Siete años con el papa Francisco

Siete años con el papa Francisco

¿Qué ha cambiado en la Iglesia católica con la llegada del primer Papa latinoamericano? 

Papa Francisco 15

El papa Francisco durante el sínodo de la Amazonia, uno de los eventos más representativos de su pontificado, en 2019. 

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Vatican News

Por: Óscar Elizalde Prada*
13 de marzo 2020 , 04:04 p.m.

“No te olvides de los pobres”, le susurró al oído el cardenal brasileño Cláudio Hummes a Jorge Mario Bergoglio cuando fue elegido sucesor de Pedro en el Cónclave, el 13 de marzo de 2013. Desde ese momento el entonces arzobispo de Buenos Aires tomó las riendas de la diócesis de Roma y se convirtió en el 266º Papa de la Iglesia católica. 

De entrada, dos hechos se tornaron mediáticos: Bergoglio es el primer Papa latinoamericano –venido desde ‘el fin del mundo’, como se proclamó a los cuatro vientos– y el primero en tomar el nombre de Francisco, el poverello de Asís.

Antes que sus palabras, fueron sus gestos los que sorprendieron. La escena de nuevo Papa asomándose a la Plaza de San Pedro, ‘despojado’ de símbolos principescos para pedir con humildad la bendición del pueblo de Roma antes de impartir la suya a todo el mundo y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad (urbi et orbi), preconizó su pontificado.

Los gestos de Francisco se tornaron en signos de esperanza que han labrado otro modo de ser Iglesia a lo largo de estos siete años. “Quiero una Iglesia en salida”, ha insistido una y otra vez. “La Iglesia ‘en salida’ es una Iglesia con las puertas abiertas”, rubricó en Evangelii Gaudium, la ‘carta programática’ de su pontificado.

Para Francisco, las periferias humanas y geográficas –y no el centro– son su prioridad. Por eso se la ha jugado por una Iglesia pobre que opta por los pobres, los migrantes, los excluidos de “este sistema que mata”, y las víctimas de la “cultura del descarte”, apelando a la más genuina identidad del cristiano: la bondad, la verdad y la misericordia. La de Francisco es una Iglesia horizontal, de hermanos y hermanas, sin rangos, donde todos son protagonistas, con pastores ‘con olor a oveja’.

Pero el ejemplo comienza por casa. Desde la primera hora de su pontificado Bergoglio optó por la sencillez y la austeridad. Se mudó a la Casa de Santa Marta –donde solía hospedarse cuando estaba de paso por el Vaticano–, y allí celebra la misa todas las mañanas como cualquier cura.

No cambió sus zapatos negros por los Praga rojos que usaban sus antecesores. De vez en cuando toma el teléfono y se comunica con sus amigos, con alguna comunidad religiosa, o con aquellos a quienes la Iglesia les debe una disculpa. Y lo hace con la naturalidad de quien llama a pedir la cancelación de una suscripción –como lo hizo ante la imposibilidad de regresar a Buenos Aires–, generando desconcierto al otro lado de la línea (tal vez como en la primera escena de Los dos Papas).

No le resulta problemático atender a una comitiva diplomática o a un grupo de obispos en la mañana, y ‘escaparse’ en la tarde a visitar a los enfermos de algún hospital romano. Incluso, un día ‘apareció’ en la óptica Spieza, a unos pasos de la famosa Piazza di Popolo, para cambiar sus lentes.

Cuando viaja lleva su propio portafolio, se le siente afable y cercano, prefiere desplazarse en autos de baja gama, y es accesible a los periodistas –las ruedas de prensa en los vuelos papales son imperdibles–. Pero el Bergoglio más genuino y directo, el que habla directo al corazón y mueve las conciencias, emerge justo cuando deja de lado los protocolos y los textos escritos, y se lanza a improvisar.

Así lo recuerdo en Río de Janeiro, durante su primer viaje fuera de Italia para la Jornada Mundial de la Juventud. En su encuentro con los jóvenes argentinos en la Catedral de São Sebastião denunció la exclusión de los ancianos y de los jóvenes: “esta civilización mundial se pasó de rosca”, lamentó, sin dejar de exhortar al compromiso: “¡hagan lío!”, y a la fe auténtica, porque “la fe es entera, no se licua”.

Ese día le pregunté al jesuita Federico Lombardi, quien para ese momento era su portavoz, ¿qué quiso decir exactamente Francisco con eso de “hagan lío”? Su respuesta me dio a entender que estábamos ante una nueva forma de comunicar: “no lo sé”, me dijo.

Con el tiempo, comenzamos a atesorar otros ‘bergoglismos’, como se han denominado los neologismos del Papa: ‘primerar’ (anticiparse), ‘misericordiar’ (actuar con misericordia), ‘balconear’ (asomarse), ‘ningunear’ (ser indiferente), ‘sacar el cuero’ (hablar mal del otro)… y muchos más. ¡Una nueva semántica ha llegado a la Iglesia de la mano de Francisco! “Este Papa te toca el corazón todos los días”, me diría en una entrevista el español Gustavo Entrala, experto en tendencias, innovación y branding, responsable de llevar al Papa a Twitter con la cuenta @pontifex que ya se acerca a los 50 millones de seguidores.

La fuerza comunicativa de Francisco, con sus palabras y gestos de fácil recordación, ha desbordado, con toda seguridad, los pronósticos que se pudieran hacer hace siete años, cuando asumía el timón de la barca de Pedro. Bajo su liderazgo la Iglesia vive una inusitada ‘primavera’ con sabor a reforma.

En este sentido, consciente de los pecados que pesan sobre la organización eclesial y sus responsables, ha extremado medidas para combatir el clericalismo, la corrupción –como la del Banco Vaticano– y los abusos sexuales –que han estallado en muchas diócesis e institutos de vida consagrada–. Pero la reforma continúa y la oposición del ala neoconservadora de la Iglesia no es una quimera.

¿Hasta dónde ha llegado la revolución de Francisco? No resulta fácil ponderarlo aún. Cada país, cada conferencia episcopal, avanza con distintas revoluciones. Hay quienes aplauden la audacia de Bergoglio en la defensa y el cuidado de la ‘casa común’, de los pueblos indígenas y de la Amazonía; mientras que otros le reclaman más osadía para devolver a la mujer el lugar que le corresponde en la Iglesia o permitir la ordenación de hombres casados.

Con todo, en estos siete años de Jorge Mario Bergoglio asistimos a una nueva forma de liderazgo en la Iglesia católica de cara a la crisis planetaria que desafía los modelos de gobernanza. Francisco se ha situado del lado de los pobres y de la Tierra, lo mismo en sus gestos cotidianos que en sus homilías en Santa Marta, en sus video-mensajes y en sus discursos en cada uno de los 49 países que ha visitado, incluyendo Colombia.

Óscar Elizalde Prada*
Especial para El Tiempo
* Docente-investigador de la Universidad de La Salle.

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