Cristianismo vs. paganismo en la Roma de los emperadores

Cristianismo vs. paganismo en la Roma de los emperadores

La persecución contra seguidores de Jesús de Nazaret dio paso a la conversión del imperio romano.

Marco Aurelio estatua

Se sabe que Marco Aurelio no mostró antipatía hacia los cristianos y que tampoco ordenó su persecución.

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istock

Por: Fabio Espitia*
20 de noviembre 2020 , 06:40 p. m.

Las reflexiones acerca de la tensión entre el naciente cristianismo y el orden político pagano han tenido tradicionalmente un punto de partida: la llamada ‘primera persecución’, que con ocasión del incendio de Roma (a. 64) emprendió Nerón contra algunos pertenecientes a la secta.

No obstante, esta no fue una acción que buscase suprimir un grupo que para el momento no representaba peligro para los cultos tradicionales ni cuestionaba el poder, sino una reacción frente a quienes se consideraba, o se quería considerar, causantes del desastre. Diferente a lo acaecido frente a los estoicos, que le cuestionaron directamente.

Domiciano adoptó también una actitud similar en relación con los estoicos, mientras que la muerte de judíos y cristianos, que refieren las fuentes, pudo haber tenido como causa diferente su negativa a pagar el didracma o impuesto dedicado a la conservación del templo de Júpiter, construido sobre el destruido templo de Jerusalén, o refrendar el carácter absoluto y sagrado de su autoridad, que quiso resaltar al adoptar el título de Dominus et deus y afirmarse protegido por Minerva.

Las muertes que se habrían producido bajo Trajano fueron fruto del celo imperial, empeñado en sancionar a quienes no rindiesen culto a los dioses, más que de una política dirigida al exterminio de la secta, como se infiere de la respuesta dada a Plinio el Joven, quien le había preguntado qué hacer con el asunto de los cristianos; “no serán buscados”, respondió.

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Aunque Marco Aurelio, autoproclamado estoico, mostró antipatía hacia los cristianos, tampoco ordenó su persecución, lo que no excluye, que en desacato a la vieja disposición trajanea se hubiesen presentado actos abusivos en determinadas provincias, fruto de la molestia que generaba en la mayoría pagana una creencia monoteísta que cuestionaba los sacrificios en favor de los dioses, ya de abierta confrontación con otras sectas.

El común desprecio hacia Cómodo por sus excentricidades, que le llevó incluso a proclamarse Hércules y Nuevo Rómulo, no ha impedido reconocer a la misma historiografía cristiana que su gobierno no emprendió persecución alguna; por demás que el movimiento estuviese en esta época en consolidación estaría demostrada por las públicas controversias en su seno, a tal punto que Ireneo, obispo de Lyon, redactó cinco libros Contra las Herejías (Adversus haereses), en los que abordó temas claves de definición de la ortodoxia.

Bajo Septimio Severo, quien tuvo estrecha relación con filósofos influyentes, el movimiento siguió en auge, como lo atestiguan, de una parte, la celebración de sendos concilios en Roma dirigidos a definir la fecha de la celebración de la Pascua, y de otra, que Teodoto, llamado el Curtidor, cristiano originario de Bizancio, predicaba abiertamente en la capital las tesis adopcionistas, conforme a las cuales Jesús había sido adoptado por Dios en el bautismo, lo que llevó al obispo Víctor I a excomulgarlo.

La nueva fe no solo fue ampliamente tolerada bajo Caracalla, Heliogábalo, que buscaba incluir a los cristianos bajo el culto común a Helios, y Alejandro Severo que incluyó en su lararium (altar de las casas romanas)a Cristo, junto a Apolonio de Tiana, Abraham, Orfeo y los dioses penates.

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Estos tiempos permitieron avivar las discusiones teológicas, al punto que la doctrina modalista, que en oposición a la trinitaria predicaban abiertamente en Roma teólogos como Praxeas y Sabelio, era refutada vehementemente tanto por Tertuliano, apologista nacido en Cartago, como por Hipólito de Roma, quien llegó a cuestionar abiertamente a Ceferino y a Calixto I, obispos de esa ciudad, por su condescendencia.

De la actitud de Filipo el Árabe en favor de los cristianos daría fe el que precisamente para esta época, Orígenes, redactó su Contra Celso (Celsum), en el que refutaba públicamente las tesis del filósofo pagano y hacía énfasis en la compatibilidad del cristianismo con la filosofía griega.

Fue la preocupación ante el ya abultado número de cristianos, que según algunos llegaba ya a la tercera parte del imperio, lo que llevó a que Decio emprendiera, ahora sí, una persecución formal.

Pero esta no se sostuvo en el tiempo, bajo Treboniano Galo, Cornelio, obispo de Roma, que no ejercía su ministerio en forma clandestina, sino que junto con Cipriano, obispo de Cartago, sostuvo una álgida polémica con el ‘antipapa’ Novaciano, que se negaba a recibir en la iglesia a cristianos no practicantes y a aquellos que habían renunciado a su fe por cuenta de las persecuciones, lo que llevó a la celebración de concilios en Roma, Cartago y Antioquía, que condenaron sus tesis. Fue solo la paranoia colectiva generada por un posterior brote de peste lo que motivó una reacción, pues se acusó a los cristianos de generarlo por sus ofensas a los dioses paganos.

¿Cuándo se dio la verdadera primera persecución a los cristianos en el Imperio Romano?

Un primer edicto de Valeriano, que impuso hacer sacrificio a los dioses, y el sucesivo, que ordenó la muerte de quienes no lo hicieran, permiten constatar la existencia de una fuerte represión contra quienes cumplían roles jerárquicos en el seno del movimiento.
Estas disposiciones, sin embargo, no sobrevivieron al emperador, pues no solo no se encuentra referencia a persecuciones durante los reinados de Galieno y Claudio II, sino que en ese período hubo espacio para la celebración de tres nuevos concilios en Antioquía, todos con miras a condenar el movimiento de otro “hereje”, Pablo de Samosata, obispo de Antioquía.

Bajo Aureliano se produjeron dos hechos aparentemente contradictorios, su decisión en favor del obispo de Roma, ante la negativa del citado samotaense a abandonar la sede de Antioquía, y la existencia de actos de persecución contra los miembros de la secta. Lo que se explica, sin embargo, teniendo en cuenta que la citada intervención no solo fue anterior, sino que la posterior persecución respondió a un entorno social de clara resistencia popular.

Recuérdese que para esta época Porfirio, discípulo de Plotino, en su obra Contra los cristianos refutaba la tesis de la divinidad y restaba importancia a la llamada “pasión”.
La llamada ‘gran persecución’, endilgada a Diocleciano, que dejó decenas de ‘mártires’, buscaba refrendar el culto a los dioses paganos como única forma de subsistencia del orden establecido, lo que explica el que se hubiera adoptado idéntica medida en contra de los maniqueos.

Pero no fue la única causa, sino que a ella contribuyeron, y en forma no poco significativa, la férrea resistencia popular pagana y el cuestionamiento de sus mismas bases filosóficas, lo corrobora el que Sosiano Hierócles, gobernador de Bitinia, a quien luego se consideró “autor y consejero de la persecución”, comparaba a Jesús de Galilea con Apolonio de Tiana, de quien –dijo– sus seguidores jamás osaron llamarlo “Dios”, a pesar de la multitud de “milagros” que había realizado.

El entendimiento entre Constantino y Licino (a. 313), que ordenaba cesar la persecución de los cristianos, respondía más a conveniencia política, pues aquel necesitaba de la nueva fe para justificar su poder, que presentaba como designio de una única alta divinidad.

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Luego de su muerte, el reparto del imperio entre sus hijos y el gobierno único de Constantino, el advenimiento de Juliano, tildado como el ‘Apóstata’, explicarían las muertes documentadas.

Poco después de la proclamación de Teodosio I como Augusto para Oriente, el cristianismo católico fue declarado religión oficial del imperio, se quitaron subvenciones a los sacerdotes paganos, fueron suprimidos los privilegios de las vestales, se despojó al Senado del altar de la diosa Victoria y se dejó de utilizar el título de pontífice máximo, que pasaría ahora a ser utilizado por el obispo de Roma.

El golpe mortal al paganismo se dio con la prohibición de los sacrificios paganos en Roma, lo que llevó a la destrucción masiva de templos paganos o su conversión en basílicas dedicadas al nuevo culto.

Eugenio, proclamado emperador, pero considerado usurpador por Teodosio, intentó revivir las ceremonias paganas tradicionales, recuperó las rentas para sus templos y ordenó restituir al Senado el altar de la Victoria, por lo que la victoria de este último en la batalla del río Frío (a. 394) significó para los apologistas cristianos ‘la victoria de Dios’, y el rótulo de ‘el Grande’, con el que, por cuenta de la historiografía cristiana, pasó a la historia, y estuvo plenamente justificado.

FABIO ESPITIA
Para EL TIEMPO

* Doctor en investigación, con énfasis en derecho penal y romano, de la Universidad degli Studi di Bari. Docente Universitario. Ex Fiscal General de la Nación.

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