El ‘mea culpa’ de la Iglesia en los escándalos de pederastia

El ‘mea culpa’ de la Iglesia en los escándalos de pederastia

Jesuita Carlos Novoa hurga en la llaga, pero resalta acciones que buscan evitar más casos de abuso.

El ‘mea culpa’ de la Iglesia en los escándalos de pederastia

Los obispos del país deben implementar protocolos y rutas de atención para actuar frente a estos casos.

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Archivo EL TIEMPO

Por: Carlos Novoa
15 de mayo 2019 , 08:38 p.m.

Y Jesús llamando a un niño lo puso en medio de ellos, y expresó: En verdad les digo que si no se convierten y se hacen como niños no entrarán en el Reinado de Dios. Mateo 18: 3-4.

La trasparencia, bondad e inocencia de una niña o niño conforman el ideal del camino evangélico. Por ello, Jesús tiene una particular preferencia por los infantes y certifica que solo siendo como ellos podremos acceder a la auténtica y feliz vida cristiana, que él denomina el Reinado de Dios.

Y consciente Cristo del gran valor propio de la vida de un menor de edad, siempre débil y en estado de indefensión, exige el mayor cuidado para él y censura con vehemencia cualquier abuso en su contra.

¡Ay de aquel que escandaliza! Más le valdría que le atarán al cuello una piedra de molino y lo precipitaran al mar antes de escandalizar a uno de estos pequeños. Lucas 17: 1-2. Los niños son la presencia más refinada de la vida del Mesías y hacerles daño es un tremendo sacrilegio, algo horripilante que nunca ha debido ni deberá suceder.

Y más grave aún si quienes los violentan son clérigos o religiosos servidores de Jesús y su Iglesia, quienes han sido llamados a transparentar en todo momento la vida de su Señor y, por ende, su cuidado y preferencia por los más pequeños.

Por desgracia, este es el caso de un sector de obispos y sacerdotes dentro de la Iglesia católica, frente al cual Juan Pablo II y Benedicto XVI tomaron claras y tajantes medidas para juzgar e impedir la continuación de estas ignominiosas conductas.
Frente a esta execrable y dantesca situación que nos desgarra el corazón a los católicos, gracias a Dios –como de costumbre–, el papa Francisco asume una postura de honda valentía y profetismo evangélicos, llena de acciones y compromisos muy concretos.

En este sentido, Bergoglio ha destituido a dos cardenales de la ciudad de Washington (Estados Unidos), y uno más de Australia; les exigió la renuncia a todos los obispos de Chile –35 en total–, hecho que nunca antes había sucedido en los 2.000 años de historia de la Iglesia; ha endurecido los protocolos para juzgar a los clérigos abusadores y organizó una comisión al más alto nivel que vela por la implementación de las medidas concretas para evitar la pedofilia eclesiástica, creando nuevos procedimientos para crecer en su propósito.

En febrero de este año se reunió con los obispos presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo, para analizar esta muy bochornosa situación y mejorar aún más los caminos y las estrategias que se están implementado al respecto. Y hace unos pocos meses ordenó que toda denuncia comprobada sea reportada a las autoridades civiles de manera inmediata. En la misma línea, el pasado 7 de mayo, proclamó un motu proprio respecto a la pederastia clerical.

En el gobierno de la Iglesia existen varios tipos de documentos y este motu es la determinación específica de una nueva normativa dentro del derecho canónico, establecida por el Papa respecto a un asunto de especial urgencia. El documento pondera la inconmensurable gravedad de este problema por parte de servidores de la Iglesia, lo que exige la reforma de la legalidad eclesiástica.

Entre las disposiciones se destaca que “cada vez que un clérigo o un miembro de la Iglesia tenga noticia o motivos fundados para creer que se ha cometido (un delito de pederastia clerical), tiene la obligación de informar del mismo, sin demora, al obispo a su cargo”.

Las autoridades eclesiásticas se han de comprometer con quienes afirman haber sido afectados, junto con sus familias, para que sean tratados con dignidad y respeto, y han de ofrecerles acogida, escucha y seguimiento; incluso, mediante servicios específicos: atención espiritual, médica, terapéutica y psicológica.

Y cuando la autoridad eclesiástica tenga noticia fundada de un caso de abuso sexual de menores por parte de un servidor eclesiástico, inmediatamente debe abrir una investigación para determinar la veracidad de los hechos, la cual “debe concluirse dentro del plazo de noventa días”. Y cuando se compruebe un crimen de pedofilia, se debe denunciar ante las autoridades civiles.

Mejor prevenir

Muchas otras medidas se han venido implementando durante el ministerio de Francisco, haciendo particular hincapié en las acciones preventivas para que todo este apocalipsis no vuelva a suceder, que es lo más importante. Asimismo, su particular atención a las víctimas y a su reparación. Él no ha ratificado a ningún obispo chileno y les ha aceptado la renuncia a seis, situación que no podemos echar en saco roto.

Sobre la pederastia clerical, abundantes, tajantes y sabios son sus escritos. “Con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas nunca prescriben. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado”.

En relevante contraste con la forma como frecuentemente las instituciones públicas y privadas de este mundo enfrentan sus graves errores, Francisco da la cara, asume sin falsas disculpas el tremendo pecado de la Iglesia, y se compromete en su remedio radical.

“Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Vía Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: ¡Cuánta suciedad en la Iglesia (...) ¡Cuánta soberbia y autosuficiencia!”.

Son dos las causas de este horripilante y execrable proceder del abuso sexual de menores por parte de clérigos: clericalismo y malformación de la conciencia moral. En este punto vale la pena indagar sobre estos dos hechos. Clericalismo: diáconos, presbíteros, también llamados sacerdotes, y los obispos, ministros servidores de la comunidad conformamos el clero de la Iglesia.

Algún sector del clero, por desgracia no pequeño, en razón de su investidura se siente superior a los demás, con derecho a privilegios y con la autoridad para manipular a los otros y tratarlos a su antojo.

En esta perspectiva no es casual que tales clérigos no le vean problema a abusar sexualmente de niños. Este absurdo estilo de conducta es una elocuente expresión del clericalismo, férreamente criticado por Francisco. Los servidores de la Iglesia no tenemos sino un solo privilegio: arrodillarnos ante cada persona, rostro vivo de Jesús; lavarles los pies.

La malformación de la conciencia moral es la experiencia de sentido desde la cual personas y comunidades construyen toda su conducta. En el camino cristiano, la presencia de Jesús en mí y en su pueblo es tal conciencia. Por ello debemos estar cultivándola o formándola permanentemente. Y cuando esto no sucede vienen los desvaríos y los egoísmos que atraviesan todo corazón humano, los cuales terminan en situaciones tan lamentables como los abusos sexuales.

Desde el campo de la psiquiatría y la psicología, el hecho del abuso sexual de menores es de la más alta complejidad. Estas dos ciencias constatan en sus rigurosas investigaciones que en el 80 por ciento de los casos un pederasta es un enfermo mental, quien siente atracción sexual por los menores, fruto de traumas en su formación afectivo sexual infantil y en sus relaciones con sus progenitores. En la mente de estas personas, lo único que pasa es una gran angustia, confusión y un tremendo sentido de culpa. Urge, entonces, que se sometan a una honda terapia emocional y se alejen de toda cercanía a los infantes. Como ya lo señalaba, hay quienes ejercen su arrogancia de poder y su sed de placeres egoístas en el ejercicio de la pedofilia.

Hay quienes afirman que el celibato es la causa de la pederastia. Las más serias corrientes de las ciencias del yo profundo niegan categóricamente esta afirmación. Y aquí la prueba reina. Investigaciones sociológicas y judiciales muy sólidas comprueban que el 80 por ciento del abuso sexual de menores sucede en la familia, por parte de personas casadas y con hijos. Abundan los abusadores que son padres de familia, tíos, abuelos, hermanos mayores, primos; insisto, muchos de ellos con esposa.

Hoy, más que nunca, la selección de candidatos al sacerdocio y la vida religiosa se ha hecho muy estricta. Todos los candidatos son objeto de muy cercano seguimiento por lo menos un año antes de ser admitidos a los seminarios y noviciados, y se les aplican las más serias pruebas psicológicas. Un candidato a quien se le descubren trastornos psicosexuales y, en este sentido atracción por los menores, es rechazado para iniciarse en el ministerio presbiteral y la vida religiosa.

Muchas diócesis y comunidades religiosas tienen protocolos y programas de formación para sus miembros, con el fin de identificar los comportamientos pedófilos y evitarlos. Se ha fortalecido el seguimiento espiritual y emocional en la formación de los seminaristas y religiosos, lo mismo que a los sacerdotes o consagrados ya formados, con el fin de prevenir a toda costa el que se pueda terminar en la pederastia.

Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para generar las mediaciones que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos

Por tal fin, el papa Francisco viene insistiendo en repetidas ocasiones sobre la ‘tolerancia cero’ para los abusos sexuales de menores por parte de clérigos y religiosos. “Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la tolerancia cero y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos”, ha dicho.

Los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora Francisco han practicado e insistido en la caída de todo el peso de la justicia civil y eclesiástica sobre los clérigos abusadores sexuales de menores. Y, al respecto, los hechos son incontestables.

Las víctimas son la prioridad en la Iglesia y para su pastor universal en este escándalo mayúsculo de la pedofilia clerical. Y de nuevo en este sentido los hechos son incontestables. Ya he señalado cómo en el reciente motu proprio de Francisco hay una sección particular dedicada al especial cuidado eclesial con las víctimas.

CARLOS NOVOA
PARA EL TIEMPO

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