'Estoy mirando a la depresión de frente'

'Estoy mirando a la depresión de frente'

Una periodista de EL TIEMPO cuenta cómo vive este trastorno con el que fue diagnosticada en el 2013.

Mujer sentada en un muelle / No es de locos

"La depresión me convenció, más de una vez, de que el sufrimiento es un estado de vida permanente".

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Paola Chaaya / Unsplash. Logo #NoEsDeLocos: CEET

28 de septiembre 2018 , 09:17 a.m.

Todavía me parece extraño contarlo: la noche en que estaba absolutamente convencida de que me iba a morir no podía llamar a nadie porque estaba en un concierto de piano.

Era febrero del 2016 y tenía 21 años. El Teatro Colón, en Bogotá, estaba repleto y me imagino que todos los presentes habían ido al concierto por placer, para disfrutar de aquella desconexión que implica 'entregarse' a la música clásica. Yo no. Quería sentirme así, pero no pasó.

Aquél teatro era un espacio del que me había... ido.

Llevaba meses así: sentía la presión de emociones que querían quebrarme el cráneo y salir, salir de mí, hacerme estallar; llevaba meses levantándome todos los días para sentir, todo el día, que lo mejor hubiera sido quedarme dormida, perpetuamente dormida.

Llevaba meses sintiendo que todo acto que quisiera ejecutar encontraba resistencia de mi cuerpo, resistencia de mi mente: el desinterés, la fatiga, el silencio, la tristeza.

Todo eso vive y se retuerce, todavía, en mi cabeza. Me pregunto qué pensaría la pianista si supiera que su música fue testigo de un quiebre emocional sin precedentes en mí.

Yo estaba sentada, apoyada sobre las rodillas. Tenía sed pero me negué a tomar agua y, una vez perdí la noción del tiempo, bajé la cabeza. Cerré los ojos, me dispuse a escuchar, a escuchar para distraer todos esos síntomas que no me dejaban de acosar ni siquiera allí, ni siquiera cuando no tenía que hacer nada más que estar ahí.

Traté de escuchar mi respiración. Traté de observar lo que yo pensaba y encontré ese pensamiento una y otra vez: “Hoy, de acá, no salgo”. Me caló en los huesos; mi piel y mi cabeza dejaron de tener contacto con el resto del ambiente. “Hoy, de acá, no salgo”.

La depresión actúa de esa manera en mí: me vuelve una persona que se obsesiona con un pensamiento extremadamente autodestructivo. “Hoy, de acá, no salgo”.

No intenté hacerme daño físico. Aquella vez fue ‘puro proceso mental’, digamos: “Hoy, de acá, no salgo”. Tenía entre los ojos y el cráneo algo como una cortina de humo hecha de miedo, de cansancio, de tristeza, y esa cortina me presionaba los nervios, se me iba a salir por los ojos: estaba convencida de que aquella noche iba a ser mi última noche entre nosotros. “Hoy, de acá, no salgo”. En mi mente era simple, incluso sensato: “Hoy, de acá, no salgo”. Pensaba que, como ese iba a ser el final, no había música que valiera la pena disfrutar ni sonido que valiera la pena recordar.

Quizás pensaba que, en pocos minutos, me iba a quedar sin batería y apagarme.

Me tomó la incredulidad: cuando mi papá y yo nos subimos al carro para ir a mi casa, entendí que sí había salido del teatro y que eso no me hizo sentir menos asustada, ni menos triste ni menos incapaz de enfrentar lo que estaba pasando.

Le mandé un mensaje a mi novia: “No me siento bien”.

Así, con esa parálisis en mi cabeza, me acosté. No pegué un ojo en toda la noche; el solo pensar que al otro día debía ir a trabajar, que tuviera que hablar con mi mamá, que tuviera que levantarme me parecía imposible. Que siguiera ahí era imposible.

Cuando amaneció, tenía varias llamadas perdidas en el celular. Ni siquiera las había escuchado.

La depresión actúa de esa manera en mí: me vuelve una persona que se obsesiona con un pensamiento extremadamente autodestructivo

Pasó la mañana y alcancé a sentarme frente al computador. Intenté escribir un artículo que debía entregar para el trabajo hasta que me encontré con otro hecho sorprendente: no importaba qué tanto mi cerebro intentara darle órdenes a mis manos de poner una palabra después de la otra, no pasaba nada. Mis manos no reaccionaron, mis ojos no parpadeaban. Traté de pensar una línea lógica para el texto pero no entendía, ni siquiera, de qué se trataba el tema del que debía escribir aunque ya había hecho toda la investigación pertinente para hacerlo.

La mañana era soleada, deslumbrante.

Me sentí despegada de mí misma, como si nada pudiera afectarme ni para bien ni para mal. Sentía que toda la cadena de reacciones que genera el pensar en una acción antes de ejecutarla había desaparecido.

En algún momento fui al cuarto de mi mamá, que estaba tendiendo su cama, y, allí, en la puerta de su habitación, sin emitir sollozo o gemido alguno, me empezaron a bajar las lágrimas: “Tengo que ir a la clínica”.

“¿Qué pasó, Maru?”, me preguntó, algo pasmada. Le contesté lo que pude:

“No sé, mamá. No puedo más”.

Es una enfermedad

Me refería a la Clínica Montserrat, la única referencia en urgencias psiquiátricas que tenía en ese momento.

El trayecto de mi casa hasta allá confirmó mi derrota: yo ‘me había dejado caer’; era mi culpa que hubiera dejado ‘debilitarme’ de esa manera y, por lo tanto, me merecía lo que estaba pasando; y claro que se pondría peor, porque iba a tener que decírselo a mi papá, iba a tener que decírselo a mi jefa en el trabajo quien seguramente me iba a echar porque quién quiere a alguien con depresión en su oficina; seguramente mis papás se iban a sentir culpables, seguramente yo iba a tener que medicarme...

Ese trayecto me confirmaba que el mundo era un lugar amenazante y yo no iba a sobrevivir en él. Eso me dolía, me daba vergüenza. En mis crisis depresivas más fuertes, me hacía querer morir.

Todos estos miedos de los que trato de rehuir a diario forman parte de un patrón que me convencen de que son hechos irrefutables. No importa si todo a mi alrededor (mis amigos, mi familia, mis médicos, mis jefes) me dicen que me van a apoyar siempre o que no soy este desastre humano que estoy convencida de que soy. La depresión me convenció, más de una vez, de que el sufrimiento es un estado de vida permanente.

De aquel episodio del concierto, como yo lo llamo, uno de los psiquiatras de la Montserrat, tras haberme hecho muchas preguntas, tras haber revisado si me había hecho daño físico y luego de haber consultado a otro psiquiatra de la clínica, me recetó esto:

  1. Diez días de incapacidad laboral
  2. Una receta para pastillas antidepresivas
  3. Control psiquiátrico en dos semanas

Duré solo dos meses tomando los medicamentos y solo fui a dos sesiones más de psiquiatría. Dejé todo después de eso. Me convencí, de nuevo, de que podía ‘salir adelante’ sola.

Ahora pienso que el afán de autosuperación en el que vivimos nos engaña todo el tiempo.

Cuando me propusieron por primera vez tomar antidepresivos por primera vez ni entendía que eso que necesitaba un medicamento era un trastorno tratable. Me lo recomendó una psiquiatra en el 2013, cuando tenía 18 años y le contesté, de plano, que no iba a tomarlas. Que no, porque no. 

No le dije que me parecía 'terrible' que me propusiera eso. En mi familia eso daba miedo.

En todo caso, la psiquiatra me dijo que esas dosis debían acompañarse de un proceso terapéutico para que pudiera controlar, por ejemplo, las formas obsesivas que tengo de arruinar mi vida, como sabotear proyectos que en otras circunstancias me dan satisfacción o una ‘sensación de propósito’, si quieren llamarlo así.

Vivo tratando de no ser así, de no dejar que la tristeza me ponga contra la pared y me agote. Vivo tratando de no tropezarme con obstáculos como un llanto duradero, de horas, sin razón aparente; tratando de no convencerme de que soy un fracaso perpetuo e irreperable la depresión me acostumbró a pensar así. Aún me cuesta decirlo: no es mi culpa que me sienta así. La depresión no es solamente una enfermedad de cómo operan la mente y las emociones; también es física, también es contextual, también es personal y también le puede ocurrir a cualquiera aunque no entendamos exactamente por qué.

No es mi culpa que sea una enfermedad... sombría. La Organización Mundial de la Salud informó, el año pasado, que la depresión es la principal causa de discapacidad laboral en el mundo. ¡La principal causa de discapacidad en el mundo! Más de 300 millones de personas la padecen y, aún así, no logramos entenderla y, peor, seguimos ignorándola en casi todos los niveles.

Es una enfermedad evasiva para el que la sufre y para el que la estudia, supongo, pero está ahí, no es una rareza y se puede manifestar en cualquier persona que tenga cerebro.

Aunque, si les soy sincera, eso no lo entendí hasta años después de aquellas explicaciones que me dieron sobre los antidepresivos, ya cuando tenía 20 años. Otra psiquiatra me explicó que algunos de los que pasan por un episodio de depresión cuyos síntomas se vuelven incontrolables necesitan estar días en hospitales psiquiátricos para recuperarse. Otros necesitan quedarse en sus casas dos semanas sin ir a trabajar y, luego de esa ‘pausa’ en la que el medicamento empieza a hacer efecto, pueden sentirse un poco más estables.

Yo necesité esa pausa en el 2016 aunque, cuando me la recomendaron, me sentí culpable por tener que tomarla. Fue la única incapacidad laboral que recibí por depresión y, de hecho, de las pocas incapacidades laborales que he tenido en la vida.

El silencio puede convertirse en autosabotaje

Todavía pienso en eso, en la culpa. Es un sentimiento que surge, creo, porque pasé años acostumbrándome a tragarme la tristeza absoluta. Una persona que oculta su depresión puede hacerlo de maneras destructivamente creativas. Puedo dedicarle demasiadas horas extra al trabajo para ignorar los axiomas de la depresión que mi mente repite una y otra vez (como ‘sos una inútil’, ‘no servís para nada’, ‘no mereces estar en donde estás’); también me puedo dedicar a actividades rutinarias sin parar, como hacer ejercicio, cocinar, leer, y puedo hacerlas ‘bien’, sin darle un espacio a mi mente para que se 'entrometa' en mis asuntos.

Sin embargo, en el transcurso de esas tareas, me ausento; puedo automatizar mis acciones sin sentirme involucrada en ellas de ninguna manera. Eso no es sano. Eso, la verdad, solo aplaza lo que ignoro.

Y ese patrón también afecta mi memoria; no recuerdo muchas cosas de las que hago en ese estado. Entonces, cuando debo entender que tengo que tomar acciones para cuidarme a costa de que el mundo a mi alrededor deje de funcionar (como si eso fuera cierto), me siento así, culpable.

La culpa y la tristeza ocupan la mayor parte de mis pensamientos, aunque no sea mi culpa.

Desde la adolescencia, creo, empecé a creerme cuál era el ‘problema de lógica’ al que se enfrentan quienes nunca han tenido la obligación de informarse sobre la depresión y deciden interpretarla desde el prejuicio. Pensaba cosas como estas: pude haber sido un veterano de guerra y no sufrir de depresión hoy; pude haber sido maltratada físicamente por mis padres y, aun así, no sufrir de depresión hoy; pude haber pedido todo lo que me hacía feliz y, aun así, no sufrir de depresión hoy.

Me decía, en otras palabras, que mi vida no era lo ‘suficientemente mala’ como para estar sintiéndome así de mal. Me gradué de la carrera que siempre quise estudiar; me dedico a la escritura, me pagan por ella; vivo, en general, sin mayores contratiempos materiales, sin deudas; vivo con mis padres al alcance de una llamada, con la capacidad de consumir libros, películas, videojuegos.

La depresión (...) le puede ocurrir a cualquiera aunque no entendamos exactamente por qué

Con ese prejuicio en mente, cada vez que retomaba terapia psicológica significaba que iba abandonarla porque empezar esos tratamientos implicaba que tenía que aceptar que estaba así de mal. Es una lógica de la que no es fácil desprenderse y que requiere acciones constantes para confrontarla porque todo, en todas partes, nos continúa diciendo los trastornos mentales son casos aislados, problemas que, si se manifiestan, serán incontrolables...

Y yo, aún a estas alturas, todavía me convenzo de que no voy a poder cambiar cómo vivo este malestar constante. Todo eso se llama autosabotaje y el prejuicio contribuyó muchísimo a hacerlo parte de mi personalidad. Entre terapeuta y terapeuta, muchos otros, sobre todo amigos míos, también trataron de convencerme de que ‘lo mío’ no era estar así de mal y que, por lo tanto, que la solución estaba a la vuelta de un libro de autoayuda.

Me gusta ver y evidenciar que, con el paso de los años (y de los terapeutas y de los amigos) al menos empecé a cambiar un tipo de comportamiento: ahora busco artículos y estudios sobre depresión para no sentirme tan sola en mi silencio; busco textos para entender también que el problema de reproducir que la depresión es un capricho o un problema ‘de actitud’ es lo que nos convence de no buscar ayuda y que nunca, nunca estamos completamente a salvo de ese prejuicio. Incluso, hoy, me atrevo a decir que la mayoría de las 300 millones de personas que sufrimos esto no estamos convencidas de que la depresión es tratable con medicinas, con terapia, con acompañamiento, con lo que quede de paciencia.

Busco erradicar la vergüenza, el autosabotaje, la culpa. La tristeza sigue ahí pero, mientras tanto, intento mantener la disciplina de informarme siempre. En esa búsqueda encuentro los trabajos de colombianos como Ana Mess, que se encarga de hablar constantemente de cómo vive su depresión, de cómo la dibuja, literalmente, y de qué ha descubierto sobre ella; encuentro conferencias y textos de 'maestros' hipermediáticos como el periodista Andrew Salomon que, en Estados Unidos, se dedica casi que exclusivamente a escribir sobre psicología; encuentro a muchos, muchos comunicadores que hablan de su depresión en los medios en los que trabajan sabiendo que es necesario hablar de ella...

Me decía, en otras palabras, que mi vida no era lo ‘suficientemente mala’ como para estar sintiéndome así de mal

Informarse implica enfrentarse a reflexiones sobre cómo cabemos los que sufrimos este tipo de trastornos frente a ellos, cómo nos podemos separar de ellos. A veces encuentro entrevistas como una en la que la escritora Siri Hustvedt dice esto para la revista Lecturas: “Cuando una enfermedad no nos mata pero es crónica es esencial que la entendamos como parte interior de nuestra historia de vida, como parte de nosotros y no como una fuerza alienígena”.

Y ese tipo de reflexiones, aunque no estén relacionadas directamente con los trastornos mentales, me plantean la posibilidad de que este trastorno sea inseparable de mi forma de ser, de mi forma de interactuar con los demás, de mi forma de trabajar y mi forma de sentir el mundo.

Sé que pensar eso es otra trampa que trae el paso del tiempo, el silencio, las ganas de que todo esto simplemente se vaya y que no haya existido jamás. Por eso tenemos que hablar, discutir y tratar a profundidad sobre los trastornos mentales. Yo quiero hacerlo cada vez más.

No estoy tomando antidepresivos hoy. Sé que es un tratamiento al que puedo volver pero, en este momento en el que siento que necesito solamente hablar, reflexionar y echarle mucha cabeza a esto que sufro y en el que estoy recibiendo una terapia efectiva en ese sentido con mi actual terapeuta, prefiero no optar por esa medicación. Prefiero apersonarme primero de mi proceso terapéutico.

Por eso estoy tratando de mirar a la depresión de frente porque, cuando la ignoras, ella te recuerda que, si no la miras a los ojos, te apuñala. Escribo esto, también, para recordarme que no merezco ignorarla, que merezco cuidarme. Que, si no lo hago, el silencio puede volver a encontrarme.

MARU LOMBARDO
Periodista de Especiales digitales

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