¿Es cierto que usted representa la más pura estirpe francisquista?

¿Es cierto que usted representa la más pura estirpe francisquista?

El nuevo arzobispo de Bogotá, monseñor Luis José Rueda Aparicio, habla con María Isabel Rueda. 

Monseñor Luis José Rueda

En su labor pastoral, monseñor Rueda ha llegado a recorrer horas a caballo para visitar a los enfermos en lugares muy lejanos.

Foto:

Cortesía Casa Pastoral

Por: María Isabel Rueda
03 de mayo 2020 , 11:36 p.m.

Se dice que usted es línea ‘francisquista’ total. Parece que lo buscaron casi que con lupa, para que pudiera interpretar la pastoral del papa Francisco en Colombia...

El papa Francisco es línea de Cristo Jesús, para nuestro tiempo. Ha logrado tomar la palabra de Dios, y le ha impregnado a la Iglesia en todo el mundo una impronta muy propia, que es ser coherente, ser alegre, ser sencillo, ser servicial, buscar la santidad con el pueblo, no alejándonos de él.

Pero no es para nadie un secreto que usted tiene una cercanía grande con el actual Nuncio, embajador del Papa en Colombia. Y esa es una sociedad muy fuerte, cuya presencia empezaremos a sentir en temas como el Eln...

La Nunciatura es el puente de toda la Iglesia colombiana con el santo padre, con la Santa Sede. Y el señor Nuncio, Luis Mariano Montemayor, y su equipo de trabajo han hecho algo muy interesante, que también había hecho su antecesor, monseñor Balestrero, al acompañar los territorios, el Cauca, el Chocó, Tumaco, Catatumbo, Arauca, todas las regiones, llevando un mensaje de esperanza. Esa manera de ser del Nuncio le ha servido para meterse en el corazón y en la mente toda la situación del país.

La semana pasada se entregaron veinte militantes del Eln, ante el nuevo ofrecimiento de sometimiento que ha hecho el Gobierno. Pero ya se venció el término del cese del fuego unilateral que había decretado el Eln. ¿Cree que lo vuelvan a renovar?

Le cuento que el miércoles celebré con gozo, recé el santo rosario al final del día, dándole gracias por ese paso dado por estos jóvenes, que son muchachos y muchachas de nuestras familias colombianas, que decidieron dejar la guerrilla, dejar las armas, y empezar a servirle a Colombia. Y fue aquí, en mi territorio, en la zona del cañón del Micay, donde estuve hace mes y medio caminando con el párroco. Hoy la Iglesia está pidiendo a todos los grupos armados, incluido el Eln, que cesen la guerra, paren las armas, que dejen que los colombianos recuperemos la salud, y puede ser también salud espiritual y moral para ellos, y una nueva visión de la Colombia que necesitamos.

Es que Monseñor, ¿cómo puede ser posible que a las amenazas inevitables de muerte del coronavirus se sumen las de unas personas que tienen en sus manos la decisión de dejar de matar, y que para eso no se necesita vacuna?

Hoy, desde que me levanté, todo el día he estado con dolor; ya celebré la eucaristía y eso me sana; y celebré la coronilla de la Misericordia, y eso me fortalece. He orado como cristiano herido por mi Cauca querido, porque aquí en el sur, en Mercaderes, hace un par de noches masacraron una familia completa. Pero la oración también va dirigida al Señor, pidiendo por los victimarios, por aquellos que siguen el camino del narcotráfico, de la guerra, de la violencia. En medio de la pandemia, nos hemos reconocido frágiles, necesarios todos, y poniendo la axiología de otra manera, en primer lugar la vida, la vida de todos y luego todo lo que venga en el siguiente orden, pero primero la vida.

¿Cómo explicaría los movimientos políticos del Papa en América Latina, sobre todo con el presidente venezolano, Nicolás Maduro?

Ante su pregunta, yo digo: el Papa, como lo hizo cuando estuvo aquí en Villavicencio en 2017, es capaz de sentarse en medio y poner a un lado a la víctima y al otro lado al victimario, y crear un puente de misericordia y de amor, porque es el único camino que transformará a América Latina, a nuestros países y a todo el mundo.

¿Cómo definiría Monseñor la actitud del Episcopado colombiano frente a los grandes problemas sociales? ¿Ofrece la homogeneidad y la coherencia, para que sea una contribución de la Iglesia a los problemas sociales contemporáneos?

La Conferencia Episcopal colombiana ha logrado durante los 100 años estar muy unida, como colegio episcopal, sirviendo, analizando, orando, evangelizando, pero, además, ha alimentado la presencia en las regiones. La Conferencia Episcopal está organizada en provincias eclesiásticas. Por ejemplo, los tres obispos de Nariño y los tres del Cauca somos la Provincia Eclesiástica de Popayán, y así, de esta manera, se ha combinado la globalidad colegial, que nos da un discernimiento de todo el país en el contexto latinoamericano y mundial, pero a la vez aterrizar allí a los territorios, donde hay otras Colombias, con otras situaciones, que requieren que el evangelio vaya con los pies descalzos, a ofrecer la esperanza y la vida.

Usted ha sido muy claro en condenar la pedofilia, que ha producido imperdonables casos de abusos. Pero surgen fenómenos como el del cura Carlos Yepes, a quien el Papa suspendió por supuesto abuso sexual a menores en Medellín. Y se produjo una gran solidaridad de la población a favor del cura. ¿Cómo debe proceder la Iglesia para que, al mismo tiempo que no es indolente, tampoco crucifique a un inocente?

Muy interesante su pregunta, y le agradezco. Hay que ubicarnos en el dolor de dos heridas: la de las víctimas, y yo pido perdón, en nombre personal y en nombre de la Iglesia, por nuestros pecados. Y ubicarnos en la herida de aquel hombre que, siendo sacerdote, comete este pecado. Entre las dos heridas hay un camino de verdad. Porque puede haber muchos inocentes crucificados y muchas víctimas no escuchadas. Los dos pueden encontrar el camino de la salvación en Cristo. Esa es la figura de la cruz, abrazando al uno y al otro.

Una de las obras de misericordia que más predica la Iglesia es ayudar al enfermo. ¿Cómo hacerlo, si estamos todos obligados a practicar el individualismo, como un deber social ante el coronavirus?

Hay que pasar del individualismo a lo comunitario, a lo fraterno. Los ministros de la Iglesia estamos haciendo, primero, un servicio de acompañamiento en muchísimos ancianatos de Colombia, con religiosas jóvenes, ancianas y laicos ayudando en forma silenciosa. También están los bancos de alimentos beneficiando a sectores a los que no les llega nada. Pero, además, la red de párrocos y de parroquias en toda la geografía nacional está acompañando y sanando espiritualmente, porque al lado de ser el buen samaritano que se acerca al enfermo, que lo cura, que lo acompaña, que llega en su propia cabalgadura, es necesario sanar espiritualmente para que la humanidad entienda que no estamos solos, que Dios está caminando en medio de la pandemia y que hay una sanación espiritual que nos va a llevar a ser mejores, más unidos, reconociendo nuestra fragilidad y nuestra grandeza.

¿Imagino que la Iglesia tiene también sus directrices y protocolos para manejar el contagio? Los misioneros, los sacerdotes, las monjas están expuestos como cualquier ser humano…

Sí, y estamos muy agradecidos con la Conferencia Episcopal que nos ha dado muchas luces para que podamos asumir las directrices que están dando el Ministerio de Salud, la Presidencia de la República, las gobernaciones y alcaldías, buscando que nosotros como ciudadanos nos cuidemos, y que cuidándonos, sin descuidar nuestra misión y nuestra vocación, ayudemos a cuidar a los demás. Por ejemplo, en Popayán, donde son tan prestigiosas las procesiones de Semana Santa, celebramos una totalmente atípica, desde nuestros templos cerrados y a través de las redes sociales. Estamos juntos padeciendo esto, y juntos saliendo. Poquito a poco, y progresivamente.

Es que si hay algo hermoso de la celebración de una misa es la cultura del encuentro…

Estamos sintiendo hambre de la cultura del encuentro de la que nos habla el papa Francisco. El pueblo de Israel fue desterrado, sacado hacia Babilonia, en tiempos de Nabucodonosor, y allá decían: ‘Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me pegue la lengua al paladar’, porque ellos sentían una nostalgia de Sion, una nostalgia de templo, una nostalgia de eucaristía, como la que estamos sintiendo ahora nosotros. Pero ya llegará el momento en que cambiará nuestro luto en danza.

Muy en la línea de la filosofía del papa Francisco, ¿será que nuestra casa común, el planeta Tierra, está rugiendo por el abuso humano y resolvió castigarnos con el coronavirus?

No diría que nos está castigando. Nos está gritando. Dijo el Papa en su encíclica Laudato si', quizás la más leída del mundo, que la Tierra, nuestra casa común, nos está hablando, pero a gritos. Eso lo reiteró en el Sínodo de la Amazonia. El Papa ha logrado interpretar el clamor, el grito del agua, de los ríos, de las montañas, de los mares, mostrándonos las islas de basura que flotan en los océanos y viendo cómo se reduce la Amazonia. Es un clamor de nuestra casa común.

Usted llega a ocupar la sede eclesiástica más importante del país, sede cardenalicia por excelencia. ¿Por qué no es automáticamente cardenal?

Y tal vez no lo seré nunca, porque no todos los obispos de la sede Metropolitana de Bogotá han sido cardenales. Y no todos los cardenales han estado en la sede de Bogotá. Hemos tenido unos cardenales de la talla de monseñor Rubén Salazar, que será y seguirá siendo el cardenal de Colombia. Mientras tanto, yo estaré sirviendo como arzobispo.

Lo que pasa es que el cardenalato lo convertiría en elector y en elegible eventualmente como Papa...

Bueno, eso sí ya sería un extremo de la misericordia de Dios, pero por ahora lo que yo quiero es terminar bien este mes de mayo, viviéndolo y sufriéndolo, con el pueblo de Dios aquí en el Cauca y en Popayán, y el 11 de junio, si Dios me permite, llegar y posesionarme canónicamente, y estar dispuesto a vivir cada día, y no sé cuántos días me regale el Señor, y a morir en las manos de Cristo, sirviendo a la Iglesia y caminando con el pueblo. Si nos toca morir en medio del coronavirus, morimos. Como decía Pablo en la carta a los Filipenses: “Para mí la vida es Cristo y la muerte, una ganancia”.

Si hay que cambiar el caballo por una bicicleta, por una moto, por lo que sea, para llegar a las localidades, a las zonas difíciles de Bogotá, lo haremos

Última pregunta. Tengo una foto muy bonita suya, montando a caballo. Como un párroco, que usted lo es, de adentro de Colombia. ¿Así como se ve de bien sentado, así de bien monta a caballo?

Aprendí a montar a caballo cuando tenía 20 años y entré al seminario y lo he disfrutado inmensamente. Ha sido una gran ayuda para la misión como párroco, en cinco parroquias, y en ellas tenía el servicio de una bestiecita que siempre me prestaban, y aprendí a aperar, a cuidar el caballo, a relacionarme con él, a dejarse uno llevar y a confiar en el animal. Me gustan muchos los caballos. Y en Córdoba, siendo obispo, y aquí en Popayán, en febrero, con dos sacerdotes más, hicimos una cabalgata para ir a la Bota Caucana, por una zona donde no hay carretera, y son 10 horas a caballo. Pero claro que hay que bajarse cada dos horas, por el bien de la próstata del jinete y por el bien del lomo del caballo, para que descansemos. Esa es una relación caballo-jinete, misionero-caballo, tierra y terreno, que me llena de mucha alegría.

Pero Monseñor, ¿cómo va a hacer aquí en Bogotá sin caballo? ¿Tiene alguna mascota que lo reemplace?

Si hay que cambiar el caballo por una bicicleta, por una moto, por lo que sea, que nos permita llegar a los barrios, a las localidades, a las zonas difíciles de Bogotá, lo haremos. Porque, en últimas, el caballo no es el fin, es un medio sabroso de transporte, pero hay muchos más.

MARÍA ISABEL RUEDA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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