Mi encuentro con una gripa que casi acaba mi corazón

Mi encuentro con una gripa que casi acaba mi corazón

Un virus que comenzó como uno más me ocasionó una pericarditis que me hizo pensar lo peor.

Luis Alberto Parra

Luis Alberto Parra es médico cirujano del hospital Federico Lleras Acosta de Ibagué.

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Juan Carlos Escobar

02 de agosto 2018 , 10:44 a.m.

Nuestra salud es, después de la vida, nuestro bien más invaluable, importante e irremplazable. Y si bien a veces podemos sentirnos sanos y fuertes, en un momento todo puede cambiar y nos vemos al borde de un desenlace fatal. Tal como me ocurrió hace unos días.

Mi nombre es Luis Alberto Parra Obando, tengo 59 años y soy médico cirujano egresado de la Universidad Nacional. Actualmente trabajo en el hospital Federico Lleras Acosta de Ibagué, ciudad en la que resido hace más de dos décadas. Considero que llevo una vida sencilla, entregada al trabajo, a mi esposa y a mi hijo. No fumo, no tomo y hago deporte. Y nunca me había enfermado de gravedad, más allá de algún catarro y del zika que padecí hace poco.

Confieso que por esas razones aún hoy me sorprendo de los acontecimientos que sucedieron de un mes para acá. Todo comenzó el 3 de mayo, cuando amanecí con los síntomas de lo que usualmente llamamos gripa, pero que en realidad se trataba de una virosis seña de un cuadro clínico más complejo.

Sentía malestar, desaliento, falta de apetito y algo de congestión rinofaríngea. Las virosis normales, generalmente respiratorias, ocasionan en la mayoría de personas dolor de cabeza, de garganta, tos, estornudos y flujo nasal. Son eventos que cualquiera puede padecer cada tanto y, en teoría, son autolimitados y suelen pasar en una semana con cuidados caseros.

Debo aceptar que al principio no le puse mucho cuidado y seguí con mis actividades como cirujano general hasta que el 11 de mayo, cuando el malestar, el desaliento y la total aversión a la comida volvieron a aparecer con fuerza. Decidí, no obstante, guardar reposo ese fin de semana y esperar al lunes, durante mi turno quirúrgico, para someterme a exámenes básicos de laboratorio. Solo se encontró un crecimiento leve del perfil cardiaco y un posible foco neumónico. Fui incapacitado y recibí tratamiento médico con drogas.

Al hablar de estructuras de nuestro organismo como el estómago, el hígado o el cerebro, seguramente la mayoría las puede conocer e identificar. ¿Pero cuántos han oído hablar del pericardio? Se trata de una membrana especial que recubre todo el corazón y parte de los grandes vasos a modo de saco. Es importante para mantener el equilibrio entre las presiones de las cavidades del corazón, como mecanismo de protección del órgano y parte clave de la función inmunitaria.

Resulta que el virus que padecía hace largas semanas se negaba a abandonarme y se había ubicado en mi pericardio. Al estar allí e ingresar a las células dio origen a un proceso inflamatorio agudo que trae como consecuencia aumento en la producción de líquido pericárdico. Una pericarditis, que llamamos los médicos.

La pericarditis es causada por muchos eventos clínicos. Los virales, como el mío, son los más frecuentes como secuela de virosis respiratorias comunes. También puede ser producto de bacterias, de hongos, de enfermedades sistémicas como el cáncer; de males autoinmunes como el lupus eritematoso sistémico, la artritis reumatoide y el hipotiroidismo, o de patologías pulmonares y del esófago.

En mi caso, el líquido generado había aumentado hasta 350 mililitros y había ocasionado signos como dilatación de las venas de mi cuello y la opresión de mi pecho. Sin embargo, hay que decir que hasta ese punto, la función cardiaca y mi tensión arterial eran normales aún.

Fui llevado a un cardiólogo, que me internó para realizar un drenaje de líquido pericárdico urgente. Fue casi un litro de líquido color amarillento y trasparente el que me drenaron. Y claro, la mejoría de la opresión del pecho fue inmediata y mejoré pronto en cuanto al desaliento y la ingesta de alimentos.

El riesgo era grande porque una pericarditis provoca progresivamente una alteración en el movimiento de las cavidades cardíacas, en especial el ventrículo derecho, que es más delgado y de menor presión. El tabique entre los ventrículos se desplaza hacia el izquierdo, disminuyendo la cantidad de sangre que sale hacia todo el cuerpo, y las venas cavas disminuyen su aporte de sangre que le llega al corazón. Y, en suma, el colofón de estos eventos puede ser el taponamiento cardíaco, que causa un paro cardíaco.

Puedo decir que aunque ya pasó la fase crítica de la enfermedad, debo guardar reposo unos meses. Pero el desconcierto aún no se ha ido. Por más que uno sea sano, se está expuesto a virus en el ambiente que, como conté, pueden tener consecuencias insospechadas.

Sabiendo lo que me pasó, colegas me contaron de dos casos similares que terminaron muy mal. A un joven, por ejemplo, el virus le llegó directo al corazón y destruyó varias de sus funciones. A otra persona, la virosis le acabó las células que producen la insulina y la dejó diabética de por vida. En realidad, pocas veces estamos conscientes de que los virus tienen ese poder de destrucción.

Una pregunta que surge siempre es si algo así se puede prevenir. Y, más allá de que uno pueda intentar evitar una virosis con vacunas, evitando el contacto con enfermos, bañándonos las manos con frecuencia y cubriéndonos la nariz y boca al estornudar o toser, en realidad no hay medidas específicas para evitar una situación como la que pasé.

Debo decir como conclusión que tuve la fortuna de que mi corazón estuviera sano por mis propios hábitos de vida. Y, también, agradecer la atención de mis colegas.

Sobre la pericarditis

El tratamiento de la pericarditis debe ser rápido una vez establecido el diagnóstico y se debe realizar en un hospital o clínica por personal capacitado. Lo primero que debe hacerse es establecer por qué se presentó la inflamación. Si el origen es viral y el paciente no está tan grave, se puede dejar en observación, con antiinflamatorios y control. Cuando hay compromiso cardiovascular se procede al drenaje total del líquido.

En caso de no contar con el equipo adecuado, los cirujanos realizan una pequeña incisión en la boca del estómago. En casos crónicos en que el pericardio ya esté restringiendo los movimientos cardíacos, se debe realizar una extirpación de la bolsa pericárdica, que puede requerir una cirugía abierta para su ejecución.

LUIS ALBERTO PARRA
Especial para EL TIEMPO
Recuerde enviar sus Experiencias saludables a ronsua@eltiempo.com y josmoj@eltiempo.com.

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