La Habana: cinco siglos de mestizaje y sabor

La Habana: cinco siglos de mestizaje y sabor

Con sus claros y sus sombras, la capital cubana lleva 500 años enamorando a quienes la visitan.

La Habana, Cuba

Los coches clásicos son uno de los principales atractivos de la ciudad, parada en el tiempo.

Foto:

iStock

Por: Manuel Noriega - EFE Reportajes
01 de junio 2019 , 10:10 p.m.

“Vamos a caminar, se está poniendo el sol y La Habana se muda al malecón”, reza la canción del trovador cubano Ireno García. No son los únicos versos dedicados a una ciudad en donde cierta decadencia se convierte en poesía. Con sus claros y sus sombras, La Habana lleva 500 años enamorando a quienes la visitan.

Diego Velázquez de Cuéllar, en nombre de los reyes de España, estableció su tercer y definitivo asentamiento en La Habana en 1519, tomada como fecha oficial de la fundación de la ciudad.

Según el portal oficial de turismo de Cuba, la ciudad sufrió varias embestidas de piratas y corsarios franceses durante la primera mitad del siglo XVI. Por eso, la Corona española decidió blindar la bahía y los puntos estratégicos de la ciudad con diversas construcciones, de las que algunas aún se conservan.

Durante el siglo XVII, por la omnipotente fuerza del catolicismo traída por los colonizadores, las iglesias, ermitas y residencias religiosas proliferaron en La Habana, moldeando su perfil arquitectónico.

Un siglo después, los británicos se hicieron con el control de la ciudad y tras once meses la devolvieron a los españoles, a cambio de la Florida.

En el siglo XVIII y XIX, La Habana era una ciudad de referencia, floreciente; se construyeron una red de ferrocarril y puntos de encuentro culturales como El Liceo Artístico y Literario o el Teatro Coliseo.

Bajo la influencia estadounidense en el siglo XX, “la ciudad crece y se enriquece con numerosos edificios de los años treinta, se levantan suntuosos hoteles, casinos y clubes nocturnos”, dice la información oficial sobre turismo de La Habana. A mediados de siglo, la Revolución acabó con el régimen de Batista y el control estadounidense.

Todas las gentes que pasaron por esta capital caribeña dejaron tras de sí un rastro. Desde los europeos, los esclavos traficados desde África, los indios taínos y chinos, hasta los corsarios y piratas. La Habana es música, sabor, identidad y luz: muchas Habanas en una.

Eusebio Leal, historiador centrado en la ciudad, dijo de ella que es “un estado de ánimo”.

“Cuando uno llega a La Habana, siente que algo lo seduce, lo atrae, lo atrapa, no deja indiferente a nadie. A veces, la ciudad está cubierta por un velo de decadencia. Pero cuando tú rompes el velo aparece el esplendor de su urbanismo”, comentó Leal.

Un día en La Habana

Hoy en día, la urbe vibra entre la historia que guarda su centro histórico, una gran oferta cultural y el latir del malecón. Se puede caminar La Habana serpenteando entre el pasado y el futuro.

No hay una única manera de caminar por La Habana, pero esta puede ser una de las posibles rutas para celebrar su 500.º cumpleaños.

Para acercarse a los primeros años de la ciudad, los viajeros pueden aproximarse a conocer la muralla, más bien el fragmento que queda de ella, que la defendía de invasores. Su construcción se completó en el siglo XVII y tenía casi 5.000 metros de longitud, un metro y medio de ancho y diez de alto.

Perderse por las calles de La Habana Vieja siempre es una buena idea. Parte de esta zona de la ciudad ha sido rehabilitada en los últimos años, y, aunque la presencia de turistas es más alta que en otros lugares, su belleza vale la pena. Algunas paradas obligatorias en el barrio son: la farmacia Taquechel, la Casa de la Obra Pía o el callejón de los Peluqueros.

Cuando uno llega a La Habana, siente que algo lo seduce, lo atrae, lo atrapa, no deja indiferente a nadie. A veces, la ciudad está cubierta por un velo de decadencia

Para salir de los cauces turísticos, el barrio de Playa y Habana Centro son dos buenas apuestas. En sus calles se respira vida habanera con diferentes cafés y bares en los que disfrutar de lo auténtico.

Para comer, los Nardos es un restaurante muy conocido y frecuentado por turistas y locales, aunque a veces la proporción no es equilibrada. Encontrarlo es fácil: si se sitúa en las escaleras del capitolio verá una cola larga de gente esperando acceder a un edificio verde. Es ahí.

El museo de la Revolución es una oda a la resistencia de Cuba frente a Estados Unidos. En él se pueden encontrar objetos y documentos que atestiguan los años de guerrilla de Castro. Para los que más se interesen por la etapa revolucionaria del país, la visita a la plaza de La Revolución es obligatoria. Allí se puede contemplar la famosa silueta de Ernesto ‘Che’ Guevara, sobre la fachada del Ministerio del Interior.

Para cuando va cayendo el sol, el malecón es un lugar especial. A la vera del mar, con una buena botella de ron sobre el muro y con el murmullo de los locales de fondo.

A las nueve en punto hay otra cita histórica –y curiosa–: ‘el cañonazo’. En la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, a esa hora se dispara un cañón. En la época colonial, a la que se remonta esta tradición, se anunciaba así el cierre de las puertas de la muralla.

Y con la noche ya encima, las opciones para cenar son numerosas. En el restaurante Café Laurent, por ejemplo, se pueden degustar algunos de los platos más típicos de la gastronomía cubana. Y, para disfrutar de la música local, un nombre entre muchos: el Salón Rosado Benny Moré, con música en vivo.

Hay muchas maneras de conocer la ciudad y disfrutar de la huella que han dejado en ella 500 años de historia, música y cultura. Y todas ellas, válidas. El tiempo nunca es perdido por las calles de La Habana.

MANUEL NORIEGA
EFE Reportajes
En Twitter: @EFEnoticias

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