Así actúa el miedo, la mayor arma del terrorismo

Así actúa el miedo, la mayor arma del terrorismo

Mantener el pánico en la mente de las personas para mostrar poderío es la meta de los terroristas.

El miedo es el objetivo de los actos terroristas

El miedo genera efectos dañinos en el comportamiento y la mente de los afectados.

Foto:

IStock

Por: Carlos F. Fernández - asesor médico de EL TIEMPO
06 de febrero 2019 , 09:03 p.m.

El instinto de autoconservación queda activado de manera permanente en el cuerpo, con todas sus hormonas y sustancias, que –mantenidas en el tiempo– terminan alterando el bienestar: modifican la manera de pensar, de tomar decisiones para enfrentar la vida y hasta propician la aparición de enfermedades.

De esta forma, María Carolina Hurtado, psicóloga de la Universidad Santo Tomas, describe el impacto del terrorismo sobre las personas.

“Es un miedo permanente”, dice. Y los terroristas cuentan con ese efecto porque, en realidad, lo que buscan es que la gente conviva con pánico. No solamente hacia ellos, sino también por la incertidumbre frente a lo que pueda pasar.

Es una dinámica perversa, manifiesta el psiquiatra Rodrigo Córdoba, jefe del departamento de Psiquiatría de la Universidad del Rosario, porque de esta manera los agresores tratan de demostrar que son importantes y se la juegan por tratar de que esta sensación se mantenga en el tiempo.

Es claro que el miedo es la principal arma psicológica que tiene como detonante una
acción terrorista; pero, según Hurtado, es este miedo –con la anticipación mental de nuevos hechos de terror– en el que la persona puede estar involucrada, lo que genera efectos dañinos en el comportamiento y la mente de los afectados.

En este sentido, Sandra Herrera, psicóloga clínica de la Universidad de Salamanca (España), manifiesta que en realidad, esta situación configura una genuina guerra psicológica que busca invadir la conciencia de todos, con la intención de sembrar la creencia de que los terroristas son capaces de actuar de la peor manera. Se sabe –afirma Herrera– que los ataques en serie multiplican el terror psicológico, que tiene como base la idea de que en cualquier momento se puede ser una víctima. Y en este punto, agrega la especialista, la gente está en manos de los terroristas y ellos empiezan a ganar terreno.

Bioquímica del miedo

El neurólogo Gustavo Castro explica que responder a las amenazas es una condición natural que se ha mantenido a lo largo de la evolución, al punto de que las respuestas básicas de las personas son similares a las de las especies inferiores cuando son agredidas.

Como el objetivo es mantenerse a salvo, estos mecanismos se han especializado de modo muy certero. “Basta un grito, un ruido inesperado o un estímulo desconocido para que de manera automática e inconsciente se envíen señales a todo el organismo para apartar la amenaza o alejarse de una agresión”, insiste Castro.

De esta manera los agresores tratan de demostrar que son importantes y se la juegan por tratar de que esta sensación se mantenga en el tiempo

Todo empieza con el estímulo, que es captado por los sentidos y enviado a través del sistema nervioso autónomo hasta una zona del cerebro llamada el centro del miedo, ubicado en la amígdala de ese órgano.

La liberación de adrenalina y algunos esteroides, como la cortisona, empuja todas las funciones del cuerpo para prepararlo en tareas de ataque y defensa.

Las pupilas se dilatan, la sangre sale de la piel y se va a órganos más importantes
, el corazón se acelera, la respiración es más profunda, la mente se concentra en un solo aspecto y se empieza a sudar. “En ese punto, el cuerpo está listo para el ataque o la huida,” dice Castro.

Pero el asunto no para ahí porque la corteza cerebral también recibe información y obliga a preguntarse si la amenaza es real y, sobre esto, ordena la acción de manera un poco más racional.

Si se enfrenta la amenaza o se huye, al pasar el estímulo el sistema de defensas se calma y todo regresa a la normalidad. “Es un mecanismo lógico que actúa bajo el principio de causa-efecto y se reserva solo para casos de amenazas”, señala Castro.

Aquí se entiende que la amenaza no es constante; pero cuando se mantiene el estado de alerta, todo ese ‘armamentario’ activado tiene efectos negativos. “Se consolida un estado anormal de estrés que afecta inicialmente el pensamiento, el cual se ve desbordado por el miedo, que termina impidiendo la capacidad de razonar”, dice Córdoba.

En este punto no hay claridad y la racionalidad parece estancarse –sigue el psiquiatra–, por lo que ningún tipo de concepto o de idea logra modificar el estado de zozobra.

Aquí se activan otras áreas del cerebro y se movilizan sustancias que en algunas personas pueden generar pensamientos obsesivos, por ejemplo, de persecución o amenaza, y que terminan manteniendo todo el organismo en un estado de alerta. “Justo esto es lo que buscan los terroristas”, comenta Hurtado.

Se consolida un estado anormal de estrés que afecta inicialmente el pensamiento, el cual se ve desbordado por el miedo, que
termina impidiendo la capacidad de razonar

Todos son víctimas

Estas modificaciones neuro-psicológicas, generadas por actos terroristas, tienen efecto no solo en las víctimas directas. También en quienes las circundan y, por extensión, en la sociedad en general.

Se ha comprobado –dice Herrera– que luego de un evento terrorista son habituales los síntomas de ansiedad, estrés, desesperanza y confusión. Y aunque son respuestas normales ante situaciones anormales, cuando se mantienen en el tiempo, sin la atención adecuada, favorecen la aparición de trastornos, siendo el más frecuente el de estrés postraumático.

Para Córdoba, esta alteración se caracteriza por la recordación reiterada del evento, la agitación y la necesidad de evitar todo lo relacionado con dicha situación. “Es tan grave que termina afectando la vida de las personas, por lo que requiere intervención profesional”.

Aunque después de un acto terrorista no todas las personas reaccionan del mismo modo, es importante estar alerta para detectar de manera temprana a los más afectados y a quienes potencialmente pueden desencadenar un trastorno de estrés postraumático. En palabras de Sandra Herrera, esta condición tiene relación directa con la intensidad del evento terrorista por el grado de exposición de las personas, y también cuando se tienen antecedentes de afectaciones anteriores. “Quienes cumplan estas características deben recibir atención prioritaria”.

Intervención necesaria

Un evento terrorista puede marcar de por vida a las personas. No solo por los daños físicos a las víctimas directas: también a las indirectas, por lo cual se requiere que todas ellas, sin distingo, reciban atención de carácter psicológico.

Para llevarlo a cabo –manifiesta Rodrigo Córdoba– se deben desplegar protocolos previamente establecidos, que empiezan por la atención en el mismo lugar donde ocurrieron los hechos a manera de primeros auxilios. Aquí es importante que las víctimas puedan expresar sus sentimientos y disminuyan el estrés de los primeros momentos, así como facilitar el contacto de las personas con sus redes de apoyo y procurar que los afectados afronten mejor su situación.

Es importante considerar la intervención interdisciplinaria para las víctimas directas con soporte psicológico y psiquiátrico desde el primer momento, con el objetivo de aliviar síntomas, acompañar duelos, facilitar el contacto y la reintegración social y recuperar la confianza de las personas, lo mismo que su sentido de seguridad.

En estos procesos –sostiene Córdoba– se requiere la participación de la familia, del entorno laboral y de amistades cercanas para proyectar de forma conjunta planes específicos de tratamiento, de acuerdo con la severidad de cada caso, sin desconocer que también se pueden hacer intervenciones grupales.

Córdoba insiste en que el terrorismo es un fenómeno cada vez más común y que, en razón de sus consecuencias sobre el psiquismo y las emociones de las personas, debe ser abordado de manera integral con el objetivo de minimizar no solo el impacto deletéreo en los individuos, sino también de recuperar la confianza de las comunidades y, de paso, minimizar el miedo, que es el arma más letal de los terroristas.

CARLOS F. FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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