Cusco, capital arqueológica de América

Cusco, capital arqueológica de América

Peregrinación para descubrir la historia del Imperio inca y su posterior colonización.

Cusco

La plaza de Armas, enorme, adornada con dos inmensas iglesias, la Catedral y la de los Jesuitas, tiene en su centro el monumento a Pachacútec, ‘el transformador del mundo’.

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Andrés Hurtado

Por: Andrés Hurtado
27 de febrero 2020 , 05:00 a.m.

Volando sobre los Andes peruanos cuando el avión emprendía el descenso rumbo a Cusco apareció nítida la figura de un cóndor que planeaba sobre el glaciar de una cumbre nevada. Fue para nosotros una espléndida bienvenida al mundo que visitaríamos, el de los incas, artífices del más poderoso imperio de la América precolombina.

Nosotros, Wilfredo Garzón y yo, esbozamos una leve y bien educada sonrisa cuando nos insistieron en el peligro de la altura de Cusco (3.400 metros): caminar despacio, no correr, no hacer esfuerzos, respirar hondo, beber mate de coca. Somos hombres de montaña.

Visitar Cusco (Qosco en quechua) es exponer el alma y la sangre a vibrantes emociones telúricas y genesíacas. En Qosco bulle el sentimiento de nuestra indigenidad, de nuestro ancestro terrígeno anclado en los Andes, en las pampas y selvas amazónicas.

“Sube a nacer conmigo, hermano. / Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado”.

Eran Neruda y su emoción terrígena volcada en versos sobre este imperio poderoso y el legado que dejó a la humanidad: Machu Picchu, Qosco, Sacsayhuamán, Choquequirao, Ollantaytambo, el valle de Urubamba y sus pueblos... Caminara por donde caminara en las calles, plazas y jardines de Qosco bullían en mi ser las palabras de Neruda, que sé de memoria.

Llegados a Qoricancha y sus poderosos contrafuerte de piedra, único recuerdo que dejaron los españoles del Templo del Sol en Qosco, el más grande del Imperio inca, y sobre cuyos muros destruidos se construyó el convento e iglesia de Santo Domingo, me detuve para recitar, emocionado:

“Sube conmigo, amor americano. / Besa conmigo las piedras secretas”.

Las paredes del templo del Sol estaban cubiertas por láminas de oro. Por doquiera en el casco histórico de Qosco se ven los muros incaicos construidos con piedras milimétricamente talladas, puestas unas encima de otras, sin ningún pegamento y sin que se pueda meter la hoja más fina de afeitar o un alfiler entre ellas. Era la perfección sin igual de la técnica arquitectónica a la que llegaron los incas. Casas, palacios, iglesias, bancos, hoteles, construcciones de la más variada índole utilizan en las partes bajas de sus paredes restos de los muros de los incas.

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Templo de Qoricancha: templo del sol.

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Madre e hija quechuas.

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Madre e hija quechuas.

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'Matronas' quechuas en la Plaza de Armas.

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Catedral de Cusco.

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Andrés Hurtado

Todo en Qosco invita a la exaltación, es una ciudad para recorrer no como turistas, sino como peregrinos. Luego de visitar la iglesia de Santo Domingo nos dirigimos a la plaza de Armas. Enorme, adornada con dos inmensas iglesias, la Catedral y la de los Jesuitas, tiene en su centro el monumento a Pachacútec, “el transformador del mundo”.

Este soberano inca transformó el curacazgo y lo convirtió en el gran imperio. Nació en Qosco en el palacio de Cusicancha, que estaba al lado del Qoricancha. Además de invencible guerrero fue un hábil administrador.

En el inmenso y colorido mural que Juan Bravo pintó y que se encuentra en Qosco y que describe la historia de la ciudad, Pachacútec es la figura principal y aparece en el centro de la pintura. Pachacútec gobernó entre 1438 y 1471, año de su muerte. Uno de los cuatro costados de la plaza de Armas es porticado y el efecto visual que produce es alucinante.

La fundación misma de Qosco tiene ribetes legendarios. Así nos la cuenta el inca Garcilaso de la Vega: Manco Capac y Mama Ocllo, nacidos del padre Sol en el lago Titicaca, viajaron por el mundo, arrojaron la jabalina de oro y allí donde quedó clavada en la tierra fundaron Qosco.

Y así comenzó la mítica saga de la ciudad, convertida luego en la historia de los 14 emperadores incas, y más tarde en la sangrienta conquista por parte de los españoles que comenzó con la captura de Atahualpa en Cajamarca y terminó en el llamado Imperio Rebelde de Vilcanota cuyo último emperador fue Tupac Amaru, asesinado en 1572.

El conjunto arquitectónico religioso de la catedral lo forman tres templos: la catedral misma, el templo del Triunfo y el de la Sagrada Familia, y se encuentran en la plaza de Armas. El templo basilical fue construido en piedra volcánica andesita, pertenece al estilo barroco-mestizo-plateresco-xiloformo y se asienta sobre el que fue palacio del inca Viracocha.

En otro ángulo de la plaza se encuentra la iglesia de los jesuitas, construida en el solar que fue del palacio del inca Huayna Capac. La iglesia pertenece al estilo barroco, está hecha de roca andesita y basalto rosado y, al igual que la catedral, tiene a lado y lado dos capillas: la llamada de los Indios y la de San Ignacio de Loyola.

La iglesia de la Compañía es una de las joyas del Barroco americano. Otra iglesia digna de visitarse es la de la Merced, famosa por el coro y por sus tallas de madera.

Si alguna ciudad merece ser declarada con honores patrimonio de la humanidad es Qosco, y lo fue en 1983. Ya el inca Garcilaso la había llamado “el ombligo de la tierra”.

La calle más recorrida y admirada de Qosco se llama Hatum Rumiyoq en idioma quechua, es estrecha y sube en acusada pendiente hasta el barrio San Blas, donde fue enterrado Pachacútec. En esta calle siempre hay aglomeración de visitantes admirando el soberbio muro inca y tocando la piedra más famosa de la ciudad, la de doce ángulos. La acarician, se fotografían frente a ella y se miden con la piedra más grande del muro, cuya altura sobrepasa la de una persona promedio.

Arriba, la calle se abre en una plazoleta de artesanos en la que los extranjeros aprenden técnicas de la artesanía quechua, y todo el trayecto del ascenso está flanqueado por tiendas que venden suvenires quechuas, coloridos y de buen acabado.

En la afueras de Qosco, a dos kilómetros al norte, está la monumental fortaleza ceremonial de Sacsayhuamán, a 3.700 metros sobre el nivel del mar. Pachacútec comenzó su construcción en el siglo XV y la terminó Huayna Capac en el XVI.

La gigantesca fortaleza abarca 3.100 hectáreas y tiene tres muros de piedra y tres torreones. En uno de los muros se ve todavía construida con megalíticas piedras la garra del puma. Hoy solo se conserva el 20 por ciento de la construcción original pues los españoles se llevaron las piedras para hacer sus construcciones en Qosco. Cada año, el 24 de junio, en el solsticio de invierno se celebra aquí el Inti Raymi, fastuosa ceremonia de culto al sol. Los centenares de participantes llegan ataviados con vestidos multicolores de la época de los incas. Turistas de todo el mundo asisten al espectáculo y hacen reserva con meses de anticipación.

Tuvimos una suerte en nuestro recorrido por Sacsayhuamán: no pasaban de 20 los visitantes, cosa extraña; el silencio era atronador y solo se oía la música de una flauta que alguien tocaba escondido en uno de los rincones de la fortaleza. Subido en una piedra recordé otra vez a Neruda y su canto a las piedras sagradas de los incas:

“Dadme el silencio, el agua, la esperanza. / Dadme la lucha, la fe, los volcanes. / Apegadme los cuerpos como imanes. / Acudid a mis venas y a mi boca. / Hablad por mis palabras y mi sangre”.

Así, en la augusta soledad de Sacsayhuamán terminamos nuestra peregrinación a Qosco, “capital arqueológica de América”, hermanada con Jerusalén, Belén, Atenas, Samarcanda y Chartres.

ANDRÉS HURTADO 
PARA EL TIEMPO - @ViajarET

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