Una reflexión sobre el mal: ¿por qué Dios no le pone fin?

Una reflexión sobre el mal: ¿por qué Dios no le pone fin?

Hace siglos, filósofos se preguntan por qué si Dios existe, no termina con la maldad. Análisis.

Carnaval del Diablo

El debate es religioso y filosófico.

Foto:

Alexis Múnera / EL TIEMPO

Por: Franklin Ibáñez - El Comercio (Perú) - GDA
06 de enero 2019 , 10:20 a.m.

¿Por qué Dios no derrota a Satanás? ¿Por qué no evita los desastres naturales? ¿Por qué no acaba con la corrupción? Algunas de estas preguntas pasan por la cabeza de un creyente, o de alguno que dejó de serlo precisamente por falta de respuestas. También atormentaron a buen número de filósofos desde hace siglos. Estas cuestiones tienen que ver con el problema del mal. Pero cada una incide en un punto específico que conviene diferenciar si queremos avanzar con la indagación. Separémoslas.

Leibniz clasificó el mal en tres: el metafísico, el natural y el moral. Cada pregunta corresponde a uno de estos tipos. Revisémoslos y dejemos que nos guíe San Agustín, uno de los creyentes y pensadores que más apasionadamente afrontaron el desafío de conciliar la existencia de Dios y el mal.

El mal es metafísico

Esto quiere decir que el mal es un ser, ente o principio fuente de todo lo negativo. Tiene existencia propia. Su poder real se extiende sobre la naturaleza y las personas.

Algunas de sus personificaciones más famosas son el Satanás, Mefistófeles, Supay en el mundo andino o el Ángel de las Tinieblas de la Biblia (Isaías 14, 12). Diversas culturas y religiones lo afirman. ¿Existe el mal así? Epicuro lanzó una paradoja prácticamente insoluble. Asumamos que Dios existe y el diablo también. Si Dios puede acabar con el mal y no lo hace, es porque no quiere. No es tan bueno, le falta la bondad. Y, si quiere acabar con el mal pero no lo hace, es porque no puede. No es tan poderoso, le falta la capacidad. En ambos casos, la presencia del diablo o el mal como ente se vuelve un buen argumento para desprestigiar a Dios. Entonces, la existencia simultánea de ambos es incompatible.

Una variante del problema la presentaron los maniqueos. Señalaban que el universo estaba compuesto por dos sustancias: el bien y el mal. Estas eran puras y eternas. Se hallaban en combate constante, como recogen algunas mitologías. Por la eterna batalla de los dioses, nosotros y el mundo estamos también divididos. Agustín fue maniqueo durante su juventud. Cuenta en sus ‘Confesiones’ que abandonó tales creencias con cierta desilusión. Su crítica se fundamenta en la idea de pureza de los dos elementos: el bien puro representa lo perfecto e incorruptible del mundo, mientras que el mal puro representa lo opuesto. Por un lado, si el mal podía perjudicar al bien puro, entonces este no era el bien puro porque entonces era corruptible. Por otro lado, si el mal nada podía afectar al bien puro, ¿cómo es que se mezclaron? ¿O por qué luchan? ¿Por qué esa guerra eterna?

Siguiendo esta línea, la corrupción, como ejemplo de mal, no daña ni se mezcla con Dios, precisamente porque es Dios. Entonces, el mal puro no puede existir. De allí también que, para resolver la paradoja de Epicuro, varios negaron la existencia de la criatura o principio maligno. No hay diablo, sino ausencia de Dios. No existe el frío, sino solo la ausencia de calor. No hay milagro si no hay diablo que vencer.

El mal es físico o natural

El mal está presente en la naturaleza en la fragilidad y finitud de las cosas materiales. Los terremotos y otros desastres naturales, enfermedades y plagas son pruebas de que la creación no es perfecta. La naturaleza, en general, y el cuerpo humano, en particular, son vulnerables, imperfectos. En el siglo XVIII, los filósofos debatieron sobre la bondad de la naturaleza a partir del trágico terremoto que arrasó Lisboa. El alemán Leibniz había dicho que vivimos en “el mejor de los mundos posibles”, defendía el optimismo: el mundo es óptimo, ya que fue creado por Dios, quien es perfecto.

Voltaire, en cambio, restriega a Leibniz el terremoto de Lisboa: “¿Cómo puede Dios permitir la trágica muerte de miles de personas? ¿No se compadece de ellas?”,
Y dedica una sátira, ‘Cándido’, a Leibniz para burlarse de su ingenuo optimismo.

Rousseau entra en escena. Reclama a Voltaire cancelar la esperanza por el pesimismo: “¿Vivimos en un mundo caótico y desgraciado? ¿Es la mejor sabiduría que los filósofos queremos transmitir a la humanidad?” Además, reorienta el foco del debate, de Dios hacia el hombre: “¿Fue Dios quien ordenó a los pobladores vivir allí?” Si sufrimos constantes terremotos o sequías en la costa peruana, en México y, en definitiva, en toda la región latinoamericana, un Rousseau actual preguntaría: ‘¿Por qué eligen vivir ahí si saben que es zona sísmica y árida? Si hoy los ciclones, olas de calor y frío y otros fenómenos climáticos golpean diversos países, ¿es porque Dios creó mal el mundo, o porque el ser humano ha provocado el calentamiento global y, por tanto, sufre las consecuencias de sus actos irresponsables?”

Asumamos que Dios existe, es bueno y perfecto. De todos modos ¿no presenciamos terremotos y otros desastres no generados por acción humana? Agustín también buscó el mal aquí, en la Tierra. Él sostuvo que las personas ven desgracia donde hay orden. No conocía del movimiento de las placas tectónicas, que en cierto sentido le hubiera dado la razón. Los sismos constantes no son una fatalidad, sino fruto de la liberación de energía del planeta. No hay mal ni culpa de Dios. La naturaleza se desarrolla o recrea. El ser humano juzga la naturaleza negativamente cuando no entiende algo o proyecta sobre ella su propia maldad. ¿Es malo que el león cace venados? No. ¿Es malo que los dientes del juicio o los partos sean dolorosos?

Tampoco. Los fenómenos del calentamiento global, en cambio, demuestran fallos humanos. En suma, si la naturaleza no es buena, al menos es neutra, pero nunca es mala. Por lo tanto, Dios no tiene que intervenir. Basta que el ser humano continúe el desvelamiento de las leyes naturales para adaptarse a ellas. No hay ningún milagro que esperar, sino mucho trabajo por hacer.

El mal es ético o moral

Agustín, luego de buscar en el cielo y la tierra, descubre que el mal estaba escondido en el corazón del hombre, en lo más profundo de su ser. Un producto exclusivo del ser humano. Recordemos que este no actúa poseído por Satanás o un semejante, pues ese sería el mal metafísico, descartado líneas arriba. Si obra por cuenta propia, es autor del mal. Son responsables de su maldad los violadores, asesinos, genocidas, tiranos y otros delincuentes y criminales. La persona es una criatura única cuya grandeza radica en su razón y voluntad: regalos magníficos de un Dios espléndido para guiarnos hacia él. La razón debe orientar nuestra voluntad hacia el bien. “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”, resumía Agustín.

No obstante, sabemos que no es así. Muchos erramos. Imaginemos un diálogo entre un inquieto humanista y Agustín:

—¿No es Dios creador de los delincuentes?

—Sí.

—¿No los creó con libertad incluso para actuar mal?

—Sí.

—Entonces ¿no es responsable de lo que ellos hagan?

—No.

—¿Por qué?

—La voluntad está bien hecha, es buena, nos hace libres.

—Pero si un automóvil o un artefacto se malogran pronto o dejan de cumplir su tarea, ¿no es un problema del inventor? ¿No hizo mal su trabajo?

—Sí.

—¿No se podría aplicar el mismo razonamiento a la voluntad que funciona mal y que sigue su egoísmo en vez del bien?

—No

—¿Por qué?

—Porque una cosa es crear un automóvil, que depende enteramente del inventor y su chofer, y otra, una voluntad libre. El concepto de voluntad implica elegir libremente.

—Pero ¿no es cierto que una voluntad es muchas veces influida por factores varios? No soy libre de no robar si tengo a mis hijos hambrientos o si el hurto es normal en mi barrio.

—Soy influido, pero también libre. Un extorsionador puede apuntarme con una pistola y amenazar con disparar si no soy su cómplice para cometer una acción injusta. Lo común es obedecer al chantaje, y cualquier juzgado aceptaría que mi voluntad fue condicionada, no fui totalmente libre. Sin embargo, es cierto que pude decir: ‘Dispare, prefiero el tiro que traicionar a mi país o dañar a un inocente’.

—¿No sería más perfecta una voluntad si fuera hecha de tal manera que solo elija el bien?

—No, porque en ese caso dejaría de elegir, no sería voluntad. El ser humano se convertiría en un animal que obedece a sus instintos.

—¿Es mejor un mundo de libertad o uno sin ella? ¿No eliminaríamos al menos el mal?

—Sí, pero a costa de eliminar al hombre, dejaría de ser tal. Dios no debe acabar con la corrupción. Nos toca a nosotros realizar ese milagro.

FRANKLIN IBÁÑEZ*
EL COMERCIO (Perú) – GDA
* Doctor en Filosofía y profesor de esta materia en la Pontificia Universidad Católica de Perú
En Twitter: @elcomercio_peru

Descarga la app El Tiempo

Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias.

Conócela acá
Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.