Guaviare, una región enigmática y pacífica

Guaviare, una región enigmática y pacífica

Ver Chiribiquete desde el aire es uno de los imprescindibles de esta potencia turística.

Guaviare

La serranía de La Lindosa está a 17 kilómetros al sur de San José del Guaviare. Las formaciones rocosas son una puerta a la imaginación.

Foto:

Toya Viudes y Mauricio León.

Por: Toya Viudes*
25 de octubre 2019 , 01:06 p.m.

"Estamos en paz”, sentencia con orgullo Pacho, nuestro conductor, al pasar un retén polvoriento y abandonado cerca de San José del Guaviare. Sí, estamos en paz, pienso, cuando en la cima de un tepuy, al que hemos llegado después de un buen rato por la selva trepando y sudando la gota gorda, aparecen seis jóvenes policías de la Unidad para la Unificación de la Paz; dejan en el suelo sus fusiles, comienzan a hacer fotos, gastan bromas y nos regalan la mejor de sus sonrisas.

Me pregunto quién hubiera imaginado antes de la firma de los acuerdos de paz una escena así en este lugar de Colombia azotado por la violencia y el narcotráfico durante más de medio siglo.Sí, en Colombia estamos en paz y en el Guaviare, olvidado y selvático departamento entre la Orinoquia y la Amazonia, en donde no viven más de 113.000 personas y que saltó a la fama por ser la cárcel de Ingrid Betancourt, ahora hay seguridad, gente buena y muchas cosas por conocer, y a eso vine.

Hace solo unas horas andaba como loca por la ciudad para no llegar tarde a mi vuelo, y ahora estoy caminando feliz de la vida por la serranía de la Lindosa, pisando la que cuentan fue una entrada marina, caminando entre caprichosas y fantasmagóricas formaciones rocosas con millones de años de antigüedad, superpuestas entre sí en un disparatado y desafiante equilibrio a toda física y lógica y que las hace aún más atractivas.

La Lindosa tiene afloramientos rocosos que la hacen única en su paisaje, pero también pinturas rupestres como las cerro Azul, el raudal del Guayabero y Nueva Tolima.

Y no, no piensen que es complicado llegar: hay vuelos semanales desde Bogotá y un viaje por carretera de no más de seis o siete horas por una vía en buen estado que te acerca, por ejemplo, a una imponente piedra conocida como la Puerta de Orión, la más bella de Colombia para algunos, a 9 kilómetros de nuestro hotel. Y vaya vistas de la interminable sabana desde este Alto Quiebra Patas en el que ponemos el pie en mi momento del día, la ‘golden hour’, ese instante justo antes del atardecer cuando todo se vuelve dorado como por arte de magia. ¡Qué maravilla!

La Lindosa tiene afloramientos rocosos que la hacen única en su paisaje, pero también pinturas rupestres como las cerro Azul, el raudal del Guayabero y Nueva Tolima, en las que pasamos un buen rato imaginando historias ante un mural en piedra repleto de ciervos, peces, aves zancudas y más figuras que no logramos descifrar. Y lo más increíble es que está a solo 40 kilómetros de San José, capital del departamento, pero la guerra lo colocó a años luz, manteniéndolo escondido del mundo.

 Tuvimos la suerte de encontrar una de las 300 aves identificadas en la zona en uno de nuestros paseos; la flor del Guaviare, símbolo del departamento y que solo se deja ver una vez al año.

Mil años, mil quinientos, no hay estudios que sitúen la fecha exacta de estas figuras pintadas en rojo óxido; no importa, ya los habrá; lo que sí me gustaría es que se animaran a viajar hasta aquí y dejaran volar su imaginación, sin caer en la pareidolia, ese extraño vocablo que tiene que ver con el empeño en armar figuras coherentes donde no las hay y que nosotros sufrimos imaginando imágenes de todo tipo.

Linda La Lindosa, muy linda, y hogar, además, del gallito de roca andino, una de las 300 aves identificadas en la zona que tuvimos la suerte de encontrar en uno de nuestros paseos; la flor del Guaviare, símbolo del departamento y que solo se deja ver una vez al año; morichales, chaparros y cinco de las seis especies de felinos registradas en Colombia: el jaguar, el puma, el ocelote, el margay y el yaguarundí, aunque es posible que también se pueda encontrar la oncilla. No dejen de visitar la zona conocida como Los Túneles, con sus rocas de formas imposibles.

Es domingo temprano y estoy como niña con zapatos nuevos en el aeropuerto Jorge Enrique González de San José. No es para menos: desde que llegué hace ya varios años a vivir a Colombia he imaginado cientos de sobrevuelos por el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete –copio el nombre completo para darle más bombo y platillo– y aquí estoy, viendo cómo nuestro piloto hace una última revisión al Piper Seneca III que me llevará a cumplir mi sueño.

Parque Chiribiquete

El área total del Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete es de 4’268.095 hectáreas.

Foto:

Toya Viudes y Mauricio León.

Enfilamos rumbo sur y tras más o menos una hora de vuelo aparecen los primeros tepuyes, restos reducidísimos de lo que fuera el Escudo Guyanés hace unos 600 millones de años. No hay palabras para explicar tanta belleza o las hay, pero no las encuentro. Si escribo imponentes, me quedo corta. Impresionantes, formidables, grandiosos, enormes, monumentales, únicos tampoco sirve. Mejor vean las fotos, pero sí les doy unos datos: seis de ellos alcanzan más de 1.000 metros de altura y otros poseen una extraña vegetación dispuesta en líneas circulares u ovoides que siguen complejas fuerzas telúricas.

Chiribiquete tiene árboles de más de cuarenta metros de altura y ríos de color negro brillante, playas de arena blanca y agua pura. Viven aves y muchos mamíferos. Vamos, el auténtico paraíso al que me dan ganas de saltar desde el avión, pero por ahora me tengo que conformar con verlo desde arriba porque pisarlo está prohibido, más desde que fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. En 1810, Karl Friedrich von Martius sí lo hizo, conoció a los karijonas y escribió sobre sus costumbres. Años después, Theodor Koch-berg también contactó con ellos y fue testigo de cómo los maltrataban los caucheros. Esos indígenas, que remaban de pie impulsados por largas pértigas y usaban ceñidas fajas en el tórax y las caderas, están extintos; dejaron, eso sí, millones de pictografías en las paredes de los tepuyes. Por algo Chiribiquete en su lengua significa ‘cerro donde se dibuja la pintura’. El botánico Evans Schultes las vio por primera vez en 1949, pero no dejó registro alguno. Ojalá que la firma de la paz y la asignación de recursos permitan que algún día se hagan levantamientos a escala y análisis de estas pinturas que ahora no existen.

Guaviare

Guaviare está ubicado entre la Orinoquia y la Amazonia. No tiene más de 113.000 habitantes.

Foto:

Mauricio Moreno

A principios de los 90, esta serranía que se levanta sobre la tupida selva amazónica ni en mapas existía. Fue en 1987 cuando Carlos Castaño, entonces director de Parques Nacionales de Colombia, la descubrió por casualidad después de que una tormenta obligara al piloto del Cessna 206 en el que volaba a desviar la ruta hacia Leticia y virar hacia Araracuara, en el suroccidente del país. “Entre la bruma y el horizonte comenzaron a aparecer estas majestuosas estructuras rocosas que nos obnubilaron. Nos gastamos dos horas, y toda la gasolina, recorriendo la serranía desde el río Mesai hasta el Apaporis”, recuerda Castaño.

Años más tarde, tres de las expediciones científicas más importantes que se han realizado en la Amazonia colombiana entregaron una primera radiografía del lugar y estudios del hallazgo de medio millón de pictogramas ancestrales rupestres de 1.000, 4.000 y hasta 20.000 años de antigüedad, dentro de 36 abrigos rocosos.

Los estudios continuaron durante años hasta que en 2002 la presencia de la guerrilla obligó a detenerlos. En 2013 la reserva natural pasó a ser la más grande de la Amazonia y del país, con 2’782.353 hectáreas, lo que equivale a proteger el área de un país como Bélgica.

Mi viaje al Guaviare fue corto, me hubiera quedado más días, pero regresé a casa feliz y agradecida después de haber conocido, aunque muy por encima, este departamento enigmático y pacífico al que ahora le llega la oportunidad de hacerse visible ante el mundo.

TOYA VIUDES
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
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