Ser feliz, ¿un deseo o una obligación?

Ser feliz, ¿un deseo o una obligación?

En su libro, Sara Ahmed cuestiona la idea de ser feliz como dogma y religión dominante en Occidente.

Felicidad

Mostrarse feliz y pleno se ha vuelto una exigencia social. El problema es que nadie es feliz las 24 horas del día ni está obligado a serlo.

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Por: Tamara Tenenbaum - La Nación (Argentina) - GDA
21 de abril 2019 , 02:34 p.m.

“Siento que no tengo a quién contarle que tengo miedo, o angustia, o que me siento mal”, dice Ana, de 28 años, publicista. “No es que no tenga amigas, pero es como que si dices que estás mal te dicen que seas positiva, que pienses en lo bueno... y a veces me dan ganas de contestar: ¿no hay permiso para estar triste?”.

Ana no está sola en esta pregunta. Son muchos los que tienen la sensación de que vivimos en una época en la que la felicidad es, además del único objetivo de vida posible, una responsabilidad individual e, incluso, una obligación.

‘La promesa de la felicidad’, el libro de la teórica Sara Ahmed que acaba de publicar la editorial Caja Negra, presenta un abordaje filosófico que puede servir para reflexionar sobre la paradoja de la felicidad.

En este texto, publicado en su idioma original en 2010, pero que parece escrito ayer, Ahmed intenta explicar eso que cualquier usuario de Instagram sabe intuitivamente: que detrás de la idea de felicidad de una época se esconde también la moral de esa época, lo que sus habitantes entienden como normal y aceptable, y cierto conservadurismo respecto de la posibilidad de desviarse de esas normas y aun así tener una vida que valga la pena.

Ahmed analiza, por ejemplo, las implicaciones de frases como “yo solo quiero que seas feliz”, que pueden ser dichas con buena intención, pero traen también un mensaje disciplinador: sonríe, quédate tranquilo, no tomes riesgos, no te salgas de lo que se espera de ti, no cuestiones esas expectativas.

“Ahmed lanza su corrosiva crítica al imperativo de la felicidad señalando que el mismo se convierte en ‘técnica de disciplinamiento’, es decir, en un imperativo que está orientado a dirigir nuestra conducta, nuestros deseos, nuestras prácticas con la promesa de esa felicidad por venir, y a la que todos deberíamos aspirar”, explica Virginia Cano, la filósofa e investigadora del Conicet, Argentina.

“Produce mucha impotencia, me parece –dice Martín, de 35 años, docente de colegio de secundaria–. La sensación de todo lo que hay que hacer para ser feliz, que hay que viajar, ganar un montón de plata, tener la pareja perfecta, suena como agotador. Y a la vez, obvio, todos queremos eso, ¿no?”.

La duda de Martín es legítima y sintetiza varias de las claves del problema de la felicidad. Por una parte, habla de esta idea de que todos queremos las mismas cosas. Y no es casual que esas cosas sean una relación monógama (un gran tema en el libro de Ahmed: son muchos los estudios sobre la felicidad que con argumentos más bien circulares, correlacionan la felicidad con el matrimonio) y el éxito económico. Por otro lado, como bien pregunta Martín, tampoco queda claro qué otra cosa podríamos desear más que “ser felices”. ¿Cuál sería la alternativa a la felicidad como promesa?

Ahmed lanza su corrosiva crítica al imperativo de la felicidad, señalando que se convierte en ‘técnica de disciplinamiento’, en un imperativo orientado a dirigir nuestra conducta

Teorías ‘felices’

En principio, podemos decir, leyendo a Ahmed, que es importante entender este carácter de “promesa eterna”: la felicidad siempre está en otro lado, siempre se nos aparece lejos.

El psicoanálisis lo venía advirtiendo desde hace mucho: “La idea de felicidad es más bien un paraíso neurótico –dice Ángeles Justo, docente de la Universidad de Buenos Aires (Argentina) y psicóloga de planta en el Hospital Rivadavia de esa ciudad–, y como tal, siempre lo tiene otro o está en otro lugar. Esa frase de ‘nunca vamos a ser felices’ que usa la gente en redes sociales de algún modo es cierta.

“Jacques Lacan, en el ‘Seminario VII’, dice que los pacientes vienen a pedirle felicidad al analista, y obviamente los analistas sabemos que eso no existe y que tenemos que maniobrar con esa demanda de felicidad, pero no responder a la demanda jamás”, agrega. La cura psicoanalítica, explica Justo, vendría de aprender a vivir con esa felicidad que nunca va a ser completa.

El foco de Ahmed –y el de otras críticas recientes a este imperativo, como puede ser ‘El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital’, de la española Remedios Zafra, premio Anagrama de Ensayo 2017– no es tanto la búsqueda de una meta alternativa, sino más bien la comprensión de qué es lo que dejan afuera esas narrativas totalizantes que imponen a la felicidad como lo único que importa.

Así, en ‘El entusiasmo’, Zafra argumentaba que esa necesidad contemporánea de mostrarse siempre proactivo y feliz de trabajar (incluso si las condiciones están lejos de ser óptimas) nos ponía en un lugar solitario y desorganizado: en lugar de compartir con posibles compañeros y aliados nuestros problemas para resolverlos colectivamente, los negamos y dejamos que cada uno se quede solo con su angustia, pensando que es el único que la está pasando mal.

En la misma línea, Ahmed reivindica el rol social de los ‘aguafiestas’: la feminista, por ejemplo, que denuncia una injusticia en lugar de sonreír en silencio ante el abuso o la violencia.

“En un mundo plagado de injusticias, violencias y dolores para tantos –dice Cano–, no deberíamos dejar de preguntarnos cómo y a qué costo podemos ser felices. ¿No es la promesa de esa felicidad personal (o familiar) un modo de anestesiarnos frente a lo que nos rodea? ¿Acaso la búsqueda de la felicidad no puede operar como una tecnología de aislamiento que nos permite ser funcionales al ‘statu quo’, como un modo de cortar los lazos que nos unen a otras personas con las que compartimos una responsabilidad ética y política indeclinable, si es que queremos un mundo mejor para todos?”.

Sin abrazar una moral del sacrificio, Ahmed y Zafra iluminan todo lo que tienen de egoísta y anestésico estos discursos sobre la felicidad, y el potencial que podemos encontrar en formas más sociales y colectivas de pensar el presente y el futuro. Y quizás salirse de esta carrera por la felicidad completa y permanente pueda aquietar un poco algunas ansiedades de la época. El tan mentado Fomo (‘fear of missing out’, ‘el miedo a perderse de algo’) representa el temor a estarse perdiendo de algo bueno, a no estar sacándole el jugo a cada instante de la vida, como si ser feliz fuera una especie de trabajo diario y constante.

En un mundo que nos dice que somos responsables de todo lo que nos pasa (que uno se enferma porque no descansa lo suficiente o porque no come bien, por ejemplo, como si las horas de sueño y la calidad de la alimentación dependieran únicamente de la voluntad, y como si las enfermedades no pudieran tocarle a cualquiera), el trabajo de Ahmed apunta a sacarnos a los individuos de ese lugar de omnipotencia.

Si los discursos de la autoayuda nos dijeron por décadas que la felicidad era una decisión, Ahmed nos invita a dudar de este dogma y dirigir la mirada a las estructuras que nos hacen posible (o imposible) ser felices, y pensar en el cambio colectivo de esas estructuras, más que en nuestra felicidad personal.

“Termina siendo como una religión finalmente –reflexiona Ana–, la religión de la felicidad, todos con eso de tirar para adelante, no tirar para atrás, no amargarnos... Pero a veces pasa que hay que amargarse, que no hay otra, si no es estar siempre barriendo el polvo abajo de la alfombra”. Si la felicidad terminó siendo una suerte de religión dominante en Occidente, quizás ya va siendo hora de que tenga sus propios ateos.

TAMARA TENENBAUM
LA NACIÓN (Argentina) - GDA

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