Las ideologías se fragmentan en medio de la pandemia

Las ideologías se fragmentan en medio de la pandemia

Con la covid-19 vino la crisis económica y política, pero también la ideológica.

papa

Con la bendición ‘urbi et orbi’, ante la plaza vacía, Francisco habló de la pandemia.

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MASSIMO PERCOSSI. EFE

Por: Alfonso Carvajal
21 de mayo 2020 , 11:41 p.m.

Una imagen vale más que… Esto ocurrió el día del urbi et orbi: una plaza de San Pedro desolada y el papa Francisco más desolado aún; una plaza ausente de cualquier simbolismo externo, sin banderas, ni fieles, ni la pompa de los cardenales, áulicos del poder de la Iglesia, ni la suntuosa guardia vaticana. Nada.

El emblema del catolicismo estaba desierto. Francisco, ensimismado, se dirigió al atrio y en un lenguaje minimalista, que dejó atrás las miedosas trompetas del apocalipsis y otras artimañas de sus pares y antecesores, animado de poesía y dolor comenzó diciendo: “Desde hace unas semanas parece que todo se ha oscurecido".

"Densas tinieblas han cubierto plazas, calles y ciudades. Se fueron adueñando de nuestras vidas, llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío devastador que paraliza todo a su paso… Nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa”; se sabe vulnerable y literalmente nos invita a trepar en la barca de la solidaridad: “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos”. Más que un papa, habló el poverello del barrio Flores…

Si algo ha causado la covid-19, es una fragmentación de las ideologías y credos: estupor, sigilo, reformulación, escepticismo y furor extremo. Revisaré algunos textos del libro Sopa de Wuhan (Editorial Aspo –Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio–) y otras voces que han agudizado el caldo de cultivo entre lenguaje y política. La covid-19, sin eufemismos, ha viralizado el vacío y poder de la palabra.

El 21 de febrero de 2020, el filósofo italiano Giorgio Agamben, autor de El coraje de la desesperanza, afirmó que contra una gripa moderada las medidas eran “frenéticas e irracionales”, que solo el 4 % de los pacientes requerían hospitalización (el 24 de abril habían muerto en Italia más de 25.000 personas).

Su temor: el peligro de un estado de excepción y la militarización de la sociedad. Y argumentó que agotado el terrorismo como adversario, el coronavirus inspiraría otro caballo de Troya. Una tiranía global reemplazaría a un enemigo por otro.

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En los poderes de excepción ya hay secuelas locales como señala Rodrigo Uprimny en el libro Nadie se salva solo: “Podrían significar un paso más en el desmantelamiento del Estado de derecho y la democracia en Hungría, que era tal vez el país con la transición más exitosa del comunismo autoritario a la democracia”.

Los otros virus

El filósofo esloveno Slavoj Zizek, más histriónico y utópico visceral en sus pronunciamientos, comparó a la propagación de la epidemia con “un virus ideológico de noticias falsas, teorías de conspiración (principalmente contra China, donde nació el esperpento mortal) y explosiones de racismo”. Señaló que nacerá otro virus ideológico alternativo, más allá del Estado-Nación, que beneficiará la solidaridad global. El coronavirus nos “obligará a reinventar el comunismo basado en las personas y en la ciencia”.

En sus palabras, la pandemia traerá un comunismo más depurado, como Lázaro, resucitará con otros matices. En una visión cinematográfica acudió a un filme de Tarantino, el final de Kill Bill 2, y Zizek recuerda cómo Beatrix golpea al malvado Bill con “la técnica del corazón explosivo de la palma de cinco puntos”, donde la víctima da unos estertores de ahogado antes de caer fulminado y lo equipara a la muerte del capitalismo global.

El hecho triste, dice, es que se necesite de una calamidad para repensar las características elementales de la sociedad global en que vivimos. Recordó las palabras del viceministro de Salud de Irán, Iraj Harirchi: “Este virus es democrático y no distingue entre pobres y ricos o entre estadista y ciudadano común”.

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En esto pesa la razón: todos estamos en el mismo bote de Noé del cual habló Francisco. El logos semántico, sin distinción, reproduce la incertidumbre y angustia de la época.

Judith Butler, filósofa posestructuralista y líder feminista norteamericana, dice que el virus no discrimina, todos corremos el mismo peligro. Advierte sobre la llegada de empresarios rapaces por capitalizar el sufrimiento global, sobre los nacionalismos y la supremacía blanca, que en zonas pandémicas pueden atizar la violencia y xenofobia contra las mujeres, las personas queer y trans, y otras comunidades vulnerables.

Señala a Estados Unidos como uno de los miembros honorables del club que no pudo anticipar la pandemia. Los bandazos de Donald Trump obedecen a su ambición reeleccionista, y recuerda cómo ha tratado de comprar en efectivo la patente de una vacuna a la compañía alemana CureVac. A tal punto que el político alemán Karl Lauterbach, objetó que “el capitalismo tiene sus límites”.

Votó por Sanders porque junto con Warren reimaginaron “un mundo en el que los materiales necesarios para la vida, incluida la atención médica, estarían disponibles sin importar quiénes somos o si tenemos medios financieros”; e implementar una política transnacional sanitaria con ideales igualitarios. Sanders se quedó en mitad de la vía, mas dejó un promisorio legado.

Este virus es democrático y no distingue entre pobres y ricos o entre estadista y ciudadano común

Byung-Chul Han, ensayista y filósofo surcoreano, afirma que en el Oriente asiático la población es más sumisa, disciplinada, cree más en el Estado y por eso la propagación del virus ha sido más fácil de controlar.

Que la guerra no es contra nosotros mismos, sino contra un enemigo invisible y de afuera. La reacción ha sido cruenta “porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos”, y el virus rompió esa comodidad con una carga de pánico.

Otro monstruo también invisible ha surgido: la digitalización, pues elimina la realidad. La realidad requiere su contrario para ser vital. “La digitalización suprime la negatividad de la resistencia y surge una apatía hacia la realidad”.

El virus es real y el ordenador no lo registra de una manera orgánica, y eso causa conmoción. Se va con adarga y lanza contra Zizek, negando que sea un golpe mortal al capitalismo. Cree que el virus podría hacer caer el régimen chino. Zizek se equivoca –dice– y nada de eso sucederá.

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China podrá exportar su Estado policial digital y lo exhibirá con orgullo; pero tras la pandemia, el capitalismo será más pujante, asevera. “Los turistas seguirán pisoteando el planeta”.

El virus no vencerá al capitalismo, pareciera insistirle categórico a Zizek. Y temeroso replica que “ningún virus es capaz de hacer la revolución”, pues aísla e individualiza. En su percepción no causará solidaridad, dándole la sinrazón a ciertos jeques del capitalismo igual de egoístas al virus. Y su emoción lo traiciona, pues confía que tras el virus “venga una revolución humana”.

¿Al fin qué?

Luego afirma que hay que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo… Zizek y él son aristas opuestas de una misma problemática, ¿coincidirán en algo después de la pandemia? Esperemos a que otro sol ilumine la oscuridad reinante.

María Galindo, psicóloga y líder feminista boliviana, es ampulosa, combativa, propia de sí, afincada en sus ancestros. Considera que el coronavirus, más que una enfermedad, es una dictadura mundial, un instrumento para minimizar y borrar problemas políticos y sociales que se venían conceptualizando. El gerundio exalta el concepto, la lucha.

El coronavirus es un miedo al contagio

Con razón dice que eliminó el espacio más vital y democrático: la calle. Un ser humano es mitad calle y mitad casa, si tiene. El coronavirus es un miedo al contagio, reataca. ¿Y cuándo llegue a Bolivia?, se pregunta. Pues, le abrirá la puerta el dengue que asesina en el trópico –sin titulares en los periódicos– y a un costado estarán la tuberculosis y el cáncer, que por estos lares del mundo son sentencias de muerte. María es filuda, realista.

La sociedad boliviana es precaria, –arremete–, sin salario, sin puestos de trabajo, sin industria, donde el pueblo sobrevive en la calle en un destejido social voluminoso y desobediente. Argumenta que todavía tenemos el estigma de colonias y las copias no se ajustan a los países pobres ni a su vida real, ni a las deudas opresoras.

El mundo globalizado en lugar de mermar los problemas, los acrecentó. ¿Qué hacer? Desobediencia civil. “La única alternativa real es repensar el contagio. Cultivar el contagio, exponernos al contagio y desobedecer para sobrevivir”.

Hay gobernantes que ruegan por ayudas divinas; otros como Jair Bolsonaro, han sacado su arsenal de arrogancia y su despotismo con los pobres. Calificó al coronavirus de “resfriado miserable” o una simple “gripinha”, y declaró que los brasileños resistirían la pandemia porque “pueden sumergirse en aguas residuales (en castizo: aguas negras) y no agarran nada”.

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Por sus palabras, los conoceréis, dicen. Destituyó al médico Luiz Henrique Mandetta, ministro de Salud, por diferencias con las medidas del aislamiento, pero criticó a la OMS (Organización Mundial de la Salud), pues su presidente, el sudafricano Tedros Adhanom Ghebreyesus, no es médico. Ni la ciencia ni el humanismo matizan su alteración.

Otro miembro del club de los suicidas, recordando el relato de Robert L. Stevenson, es Donald Trump; sus salidas parecen un guion de terror o de comicidad: hace poco sugirió la toma de desinfectante para combatir el nuevo brote pandémico o “introducir luz solar en el cuerpo de los pacientes infectados”. Con su letal bilirrubina propuso una inyección, aunque después afirmó que fue malinterpretado.

El afán de reactivar la economía y el desempleo que creció con la rapidez del contagio ha delatado su voracidad de empresario. Emmanuel Macron, presidente de Francia, en el centro del espectro político, declaró a la pandemia como una “guerra” y a la salud como un bien precioso: “Este tipo de bienes y servicios tienen que estar fuera de las leyes del mercado”. Ojalá no haya sido un brote de pudor, y lo aplique durante el resto de su mandato…

No estábamos preparados para el actual desajuste biológico, ¿cómo? Si la salud no preventiva es un negocio y la economía, el motor “necesario” del desastre, y más aún, el tiempo de incertidumbre ha revolucionado el lenguaje. El pánico ante un enemigo invisible despertó el espíritu crítico con frenesí, ha revuelto las mareas pasmas de las ideologías. Nos hallamos en la mitad de un tormentoso desierto y la salida es un oscuro túnel por recorrer.

ALFONSO CARVAJAL
Para EL TIEMPO

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