Viernes Santo: El rito de la muerte y crucifixión de Jesús desde casa

Viernes Santo: El rito de la muerte y crucifixión de Jesús desde casa

Ante la actual emergencia sanitaria, conozca cómo realizar la ceremonia en familia.

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Viernes Santo: El rito de la muerte y crucifixión
Cristo del silencio

Cortesía Custodia Terræ Sanctæ

Por: Redacción Vida de Hoy
10 de abril 2020 , 06:54 a.m.

El viernes santo marca el día de la pasión y crucifixión de Jesús, y por lo tanto es una de los momentos de mayor solemnidad en la Semana Santa.

Este año, sin embargo, la celebración será diferente, dado que el país se encuentra en aislamiento por la pandemia del coronavirus, por lo que la iglesia católica dio a conocer unos ritos con los que las familias podrán desarrollar la ceremonia desde la comodidad de su casa sin riesgo a contraer la enfermedad.

Se recomienda seguir el siguiente proceso de preparación: De antemano, asignar a la persona que dirigirá la celebración, hará las lecturas, leerá las moniciones y llevará la cruz.

Colocar un pequeño altar para colocar la Sagrada Biblia, un crucifijo, que se resalta en este día, y una veladora que debe ser encendida con prudencia y seguridad.

Ritos iniciales

Monición:

Nos hemos reunido para conmemorar la muerte victoriosa de Cristo en la cruz. Contemplemos al Cordero sacrificado, que nos alcanzó la salvación y acojamos la gracia y fuerza de Dios que hoy nos libera de nuestros pecados. Comencemos nuestra celebración haciendo un momento de silencio. Después nos arrodillaremos para orarle a Jesús desde lo más profundo de nuestro corazón.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señor, acuérdate de tus misericordias y santifica con protección constante a tus siervos, por quienes Cristo, tu Hijo, instituyó el misterio pascual, al derramar su sangre. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Liturgia de la palabra

Monición:

Dispongámonos a escuchar con fe y devoción la Palabra de Dios que se nos va a proclamar, sobre todo la Pasión según san Juan, que nos permitirá conmemorar y vivir el misterio que hoy celebramos. Escuchemos, más aún, recibamos, con atención sincera y corazón bien dispuesto, la Palabra de Dios.

Lectura del libro de Isaías (52,13 - 53,12)

Miren, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito. ¿Quién creyó nuestro anuncio?; ¿a quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado.

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién se preocupará de su estirpe? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mis pueblos lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento.

Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contando entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo

Sal 31(30),2+6.12-13.15-16.17+25 (R. 6ª)


Al salmo responden: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

A ti, Señor, me acojo; no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás.

Respuesta: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle y escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como a un cacharro inútil.

Respuesta: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Pero yo confío en ti, Señor; te digo: «Tú eres mi Dios». En tus manos están mis azares: líbrame de mis enemigos que me persiguen.

Respuesta: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia. Sean fuertes y valientes de corazón los que esperan en el Señor.

Respuesta: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Lectura de la carta a los Hebreos (4,14-16; 5,7-9)

Hermanos: Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado.

Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno. Cristo, en efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Evangelio:Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (18,1-19,42)

En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús sabiendo todo lo que venía sobre él, se. adelantó y les dijo: «¿A quién buscan?». Le contestaron: «A Jesús, el Nazareno». Les dijo Jesús: «Yo soy»

Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: «¿A quién buscan?». Ellos dijeron: «A Jesús, el Nazareno». Jesús contestó: «Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen marchar a estos». Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado Padre, ¿no lo voy a beber?».

Llevaron a Jesús primero ante Anás. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».

Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús.

Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Él dijo: «No lo soy». Los criados y los guardias habían encendido un brasero. porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.

El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó: «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo «¿Así contestas al sumo sacerdote?». Jesús respondió: «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?». Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.

¿No eres tú también de sus discípulos?

Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». Él lo negó, diciendo: «No lo soy». Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquella quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: «¿No te he visto yo en el huerto con él?». Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.

Mi reino no es de este mundo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: «¿Qué acusación presentan contra este hombre?». Le contestaron: «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos». Pilato les dijo: «Llévenselo ustedes y júzguenlo según su ley». Los judíos le dijeron: «No estamos autorizados para dar muerte a nadie». Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.

Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?». Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?». Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí». Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?». Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Pilato le dijo: «Y, ¿qué es la verdad?».

Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre ustedes que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?». Volvieron a gritar: «A ese no, a Barrabás». El tal Barrabás era un bandido.

¡Salve, rey de los judíos!

Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían: ¡Salve, rey de los judíos! Y le daban bofetadas.

Pilato salió otra vez y les dijo: «Miren, se lo saco para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa». Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: «He aquí al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» Pilato les dijo: «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él». Los judíos le contestaron: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».

Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?» Jesús le contestó: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».

¡Fuera, fuera; crucifícalo!

Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César». Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo ´´Gábbata´´). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: «He aquí a su rey», Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!» Pilato les dijo: «¿A su rey voy a crucificar?». Contestaron los sumos sacerdotes: No tenemos más rey que al César. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

Lo crucificaron; y con él a otros dos.

Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado "de la Calavera» (que en hebreo se dice ´´Gólgota´´), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos». ¿Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego? Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas ´´El rey de los judíos´´, sino: ´´Este ha dicho: soy el rey de los judíos´´». Pilato les contestó: «Lo escrito, escrito está».

Se repartieron mis ropas

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, en cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.

Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Está cumplido

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Monición

Todos se arrodillan un momento para contemplar a Cristo que murió en la cruz por cada uno de nosotros y que hoy también nos ofrece su gracia y fuerza que perdona nuestros pecados y transforma nuestra vida.

Al punto salió sangre y agua

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también ustedes crean. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Envolvieron el cuerpo de Jesús en los lienzos con los aromas

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión

Las lecturas y textos del día de hoy apuntan al dolor de toda la humanidad y a descubrir el amor sin límites. En la cruz de Cristo se puede decir que están representados todos los que han sufrido antes y después de él: los que son tratados injustamente, los enfermos y desvalidos, los que no han tenido suerte en la vida, los que sufren los horrores de la guerra, del hambre o de la soledad, los crucificados de mil maneras.

También en nuestro caso el dolor, como en el de Cristo, puede tener valor salvífico, aunque no acabemos de entender todo el sentido del plan salvador de Dios. Dios no está ajeno a nuestra historia. No es un Dios inaccesible, impasible. Por medio de su Hijo ha querido experimentar lo que es sufrir, llorar y morir. Nos ha salvado desde dentro. Cristo no sólo ha sufrido por nosotros, sino con nosotros y como nosotros. No nos ha salvado desde la altura, sino que ha asumido nuestro dolor y nos ha mostrado la capacidad de amar hasta el extremo.

Es un ejemplo, como quiere el autor de la carta a los hebreos, para todos los que se sienten cansados en su camino de fe y tentados a renunciar. Nos propone el ejemplo palpitante de este Cristo que camina hacia la cruz y que es "capaz de compadecerse de nuestras debilidades, porque ha sido probado en todo exactamente a nosotros, menos en el pecado".

El salmo de hoy, al final, nos invitaba a todos los que experimentamos alguna vez el dolor y el desánimo: "sean fuertes y valientes de corazón, los que esperan en el Señor". Con el ejemplo de la pasión y muerte de Cristo, tenemos más motivos todavía para aceptar en nuestras vidas el misterio del dolor y del mal.

Adoración de la santa cruz

Monición

La cruz del Señor es el símbolo de nuestra salvación. Nuestra fe en el Crucificado es el fundamento de nuestra esperanza. Al acercarnos a la cruz, reconozcamos a Jesús como nuestro único Salvador y Redentor, y adorémoslo.

Miren el árbol de la cruz, donde estuvo clavado Cristo, el Salvador del mundo. Vamos a adorarlo

Luego, el que dirige la celebración se arrodilla delante del crucifijo y le hace inclinación de cabeza en señal de adoración. De la misma forma lo hacen las demás personas presentes.

Oración de Fieles

Monición:

Los cristianos que hemos experimentado alegría por la salvación que Cristo nos alcanzó con su muerte en la cruz, no podemos guardarnos este tesoro, por eso, como respuesta a esta Palabra que hoy hemos escuchado, vamos a hacer la oración de los fieles que es siempre oración universal y abarca todas las necesidades de la Iglesia y del mundo; la cruz nos congrega a todos.

Oremos por la Iglesia santa de Dios, para que Dios nuestro Señor se digne concederle la paz, la unidad, y su protección en toda la tierra; y para que nos conceda una vida pacífica y serena para glorificarlo como Dios Padre omnipotente.

Oremos también por nuestro Santo Padre el Papa Francisco, para que Dios nuestro Señor, quien lo eligió en el orden de los obispos para regir al pueblo santo de Dios, lo preserve de todo mal, para bien de su santa Iglesia.

Oremos también por nuestro Obispo N., por todos los obispos, presbíteros y diáconos de la Iglesia, y por todos los fieles del pueblo santo.

Oremos también por los catecúmenos (los que se preparan para el bautismo) para que Dios nuestro Señor escuche sus oraciones, les abra de par en par la puerta de la misericordia, y, perdonados todos sus pecados por el Bautismo, queden incorporados a Cristo Jesús, Señor nuestro.

Oremos también por todos los hermanos que creen en Cristo, para que Dios nuestro Señor se digne congregar y custodiar en la única Iglesia a quienes viven de acuerdo con la verdad.

Oremos también por los judíos, que fueron los primeros a quienes habló Dios nuestro Señor, para que Él les conceda crecer en el amor de su nombre y en la fidelidad a su alianza.

Oremos por los que no creen en Cristo, para que, también ellos, iluminados por el Espíritu Santo, puedan entrar en el camino de la salvación.

Oremos también por los que no conocen a Dios, para que viviendo rectamente según su conciencia merezcan encontrarlo.

Oremos también por todos los gobernantes de las naciones, para que, de acuerdo con sus designios, Dios nuestro Señor los dirija en sus pensamientos y en sus decisiones hacia una auténtica paz y libertad para todos.

Oremos a Dios Padre todopoderoso, para que, en todo el mundo, aleje los errores, haga desaparecer las enfermedades y erradique el hambre, redima a los encarcelados, rompa las cadenas, proteja a los viajeros, conceda pronto regreso a los emigrantes y peregrinos, dé salud a los enfermos y conceda la salvación a los moribundos.

Oremos también por todos los que sufren las consecuencias de la epidemia actual: para que Dios Padre conceda la salud a los enfermos, fortaleza al personal sanitario, consuelo a las familias y la salvación a todas las víctimas que han muerto.

Padre Nuestro:

Se ora un Padre Nuestro.

Comunión Espiritual

Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén.

Acción de gracias

Salmo 102 (1-7)

Bendice alma mía al Señor

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura; él sacia de bienes tus anhelos, y como un águila se renueva tu juventud.

El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos; enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel.

Invocación a la Virgen María

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! Amén.

Rezar tres Avemarías.

Monición:

Después de haber sido testigos del amor del Padre por nosotros, al entregarnos a su propio Hijo, con la gracia del Espíritu Santo y en compañía de María Santísima, prolonguemos en el silencio de hoy y de mañana la contemplación del Misterio de la Pasión, y preparémonos al gozo de la Resurrección.

Rito de conclusión

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.

VIDA DE HOY

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