El viacrucis del señor Benjamín el día que lo llevaron al hospital

El viacrucis del señor Benjamín el día que lo llevaron al hospital

La historia de un colombiano que acudió de urgencias y después de 24 horas no le habían hecho nada.

El viacrucis del señor Benjamín el día que lo llevaron al hospital

Los servicios de urgencias de clínicas y hospitales en el país permanecen llenos de pacientes que esperan por atención.

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Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

Por: JUAN GOSSAIN
15 de abril 2019 , 08:31 p.m.

El señor Benjamín vive en Bogotá, tiene 78 años y desde hace cinco sufre de graves problemas cardíacos. Una mañana, hace como dos meses, se despertó con dolores muy agudos en el pecho. Acudió entonces a su empresa de salud, a la que religiosamente le paga su cuota todos los meses, pero sus esfuerzos fueron vanos. Ni siquiera le contestaron. Y allí fue donde empezó el drama.

Me puse a reconstruir el caso del señor Benjamín, que se convirtió en un auténtico tormento, porque esa es la misma historia que se les repite a los colombianos todos los días, por miles de miles, en todas las regiones del país, en grandes ciudades o modestas aldeas, por distintas que sean y por lejanas que queden.

Y como es un ejemplo elocuente de lo que está pasando en nuestro sistema de salud, voy a contar paso a paso lo que sucedió, porque ahí quedan incluidos y registrados los tormentos que padecen en Colombia incontables señores Benjamines y señoras Benjaminas, niños Benjamincitos y niñas Benjaminicitas. Este caso retrata las angustias que vive la sociedad entera.

En la crisis que está padeciendo el sistema de salud, las clínicas y hospitales, y los propios médicos, se quejan con razón porque las empresas prestadoras de salud (EPS) no les pagan o les pagan mal, y, encima de todo, les deben toneladas de dinero. Están al borde del infarto económico. Pero también hay que preguntarles a ellos qué pasa cuando lo que falla no es solo la EPS sino también la atención hospitalaria.

Aguijoneado por esa pregunta, un amigo muy acucioso, que está haciendo sus primeros ensayos en el periodismo, me colaboró para investigar cuidadosamente la historia de lo que le pasó al señor Benjamín. Aquí va, sin más preámbulos.

Comienza el viacrucis

Al ver que la EPS ni siquiera les contestaba el teléfono, los familiares del señor Benjamín, aquella mañana en que despertó con el corazón adolorido, llamaron de inmediato al servicio 123, que en Bogotá presta ayuda de emergencia con la Policía, los bomberos y las ambulancias. Respondieron de manera rápida y eficiente. Cuando la ambulancia llegó a la casa del paciente, sus familiares pidieron que lo trasladaran a la reputada clínica Shaio, “porque allí se encuentra el médico que lo viene tratando”.

–Con el mayor de los gustos –respondieron los encargados de la ambulancia y salieron hacia la clínica.

Pero, ya en camino, los enfermeros resolvieron por su propia cuenta llevarlo más bien hasta un hospital que está ubicado cerca de las lomas que rodean el sur de la ciudad.

En la crisis que está padeciendo el sistema de salud, las clínicas y hospitales, y los propios médicos, se quejan con razón porque las empresas prestadoras de salud no les pagan o les pagan mal

El insólito panorama

Cuando los parientes del señor Benjamín les preguntaron por qué habían hecho eso, los enfermeros se justificaron diciendo que el paciente estaba muy delicado.

–Cuando llegamos al hospital el panorama era aterrador –me dice uno de los familiares–. Enfermos amontonados en los pasillos, el gentío quejándose a gritos de sus dolores, pacientes peleando con los empleados porque nadie hacía caso a sus clamores.

Pasaban las horas angustiosas y nadie atendía al señor Benjamín, a pesar de su gravedad. Entonces, ante semejante escenario, sus familiares insisten en pedir que lo trasladen a la Shaio, donde su médico habitual ya lo está esperando.

–Los enfermeros de la ambulancia lo trajeron aquí –les dijo una enfermera malencarada– porque esta es la zona donde ellos trabajan y no tienen por qué desplazarse a otro sector.

(Ya lo sabe, amigo lector: si le va a dar un infarto, procure usted que sea cerca de una ambulancia para que lo lleve a una buena clínica. No lo olvide. Qué tal esa).

Se pierde el examen

Ya son las cinco de la tarde y don Benjamín continúa postrado en una camilla, en el pasillo del hospital, porque la sala de emergencias, lejos de irse desocupando con el paso del tiempo, está cada vez más llena.

Como estaban viendo que el enfermo empeoraba, sus parientes, aunque insistían en el traslado, accedieron a que le hicieran los exámenes necesarios para determinar su dolencia. “Entonces comprendí el significado de la palabra paciente”, me dice uno de ellos. Después de las seis, cuando ya estaba cayendo la noche, apareció por fin un médico que le hizo un electrocardiograma.

A las siete de la noche se hizo el acostumbrado cambio de turno. En las cuatro horas siguientes ninguno de los funcionarios o empleados del hospital volvió a acordarse del atribulado señor.

A las once de la noche apareció un nuevo doctor y solicitó a los empleados que le entregaran el resultado del examen para analizar al paciente. Pasaron dos horas más.

–Es que el electrocardiograma no aparece por ninguna parte –respondieron los funcionarios.

La única solución que quedaba era solicitar que repitieran el examen. Habían pasado más de doce horas desde que el enfermo llegó al hospital y ahora había que empezar de nuevo.

Aquella noche…

Fue entonces cuando estalló la mezcla de angustia, rabia, dolor y miedo que estaban padeciendo desde temprano los parientes del señor Benjamín. Al nuevo médico le presentaron sus reclamos por la ineptitud del personal y el pésimo servicio. Cuando le recordaron que ellos y el enfermo se encontraban allí contra su voluntad, el doctor les respondió:

–Pues, entonces, además del electrocardiograma voy a ordenar también un ecocardiograma. Pero les tengo una mala noticia. El cardiólogo solo llega a las ocho de la mañana, por lo que tendrán que quedarse aquí hasta esa hora.

Ante aquella respuesta, no tuvieron más remedio que agachar la cabeza y prepararse para pasar la noche velando en el pasillo del hospital. En medio de su propia desesperación, y de los gemidos de dolor de los incontables pacientes, los acompañantes de don Benjamín trataron de descansar aunque fuera por un rato.

Estaban cabeceando ya, y a punto de quedarse dormidos, cuando, de repente, dos muchachas de origen costeño ingresan a la sala y se arma un nuevo problema.

Resulta que las dos se encontraban en el sector de Chapinero, que queda a unas cien cuadras del hospital, cuando fueron atracadas por un hombre que llevaba un cuchillo.

Una de ellas fue herida en la mano. Pidieron ayuda a un taxista para que las llevara de urgencia al hospital más cercano. Todavía no se explican cómo, habiendo en esa zona por lo menos cinco o seis clínicas de renombre, el taxista fue a llevarlas tan lejos. Era algo similar a lo que había ocurrido con don Benjamín y los enfermeros de la ambulancia.

Llegó la Policía

El médico que atendió a la mujer herida le dijo que entrara al baño. Se lavó las manos.

El doctor le informó que iba a suturarle la herida y que ese procedimiento le costaría 230.000 pesos.

–Yo no tengo esa plata –contestó ella–. Y, además, al llegar aquí me dijeron que este hospital es público.

De inmediato, la herida pidió que la dejaran irse para otro hospital.

–Puede irse –le replicó el médico–. Pero antes debe cancelar 55.000 pesos por la atención prestada.

Fue tal el zafarrancho que se armó, tratando de que la herida pagara, que hubo necesidad de llamar a la Policía. Los agentes ordenaron que se autorizara inmediatamente a las mujeres para que abandonaran el hospital, exentas de cualquier pago. El médico, indignado, le dijo al policía que él sería el responsable por lo que ocurriera con la joven herida.

–Haga lo que quiera –le respondió el policía–. Este hospital ya tiene fama en nuestra inspección. Peloteras como esta ocurren aquí todos los días.

Un allegado de don Benjamín fue testigo de todo el incidente. Después hizo este comentario: “En ese momento se me vino una pregunta a la cabeza: ¿Es el juramento de Hipócrates o el juramento de hipócritas?”.

¿Y el señor Benjamín?

Y a todas estas, en medio de tantas trifulcas y tanto caos, ¿qué había pasado con don Benjamín? Sucedió que el famoso ecocardiograma, que desde la noche anterior le habían anunciado para cuando llegara el cardiólogo a las ocho de la mañana, se lo terminaron haciendo a la una de la tarde. Hagan cuentas: un enfermo grave del corazón completaba más de veinticuatro horas en un hospital y no le habían hecho nada. Era como si acabara de llegar.

Pero todavía falta más. El médico que le hizo el ecocardiograma se esfumó como por encanto. No volvió a aparecer. Cuando la familia de don Benjamín solicitó que le dieran los resultados, les contestaron que eso era información confidencial y que no tenían que compartirlo con nadie.

En apretada síntesis, un día después de haber ingresado con quebrantos cardíacos, ningún médico volvió a ver al paciente, ningún especialista sugirió tratamiento alguno o presentó algún diagnóstico y el hospital tuvo que autorizar su traslado a la Shaio, que era lo que la familia había intentado hacer desde el comienzo. Pero eso solo fue posible porque sus parientes pagaron de su bolsillo el servicio de una ambulancia particular .

Epílogo

A propósito de hospitales, lo que ustedes acaban de leer es una radiografía de lo que ocurre diariamente a lo largo y ancho de Colombia, en grandes hospitales y en humildes puestos de salud, en las capitales y en los pueblos perdidos en la montaña, en la costa, en la llanura, en el valle o en la selva.

La crisis del sistema de salud ha llegado a tales extremos que, según me cuentan varios médicos de diversas regiones, ya es común que clínicas y hospitales, para que les lleven a ellos cada enfermo, aunque no sea de su especialidad, están sobornando a conductores y enfermeros de ambulancias, a taxistas y mototaxistas.

Voy a seguir investigándolos a todos, porque esa es mi obligación como periodista y porque transformar nuestro país no es una ilusión ni una quimera; es un acto de justicia.

Punto final: el señor Benjamín ya está en su casa, restableciéndose. La verdad es que está vivo de milagro. Desde aquí le mando un abrazo solidario. Y sé que ustedes también.

JUAN GOSSAIN
Especial para EL TIEMPO 

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