los viajeros prueban uno y otro, preguntan datos sobre la historia de Pauna. Se toman un chocolate, comen una arepa y compran varios suvenires.

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“Los guías, que están en diálogo constante con los clientes, nos contaron que una conversación casi obligatoria en cualquier tour es sobre el proceso de paz. Los viajeros, en su mayoría extranjeros, preguntan qué ha pasado en Colombia en términos de conflicto. Así fue como empezamos a pensar en este tour”, cuenta Rodrigo Atuesta, CEO de la agencia colombiana de viajes Impulse Travel.

El tour Tejiendo Paz, el más exitoso de la compañía, fue diseñado por Rodrigo, quien contó con la ayuda de Andrés Bermúdez, periodista que se ha especializado en temas relacionados con el conflicto armado en el país. Tiene la intención de mostrar cómo la paz ha abierto nuevos rumbos para los colombianos, así como apoyar los emprendimientos que surgieron como alternativas al conflicto.

“Este plan ha tenido mucha acogida, pero no es para todos los turistas”, dice Atuesta. Tiene razón: se trata de oír en calma y tener mente abierta hacia otras formas de vida.

Tejiendo paz

Una de las paradas del recorrido se hace en el mapa del parque Nacional.

Foto:

Cortesía Impulse travel

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Contra todo pronóstico, el tráfico fluye en la carrera 7.ª. La siguiente parada, muy breve, es en el Parque Nacional Enrique Olaya Herrera. El guía lleva al grupo hacia el mapa en relieve de Colombia. Les indica en dónde están parados, cuáles son las cordilleras y en dónde se han cocinado durante décadas los enfrentamientos más violentos de la historia.

“Colombia tiene las condiciones perfectas para que se desarrolle la coca”, explica Alejandro. Y señala los departamentos de Putumayo, Cauca, Antioquia.

En un punto de ese mapa, al norte de Nariño, está el resguardo indígena Aponte. A principios de este siglo, en esa zona montañosa crecían cultivos ilegales de amapola, y sus habitantes, el pueblo inga, descendiente de los incas, vivían de ello. Hernando Chindoy cuenta la historia desde el siguiente atractivo turístico del recorrido.

Wuasikamas –‘guardianes de la tierra’, en lengua inga– es un café en La Candelaria, en el centro histórico, atendido y manejado por indígenas de aquel resguardo. Chindoy, representante de esta comunidad, cuenta que en el 2003 decidieron salir del conflicto armado y el narcotráfico.

Tejiendo paz

Hernando Chindoy cuenta la historia del resguardo indígena de Aponte, en Nariño.

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Cortesía Impulse travel

Huele a café. Los turistas piden una taza y dan una vuelta por el local. Hay productos como panela y pastelería. Hernando Chindoy cuenta que durante 1986 y 2003, la guerrilla y los paramilitares se tomaron la región. Entre los cultivos de amapola y las fumigaciones con glifosato, la tierra y sus ‘guardianes’ enfrentaban una encrucijada. Y entonces, una mirada hacia los saberes ancestrales, la espiritualidad y los principios de no violencia logró cambiar el curso de esta población.

Las ceremonias indígenas en las que participó Chindoy tenían el objetivo de encontrar una alternativa para “dejar de hacernos daño, de hacerle daño a la tierra”, dice. Decidieron entonces retomar el control y no solo erradicar los cultivos, sino expulsar a quienes no eran parte de su tierra. Sin el uso de la fuerza, pero sí dejando a un lado la labor de cultivar amapola, después de un año los ingas sacaron a los grupos ilegales y erradicaron unas 2.500 hectáreas.

“Lo importante es mantener el cuerpo bajo control y la mente bajo control”, dice Chindoy. El café que ofrecen no tiene ningún tipo de químico y les ha valido el reconocimiento nacional, gracias a su modelo en sustitución de cultivos ilegales. Los proyectos para exportar el producto están en marcha, y hacer parte del tour de Impulse también les ha valido reconocimiento internacional.

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La última parada del recorrido es en Salvo Patria, un restaurante ubicado en Chapinero. Aunque no tiene una historia como la de Wuasikamas o Distrito Chocolate, está comprometido con una cocina responsable: solo preparan sus platos con alimentos del país.

La familia discute las historias que han escuchado. La madre cuenta que su siguiente parada será en Medellín. Alguien del grupo le recomienda visitar la comuna 13. Ella anota un número de teléfono con la recomendación y promete que en su próxima visita buscarán más planes como este para ver una cara diferente del país.

NATALIA NOGUERA - monnog@eltiempo.com
​REDACCIÓN VIAJAR

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