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La historia es como es y no como quisiéramos que fuera
Derrumban estatuas durante ola de protestas

Estatua decapitada de Cristóbal Colón en Estados Unidos.

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La historia es como es y no como quisiéramos que fuera

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El papa Francisco reflexiona sobre cómo podemos salir fortalecidos de las crisis.

Esta crisis desenmascara nuestra vulnerabilidad, expone las falsas seguridades en las que basamos nuestras vidas. Es momento de hacer memoria con honestidad, de adueñarnos de nuestras raíces.

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Lo que me preocupa de las protestas contra el racismo del verano de 2020, cuando se derribaron muchas estatuas de personajes históricos en varios países, es el deseo de purificar el pasado. Para algunos, la historia tendría que ser como la queremos hoy, así que cancelan todo lo que está detrás. Sin embargo, es al revés.

Para que haya historia verdadera tiene que haber memoria que nos ayude a reconocer los caminos andados, aunque estén llenos de vergüenza. Amputar la historia nos podría hacer perder la memoria, uno de los pocos antídotos para no cometer los mismos errores del pasado. Un pueblo libre es un pueblo memorioso, capaz de hacerse cargo de su historia, sin negarla, y sacar las mejores enseñanzas.

En el capítulo 26 del libro del Deuteronomio, Moisés les dice a los israelitas lo que deben hacer después de tomar la tierra que el Señor les ha dado. Deben llevar los primeros frutos como ofrenda al sacerdote y hacer una oración de agradecimiento que recuerde la historia del pueblo. La oración comenzaba así: “Mi padre era un arameo errante”.

Después seguía una historia de vergüenza y redención: “... mis ancestros fueron a Egipto, vivieron allí como extranjeros y esclavos, pero su pueblo invocó al Señor y salieron de Egipto a esta tierra”.

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Cuando juzgo el pasado con los ojos del presente, queriendo depurarlo de su vergüenza, corro el riesgo de cometer otras injusticias

La ignominia de nuestro pasado, en otras palabras, es parte de qué y quiénes somos. Recuerdo la historia no para honrar a los antiguos opresores, sino para rendir homenaje al testimonio y a la grandeza de alma de los oprimidos. Es muy peligroso recordar la culpa de los otros para proclamar mi propia inocencia.

Claro que los que derribaron las estatuas lo hicieron para llamar la atención sobre los agravios del pasado, y para negar cualquier tipo de homenaje a quienes los perpetraron. Pero cuando juzgo el pasado con los ojos del presente, queriendo depurarlo de su vergüenza, corro el riesgo de cometer otras injusticias y de reducir la historia de una persona a las faltas que cometió.

En el pasado siempre hay situaciones de vergüenza: solo hay que leer la genealogía de Jesús en los Evangelios, que incluye, como en todas las familias, unos cuantos personajes que no son precisamente la beata Imelda (expresión argentina para decir que alguien no es puro). Jesús no rechaza ni a su pueblo ni a su historia; los asume y nos enseña a hacer lo mismo: sin cancelar la vergüenza del pasado, sino asumiéndola tal cual es.

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Es cierto que siempre se derribaron estatuas y se sustituyeron por otras, cuando lo que representaban había perdido su significado para la nueva generación. Pero esto debería hacerse creando consensos, con debate y diálogo, no mediante actos de fuerza. En ese diálogo, el objetivo debe ser aprender del pasado en vez de juzgarlo con la óptica de hoy.

Tenemos que mirar el pasado con ojos críticos, pero también con empatía para entender por qué la gente aceptaba como normales las cosas que ahora nos parecen horrendas. Y entonces, si hay que pedir perdón por errores institucionales de aquella época, se pide, pero siempre teniendo en cuenta el contexto de ese momento. No es justo juzgar el pasado con la hermenéutica de hoy.

Aunque en su momento estuviera justificado, no quiere decir que fuera correcto en aquella época. Pero la humanidad evoluciona, nuestra conciencia moral se desarrolla. La historia es como es y no como quisiéramos que fuera. Cuando intentamos derribar la historia real para instaurar una realidad ideológica, es mucho más difícil ver lo que nuestro presente necesita cambiar para poder avanzar hacia un futuro mejor.

...

El modelo laissez-faire, centrado en el mercado, confunde fines y medios. En vez de verse como una fuente de dignidad, el trabajo se vuelve un mero medio de producción; el lucro se convierte en la meta, en vez de un medio para alcanzar bienes mayores. Y desde aquí podemos terminar suscribiendo el trágico error de que todo aquello que es bueno para el mercado es bueno para la sociedad.

No critico al mercado per se. Denuncio el escenario, demasiado frecuente, donde la ética y la economía se desacoplan. Y critico la idea, notoriamente ficticia, de que permitir a la riqueza deambular descontroladamente creará prosperidad para todos. Si miramos a nuestro alrededor, vemos que esto es falso: librados a sus propios medios, los mercados han generado inmensa desigualdad y enormes daños ecológicos.

Una vez que el capital se convierte en un ídolo que gobierna el sistema socioeconómico, nos esclaviza, nos enfrenta unos con otros, excluye a los pobres y pone en peligro el planeta que todos compartimos. No es de extrañar que Basilio de Cesarea, uno de los primeros teólogos de la Iglesia, llamara al dinero “el estiércol del diablo”.

Por eso, una economía neoliberal termina sin otro objetivo real más allá del crecimiento. Sin embargo, las fuerzas del mercado no pueden por sí mismas lograr la meta que ahora necesitamos: regenerar el entorno natural viviendo de una manera más sustentable y sobria, al mismo tiempo que cubrir las necesidades de los que hasta ahora fueron dañados o excluidos de ese modelo socioeconómico.

A menos que aceptemos un principio de solidaridad entre los pueblos, no saldremos mejores de esta crisis.

El mercado es una herramienta para el intercambio y la circulación de bienes, para establecer relaciones que nos permitan crecer y prosperar, y para ampliar nuestras oportunidades. Pero los mercados no se gobiernan a sí mismos. Necesitan estar cimentados en leyes y regulaciones que aseguren su desempeño en función del bien común.

El libre mercado de ninguna manera es libre para una enorme cantidad de personas, sobre todo para los pobres, quienes, en la práctica, terminan teniendo pocas o nulas opciones. Por eso, san Juan Pablo II hablaba de economía social de mercado; al incluir el término ‘social’, abría el mercado a la dimensión comunitaria.

Cuando hablo de solidaridad me refiero a mucho más que la promoción de obras filantrópicas o el financiamiento de la asistencia para aquellos que salen perdiendo. Porque la solidaridad no es compartir las migajas de la mesa, sino hacer, en la mesa, lugar para todos. La dignidad de los pueblos es un llamado a la comunión: compartir y multiplicar los bienes y la participación de todos y para todos.

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El asunto que debe abordarse, como dije recientemente en mi encíclica sobre la fraternidad, es la fragilidad humana, la tendencia a encerrarnos en nuestros mezquinos intereses. Por eso necesitamos una economía con metas que vayan más allá de un enfoque limitado al crecimiento, que ponga en el centro la dignidad humana, el empleo y la regeneración ecológica. La dignidad de nuestros pueblos exige una economía que no habilite meramente la acumulación de bienes, sino que les permita a todos el acceso a un trabajo digno, vivienda, educación y salud.

Sin metas sociales, el crecimiento económico que prioriza el lucro como único bien alimentó el capitalismo amiguista, que no está al servicio del bien común, sino de los especuladores de turno en la “economía líquida”. Los sistemas bancarios colaterales, los paraísos fiscales para evadir impuestos, la extracción de valor de las empresas para aumentar las ganancias de los accionistas a expensas de otras partes interesadas, el mundo de humo y espejos de los canjes por incumplimiento de crédito y productos derivados..., todo esto extrae capital de la economía real y socava un mercado saludable, creando niveles de desigualdad sin precedentes en la historia.

Existe un desfase importante hoy día entre la conciencia de los derechos sociales y la distribución real de oportunidades existentes. El extraordinario aumento de la desigualdad en las últimas décadas no es una fase del crecimiento, sino un freno a este y el origen de muchos males sociales del siglo XXI.

Poco más del 1 por ciento de la población mundial es dueña de la mitad de su riqueza. Un mercado cada vez más desconectado de la moral, deslumbrado por su propia y compleja ingeniería, que privilegia el lucro y la competencia por sobre todas las cosas, significa una extraordinaria riqueza para unos pocos y pobreza y privación para muchos. Esto roba la esperanza a millones de seres humanos.

Con demasiada frecuencia hemos pensado en la sociedad como un subconjunto de la economía, y en la democracia como una función del mercado. Es hora de restaurar su orden justo y encontrar los mecanismos para garantizar a todos una vida digna de llamarse humana.

Necesitamos establecer metas para el sector empresarial que, sin negarlo, vayan más allá del valor para los accionistas y tomen en cuenta otros tipos de valores que salvarán a todos: la comunidad, la naturaleza y el trabajo digno. La rentabilidad es un signo de la salud de una empresa, pero necesitamos medidas más amplias de rentabilidad que tomen en cuenta las metas sociales y ambientales.

Del mismo modo, necesitamos una visión política que no sea solo manejar el aparato estatal y hacer campaña para la reelección, sino que sea capaz de cultivar la virtud y forjar nuevos vínculos. Se necesita rehabilitar la Política con mayúscula, como me gusta llamarla: el servicio al bien común.

Necesitamos políticos apasionados por la misión de garantizar para todo su pueblo las tres T: tierra, techo y trabajo, junto con educación y atención de la salud. Eso significa políticos con horizontes amplios, que puedan abrir nuevos caminos para que el pueblo se organice y se exprese. Políticos que sirvan al pueblo y no que se sirvan del pueblo, que caminen junto a los que representan, que lleven con ellos el olor de los barrios a los que sirven.

Hoy día urge una clase política y dirigente capaz de inspirarse en la parábola del buen samaritano, en la cual se muestra cómo podemos desarrollar nuestra vida, vocación y misión. Tantas veces, al final, todo parecería ser una cuestión de distancias. De frente al hombre tirado al borde del camino, algunos deciden pasar de lado. Distantes de la situación, prefieren ignorar los hechos y seguir como si nada sucediese.

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Es el problema de siempre: la miseria se esconde, es pudorosa; para verla, entenderla, sentirla, hay que acercarse. No se conoce la miseria desde la distancia, es necesario tocarla. Reconocer y acercarse es el primer paso. El segundo paso consiste en responder de manera específica e inmediata, porque un acto concreto de misericordia es siempre un acto de justicia.

Pero hay un tercer paso necesario si no queremos caer en el mero asistencialismo: reflexionar sobre los primeros dos pasos y abrirnos a las reformas estructurales necesarias. Una política auténtica diseña estos cambios junto con, y a través de, todos los actores, respetando su cultura y su dignidad. Solo es lícito mirar hacia abajo cuando tendemos a los demás nuestra mano para ayudarlos a levantarse.

Una vez, charlando con unos religiosos les decía: “El problema no está en darle de comer al pobre, vestir al desnudo, acompañar al enfermo, sino en considerar que el pobre, el desnudo, el enfermo, el preso, el desalojado tienen la dignidad para sentarse en nuestras mesas, sentirse ‘en casa’ entre nosotros, sentirse familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros”.

En el mundo poscovid, ni el gerencialismo tecnocrático ni el populismo serán suficientes. Solo una política enraizada en el pueblo, abierta a la organización del propio pueblo, podrá cambiar nuestro futuro.

PAPA FRANCISCO

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