De ‘dama española’ al zika: 100 años del Instituto Nacional de Salud

De ‘dama española’ al zika: 100 años del Instituto Nacional de Salud

Libro recopila centenario del INS, periodo en el que colombianos duplicaron su esperanza de vida.

Instituto Nacional de Salud

Esta es la fachada de la primera sede del Instituto Nacional de Salud, que hoy celebra su primer centenario. Y así se ve hoy en día el edificio donde funciona la institución.

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INS

23 de enero 2018 , 06:34 p.m.

Las primeras muertes ocurrieron en octubre. Aunque plantearon que el virus había llegado en julio a Puerto Colombia, Atlántico, en un barco lleno de enfermos procedente de Barcelona, siempre quedó la duda sobre por qué se expandió desde el centro del país. Eran las postrimerías de la segunda década del siglo XX, mientras el mundo medía fuerzas en su primera guerra.

Las crónicas de la época en EL TIEMPO describieron una Bogotá paralizada. Los hospitales no daban abasto, y los muertos se acumulaban en el cementerio. Casi la mitad de los 140.000 habitantes de la capital padecieron “el beso de la dama española” –la memorable pandemia de influenza de 1918–, y más de 1.500 murieron.

Siguiendo las rutas de los ferrocarriles y los correos, después vino el turno de Boyacá, Antioquia, Tolima, Bolívar, Valle, Caldas y los dos Santanderes. Y también, el paso al banquillo de las autoridades sanitarias por tan caótica e ineficiente reacción. La gripa española es el punto de partida y el telón de fondo de un libro de crónicas que esta semana presenta el Instituto Nacional de Salud (INS) para cerrar el ciclo de actividades de su centenario, que comenzaron el 24 de enero de 2017.

Titulado Vigilantes de la salud, el libro muestra el protagonismo del INS en la vigilancia de epidemias, en la investigación de enfermedades tropicales –como la fiebre amarilla, el mal de Chagas, la leishmaniasis, la oncocercosis y el zika– y en los programas de vacunación y de saneamiento básico; los elementos primordiales para aquello que el ministro de Salud, Alejandro Gaviria –autor del prólogo–, considera el mayor logro de la humanidad en el último siglo: la duplicación de la esperanza de vida, que en el caso colombiano fue de los 40 a los 74 años.

Las crónicas revelan que apenas 22 meses después de inaugurar el Laboratorio de Higiene Samper-Martínez –el primordio del INS, abierto el 24 de enero de 1917–, los dos médicos fundadores, Jorge Martínez Santamaría y Bernardo Samper Sordo, ya estaban metidos de lleno en asuntos de salud pública: el primero realizando autopsias a víctimas de la gripa española y el segundo analizando muestras para descifrar el agente patógeno.

Era un laboratorio privado dedicado principalmente a diagnósticos y, especialmente, a la manufactura de vacunas y productos biológicos. “No fue casualidad que consagrara sus primeros esfuerzos a la producción de suero antidiftérico y vacuna antirrábica –escribe Carlos Dáguer, experiodista de EL TIEMPO, autor de las crónicas–.

Hacia 1895, cuando Bernardo Samper tenía 5 años, perdió a una hermana que había enfermado de difteria porque no había suero para neutralizar. Ocho años después, un gato sospechoso de rabia mordió a otra hermana y a una empleada de la casa. Ambas tuvieron que emprender un largo viaje a Estados Unidos para que les fuera administrada la respectiva vacuna.

En la segunda mitad de los años veinte, el Estado adquirió el instituto y lo fusionó con el Laboratorio Oficial de Higiene y el Parque de Vacunación, que venía elaborando la vacuna contra la viruela desde 1897 y al que Colombia adeuda la erradicación de esta enfermedad, en 1979.

Una de las historias más apasionantes y escasamente documentadas de la medicina en Colombia es la del arribo de la primera gran campaña de inmunización: la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, ordenada por Carlos VI de España para frenar la viruela que diezmaba a la población del nuevo mundo.

A falta de cadena de frío y métodos artificiales para conservar el virus, el recurso de entonces consistía en inocular el pus vacuno en los brazos de niños y pasarlo de uno a otro antes de que perdiera actividad. La expedición partió de España con 22 menores, y en Venezuela se dividió: una rama se enrumbó a México y Filipinas, y regresó a España; la otra –menos conocida– avanzó por Colombia hacia el resto de Suramérica, y nunca volvió.

Bajo el mando de Joseph Salvany, un enfermizo cirujano que fallecería en lo que hoy es Bolivia, los expedicionarios remontaron el río Magdalena sin sospechar las dimensiones de las tierras que debían recorrer, así que en algunos momentos decidieron separarse para poder diseminar el fluido vacuno a la mayor cantidad de población.

Siempre recurriendo a niños-reservorios, cubrieron poblaciones que van desde lo que hoy es Norte de Santander hasta el Chocó, y desde el Caribe hasta la frontera con Ecuador. En las ‘casas de vacunación pública’ que dejó la expedición a su paso se encuentra el antecedente de los puestos de vacunación actuales, plantea el libro, que contó con la edición de Carlos A. Hernández, coeditor de la revista Biomédica.

La conservación del pus fue una de las tareas de mayor relevancia a lo largo del siglo XIX, pero en varias ocasiones este se perdió por culpa de la inestabilidad política posterior a la Independencia. Finalmente, terminando el siglo, el veterinario Jorge Lleras Parra comenzó a manufacturar un producto biológico de calidad y en cantidades suficientes como para permitirle a Colombia erradicar la viruela sin importar una sola dosis.

El surtido del instituto se nutrió con el paso de los años. Para los tiempos en que trasladaba su primera sede, en Chapinero, al actual edificio sobre la avenida Eldorado con 51, elaboraba 16 millones de dosis de vacunas y sueros contra la viruela, la rabia, la fiebre amarilla, la tuberculosis y el tétanos, y exportaba un millón de estas a catorce países de Latinoamérica y África.

Al finalizar el siglo XX, la crisis financiera nacional, combinada con las crecientes exigencias internacionales, fueron dejando obsoletas las instalaciones de la entidad, y fue inevitable abandonar la producción. Sin embargo, la participación del INS en las actividades de inmunización en Colombia continuó activa. Entre 2001 y 2005 fue la entidad responsable de coordinar el Programa Ampliado de Inmunizaciones, que hoy día es reconocido por ser uno de los más completos del mundo en desarrollo.

Heredero múltiple

Para explicar la cantidad de historias que se integran en el INS, Moisés Wasserman, su director entre 1996 y 1998, compara a la entidad con la cuenca de un río. “La forma de imaginar ese desarrollo es como muchas corrientes que afluyen a una central que termina conteniéndolos a todos pero que luego, en su camino, genera brazos que toman otras direcciones y fertilizan diferentes suelos”.

La metáfora no solo se refleja en la fusión de los años veinte, sino en las que vinieron en 1961 y 1968, y en la escisión, en 1993, del área responsable del análisis de los productos alimenticios y farmacéuticos, que daría origen al Instituto Nacional de Vigilancia de Alimentos y Medicamentos (Invima).

Así, el tributario más importante del 61 fue el Instituto Carlos Finlay, que había nacido en 1936 con el apoyo de la Fundación Rockefeller con el propósito principal de estudiar y erradicar la fiebre amarilla. Esa herencia tuvo varias implicaciones. Significó la adopción en Colombia de los métodos modernos de la salud pública norteamericana e incentivó un periodo de alta producción científica de alcance global en disciplinas como la virología, la entomología, la parasitología y la epidemiología; y, finalmente, los estudios en fiebre amarilla terminaron allanando el camino para el mayor conocimiento de otras enfermedades tropicales como el mal de Chagas y la leishmaniasis, en las que el INS tiene un liderazgo internacional.

La siguiente reestructuración, realizada en 1968, provocó un particular cambio. La creación del Instituto Nacional para Programas Especiales de Salud (Inpes) convirtió al INS en una de sus divisiones, al lado del Plan Nacional de Saneamiento Básico Rural, responsable de dotar de agua potable y alcantarillados a poblaciones de menos de 2.500 habitantes. El Inpes desapareció en 1975, pero el programa de saneamiento básico se quedó 14 años más en el INS. Según cálculos de Dáguer, unos 2,5 millones de campesinos se beneficiaron con los 7.500 acueductos construidos entre 1968 y 1989, y unos 300.000 gracias a 700 alcantarillados

En el siglo XXI, el INS manufactura productos de poco interés para las farmacéuticas –sueros antiofídicos y antilonómicos (contra el veneno de algunas orugas)–, tiene 14 grupos de investigación y es la institución responsable de la vigilancia epidemiológica en Colombia. Es la entidad receptora de las notificaciones de enfermedades de interés en salud pública en todo el país, envía epidemiólogos de campo –llamados también ‘detectives de enfermedades’– ante situaciones sospechosas; confirma los diagnósticos por laboratorio y advierte si hay tendencias anormales.

“Ya no estamos ciegos –dice Martha Lucía Ospina, la primera mujer a la cabeza del instituto en su historia, cuando compara los tiempos de la gripa española con el presente–. Hoy tenemos una serie de antenas para detectar lo que viene, y eso permite que el impacto de cualquier pandemia sea menor”.

Ejemplos de ese avance han sido las respuestas a las epidemias del siglo XXI. La de AH1N1 en 2009 dejó 272 muertes en un país de 45 millones de habitantes, proporción que contrasta con la de la gripa española: 3.500 decesos en un país de 5,8 millones de habitantes. A su vez, la epidemia de zika se cerró con menos casos de los esperados –la proyección inicial hablaba de 650.000, pero fueron 100.000– y el reconocimiento de Estados Unidos a ese trabajo hecho en Colombia.

Por eso, luego de exponer la mejora de los principales indicadores de salud durante el siglo transcurrido, el autor asegura que el libro es útil para combatir las “idealizaciones del pasado y las nostalgias mal documentadas”. El título de la primera crónica parece expresarlo: ‘El apocalipsis fue ayer’.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
ASESOR MÉDICO EL TIEMPO

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