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Parque Nacional La Macuira, para los amantes de la belleza pura
SERRANIA DE LA MACUIRA

Duna interior en la Serranía de la Macuira.

Foto:

Andrés Hurtado García

Parque Nacional La Macuira, para los amantes de la belleza pura

Una ruta entre manglares, lugares sagrados de la etnia wayú y las dunas de Aréwaro.

La Guajira es uno de los territorios colombianos que ejerce mayor atracción entre los amantes de la belleza pura. Las inmensas soledades, las bahías solitarias orladas por hileras de manglares en los que anidan las aves nativas y las migratorias, la presencia de los wayús, sufrida etnia de ancestral sabiduría, todo en La Guajira invita más a ávidos peregrinos que a bullosos turistas. Vamos tras un milagro de la geografía y la biodiversidad, único en el mundo, el Parque Nacional de la Macuira en la Alta Guajira.
Me acompañan Andrés Morales y Diego Castro.

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De entrada, visitamos el Santuario de los Flamencos. Cuando emprenden el vuelo, las esbeltas aves caminan sobre las aguas igual que Jesús de Nazareth y así toman impulso y en el aire despliegan la armonía aerodinámica de sus cuerpos.

Reverentes nos detenemos en Jepira, sagrado lugar al que van las almas de los wayús antes de su viaje definitivo a la eternidad. Bordeamos Bahía Portete y Bahía Honda. Nos detenemos en Bahía Hondita. Este mágico lugar es para mí el más bello paisaje marino de Colombia.

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Visitamos las dunas de Taroa y llegamos al pueblo de Nazareth. Ya estamos a las puertas de la serranía de la Macuira.

En medio de las arideces del desierto hechas de arenales amarillos surge una serranía totalmente verde de 35 kilómetros de longitud y 10 de anchura. Este fenómeno de la naturaleza es único en el planeta. La visión de la montaña refresca y descansa la vista que viene soportando durante dos días el ardor de la suprema claridad de los arenales.

Cuenta la leyenda que los tres hijos del cacique de la Sierra Nevada de Santa Marta huyeron contra el parecer de su padre y se convirtieron en los tres picos cimeros de la Macuira. El más alto se llama Palúa y alcanza los 865 metros sobre el nivel del mar. Sus hermanos menores son Hauresch y Jiborne.

Mangle

Como parte de la vida de la serranía, el mangle, entre otras especies, hacen parte de este bosque.

Foto:

Andrés Hurtado García

En la Macuira nunca llueve. Los árboles toman la humedad de las nubes. Este es otro milagro y así en el bosque nacen varios ríos y se forman hermosas pocetas de agua limpia y fresca.

Con permiso de Parques Nacionales recorrimos varios caminos de la Macuira. Uno de ellos parte de Siapana y nos lleva hasta Peñas Blancas. Como si una mano poderosa las hubiera sembrado allí, enormes piedras blancas aparecen en medio del bosque.   

Al llegar a 600 metros notamos el cambio de vegetación, entramos a bosque de niebla, el mismo que hay en las cordilleras del país, pero a 2.000 metros de altura. ¡Increíble! Observamos cómo en los árboles crecen musgos, epífitas, orquídeas y bromelias.

La riqueza en fauna de la Macuira también es admirable. En tan pequeño espacio se conocen 140 especies de aves, de las cuales 17 son endémicas; 20 especies de mamíferos, monos, tigrillos, venados, gatos pardos y saínos.

En el tronco retorcido de un árbol encontramos una escolopendra. Se trata del ciempiés gigante. Es un artrópodo muy hermoso cuyo nombre científico es Scolopendra gigas. Gigas en latín significa gigante. Y también pudimos ver el copetón rojo, hermoso pajarito que es el ave emblemática de La Guajira.

Así como la Macuira es un inmenso bosque verde rodeado por un desierto de arenas amarillas, dentro de la serranía hay unas dunas amarillas totalmente rodeadas por el bosque verde. El contraste es sorprendente. Se llaman aréwaro en idioma wayunaiki, el de los wayús.

Otro de los caminos parte de Nazareth. Por el cauce de un río vamos avanzando hasta llegar a 330 metros sobre el nivel del mar. Allí están las dunas de Aréwaro. Penetramos a ellas. La arena es muy fina. Nos parecía estar en una isla al vernos rodeados de bosques por todos lados.

Terminamos nuestro viaje visitando las ruinas de Puerto López, inmortalizado por un vallenato de Rafael Escalona; el pueblo fue meca del contrabando y fue destruido por la fragata Almirante Padilla por orden del Gobierno.

ANDRÉS HURTADO GARCÍA
Especial para EL TIEMPO

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