Mezclas peligrosas: lecciones del caso de María Andrea Cabrera

Mezclas peligrosas: lecciones del caso de María Andrea Cabrera

Combinación de alcohol y éxtasis que mató a la joven muestra la tarea que el país tiene por delante.

Consumo de drogas sintéticas

Los jóvenes que consumen ‘pepas’ las compran a ciegas y no tienen la información suficiente de los peligros que corren al mezclarlas con otras sustancias.

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123RF

Por: Augusto Pérez Gómez - Razón Pública
04 de marzo 2018 , 01:42 a.m.

La muerte de la joven María Andrea Cabrera ha despertado oleadas de reacciones apasionadas, muchas de ellas basadas en hechos no demostrados, en atribuciones calumniosas y en hipótesis carentes de sustento.

Hasta donde sabemos, sobre la base de las declaraciones de Medicina Legal, la muerte de María Andrea se debió a una intoxicación producida por una mezcla de alcohol y éxtasis (metilendeoximetanfetamina). Determinar si la fatal combinación se produjo por voluntad propia de la víctima o porque le mezclaron el éxtasis en lo que ella bebió aquella noche es asunto de la justicia. Aunque debo anotar que en mis 40 años de trabajo con consumidores de drogas nunca oí decir que alguien pusiera éxtasis en el trago de otra persona con fines sexuales (supuesto móvil principal de esta hipótesis), como sí ocurre con la mezcla de alcohol y ciertas benzodiacepinas.

La mezcla que la mató está ampliamente documentada en la literatura médica de países como España, Reino Unido y Estados Unidos, pero en Colombia nunca se había mencionado este fenómeno. Lo cual no significa que no haya ocurrido.

En un curso sobre sustancias psicoactivas que doy en la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes, les pregunté a los estudiantes avanzados si sabían que esta mezcla podía ser mortal: la mayoría de ellos lo ignoraba. Un joven de 18 años con muchos problemas asociados con el consumo excesivo de marihuana me dijo que ni él ni sus amigos consumían éxtasis, pero que ninguno sabía que mezclarlo con alcohol era peligroso.

Así, lo que muchos consideramos conocimiento común en realidad no lo es. En una entrevista con una persona con mucha experiencia en el mundo del consumo, ella me aseguraba conocer a muchos jóvenes dispuestos a combinar el alcohol con éxtasis, incluso cuando tienen conocimiento de que esa mezcla puede ser muy peligrosa.

¿Cómo puede explicarse esto?
La respuesta más obvia, a partir de los análisis de muestras de sustancias incautadas a lo largo de los años, es que en la mayoría de los casos las pastillas vendidas en Colombia como “éxtasis” en realidad son anfetaminas de bajo precio, capaces de producir algún efecto y leve sensación de aumento de la temperatura corporal; el resto sería un efecto placebo.

Sin embargo, es un hecho que algo de esa substancia sí existe en el mercado y es posible que entre toda la basura vendida bajo el nombre de ‘pepas’, que los jóvenes en general compran sin saber qué es, a María Andrea le haya llegado por azar una de éxtasis.

No podemos ocultar el sol con un dedo: una gran cantidad de jóvenes, especialmente de clases pudientes, consumen de manera ocasional sustancias ilegales, especialmente en los fines de semana.

Estamos a la espera de los resultados del último estudio nacional sobre consumo de sustancias en la población escolarizada, que deberá ser publicado en pocas semanas. Pero sabemos que los jóvenes de hoy en día no le ven gran problema a consumir ocasionalmente diferentes sustancias, y en muchas ocasiones pueden incurrir en conductas peligrosas. Algunos ejemplos:

‘Popper’, un vasodilatador inventado en 1857 y redescubierto 100 años después por los ‘sex shops’, y con capacidad de provocar daños neurológicos y alteraciones de la visión.

El 2CB o ‘cocaína rosada’ tiene similitudes estructurales con la mescalina y la cocaína, y su abuso puede producir pánico.

‘Sales de baño’ (que ni son sales ni son de baño) son catinonas sintéticas de bajo precio. Se venden por internet y ya han matado a varios cientos de jóvenes en Europa y en Norteamérica.

El GHB (gamahidroxibutirato) o ‘éxtasis líquido’, con potencial de provocar convulsiones y un sueño comatoso del que el individuo sale con gran dificultad.

En cuanto a la marihuana, su uso se ha banalizado, en parte por la legalización en Estados Unidos y Uruguay. No obstante, los resultados de la legalización no parecen muy buenos: el número de solicitudes de tratamiento relacionados con estas sustancia en Estados Unidos es más alto que nunca, y en Uruguay el número de adolescentes consumidores ha aumentado de manera preocupante.

Comparando el mencionado estudio por publicar con la última encuesta de escolares realizada en 2011, se concluye que el consumo de marihuana ha aumentado bastante en Colombia. Así mismo ha aumentado el consumo de Popper, aunque lo más probable es que quienes dicen haberlo consumido simplemente estén comprando algún solvente industrial, pues el precio, la forma de consumirlo y los efectos reportados por los usuarios no corresponden a los de esa sustancia.

¿Qué hacer?

El uso ocasional de estas sustancias puede ser un acto censurable en la medida en que es ilegal consumir en sitios públicos, pero eso no convierte a esos jóvenes ni en drogadictos, ni en delincuentes ni siquiera en ‘malas personas’.

No obstante, no faltarán quienes, a raíz del conjunto de incidentes que produjeron la muerte de María Andrea, enarbolen nuevamente, y de manera oportunista, las fracasadas banderas de la represión, que incluyen acabar con la dosis personal.

Esa sería una pésima idea, pues va en contravía de lo que está pasando en la mayoría de los países de Occidente. Castigar a quienes consumen sustancias psicoactivas suena cada vez más absurdo, y son pocos los países occidentales que todavía se niegan a ver el problema de las drogas como un asunto de salud pública y de derechos humanos, tal como lo promueven las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud.

Pero dos cosas deben resultar muy claras: primero, la obligación de los Estados de proteger a los menores de edad, que pueden resultar seriamente afectados por esos consumos, empezando por el de alcohol. La forma correcta de hacerlo es a través de estrategias preventivas probadas, disponibles desde hace un buen número de años, pero utilizadas en Colombia solo de manera esporádica y en núcleos insignificantes, asegurando su fracaso; es como prevenir una posible epidemia de viruela vacunando a 10 niños en cada capital de departamento.

Segundo, si bien la represión es una forma inadecuada de manejar el asunto, cuando un adulto decide consumir sustancias (y especialmente cuando lo hace sin saber qué está consumiendo), debe conocer los riesgos en los que incurre y asumir la responsabilidad total de las consecuencias.

Lo único más absurdo que promover el castigo a los consumidores sería pretender que el Estado esté obligado a montar laboratorios en las puertas de bares
y discotecas para asegurarles a los usuarios que las sustancias ilegales recién adquiridas son de buena calidad.

En cambio, sí sería una buena idea que quienes consumen esas sustancias financiaran ellos mismos estrategias para asegurarse de no sufrir consecuencias fatales por consumir algo comprado a ciegas.

Esto no resolvería el deseo de tomar riesgos, ni las consecuencias de mezclar sustancias, comportamientos siempre peligrosos. El alcohol y el éxtasis tienen una interacción que aumenta la temperatura interna y la deshidratación, pero la mezcla de alcohol con otros depresores del sistema nervioso, como las benzodiacepinas, o la mezcla con antidepresivos y con estimulantes, puede tener efectos igualmente peligrosos.

Ingerir sustancias sin saber qué son es un comportamiento infantil; mezclar sustancias siempre es riesgoso, no solamente por las propiedades químicas de cada una de ellas, sino por las predisposiciones personales de cada individuo.

Así, quienes como adultos decidan consumir sustancias deberían considerar lo siguiente:

1. Saber siempre qué están comprando. No mezclar sustancias, a menos que estén completamente seguros de que sus interacciones no tienen riegos (difícilmente se encontrará información confiable en internet).

2. Evitar el alcohol cuando prueben otras cosas: hacerlo implica una pérdida de control sobre la situación.

AUGUSTO PÉREZ GÓMEZ*
Razón Pública**
* Ph. D. Director de la Corporación Nuevos Rumbos.
** Razón Pública es un centro de pensamiento sin ánimo de lucro que pretende que los mejores analistas tengan más incidencia en la toma de decisiones en Colombia. Este artículo fue editado por EL TIEMPO, con autorización de su autor.

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