El fenómeno ‘fobo’: más opciones, peores decisiones

El fenómeno ‘fobo’: más opciones, peores decisiones

La cantidad de elecciones que permiten las nuevas tecnologías aumenta la sensación de incertidumbre.

Fenómeno ‘fobo’

La gran cantidad de alternativas que hoy permiten las nuevas tecnologías aumenta la sensación de que siempre puede haber algo mejor que estamos dejando de lado.

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123RF

Por: Sofía Beuchat - El Mercurio (Chile) - GDA
15 de septiembre 2018 , 10:10 p.m.

Un hombre y una mujer conversan en un bar. Acaban de conocerse en persona gracias a Tinder.

Él piensa que ella es agradable, pero menos guapa de lo que se veía en las fotos. Ella piensa lo mismo de él. Mientras él aprovecha cada momento de distracción para revisar su teléfono, ella recuerda lo difícil que fue ponerse de acuerdo a la hora de escoger un lugar para el encuentro. Ninguno de los dos está conforme con el lugar que eligieron: hay mucho ruido y apenas pueden conversar. Quedan en volver a verse algún día en otro lugar. Miran sus teléfonos para escoger dónde. No llegan a ningún acuerdo.

Él y ella son hijos de una nueva era, en la que decidir se hace cada vez más complejo, tanto en este tipo de situaciones del día a día como en asuntos más trascendentes. Si un niño tiene que tomar unas tres mil decisiones al día, un adulto llega a tomar 30 mil antes de siquiera entrar a evaluar las opciones que surgen desde su teléfono. La gran cantidad de alternativas que hoy permiten las nuevas tecnologías aumentan la inquietante sensación de que siempre puede haber algo mejor que estamos dejando de lado. Esto es conocido por los especialistas en salud mental como ‘fobo’, término que deriva de la expresión ‘Fear of better options’ (miedo de mejores opciones) y alude a la postergación prácticamente infinita de todo tipo de decisiones en espera de una alternativa perfecta e insuperable que, en rigor, nunca llegará.

En el 2004, Barry Schwartz, psicólogo estadounidense, profesor emérito en Swarthmore College y académico de Haas School of Business, en Berkeley, ya había advertido sobre la dificultad para tomar decisiones en su libro ‘La paradoja de la elección: Por qué menos es más’. Desde Swarthmore, Filadelfia, advierte que hoy el escenario es aún más complejo: “Cuando escribí mi libro, tomar una decisión ya era abrumador. Pero ahora decidir es simplemente alucinante. Podemos mirar cientos, miles de opciones, sin levantarnos de un sofá. La gran paradoja es que cuando las personas tienen muchas opciones, en vez de sentirse liberadas, se paralizan. Se sienten incapaces de decidir”.

Podemos mirar miles de opciones sin levantarnos de un sofá. La gran paradoja es que en vez de sentirse liberados, se paralizan. Se sienten incapaces de decidir

“Es como si llevaras a un niño a una heladería donde hay cien sabores: lo pasaría pésimo, incapaz de decidirse y con ganas de comerse los cien helados”, acota Daniel Halpern, académico de la Universidad Católica, Chile, y especialista en nuevas tecnologías. El investigador asegura que el fenómeno de la multiplicidad de opciones no para de acelerarse. Con la ayuda de algoritmos, filtros y ‘cookies’ que registran búsquedas anteriores y preferencias, las nuevas plataformas constantemente vuelven a ofrecer productos, servicios y hasta personas, como en el caso de las aplicaciones para búsqueda de pareja.

“Uno ve el impacto que esto está teniendo en las generaciones más jóvenes: se las acusa de inmadurez y muchas veces se debe a que el bombardeo de información hace que les sea más difícil tomar decisiones. Les cuesta más definirse e ir cerrando puertas, enfocándose, eso es parte de ir creciendo”, indica.

Maximizar o satisfacer

En los años 50, el economista Herbert Simon –premio nobel de Economía 1978– hizo un llamado a no esperar más de la cuenta a la hora de decidir. Simon distinguió dos perfiles que aún son utilizados por los expertos en salud mental: a un extremo están las personas que maximizan las opciones; al otro, las que se centran en la satisfacción momentánea. Los primeros intentan tener siempre la mayor cantidad posible de datos antes de tomar una decisión, mientras que los segundos eligen lo que cumple con lo suficiente bueno como para sentirse conformes.

Aparentemente, quienes maximizan estarían cerca de la elección correcta, pero ahí es donde el fenómeno del ‘fobo’ entra en escena: si bien maximizar pareciera ser lo óptimo, aumenta el riesgo de perderse en un mar de posibles caminos o de procrastinar.

“Uno de los riesgos es que el ‘fobo’ lleva a dar demasiado peso a los aspectos irrelevantes relacionados con una decisión y a confundirnos respecto a nuestros intereses reales”, dice Mark. D. White, profesor de Filosofía y columnista de ‘Psychology Today’, quien escribió sobre estos temas en dos de sus libros: ‘The Manipulation of Choice’ (2013) y ‘The Decline of the Individual’ (2017). Mark cree que las nuevas tecnologías pueden ser de utilidad, siempre que se aprenda a usarlas sin dejar que abrumen con su exceso de información.

Para Jeremy Nicholson, psicólogo y académico de The Chicago School of Professional Psychology, las nuevas tecnologías y aplicaciones son una fuente de estrés para los maximizadores, pero pueden ayudar a quienes siguen la estrategia contraria, centrada en lo suficientemente bueno según sus estándares. El problema, dice, es que hoy el mundo nos empuja cada vez más hacia una mentalidad maximalista.

Elecciones y felicidad

“La clave para administrar decisiones en el mundo de la hiperelección es buscar lo que sea suficientemente bueno y no lo ‘mejor’. En cambio, si esperas hasta encontrar lo mejor, la búsqueda nunca termina”, dice Schwartz.

A su juicio, el principal efecto que produce el ‘fobo’ es el daño que implica en el bienestar emocional. “Contribuye al estrés, la ansiedad, la depresión y la falta de satisfacción con la vida. Cuando estas personas logran decidirse, e incluso si escogen bien, se sienten menos satisfechas”, explica el psicólogo. En 2012, uno de sus estudios demostró que, al escoger sus primeros trabajos, los maximizadores se sentían más insatisfechos que el resto: constantemente cuestionaban su decisión y esto los hacía sentir inseguros.

Entonces, ¿cómo salir de esto? En una charla Ted, la consultora estratégica estadounidense Priya Parker asegura que lo principal es dejar espacio para el desarrollo personal: solamente conociéndose mejor se puede tener el foco para reconocer “lo suficientemente bueno”. También sugiere evaluar los costos alternativos de demorar una decisión: el tiempo no pasa en vano.

El paso del tiempo es, para Nicolás Labbé, psicólogo, académico de la Universidad de los Andes y miembro del Instituto Chileno de Trastornos de la Personalidad, uno de los costos más subvalorados entre quienes sufren de este problema. “A medida que se ‘tramita’ con tintes obsesivos una decisión, la intensidad de la motivación baja y así se pierden oportunidades”.

Cuando el no poder tomar decisiones interfiere con una vida normal y hace imposible concretar un proyecto de vida, la situación se puede volver patológica. La respuesta, dice Labbé, depende de la magnitud del problema, pero, si llega ese caso, es aconsejable optar por una terapia.

SOFÍA BEUCHAT
EL MERCURIO (Chile) - GDA
En Twitter: @ElMercurio_cl

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