Tras el origen de los discursos sobre el amor

Tras el origen de los discursos sobre el amor

‘Amor’, en el Museo del Louvre, revela la procedencia de algunas ideas que existen sobre el amor.

Le baiser

Carolus-Duran. ‘Le Baiser’, 1868. Óleo sobre tela Lille, Palacio de Bellas Artes. ©RMN-GP / Hervé Lewandowski.

Foto:

Servicio de prensa Museo Louvre-Lens.

Por: Melissa Serrato
03 de octubre 2018 , 10:12 p.m.

Algunas declaraciones y afirmaciones que usan recurrentemente y desde hace siglos los enamorados tienen su origen en textos filosóficos y literarios de los que se han nutrido las artes y la cultura popular. A fuerza de repetirlos y recrearlos se han convertido en sólidos discursos presentes en la vida cotidiana.

La exposición ‘Amor’, en el Museo del Louvre de la ciudad de Lens, invita a recorrer las principales ideas sobre las que se ha edificado el amor en Occidente: desde su nacimiento hasta su fin, pasando por sus momentos cumbres y sus injusticias con las mujeres.

Vale la pena empezar por la palabra ‘enamoramiento’, que en varias lenguas –por ejemplo, en francés, tomber amoureaux, y en inglés, fall in love– antepone la existencia del sentimiento amoroso a una caída. De ahí la secuencia de la película francesa Amélie, en la que la joven camarera se derrite como hielo ante el fuego frente a su amado Nino; al igual que aquella en la que Carrie, la protagonista de la serie Sex and the city, tambalea sobre sus tacones justo después de haberse cruzado por primera vez con el señor Big.

La filósofa Olivia Gazalé explica en el catálogo de la muestra que esta expresión se debe precisamente a que el instante en el que se produce o se concreta el enamoramiento resulta ser un evento tan decisivo que “provoca un vuelco, una pérdida de equilibrio, una sacudida total. Dice el enamorado: ‘estaba sólidamente instalado sobre mis dos piernas y he aquí que, sutilmente, por un encuentro, en el espacio de un corto instante, dejo de estar en pie, mi vista se nubla, mis referencias vacilan, mis sensaciones se retuercen. Todo da vueltas a mi alrededor, mi universo se disloca’ ”.

Y aunque es el azar el que incide en esto, los enamorados suelen tratar de explicar, bajo la idea del destino, que su encuentro es una predestinación.
De allí se derivan preguntas como: “¿dónde estabas que te esperaba desde hace tiempos?” o “¿cómo hiciste para aparecer cuando más te andaba buscando?”. Según Jean Claude Bologne, especialista de la historia de la pareja, la idea original de buscar el “complemento perfecto”, el “alma gemela” o a “la media naranja” reside en El banquete, uno de los Diálogos de Platón.

Les fiances

Lucas de Leyde. ‘Les fiancés’. Vers 1525. Óleo sobre madera Strasbourg. Musée des Beaux-arts ©Musées de Strasbourg / M. Bertola.

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Servicio de prensa Museo Louvre-Lens.

Allí, Sócrates relata que “un mito antiguo explica la esencia de la relación amorosa: la humanidad primitiva estaba constituida por hombres dobles que correspondían a tres géneros: uno, compuesto por dos hombres; otro, por dos mujeres y un tercero, por un hombre y una mujer. Después de una rebelión contra los dioses, estos seres fueron castigados y cortados. Desde entonces, cada mitad de lo que antes fue un ser original va por el mundo en busca de su parte complementaria”, rememora Bologne.

A esa idea de estar incompletos y buscando eternamente “la otra mitad” se le suma la del deseo de alcanzar y experimentar el amor, pues este es por excelencia “el sueño de Occidente”, según la expresión del sociólogo Francesco Alberoni, ya que en él parece estar cifrada la esperanza de una vida nueva, una redención; en otras palabras, de un volver a nacer.

De esta manera, la vivencia del amor se convierte en una experiencia tan placentera que produce la sensación de que solamente junto al ser amado es posible encontrar la propia esencia. En este sentido resultan familiares afirmaciones como “descubrí la mejor versión de mí junto a ti” o “me haces ser mejor”.

Según Gazalé, lo que sucede en realidad es que amar “hace de mí un personaje sublime. Incluso Sartre, al margen de la demostración pesimista de El ser y la nada se entrega al sueño de un amor capaz de ‘salvar’ y de escapar al absurdo de existir”. Aunque antes que el filósofo francés, el libro bíblico El cantar de los cantares expresaba esta idea con claridad: “Hay sesenta reinas, ochenta concubinas y mujeres jóvenes sin nombre. Una sola es mi princesa, mi perfecta, ella es la única”.

Sin embargo, el amor mal entendido, hoy bien definido como tóxico, puede llevar al sufrimiento, la violencia, la devastación, la ausencia, los celos y la desesperanza, lo cual se explica por la misma dicha que produce amar: “Si nada me regocija tanto como el amor, nada puede hacerme sufrir tanto como el amor. Eros es impensable sin Tánatos”, añade Gazalé.

El filósofo Vladimir Jankélévitch lo dijo así: “Dolorosamente amoroso, amorosamente doloroso”, y François Truffaut lo escenificó impecablemente en su película El último metro, cuando Gérard Depardieu le dice a Catherine Deneuve: “Eres bella, Helena. Tan bella que mirarte es un sufrimiento. Es una alegría y un dolor”.

Un largo e injusto capítulo para las mujeres

Zeev Gourarier, curador de esta exposición, asegura que Eva ha sido señalada como la causante de la expulsión del paraíso, y quien puso al ser humano frente al sufrimiento y la muerte, y lo obligó a trabajar. “Esta historia, retomada generación tras generación, está profundamente anclada en la cultura misógina”.

A ello se suma el arquetipo de la mujer impúdica encarnada por Helena de Troya, quien “no solo se convierte en heredera, sino en encarnación de los errores femeninos”, asegura Alexandre Estaquet-Legrand, investigador del museo.

pSYCHE

Antonio Canova. ‘Psyché et l’Amour. Vers 1797. Mármol. ©RMN-GP (Musée du Louvre) / Stéphane Maréchalle.

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Servicio de prensa Museo Louvre-Lens.

Desde entonces, el hombre se ha preguntado cómo protegerse de la seducción de las mujeres para evitar repetir eternamente la falta cometida por Adán. Y por esa vía ha tildado de bruja y hechicera a la mujer, situándola más del lado del mal que del bien.
La imponente Carmen que imaginó Georges Bizet para su ópera de 1875 es una mujer capaz de proclamar que el amor “no ha conocido nunca, nunca de ley”, y es “con este canto que las libertarias de la época combaten convenciones alienantes, principalmente las del matrimonio”, asegura Zeev Gourarier.

Sin embargo, termina costándole la vida, a manos de don José, que al borde de los celos no admite que ella ya no lo ame y le entregue su amor al torero Escamillo.
Largo camino transcurre para que amor y libertad vayan de la mano, pues es hasta mediados del siglo XX que la mujer deja de ser objeto amoroso para convertirse en sujeto, y ejercer un amor y una sexualidad más libres.


MELISSA SERRATO RAMÍREZ
PARA EL TIEMPO - PARÍS

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