¿Puede aprender la Iglesia católica en cuestiones morales?

¿Puede aprender la Iglesia católica en cuestiones morales?

En la Iglesia debería ser posible discutir sobre temas como el amor erótico y la homosexualidad.

¿Puede aprender la Iglesia en cuestiones morales?

El papa Francisco con el cardenal Gerhard Ludwig Müller, exprefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, contrario a las reformas.

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OSSERVATORE ROMANO / AFP

Por: Gerhardt Kruip*
08 de diciembre 2018 , 12:53 p.m.

En su carta postsinodal de 2016 –Amoris laetitia (AL)–, el papa Francisco enfatiza que Dios ama “el gozo del ser humano” (AL 149). Por eso, dice el Papa, “de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar”, sino que debe ser considerada como un “don de Dios” (AL 152).

Esto está, ciertamente, en tensión con las afirmaciones del Catecismo de la Iglesia católica de 1992, numeral 2351, donde el placer sexual es considerado como “desordenado” y, por lo tanto, “impuro”, “cuando es buscado por sí mismo”. Se puede ver aquí que la Iglesia, evidentemente, ha aprendido algo al respecto y que la sexualidad y el placer que la acompañan son vistos, obviamente, más positivamente.
Si, además, tomamos en serio que la sexualidad no solo tiene la función de reproducción, sino que es “lenguaje interpersonal”, “expresión de amor”, en el que las personas se encuentran “con asombro” (AL 151), entonces resulta inevitable pensar si esto no debería ser posible también entre parejas que se aman y son del mismo sexo.

Incluso para ellos, los que son homosexuales sin que hayan tomado una decisión al respecto sino que lo son en virtud de su propia naturaleza, la sexualidad puede ser una expresión de su amor mutuo.

Progreso en el aprendizaje

En la exégesis bíblica actual existe, ciertamente, un amplio consenso acerca de que los pasajes bíblicos en contra de la homosexualidad (Gen 19, 1–29, Rom 1: 24–27, 1 Cor 6:10, 1 Tim 1:10) no pueden justificar tal prohibición. Esa fue también la línea de orientación seguida por el padre Ansgar Wucherpfennig SJ, y por la cual inicialmente se le negó su nombramiento (Nihil obstat) como rector y decano de la Facultad de Teología de Sankt Georgen.

Hoy en día, la mayoría de católicos, la mayoría de teólogos, y más y más obispos en Alemania, han llegado a creer (incluso si no lo dicen en voz alta) que los actos homosexuales, al menos cuando expresan una historia de amor y cuando los implicados asumen entre sí una mutua responsabilidad, no son actos que sean, por lo general, “intrínsecamente desordenados”, como afirma el Catecismo en el número 2357. En cualquier caso, deberíamos estar en capacidad de discutir abiertamente si aquí no sería necesario también un progreso en el aprendizaje (Lernfortschritt) por parte de la doctrina sexual de la Iglesia.

Tales progresos en el aprendizaje han ocurrido repetidamente en la historia de la Iglesia. El ejemplo más reciente es la condena moral de la pena de muerte, pena que, en la tradición de la Iglesia, hasta el Catecismo de 1992, casi universalmente había sido considerada como legítima y hoy ya no lo es. Basta con leer el Syllabus errorum de 1864, con todas sus condenas, para llegar a la idea de que, desde entonces, la Iglesia –¡gracias a Dios!– ha aprendido mucho. De lo contrario, hoy todavía condenaría la libertad de prensa y expresión, continuaría afirmando que la religión católica debe ser una religión estatal, y que no hay salvación fuera de la Iglesia católica romana.

Desde el punto de vista de hoy, el Syllabus errorum no es una lista de errores en el tiempo, sino, en gran medida, una lista de errores que la Iglesia cometió en un momento y que ha sabido corregir.

Los derechos humanos, que evidentemente hoy forman parte de la doctrina social de la Iglesia, solo fueron reconocidos por Juan XXIII en Pacem in terris (1963). El avance y progreso en la doctrina de la Iglesia es particularmente claro si se cae en la cuenta de que el derecho a la libertad religiosa solo fue aceptado, por parte de la Iglesia, en la declaración conciliar sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae (1965).

En todos estos procesos, la Iglesia ha llevado a cabo procesos de aprendizaje moral, ha aprendido de las sociedades en las que vive con un cierto retraso. Nadie vería eso hoy como una especie de adaptación injustificada al espíritu de la época (Zeitgeist), a pesar de que muchos contemporáneos en ese momento hicieron tales reproches.
Nada está en contra de que las repercusiones de tales aprendizajes en moral social también se lleven a cabo en cuestiones de moralidad sexual, y el consenso acerca de que esto se requiere con urgencia en la Iglesia es grande.

Si la Iglesia se niega a hacerlo, ya no podría afirmar que “el gozo y la esperanza, el dolor y el temor de la gente de hoy, especialmente de los pobres y oprimidos de todo tipo” son también “gozo y esperanza, tristeza y temor de los discípulos de Cristo” (GS 1). Perdería toda relevancia y ya no podría cumplir su misión de evangelización.

No hacer obsoleta la teología

La Iglesia del Concilio Vaticano II, obviamente, era más consciente de esto. Los padres conciliares escribieron en ese momento: “La Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evolución histórica del género humano. La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el saber filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta adaptación de la predicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización” (GS 44).

Actualmente, hay grupos e individuos importantes en la Iglesia que desean evitar tales procesos de aprendizaje y por eso se oponen al sentir de los fieles (sensus fidelium), al papa Francisco y, en última instancia, a la misión de Jesús. El nuncio papal en Alemania, el arzobispo Nikola Eterovic, aparentemente pertenece a dichos grupos cuando exige que los profesores católicos “sigan lo que dice la doctrina de la Iglesia, que, por ejemplo, puede leerse en el Catecismo”.

Al hacerlo, no solo hace que toda la ciencia teológica sea superflua, sino que también pretende que el Catecismo de 1992, que incluso entonces era bastante controvertido dentro de la Iglesia, sea Palabra de Dios irrefutable. Según la constitución del Concilio Vaticano II Dei verbum, sin embargo, Jesucristo es el Verbo en el cual Dios se reveló a sí mismo, y “esta tradición, que deriva de los apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón” (DV8).

Incluso los comentarios recientes del cardenal Gerhard Ludwig Müller son insoportables. Y cuando escribo esto, no me guía una “ira inconsciente” –con estas palabras el cardenal Müller zanjó una crítica similar del padre Klaus Mertes SJ–. Diciendo que el asunto Wucherpfennig lo que muestra es el avance del ateísmo dentro de la Iglesia, lo que hace el exprefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe es expulsar de la Iglesia a todos los que, con buenas razones y motivados por su fe, abogan por reformas en la Iglesia, y eso, sin siquiera considerar los argumentos sobre el asunto en sí. Esto no es otra cosa que negarse a dialogar y obstruir procesos de aprendizaje que se necesitan con urgencia.

Detrás de la afirmación del cardenal Müller está la idea de que la sola creencia en Dios establece normas morales y conduce a posiciones incuestionables. Eso también es contrario a gran parte de la tradición del pensamiento católico, y a muchas ideas filosóficas mucho más antiguas. Desde el diálogo de Platón con Eutifrón sabemos que una norma moral no es correcta porque Dios la quiere, sino que Dios la quiere porque es moralmente correcta, y que es correcta es algo que se puede saber a partir de la razón.

Lo contrario llevaría a que, primero, habría que ponerse de acuerdo sobre cuáles son los textos y las autoridades de la revelación divina correctos, antes de poder llegar a una moralidad compartida, necesaria para la convivencia humana. Esta es una idea totalmente irreal que abriría la puerta al integrismo religioso y al fundamentalismo, y sería extremadamente perjudicial para la coexistencia de sociedades pluralistas.

Los cristianos no tenemos el monopolio del conocimiento de lo que es moralmente correcto. Por el contrario, los cristianos también estamos llamados a abrirnos al diálogo sobre temas moralmente polémicos y no rechazar procesos de aprendizaje moral que tienen lugar fuera de la Iglesia.

Lo que perjudica a la Iglesia

Si uno quisiera operar con alegatos de ateísmo, la inculpación podría dirigirse en contra del propio cardenal Müller. Porque es él quien degrada a Dios con el propósito de justificar una ideología fundamentalista y defender una posición de poder absoluto de ciertas autoridades e instituciones eclesiásticas que ni siquiera pueden poner su confianza en la autoridad del Papa. Y poner a Dios al servicio de algo no corresponde en absoluto con el anuncio de Jesús de un reino liberador.

Aquellos que, desde su lealtad a la Iglesia, piden reformas necesarias en la Iglesia, ya no deben permitir que la pretensión de la ortodoxia y lealtad sean absorbidas por aquellos que no quieren cambiar nada y bloquear el progreso que se necesita con urgencia. No son ellos los que se destacan en la tradición viva de la Iglesia, sino aquellos que saben que, en cualquier momento, renovados y sin miedo, se embarcan en nuevos desafíos y buscan lo moralmente correcto. ¡Cualquiera que se niegue a hacerlo perjudica a la Iglesia!

GERHARDT KRUIP*
Profesor de antropología cristiana y ética social en la Universidad Johannes Gutenberg, de Maguncia (Alemania).

*Tomado del portal de Internet de la Iglesia Católica en Alemania

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