‘Fui a Argentina por amor y terminé sola, con cáncer y tuberculosis’

‘Fui a Argentina por amor y terminé sola, con cáncer y tuberculosis’

La periodista Alejandra Vanegas relata la sumatoria de tragedias que ha vivido en los últimos años.

‘Me fui a Argentina por un amor y terminé sola y con un cáncer’‘Me fui a Argentina por un amor y terminé sola y con un cáncer’
María Alejandra Vanegas

Carlos Ortega / EL TIEMPO

24 de agosto 2018 , 02:47 p.m.

Nunca se me pasó por la cabeza que iba a tener cáncer, mucho menos en uno de los mejores momentos de mi vida, cuando empezaba a prosperar en Argentina. Y jamás se me ocurrió que mi novio, por el que me fui a vivir a Buenos Aires, me iba a abandonar en medio de la enfermedad.

Es como si el peor de mis miedos se hubiera hecho realidad. Me sacaron el tapete de los pies sin avisarme, y me caí patas arriba, de culo contra el mundo.

Viernes 8 de enero de 2016. Un mensaje en mi celular: Vanegas Cabrera María, ya puede retirar su biopsia número 160.258. Anatomía Patológica. Había estado esperando ese resultado durante tres semanas. Esa biopsia confirmaría que tenía cáncer, un linfoma de Hodgkin, y convertiría mi vida color de rosa en un suplicio.

Todo comenzó en octubre de 2015, cuando le dije a una de mis compañeras de los tantos trabajos que tuve en Buenos Aires, una dermatóloga de una clínica estética: “Ceci, siento como si me hubiera mordido un vampiro en el cuello”.

Ella me miró y se rio. “Boluda, no tenés nada. Debe ser estrés, vos no parás”.

Y es cierto. Desde que llegué a Buenos Aires nunca paré, y ese año, 2015, fue frenético: tuve varios proyectos de periodismo, coordiné las relaciones públicas de una multinacional, cursé una maestría en periodismo en la Universidad de Buenos Aires y trabajé en una clínica estética. Corría dos o tres veces por semana, hacía yoga de noche. Y era ama de casa de tiempo completo.

La mordida del vampiro empezó a molestarme cada vez más, y los ganglios del cuello se inflamaron. El lunes 5 de octubre fui a correr temprano y luego pasé por urgencias. Dos horas después me llamaron. La médica me atendió a las corridas porque tenía que ir a trabajar en otra clínica.

“Pedí turno para una ecografía y me venís a ver en dos días. Tenés los ganglios inflamados”.

Al cabo de dos horas y varios reclamos porque pasaba gente que había llegado después de mí, un médico me llamó.

–¿Por qué venís?

–Llevo varios días con dolor en el cuello y tengo los ganglios inflamados –le dije–. Cuando empezó a pasarme el aparato con ese gel helado por el cuello, su cara se transformó. No estaba tan sereno como al principio.

–¿Se ve algo raro?

–Están muy inflamados los ganglios. Te recomiendo que le lleves inmediatamente la ecografía a la médica que te vio.

–¿Es grave?

–Hay que hacer más estudios.

El rostro transfigurado de ese médico me hizo preocuparme, así que le hice caso. Volví a urgencias y pedí de nuevo un turno. Llamé a mi novio, y al rato llegó.

–¿Estás bien?

–Sí, pero esto me huele mal.

–No empecés, todo va a estar bien. Yo te voy a acompañar.

Me hicieron los exámenes. La médica aseguró que podía ser desde una infección que se curaría con antibióticos hasta –sin decirlo lo dio entender– cáncer. Sí. Era cáncer.

Tras dos meses de exámenes y una operación para sacarme un ganglio del cuello, ese viernes 8 de enero el resultado de la biopsia indicó que tenía un linfoma de Hodgkin nivel II A, un tipo de cáncer, el más ‘suave’ y curable, sin dejar de ser cáncer.

Y no, no fue cierto, Patricio no me acompañó más. Veinte días después de haber recibido el diagnóstico dejó el departamento que ambos compartimos durante cuatro años. ¿Las razones? Prefiero ponerme en modo Hollywood y decir que fueron diferencias irreconciliables, o mejor digo que se las llevó el viento porque en realidad nunca me quedó claro por qué se fue.

Yo creo que soy un milagro, pues lo que recé no tiene nombre. Fue increíble cómo en tan pocos meses cambió mi vida

María Alejandra Vanegas

María Alejandra perdió el pelo debido a las quimioterapias.

Foto:

Sara Lía Ayala Vélez

Los médicos me decían: “Un cáncer no es cualquier apendicitis, genera diferentes reacciones a tu alrededor con consecuencias de distintos alcances”.

La tristeza de su partida nunca encontró alivio. Si bien ya estaba desconsolada por tener que enfrentar una enfermedad de semejante magnitud a mis 32 años en un país extranjero, la separación de mi ex fue un plomazo, un bajón (como dicen en Argentina). De esas situaciones que jamás le desearías ni a tu peor enemigo.

Yo lo había sentido y visto nervioso, se rascaba todo el tiempo la barba y no quería que me sintiera mal, que no llorara.
Pero la verdad, lo único que yo quería era eso: llorar, llorar y llorar.

–Te veo mal –le dije–.

–Sí, estoy preocupado por la situación. No he terminado mi libro (es escritor), y la cabeza no me da.

–Llega hasta donde puedas, sé que para ti también es difícil –le dije con la esperanza de que me prometiera que siempre iba a estar, y lo besé–.

– Que yo esté depende de vos.

–Yo ni siquiera sé qué me pasa. Cambio todo el tiempo de ánimo. No me pidas mucho. Pero sí necesito estabilidad de tu parte. El 28 de enero todo se hizo insostenible.

–Me voy, no lo soporto más.

Y se fue.

Cada vez que me sentaba en la poltrona en la que recibía la quimio le decía a mi Dios: “Bueno, ¿esta vez qué vamos a sanar?”

¡Al rescate!

–El tratamiento constará de 12 quimioterapias cada 21 días durante seis meses. Antes de iniciarlas, te vamos a operar. Tomaremos una muestra de la médula ósea a ver si hubo metástasis. Debes pedir cita con la doctora Adriana Vitriú, quien será tu hematóloga de cabecera, y con el internista, para un control semanal. ¿Por qué tenés esa cara, piba? –preguntó la doctora–.

–Después de que me dieron el diagnóstico, mi vida se despelotó. Mi novio me dejó y mi familia se peleó. ¡Todo es terrible!

–Ah, ya estalló la bomba. Eso es normal, piba. ¿Vos sos creyente?

–Sí, señora.

–Andá a la iglesia, piba.

Empecé a ir a la iglesia todos los días, a una iglesia de los Carmelitas Descalzos.
Días después llegaron mi hermana, de Jujuy (provincia del norte de Argentina donde ella vivía), y mi mamá, desde Cúcuta, a acompañarme.

Ellas se convirtieron en mi sostén y mi mundo. Poco a poco fui pasando la tusa y me enfoqué en mi tratamiento, en mi trabajo en la clínica (dejé todos los demás proyectos), en la facultad, en la compañía de algunos amigos y en un blog donde llevé un diario de esta historia.

María Alejandra Vanegas

Imagen de María Alejandra en el 2016.

Foto:

Sara Lía Ayala Vélez

Sacar la cabeza

Después de la primera quimio tuve un poco de náuseas. Todo me olía horrible. Luego menguaron las ganas de vomitar, pero exactamente el sexto día posterior a las quimios me daba un dolor de cabeza insoportable que me duraba dos días y solo disminuía con dos tabletas de acetaminofén y una gran taza de café. Me sentía cansada, débil, lenta.

Cada vez que me sentaba en la poltrona en la que recibía la quimio le decía a mi Dios: “Bueno, ¿esta vez qué vamos a sanar?”.

Los días luego de la quimio invitaba a mis amigas a casa, me ponía a pintar con ellas; iba a cine, a bailar tango. Unos meses más tarde llegó Leandro a mi vida, mi segundo novio en Argentina. Fue una relación corta y muy divertida. A los tres meses de conocernos me mude con él, y fuimos a Río de Janeiro a celebrar mi curación del cáncer. Pero un par de meses después me empezó a dar fiebre, dolor de espalda y de articulaciones. Después de varios lavados de pulmones, hospitalizaciones y una biopsia, sorpresa: tenía tuberculosis.

Duré dos meses postrada en la cama. Sin embargo, el tratamiento no surtió efecto. Así que en mayo de 2017 empaqué algunas prendas (con el ánimo de volver) y regresé a Cúcuta, donde nací y donde vive mi familia. Me recuperé, y a los pocos meses recibí la propuesta de volver a Bogotá para trabajar en revista Semana.

Yo creo que soy un milagro, pues lo que recé no tiene nombre. Fue increíble cómo en tan pocos meses cambió mi vida. Pero más inaudita fue la lección contundente que recibí de Dios para que aprendiera lo que es el amor, el perdonar, el soltar. Y bien, cuando todo empezaba a coger forma, a volver a la normalidad, mi padre se muere. Hace un par de meses. Pero esa es otra historia. Yo sigo sobreviviendo.

María Alejandra Vanegas
Para EL TIEMPO

El linfoma de Hodgkin y la tuberculosis

Los linfomas son cánceres que comienzan en los glóbulos blancos (linfocitos) y forman células malignas en el sistema linfático.

En el 2017, 2.101 mayores de edad padecían linfoma de Hodgkin en el país, según la Cuenta de Alto Costo. La tuberculosis es una enfermedad infecciosa causada por una bacteria que se trasmite por el aire. Se trata de un mal que se ha venido erradicando lentamente en Colombia. Sin embargo, en el 2014 –dato más reciente– se reportaron 12.720 casos en el país.

* Testimonio de la periodista Alejandra Vanegas para las Experiencias Saludables. Usted puede enviar la suya a los correos ronsua@eltiempo.com y josmoj@eltiempo.com.

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