Cañón del Colorado, santuario de obligada peregrinación

Cañón del Colorado, santuario de obligada peregrinación

Crónica de una visita a este patrimonio que celebra su primer siglo como parque nacional en EE.UU.

Colorado

Tiene 446 kilómetros de longitud y 1.857 metros de máxima profundidad.

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Andrés Hurtado García

Por: Andrés Hurtado García - Especial para EL TIEMPO
11 de julio 2019 , 08:19 a.m.

Así como a los ancianos el tiempo, siempre implacable, les marca el rostro con arrugas que lejos de significar deterioro representan experiencia y muchas veces sabiduría, a lo largo de los siglos este ha horadado la faz de la Tierra con profundos cañones que no son imperfecciones sino elementos que elevan a cotas supremas la belleza del planeta.

En Colombia tenemos el emblemático cañón del Chicamocha; el del Guáitara, que santifica sus aguas al pasar por el santuario de Las Lajas; el del Combeima, que se ufana de su origen en las nieves del Nevado del Tolima; el de la Hoz de Minamá, donde el poderoso río Patía se reduce a tres metros de anchura.

Los cóndores andinos vuelan majestuosos por el cañón del Colca en Perú, el más profundo de la Tierra; el majestuoso río Nahanni ha cavado su cañón en el gélido norte canadiense y el Yalung-Tsangpo huele a incienso budista tibetano y a nieves de la cumbre de la Tierra en el Himalaya.

Por encima de todos campea en la geografía universal y en el imaginario de los habitantes del planeta la estampa del cañón del Colorado. En 1908 fue declarado monumento nacional de Estados Unidos, consagrado como parque nacional en 1919 (estamos celebrando su centenario) y patrimonio de la humanidad en 1979.

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En el cañón hay cascadas, remolinos, cuevas y picos rocosos.

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Andrés Hurtado García

Su tremenda espectacularidad debería inscribirse en el corazón de todos los amantes de la belleza de la Tierra y de su telúrica fuerza como un santuario de obligada peregrinación. Quizás luego de visitarlo digan que ya pueden morir en paz.

Sus 446 kilómetros de longitud y 1.857 metros de máxima profundidad esconden 2.000 millones de la historia de la Tierra, y el cañón mismo se formó hace 6 millones de años. En sus márgenes vivieron hace 3.000 años tribus de indígenas cazadores y recolectores. Se considera que el español Francisco de Ulloa descubrió el río el 28 de septiembre de 1539 y tomó posesión de este en nombre de la corona española.

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La fauna se ha adaptado a las duras condiciones climatológicas y del terreno.

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Andrés Hurtado García

Hay cuatro formas para acercarse al cañón y al río y gozar de su espectacularidad. La primera es meterse en su cauce y navegarlo desde su origen. Son varios días. La segunda, bajando a la entraña del coloso; se desciende a pie o a lomo de mula. Son ocho horas por un camino angosto y peligroso. Se recomienda bajar muy despacio debido a la dureza del camino y la intensidad del calor.

La tercera es sobrevolarlo en helicóptero o avioneta. Hay dos bases para ello, salir directamente de Las Vegas, a 180 kilómetros de distancia, o decolar de pistas cercanas al cañón. Los que gozan del cañón desde el aire suelen sobrevolar la impresionante presa Hoover, una de las más grandes de Estados Unidos.

100 años como parque: en 1919 fue consagrado parque nacional de Estados Unidos

La cuarta es contemplarlo desde los bordes del abismo. El cañón no es el simple hueco por el que discurre el río; en el fondo hay cascadas, chorreones, remolinos, cuevas, picos rocosos, bosquecillos y una paletada de colores y reflejos: rojos, morados, negros, ocres, amarillos, verdes, blancos, colores indefinibles.

La fauna del cañón se ha adaptado perfectamente a las duras condiciones climatológicas y del terreno. En la cima de la llamada cadena trófica se encuentra el puma o león americano. Es muy sigiloso, y aunque no se deja ver fácilmente, en el llamado North Rim (borde norte) aparece de vez en cuando. El coyote es como un perro pequeño y a veces merodea en los campamentos buscando restos de comida.

El macho de la cabra salvaje o borrego cimarrón se conoce por sus cuernos retorcidos; la hembra los lleva rectos. Se ven fácilmente en el South Rim. Los ciervos llamados canadienses son los más sociables con el hombre e incluso salen a la carretera en los bordes del cañón. Hay mulos salvajes, descendientes de los equinos traídos por los españoles. Se ven mapaches, ardillas y serpientes cascabel que se camuflan perfectamente entre las rocas.

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Una alternativa para conocer el cañón es navegar por el río un buen trayecto.

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Andrés Hurtado García

Aunque el cañón ofrece en todo su recorrido un espectáculo formidable, hay ciertos bordes de inigualable recordación. Tal es el caso de Horseshoe Bend, la inmensa herradura que forma el río. Para algunos es uno de los rincones más bellos del mundo. El río Colorado forma una herradura perfecta en cuyo centro se levanta un pico rocoso. Las horas favorables para visitar esta herradura y lograr mejor luz y evitar las sombras son la media mañana y las primeras de la tarde.

Cañón del Colorado, santuario...

Otro lugar de impresionante belleza es el Antelope Canyon, que no pertenece al cañón, pero está muy cerca. Es imprescindible utilizar los servicios de un guía indígena. Se trata de un estrecho pasadizo cuyas paredes son rocas que tienen vetas multicolores; en determinado lugar y hora que solo conoce el guía entra un rayo de sol que aquel logra hacer visible mediante las manotadas de polvo que le arroja.

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Las múltiples formas de las rocas y las montañas hacen de este un paisaje único.

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Andrés Hurtado García

Hay tres bordes perfectamente conocidos para contemplar el cañón: Borde Oeste (West Rim) Sur y Norte. Los dos primeros ofrecen mejores vistas. En el Borde Oeste, que es el más popular, se puede ‘volar’ sobre el cañón a más de 1.000 metros de altura sobre el río, caminando sobre el skywalk, que es una pasarela de vidrio que avanza horizontal hacia el abismo.

Es clave utilizar los servicios de un guía indígena. Se trata de un estrecho pasadizo cuyas paredes son rocas que tienen vetas multicolores

Todos los escenarios solitarios y solemnes de la geografía terrestre son magníficos lugares para entregarse a la contemplación de sí mismo a través del paisaje, pero hay unos más aptos que otros. Fueron horas muy bien invertidas las que ‘gastamos’ alejados de la muchedumbre de visitantes y turistas (siempre bullosos), sentados en barrancos proyectados hacia el abismo, mirando el río y pensando en Hermann Hesse: “Un río, es lo que más quiero, me he mirado en sus ojos”.

Y hemos recordado a Fernando Pessoa, cuyo consejo hemos seguido en muchos lugares de la Tierra: “Siéntate al sol, abdica y sé rey de ti mismo”. Mucha falta nos hace abdicar de tantas vanidades y fatuidades de la sociedad en la que vivimos. Cuando yo muera “y el día esté lejano”, mi espíritu errante caminará por los bordes de este cañón, “deshaciendo los pasos”, como dice una leyenda de mi ancestro paisa.

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