'El salvador de los gorditos' que ahora ayuda a personas con sobrepeso

'El salvador de los gorditos' que ahora ayuda a personas con sobrepeso

La historia del antioqueño Salvador Palacios, director de la fundación Gorditos de Corazón.

Salvador Palacios

Salvador Palacios llegó a pesar 200 kilos.

Foto:

Archivo particular

08 de agosto 2018 , 07:17 p.m.

–Señor, ¿usted va a montarse en este avión?
–Sí, claro.
–¿Y va a viajar en silla o por la bodega? (Risas).

Salvador Palacio recuerda el breve intercambio de palabras que sostuvo con un hombre y una mujer en un aeropuerto hace más de 13 años, cuando todavía pesaba más de 200 kilos.

Por esa época le era difícil encontrar un asiento de un restaurante en el que pudiera caber, y cuando lo conseguía y pedía que le prestaran el baño, la respuesta siempre era negativa.

Además del rechazo social del que era víctima a causa de su apariencia, sentía asfixia y se fatigaba caminando; le dolían las rodillas y la columna. La ansiedad, el estrés y la depresión eran un agobio en aumento.

Incluso, se veía forzado a cambiar de vivienda frecuentemente por cuenta de la apnea obstructiva del sueño. “Legaba a una unidad residencial y a los seis meses me tenía que ir porque no dejaba dormir a nadie con mis ronquidos”, dice.

Salvador

En sus charlas motivadoras, Salvador Palacio cuenta su historia y muestra las fotos de sus épocas de obeso mórbido.

Foto:

Archivo particular

A los 38 años ya era obeso mórbido y su vida estaba en riesgo; aunque no había sufrido el primero de los tres infartos que lo obligarían a cambiar su manera de vivir

 “Mi masa corporal era de 60, mi talla era 3XL, 4XL. Había sido modelo de ropa de gordos, pero me quitaron el contrato porque seguí aumentando”.

Hoy, al entrar en su consultorio en un local de Chapinero, en Bogotá, cuesta imaginar que quien está sentado es la misma persona que aparece en fotos impresas en portarretratos.

En una de las imágenes se ve a un hombre con el torso desnudo. De su cuello y pecho cuelgan bultos de grasa envueltos en piel. Como la cera de una vela que se derrite, del abdomen desciende una masa voluminosa hasta abajo de su cintura. En la otra foto, una camiseta azul clara cubre las protuberancias y se ensancha hasta tomar la forma de la ladera de una montaña.

“Es difícil ser obeso en Colombia. Hay un señalamiento continuo y una discriminación en una sociedad en la que no caben los gordos”, asegura Salvador, ahora con 68 kilos, acordes con su estatura de 1,70 metros.

Es difícil ser obeso en Colombia. Hay un señalamiento continuo y una discriminación en una sociedad en la que no caben los gordos

En el overol azul oscuro que tiene puesto está escrito su nombre, debajo del cual se leen las palabras ‘Motivador y terapeuta’. “Yo no soy médico; soy un ser humano que vivió la experiencia de la obesidad mórbida. Estuve al borde de la muerte. Llegué a pesar más de 200 kilos”, explica.

Él es el director de la Fundación Gorditos de Corazón, que creó en 2006 con el propósito de ayudar a quienes padecen sobrepeso, obesidad y trastornos alimentarios.

Su objetivo es evitar que las personas que acuden a él en busca de esperanza lleguen a la situación extrema que él sufrió, y que lo puso a los 40 años ante la atemorizante –luego sería también inevitable– perspectiva de tener que someterse a un bypass gástrico.

Por esa época en la que era visitador médico y trabajaba con laboratorios farmacéuticos ya había padecido tres infartos. “Cada mes aumentaba entre cuatro y cinco kilos, pero no me daba cuenta. Era comedor compulsivo”, cuenta. Y confiesa haber sido adicto al chicharrón, las salchichas, las hamburguesas, los perros calientes, las gaseosas y el sedentarismo.

Nacido en Medellín, en su infancia había crecido con los contundentes desayunos antioqueños: calentado con arroz, fríjoles, papa, chorizo. A los 17 años ya tenía sobrepeso y las cosas solo empeoraron con el tiempo.

“A diario me comía cuatro o cinco desayunos paisas y dos o tres pollos. Por la noche yo podía llegar a hacer una olla de arroz, fritar dos libras de salchichas, una libra y media de costilla y me tomaba cuatro botellas de litro y medio de gaseosa”.

Salvador se había criado en una familia campesina de “hábitos pocos saludables”, en la que los padres y sus seis hijos eran obesos. “Como muchas familias de Colombia, mis papás pensaban que un niño gordito era un niño sano. Mi madre murió diabética y obesa a los 68 años y mi padre, de un infarto a los 66. No los pude salvar”, lamenta.

Una nueva misión

La lucha contra la obesidad que mató a sus padres y casi acaba con él se ha convertido en una obsesión para este hombre de 52 años, que ha trabajado con unas 20.000 personas afectadas por los rigores del sobrepeso, la obesidad, los malos hábitos, el estrés y la ansiedad.

Para enfrentar esta batalla se ha aliado con médicos, nutricionistas, psicólogos y profesionales de otras disciplinas en Colombia y otros países, que ayudan a los pacientes a encontrar una solución integral a sus problemas.

A partir de su experiencia, creó el método CME (Cuerpo, Mente y Emociones), mediante el cual empodera a las personas para que se comprometan a cambiar.
“A usted lo operan de su estómago, pero en el cerebro no entra el bisturí”, reflexiona.

Gracias a la Fundación, ha liderado rescates de personas a las que ha sido necesario transportar en helicópteros de la Fuerza Aérea, con el apoyo de la Policía, el Ejército y los Bomberos, entre otras entidades.

“Afortunadamente, este es un país muy solidario. No pedimos donaciones para rescatar a nadie. He contado con un don: he pedido la ayuda y me han ayudado”, sigue.

De esta manera ha podido contribuir a transformar vidas como la de Óscar Vásquez, hombre de Palmira, Valle del Cauca, de más de 400 kilos, con el que hizo un trabajo sin cirugía durante cerca de nueve meses.

“Él logró volver a la vida normal, volvió a conseguir novia, se pudo poner de pie. Estaba postrado en una cama y volvió a vivir”.

Otro caso reciente fue el de Didier Silva, joven de 22 años que perdió 50 de sus 400 kilos sin necesidad de cirugía después de haber sido sometido a un tratamiento de cinco meses en el Hospital Universitario del Valle, en Cali. De allí regresó en helicóptero en abril de este año para continuar el proceso médico con su familia en Mosquera, Nariño.

Una historia similar es la del joven de 16 años que supera los 300 kilos. Vive en la isla de Tierra Bomba, es invidente y sueña ser cantante; en agosto próximo será llevado en barco hasta Cartagena para volar desde allí a Medellín. “En la fase inicial, de seis meses, esperamos que pierda entre 35 y 40 kilos”, afirma.

Pero ¿cómo puede una persona acumular tanto peso?

“A mí me preguntan cómo llegué a 200 kilos y respondo: ‘No me di cuenta’. Es cierto. Hay una enfermedad que es del cuerpo, la mente y las emociones”, analiza, y añade que entró en un círculo vicioso en el que el estrés, la ansiedad y la depresión lo impulsaban a comer.

“Cuando eres comedor compulsivo y pierdes el control no te das cuenta. Es como el alcohólico, que sabe que si se toma un trago no puede parar. Con la comida es más lamentable porque no emborracha. Puedes comer donde quieras y nadie sabe qué comes; pero después viene la culpa y te preguntas: ¿Yo por qué comí eso?”.

Gente en busca de ayuda

La sala de espera del consultorio de Salvador Palacio está llena con unas 10 personas de distintas edades: un hombre canoso y de abdomen abultado, apretado en una camiseta amarilla de la Selección Colombia; otro señor que esconde el volumen de su estómago bajo una ruana gris; un adolescente vestido con una sudadera blanca y ancha que está sentado en el piso y no despega su mirada del celular…

“Vemos a personas con altas toxicidades que suben de peso. Hay un diagnóstico inicial casi siempre, que es el de los malos hábitos: no sé comer, no me cuido, tengo problemas emocionales (ansiedad, separaciones, problemas económicos, de desplazamiento forzado). El paciente tal vez ha aumentado 8 o 20 kilos en los últimos dos años y no lo ha notado”, sigue Salvador.

Trece años después, sus hábitos son distintos de los que por poco acaban con su vida. Ahora tiene horas fijas para comer, camina y no toma alcohol. Y sostiene que vive en un proceso de cambio constante y que aprendió a amarse. Para él, eso es lo más importante porque con la obesidad se pierden la autoestima y la motivación.

Y agrega: “Todos tenemos dentro un goloso que no descansa. ‘Comé eso, no te preocupés’: un chicharrón, una gaseosita. Pero cuando sabes que estás en una carrera de vida o muerte no lo puedes hacer. Tienes que aprender a vivir diferente o te mueres”.

JUAN URIBE
PARA EL TIEMPO
Twitter: @JuanUribeViajes

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