El día que Manuel Elkin Patarroyo volvió de la muerte

El día que Manuel Elkin Patarroyo volvió de la muerte

El científico habla de su experiencia de salud y el estado de la vacuna contra la malaria.

Manuel Elkin Patarroyo

Manuel Elkin Patarroyo asegura que ya tiene lista la vacuna contra la malaria.

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Rodrigo Sepulveda / EL TIEMPO

Por: Carlos Francisco Fernández
17 de marzo 2019 , 08:56 a.m.

“Estos exámenes son incompatibles con la vida”, dijo el médico en la sala de urgencias esa mañana de domingo —de hace tres semanas— al leer los resultados de los gases arteriales de Manuel Elkin Patarroyo, que recién había sido llevado a la Fundación Santa Fe por su esposa y uno de sus hijos, después de encontrarlo en su estudio en estado casi agónico.

Químicamente estaba muerto, pues su sangre carecía de bicarbonato; el lactato estaba por las nubes y el nivel de acidez marcaba unos parámetros tan bajos que sus familiares —incluida su hermana Gloria, que se había sumado a la corte de acompañantes—, en su condición de médicos, sabían que el científico y profesor transitaba por un camino cuyo retorno es excepcional: una acidosis metabólica severa.

Con deterioro en todos los sistemas, casi sin tensión arterial, frío y sin responder a ningún estímulo, el más prolífico investigador del país se convirtió en un reto para el destacado equipo médico que lo atendía y que sin tregua puso a su disposición las acciones y las herramientas más avanzadas para estos casos bajo la premisa que una de las enfermeras, según relata Gloria, repetía en voz alta: “Patarroyo no se puede morir así”.

Las horas del domingo pasaban, el riñón empezó a fallar, la tensión arterial no subía y las esperanzas decaían en todos, menos en los profesionales que no desfallecían en su empeño de jalonar las variables del organismo hacia la vitalidad. Antes de la medianoche no quedaba más remedio que conectarlo a una máquina de diálisis para limpiarle la sangre y esperar.

Aunque esta orden estaba en curso, no se llevó a la práctica porque los números empezaron a mejorar y la orina apareció a través de una de la decena de sondas y cables a los que estaba pegado el inventor de las vacunas sintéticas. Una nueva semana empezaba, con ella las señales de mejoría y la esperanza fijada en un cuerpo que empezaba a moverse con intención definida. Desde ahí las cosas fueron en ascenso.

La unidad de cuidados intensivos de la Fundación Santa Fe fue su domicilio por los siguientes siete días, bajo la rigurosa atención de un grupo de especialistas y de profesionales de enfermería a los que Manuel Elkin Patarroyo, con su tono de siempre, no se cansa de agradecer entre frases de admiración rematadas con un reiterado “muchos berracos, les debo la vida”.

Antes de la medianoche no quedaba más remedio que conectarlo a una máquina de diálisis para limpiarle la sangre y esperar

Sentado en la silla de su laboratorio entre el ‘desorden ordenado’ de arrumes de artículos científicos, revistas, libros abiertos y cerrados y un pocillo de café a medio vaciar, mientras copia en una libreta números que saca de un computador portátil y escribe con lápices de punta afilada que toma de un manojo atado por una banda de caucho, el obstinado buscador de una vacuna contra la malaria habla en exclusiva con EL TIEMPO.

¿Qué le pasó?

Me descompensé por una deshidratación severa que se generó, entre otras cosas, por un episodio gastrointestinal que terminó por sacarme de escena, tanto así que estuve ‘muerto’ por unos minutos y dos días en una falla multisistémica, que gracias a los excelentes médicos que me atendieron puedo estar contando el cuento. A ellos les debo la vida.

Usted es médico y sabe de lo que está hablando. ¿Cómo es estar muerto?

Es estar en medio de una luz resplandeciente, cegadora, con un silencio absoluto y una tranquilidad macha. Eso lo tengo muy presente.

Y para un hombre de ciencia, ¿qué es la muerte?

Es cerrar un ciclo en armonía con las leyes del universo. Todo empezó con el ‘Big Bang’ y en algún momento terminará. Los humanos no podemos excluirnos de ese precepto. El temor a la muerte es entendible porque es la incertidumbre de desaparecer. Y más, de desaparecer de la memoria.

Después de esos minutos muerto, ¿estuvo consciente?

Aunque no me podía mover, escuchaba las voces de los médicos y algunas frases que decían “no se puede morir”, pero las oía más allá que acá, porque no las ubicaba en espacio o tiempo.

¿Y qué siguió?

Una situación muy dura, porque a medida que me conectaba de nuevo con la vida me sentía impotente, esperando que el organismo reaccionara y como el eje de una central telefónica con cables pegados por todos lados. Entendí a los pacientes y admiré el compromiso del personal médico, que me tenía que tratar como a un recién nacido. Estaba en sus manos. Lo vi como algo mágico y esperanzador.

¿Le dio miedo saber que podía morir de verdad?

No, le repito que estaba muy tranquilo.

¿Cuándo volvió al trabajo?

Gracias a los médicos me recuperé en 10 días y regresé al laboratorio. Ahora recuerdo con seriedad el comentario de una de las enfermeras que me dijo que no me podía morir sin entregar la vacuna. Para ustedes puede sonar simple, pero para mí eso es muy importante.

Pero casi no la puede entregar...

Pero la voy a entregar. La verdad, la demora no ha sido mía ni de la investigación, sino de las dificultades que hemos tenido que enfrentar.

¿Como cuáles?

Limitaciones económicas que nadie imagina. Investigar cuesta mucho y nuestros recursos son muy limitados. Además de las trabas administrativas y legales.

¿De quién recibe ayuda?

En este momento de dos universidades colombianas, pero tengo que empezar a hacer ensayos clínicos y, para poner un ejemplo, el solo empaque de la vacuna, es decir, volverla ampollas en condiciones de seguridad, exactitud y pureza, cuesta dos mil millones de pesos, dinero que no tenemos, además de que eso tiene que hacerse en Europa.

¿La Universidad del Rosario ya no apoya la investigación de su vacuna?

Por diez años estuvo en este proyecto. Sin embargo, la consiliatura anterior manifestó que ya no le interesaba. Pero continuamos en alianza con otros proyectos académicos.

¿Entonces?

Pues que tengo la vacuna lista en el laboratorio, pero hay que iniciar ensayos clínicos en África y eso cuesta un mundo de dinero que esos países pobres no pueden pagar, y no contamos con financiación. Saber eso es angustiante.

¿Y qué más hace?

Formo doctores en ciencia, investigamos en otras líneas de trabajo, hago conferencias. En este momento preparo un foro mundial que en noviembre traerá a Bogotá a seis premios nobel para desarrollar una agenda sobre ciencia, desarrollo y progreso en el mundo de hoy.

Los humanos no podemos excluirnos de ese precepto. El temor a la muerte es entendible porque es la incertidumbre de desaparecer. Y más, de desaparecer de la memoria

¿Se siente bien tratado?

Siempre he creído en Colombia y espero contar con el tiempo suficiente para compensar con resultados de ciencia la confianza y el reconocimiento que muchos me manifiestan.

¿Qué les dice a sus detractores?

Mi lenguaje es el de la ciencia y la investigación. Y me expreso a través de artículos y resultados. En tal sentido, solo les presto atención a quienes hablan en ese contexto.

¿Tendremos vacuna contra la malaria?

Obvio. Le repito que ya la tengo. Solo espero que las cosas se nos den en lo económico para iniciar los ensayos clínicos y así poder cumplir a la enfermera que me atendía como si yo fuera un recién nacido. Ella y, por extensión, este país, en el que creo, se la merecen, lo mismo que miles de personas que la necesitan. En eso entrego mi vida.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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