Ni el cáncer frustró sus sueños de conocer el mundo

Ni el cáncer frustró sus sueños de conocer el mundo

Mónica Pava descubrió su enfermedad en un viaje. Soñar con seguir recorriendo la ha recuperado.

Mónica Pava

Los viajes han sido un motor en la vida de esta bogotana, de 43 años. Se prepara para hacer el Camino de Santiago de Compostela

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Archivo particular

Por: Mónica Pava
08 de agosto 2018 , 07:09 p.m.

Mi nombre es Mónica Pava, tengo 43 años, soy abogada de la Universidad Nacional y sobreviviente de un tipo de cáncer poco conocido, que me dio en una pierna. Se llama sarcoma pleomórfico de alto grado, en el fémur derecho.

Viajar es lo que más amo. Conozco los sitios más escondidos de Colombia: desde el Amazonas hasta La Guajira; desde Nuquí, en el Pacífico colombiano, hasta Mitú, en el Vaupés. Recorrí Perú y Bolivia casi en su totalidad; estuve en Cuba, Brasil, España, Italia, Francia y Estados Unidos. Los viajes son un espacio de libertad, de superación personal. Viajando, el espíritu encuentra tranquilidad, libertad y plenitud. Y fue precisamente en un viaje cuando comenzó mi enfermedad.

En julio de 2015, subiendo a Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta, me empezó un dolor en la rodilla derecha. El ascenso, de cuatro días, lo logré con dificultad. Pero el regreso por esas montañas empinadas de la Sierra sí me tocó a lomo de mula. El dolor no me permitía mover la pierna. Cuando llegué a Bogotá duré dos días con dolor, pero se me pasó.

En los meses de enero y marzo del año siguiente visité las cuevas del municipio de El Peñón, en Santander. Y, aunque logré subir y bajar con el equipo de espeleología, regresé a Bogotá muy maltratada. Otra vez la pierna derecha. Dolía mucho. Fui al médico, y me dijo que era falta de calentamiento antes de realizar las actividades físicas. Así que me tranquilicé.

En junio del 2016 visité el desierto de Atacama, en Chile. Y allí, tal vez por el frío, el dolor se volvió insoportable. Me preocupé, pero cuando volví a Bogotá el dolor se me pasó, y no le puse más cuidado. Pasaron los meses, y a finales de octubre apareció de nuevo el dolor, intenso y en aumento, y el 27 de ese mes tuve que ser hospitalizada en la Clínica Colombia. La pierna se inflamó, y el dolor era insoportable. Vinieron los exámenes, y apareció un tumor en la parte inferior del fémur derecho. El ortopedista oncólogo José Cardona me explicó lo que me pasaba: el tumor se ‘comió’ la parte inferior del fémur y, por tanto, el riesgo de una fractura era inminente. Si me fracturaba, podía perder la pierna. Tenía miedo de eso, de poder morir y de renunciar a lo que más amaba: viajar.

Mónica

Mónica logró salvar su pierna después de una delicada cirugía. Por la quimio, dice, perdió el pelo y el ánimo.

Foto:

Cortesía

Era una mujer sana, deportista, viajera. Nunca había tenido problemas de salud. La noticia fue un baldado de agua fría para toda mi familia y para mí. A las pocas semanas me practicaron una biopsia para determinar si el sarcoma era benigno o maligno, y, dependiendo del diagnóstico, se planearía el procedimiento. La biopsia indicó que se trataba de un sarcoma pleomórfico de alto grado; un tumor poco común y muy extraño para personas de mi edad, pues es propio de jóvenes y adultos mayores. El doctor Cardona me dijo que no hay más de cinco personas con ese tumor en el país. En conclusión: era un tumor maligno.

Y entonces comenzó el tratamiento, en diciembre de 2016. La EPS Sanitas facilitó los ciclos iniciales de quimioterapia. Mi vida era así: conectada a la bomba de infusión de 7 de la mañana a 3 de la tarde; así cada 21 días, con los efectos ya conocidos de la quimio: vómitos, náuseas, dolor en el cuerpo. Y vinieron las pérdidas: el pelo y, sobre todo, el ánimo.

En abril de 2017 me practicaron una operación de salvamento de extremidad, muy riesgosa. Seis horas para extraer el tumor y reconstruir la pierna con una endoprótesis que abarca el fémur, la rodilla y la tibia. El riesgo era que el cuerpo rechazara la prótesis, que se infectara, que no pegara en el hueso, que tocara amputar; todo salió bien, y mi pierna sigue conmigo.

Pero no estaba a salvo del todo. Meses más tarde, en mayo, al colocar el segundo catéter para la quimio, se perforó el pulmón derecho, generando un neumotórax. Estuve hospitalizada una semana con un tubo, al tórax, en medio de un dolor terrible. Estuve casi todo el tiempo dormida por la morfina.

Vinieron otros cuatro ciclos de quimioterapia, en los que se me cayeron hasta las uñas. Me cambió el color de las manos y los pies, y la expresión de la cara no volvió a ser la misma. En agosto, luego del octavo ciclo de quimio, tuve otra complicación. Presenté sepsis generalizada (respuesta inflamatoria del organismo ante una infección grave), falla cardíaca, falla renal y pancitopenia, que es la reducción simultánea en el número de glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas en la sangre.

Volver a nacer

Casi me muero. Estuve quince días en UCI. Todos los días presentaba una complicación adicional. El riesgo de muerte era altísimo. Pero sucedió el milagro, y aquí estoy. Y lentamente empecé a mejorar. Aprender a caminar fue la tarea más difícil: hacer terapia a diario, dar mis primeros pasos con caminador y luego con bastón. Actualmente estoy curada. Debo asistir a control cada dos meses y hacer terapia durante dos años más, para ejercitar el trozo de cuádriceps que me quedó, para poder subir y bajar escaleras y lograr caminar con más seguridad.

Tener cáncer es como ir a la guerra. Cada día se libra una batalla diferente, pero con la ayuda de la familia todo es más fácil. Se pelea por la vida y se sacan fuerzas de donde no se sabe que existían.

Lo que más disfruto ahora es comer; comer de todo, comer todo lo que no pude durante la maluquera de la quimio; comer luego de que se me ampolló toda la boca y no podía comer ni pasar alimento alguno. Aunque hay secuelas. Me ahogo al caminar y tengo frío todo el tiempo. Poco a poco me voy adaptando a mi nuevo ritmo. En noviembre del 2017 regresé a mi trabajo en la Contraloría General de la República, luego de una incapacidad de 13 meses. Y todos los días doy gracias por esta segunda oportunidad.

Ahora planeo seguir con mis viajes. Me gustaría hacer el Camino de Santiago de Compostela (entre Francia y España) en compañía de mis hermanas. Quiero ir a Turquía y a las islas Galápagos, en Ecuador. Hacer los viajes que no pude por estar luchando por mi vida. Eso, soñar con seguir descubriendo el mundo, también ha sido vital para mi recuperación. Y, de hecho, ya he vuelto a viajar.

Acabo de estar en San Bernardo del Viento, en Córdoba; estuve en la playa, en el manglar. Por ahora estoy haciendo viajes corticos, para no fatigarme tanto, porque todavía me cuesta mucho la estabilidad en la pierna. Pero ahí le voy exigiendo al cuerpo, y el cuerpo va respondiendo.

En esta experiencia también he descubierto que las limitaciones no son del cuerpo: son de la mente. Y asumí que no me voy a victimizar. Hay que ponerle energía y actitud a todo.

MÓNICA PAVA
PARA EL TIEMPO
@monipava

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Si conocen testimonios de pacientes que merezcan ser contados, favor escribir a josmoj@eltiempo.com o rosua@eltiempo.com 

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