¿Nos hemos vuelto menos flexibles con el concepto de los cachos?

¿Nos hemos vuelto menos flexibles con el concepto de los cachos?

Delimitar en tiempos de redes sociales qué es un acto de infidelidad es cada vez más complejo.

Infidelidad

Las redes sociales han impuesto nuevos patrones de comportamiento y flexibilizado otros, también en lo que respecta a las relaciones.

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iStock

Por: Julia Alegre Barrientos
24 de marzo 2019 , 12:17 a.m.

En la época de nuestros abuelos, incluso de nuestros padres, determinar qué eran y qué no eran cachos era una tarea más o menos sencilla. En términos generales, tener sexo fuera del matrimonio o mantener una relación paralela con otra persona que no fuera el cónyuge era signo inequívoco de infidelidad. Las reglas del juego estaban bien delimitadas: todo acercamiento sexual o afectivo extramatrimonial era engaño. El monopolio moralista que ejercía la Iglesia católica por aquel entonces zanjaba cualquier discusión al respecto.

Con la incursión de las nuevas tecnologías, esos límites son ahora más difusos y plantean muchos interrogantes: ¿dónde empieza hoy el engaño? ¿En el coqueteo virtual? ¿En una conversación nocturna diaria o semanal por WhatsApp? ¿En el intercambio sistemático de fotografías personales e íntimas por medio de un dispositivo? ¿En un ‘me gustas’ furtivo por Facebook? ¿O hay que remitirse a la consumación del hecho en la vida real? ¿A una acción concreta fuera del vasto universo digital?

Para el periodista y escritor español Manuel Jacobs tal debate no existe. “Hay más cuernos en un ‘buenas noches’ (que se manda a través del celular a alguien) desde la cama mientras ves una serie con tu pareja que en un polvo rápido, o dos, con una persona desconocida en un ascensor”, suscribe en una columna publicada en ‘El País’ de España. Y añade: “[…] Creen que hay más infidelidad en follar que en escribir”.

Es casi una obviedad decir que las redes sociales han impuesto nuevos patrones de comportamiento y flexibilizado otros, también en lo que respecta a las relaciones. Un estudio realizado en 2015 por 'The Global WebIndex' descubrió que el 42 por ciento de los usuarios de la plataforma de citas Tinder a nivel global tiene pareja fuera de Internet. ¿Son eso cachos?

Pero ni siquiera hay que remitirse a Tinder, que tiene una finalidad concreta, para encontrarse historias que rozan lo estrambótico y ponen el foco en la pertinencia de la discusión. Mi amiga X recibió en julio una petición de amistad en Instagram de un personaje con el que había coincidido en su antigua empresa, pero con el que nunca había intercambiado una sola palabra. Él quería conocerla y poco a poco surgió el idilio virtual: se mandaban mensajes de “buenos días” y “buenas noches” a diario e intercambiaban fotografías y videos de lo que hacían durante el día, como cualquier pareja. Relación sentimental o no –he ahí la otra arista del debate–, al cabo de ocho meses, el personaje en cuestión le confesó que tenía novia, “novia formal”, desde hacía año y medio. Es decir, más de dos tercios de su relación oficial la había estado alternando con la que mantenía con mi amiga fuera del entorno analógico.

Es importante la comunicación con la pareja para determinar qué prácticas concretas nos harán sentirnos engañados

Casos extremos aparte, la realidad es que hoy en día no hace falta conocerse en persona para construir un apego emocional, una relación afectiva, una rutina conjunta o una complicidad con alguien. Las plataformas digitales –y la inmediatez en la comunicación que las caracteriza– han arrasado con el imperativo de la presencialidad. “En términos de costo–beneficio, el engaño se ha vuelto más cómodo porque puedes hacerlo desde tu casa, sin tener que desplazarte ni gastar en bebidas. Crear vínculos es más accesible”, explica José Ignacio Ruiz, doctor en psicología y director del laboratorio de psicología jurídica de la Universidad Nacional. “El 90 por ciento de las personas hemos tenido algún coqueteo por redes sociales. En esta época es fácil caer en eso, y esta realidad nos obliga a replantear los nuevos paradigmas de lo que es la infidelidad, porque las posibilidades de que esto ocurra se han multiplicado”, apunta Ezequiel López Peralta, sexólogo y terapeuta argentino y conductor del podcast #SexoEnTuOído de EL TIEMPO.

¿Nuevos límites?

Es paradójico que en tiempos de ‘millennials’ –supuestamente menos dependientes y apegados– y ‘amor líquido’ –término acuñado por el sociólogo polaco Zygmun Bauman para definir la fragilidad y la superficialidad de los vínculos humanos en la posmodernidad– surjan informes que desmontan esa supuesta inconsistencia en el concepto ‘cachos’. Según una encuesta de la firma de juguetes eróticos Platanomelón, el 57 por ciento de las personas considera que el flirteo virtual a espaldas de la pareja es peor que acabar teniendo sexo con alguien en una noche loca. El sondeo fue realizado a cerca de 17.500 individuos y publicada a principios de este año. En otra encuesta de la cadena CNN, el 47 por ciento respondió que la infidelidad comienza cuando una persona envía correos electrónicos y mensajes sin el conocimiento de su pareja.

La psicóloga y sexóloga española Alba Cotón concuerda con esta hipótesis: no es que se haya flexibilizado el concepto de infidelidad, sino que el contexto sociocultural en el que se enmarca es ahora más complejo. “Nos estamos replanteando otro tipo de relacionamiento, fuera y dentro de Internet, como el amor libre o el poliamor y, gracias al movimiento feminista, el monopolio del engaño ha dejado de ser algo exclusivo del hombre. Por otro lado, también esperamos que la pareja cubra todas nuestras necesidades socioafectivas, algo que no sucedía en tiempos de nuestros abuelos o padres. Por eso ahora es más necesario, si cabe, renegociar los términos de la relación, todos, y no adoptar y asumir de forma automática cánones obsoletos de lo que es y no es la exclusividad, la monogamia y la fidelidad”, indica.

Alejandro, bogotano de 30 años, cuenta que su novia hablaba todos los días por WhatsApp con un compañero de trabajo. Se enviaban fotografías, se saludaban de forma cariñosa, intercambiaban mensajes de voz diarios… Está seguro de que nunca tuvieron un acercamiento sexual presencial. Sin embargo, ese intercambio de información constante y afectiva fue suficiente para que él terminara la relación de tres años que mantenían, convivencia incluida. “Para mí estaba claro que se gustaban, que había algo ahí. Ella jamás me habló de él hasta que yo le pregunté”, dice. Para el joven, su exnovia cruzó una línea roja que hizo tambalear el acuerdo tácito de lealtad que habían construido. Reconoce que antes de la ruptura nunca se habían sentado a discutir sobre si este tipo de conductas suponía o no un engaño para el otro.

Dice López Peralta que para la mayoría de parejas es mucho más difícil gestionar una infidelidad afectiva que una sexual, porque el abanico de comportamientos que actualmente pueden circunscribirse en ese apartado es casi infinito y varía según la persona. En otras palabras, la tolerancia en una relación a este respecto no es un concepto absoluto. La infidelidad sexual, en cambio, sí es más fácil de demarcar: ¿ha habido sexo o no? “Se debe llegar a un consenso y establecer qué son cachos afectivos, de forma explícita, para cada uno de los miembros de la pareja. Son acuerdos que deben ir ajustándose a lo largo de la relación porque son dinámicos”, agrega.

En esto coincide Ruiz, quien añade que cada persona tiene una serie de necesidades psicológicas propias que pueden ir aflorando a lo largo de la relación. Una de ellas, dice, es la de sentirse querido por alguien, más allá de la intimidad de pareja. Es ahí donde aparecen las redes sociales como “contextos menos tradicionales donde suplir estas necesidades”.

Pero es en este ejercicio de poner las cartas sobre la mesa y llegar a consensos dentro de la relación cuando surge el fenómeno de la doble moral respecto a la permisibilidad, explica López Peralta. Se trata de uno de los grandes vacíos que caracteriza el flirteo virtual y el comportamiento en las redes sociales: “La forma en la que medimos el actuar del otro en estos escenarios no es el mismo que nos aplicamos a nosotros mismos. Es una lucha de subjetividades”, concluye.

El estudio ‘Facebook infidelity’, elaborado por los profesores Jaclyn D. Cravens y Leckie K. Whitting de la Universidad de Texas, EE. UU., y centrado en el flirteo virtual en esta red social, concuerda en este punto. Dicen los investigadores que las opiniones respecto a qué conductas constituyen hoy infidelidad varían según la persona y comprenden desde chatear constantemente con un alguien virtual o dedicarle más tiempo que a la pareja, hasta concretar un encuentro “real”. Lo único que se mantiene inamovible en todas las definiciones que recolectaron es la idea de ‘secreto’. El engaño digital implica una acción que se hace a espaldas de la pareja. Es ahí donde la mayoría de personas establecen los límites de la infidelidad cibernética, que, añade el estudio, “duele tanto como la carnal”.

Hay que hablar más

Para María Hernando, sexóloga de Platanomelón, “es importante la comunicación con la pareja para determinar qué prácticas concretas nos harán sentirnos engañados”, declaró en entrevista con el diario español ABC.

De hecho, hay personas para las que la masturbación es sinónimo de infidelidad si no se realiza en presencia de la pareja. Otras que no conciben que su compañero vea porno, menos si es en directo a través de una web cam. Incluso hay personas que se sienten traicionadas si su pareja tiene fantasías sexuales con alguien más o se siente atraído por un tercero aunque no consume el acto. “Nos falta explicitar los compromisos, sobre todo ahora. En mi mundo puede ser muy obvio que masturbarse no supone una infidelidad, pero no en el mundo de mi pareja. Esperamos que el otro nos lea la mente, y las relaciones no funcionan así”, concluye Cotón.

JULIA ALEGRE BARRIENTOS
REDACCIÓN DOMINGO

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