India, un lugar para volver a nacer

India, un lugar para volver a nacer

Percepciones de un viaje que modifican el concepto occidental sobre lo humano.

India

En un territorio con diversidad de fauna, el elefante y las vacas sagradas nos hablan de la antigua mitología hindú. F

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David Morales

Por: David Morales Mesa*
30 de noviembre 2018 , 07:44 p.m.

Viajar por la India puede ser el encuentro más profundo con una cultura sorprendente, llena de paradojas, o un lugar para confrontar los ideales occidentales. Cuando se cruza la puerta de cristal del aeropuerto Indira Gandhi, en Nueva Delhi, se puede estar seguro de que comienza la ruta más desconcertante sobre el cometido del ser humano en este planeta.

Sus calles aglomeradas de personas, autos, rickshaws –bicicletas para transportar pasajeros– se mezclan con el colorido comercio a pie de calle, las picantes samosas y el chai (té) humeante. Trabajadores, desocupados (hombres y mujeres) y devotos de las distintas religiones trasiegan acompañados por los incesantes pitidos en una maraña de calles.

Pero, misteriosamente, hay un orden en el caos. Nadie parece enfadarse por el tráfico o los tumultos, todos llegan a sus destinos a fin de cuentas. En India es poco probable estar solo, sus más de 1.300 millones de habitantes ocupan el país con la séptima extensión territorial del mundo.

El mosaico cultural lo componen 22 lenguas oficiales y cientos de dialectos, grupos sociales –castas– y creencias milenarias que se desprenden de la palabra sánscrita, es decir, los textos védicos; compilados de rituales, mantras, discusiones filosóficas y conocimientos espirituales.

La interpretación histórica de esta conceptualización del universo dio pie a creencias como el vedismo, el desarrollo del hinduismo (que algunos no consideran una religión sino una forma integral de vida), pues no tiene fundador ni autoridad central, como tampoco se basa en un único libro sagrado; su asiento se encuentra en el alma suprema Atman, que existe en todas las cosas y las personas, y la cual se intenta alcanzar a través de la iluminación.

Los distintos preceptos evolucionaron en su interpretación, pero sin duda el que más se ha extendido es el de no causar lesión moral o física a ninguna forma de vida. Una virtud que fue muy popularizada en el siglo XX por Mahatma Gandhi, firme difusor del principio de la ahimsa (la no violencia y el respeto por la vida), en su oposición a la ocupación británica.

Las tradiciones del subcontinente indio han bebido de diversas fuentes: imperios extranjeros (arios, mongoles, árabes) y de las dinastías locales. Una convergencia cultural que dio origen a ramificaciones del hinduismo como el budismo, el jainismo y el krisnaísmo y otras.

Lo sagrado y lo virtuoso

En un territorio con diversidad de fauna y afluentes, se originó una apreciación diferente de lo natural y de lo humano. En la existencia de la vaca sagrada –un tópico indio– se cimienta la antigua mitología hindú, que refleja este animal como la madre Tierra, que desprende fertilidad y abundancia; de allí que, con el pasar de los siglos, una gran mayoría hubiera optado por el vegetarianismo. Como muchos otros animales, estos seres son tratados con respeto y deambulan libremente en bazares y ríos sagrados.

El poeta colombiano de la Generación sin nombre, Henry Luque Muñoz (1944–2005), escribió esta visión tras su experiencia en la India.

Ganges

Por el Ganges bajaba
una vaca,
el espinazo vuelto trizas,
en los dulces ojos la esperanza
de alcanzar la venia de los dioses.
Bajaba muerta
con su ternero vivo en las entrañas.
Lo vi desde la barca
mortales,
vi por el agua bajar ese milagro.

El misticismo impregna cada esquina de la cultura india. Los rituales se repiten en los templos y a lo largo de la ribera del Ganges. En un lugar específico del río termina el ciclo de la reencarnación, samsara, por lo que es necesario morir en Benarés para conseguir el moksha o liberación hacia el nirvana. Pero el venerado río también es el lugar final para los animales fallecidos, junto con los detergentes de la limpieza, las miles de ofrendas y los residuos industriales… Ganga es, a su vez, una divinidad en forma de mujer con cuatro brazos, largos cabellos y en posición de flor de loto sobre un cocodrilo.

El hinduismo agrupa a más de 330 millones de dioses y diosas. Algunas deidades tienen cuerpo de humano y cabeza de mono: Hánuman, o cabeza de elefante: Ganesha, pero la trinidad está coronada por Brahma, Vishnú y Shiva.

Sin embargo, en las tradiciones religiosas se encuentran creencias politeístas, monoteístas y también ateas. Esta problemática de adoraciones acarreó el planteamiento de nuevas fuentes de pensamiento, filosofías y movimientos sociales que fueron revolucionarios.

El budismo, extendido hoy globalmente, tuvo como punto de partida a Siddhartha Gautama, quien buscó eliminar su sufrimiento y el de los demás. Luego de una vida privilegiada decidió, a los 29 años, abandonar todo y dar un vistazo al mundo real. Allí se percató de las angustias: enfermedades, envejecimiento, pobreza, y de la insatisfacción que la vida provoca en las personas.

Luego de ser iluminado bajo un árbol después de 49 días de meditación continua dio su primera enseñanza en Sarnath. Tenía 35 años, y se dice que tuvo otros 45 años más para difundir sus enseñanzas, muy al contrario de otros líderes espirituales y religiosos, entre ellos Jesús o Mahoma.

Las cuatro verdades, o dharma, halladas por Siddhartha (Buda) definen que el sufrimiento es causado por el deseo, siendo aquello lo que se debe controlar por medio del autoconocimiento, los comportamientos correctos y los esfuerzos necesarios para alcanzar la iluminación. Esta visión desestructuró la tradición religiosa, desbancó a dioses antiquísimos y dio prioridad al comportamiento. Con los años, esta corriente fue absorbida por parte del hinduismo, que lo incluyó en su panteón divino. Su imagen más común se representa sentado en posición de flor de loto, con los ojos entrecerrados y gesto de meditación.

En ese mismo periodo, entre los siglos V y IV a. de C., llama la atención que en otro punto del planeta también se estuviera conformando la piedra angular de la filosofía occidental con Sócrates, quien impulsó el conocimiento humano por medio de sentencias como ‘Conócete a ti mismo’, ‘Solo sé que no sé nada’, y en cuyas disertaciones planteó “una existencia etérea sin el consentimiento de ningún dios como figura explícita”, una declaración que a la larga terminó sentenciándolo a la pena de muerte con un sorbo de cicuta.

Los intérpretes de sus doctrinas –Platón, Aristóteles y demás– seguirán reflexionando sobre el humanismo contenido en este ser humano, aunque el pensamiento occidental ya lo había liquidado de raíz.

Benarés, la ciudad sagrada

La ciudad sagrada de la India, ubicada en el centro norte del país, no se destaca por piezas monumentales como el Taj Mahal, su fascinación histórica está en los ritos y tradiciones que allí se celebran. Las fuentes indican que este lugar existe hace más de 4.000 años, incluso antes de que pudiera brillar Atenas o Roma.

Un lugar donde idealmente debe tener fin la cuarta etapa de la vida. De allí que cada año, miles de cuerpos inertes circulen, en camillas de bambú, por las estrechas calles que bordean el Ganges. Acompañados por sus familiares, esquivan comercios, animales, peregrinos, ancianos y mendigos que se dirigen a las riberas ceremoniales del río o ghats, donde se realizan las cremaciones.

La espiritualidad que concentra Benarés reúne las tradiciones más íntimas del hinduismo. En India existe la posibilidad de reflexionar sobre la vida a través de la meditación, el desprendimiento material y la toma de conciencia sobre los comportamientos. Algunas personas pueden llegar a convertirse en sadhus, monjes ascetas que, aunque permanecen en sociedad, renuncian a las comodidades del mundo material y la vida mundana, encontrando en la contemplación el método para su purificación y liberación final.

Considerados santos, son respetados y suelen vestir telas de tonos azafrán, viven de la caridad gracias a su ejemplo, y su austeridad se limita a mínimas pertenencias para su supervivencia. No se conoce su número, ya que no están regulados por un monasterio como en otras culturas, pero se estima que puede haber 5 millones de monjes sadhus, sanyasis o yoguis, según su interpretación del hinduismo.

La cremación de los cuerpos en piras de madera no hace parte de un escenario grotesco sino del ritual cotidiano de la ciudad. Los hombres son los que, de manera exclusiva, pueden acompañar el cuerpo hasta el lugar de su incineración. Una vez han pasado las horas necesarias, las cenizas se ofrendan al río.

La muerte en Occidente, aunque la intuimos a diario en los noticieros, no se evidencia en grandes rituales públicos sino que se oculta. Las personas suelen vestir de negro, mientras que en India, por oposición, todo es muy colorido, y se acepta que la muerte está muy presente en la vida.

India es hoy la cuarta potencia económica mundial –a pesar de su gigante desigualdad–; su ascenso parece imparable, como también la difusión de su cultura y filosofía.

En Occidente, donde la existencia humana parece haberse desdibujado en un sempiterno juvenil sin tiempo para un respiro individual, la influencia también se hace sentir a través de métodos —depurados previamente— para aproximar la espiritualidad. La expansión del yoga, el mindfulness, la meditación o el vegetarianismo son solo unos ejemplos. Podría ser, para esta cara del planeta, la oportunidad de recobrar un sentido humanista sobre la existencia, pero se corre el riesgo de que la mercantilización lo deje como un producto de estantería o un servicio de gimnasio.

Mientras tanto en India, como hace milenios, el tiempo y la evolución seguirán el curso a su propio ritmo.

DAVID MORALES MESA
​Copyright. David Morales Mesa.
* Experto en Relaciones Internacionales y periodista.

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