Las facetas desconocidas de la santa colombiana Laura Montoya

Las facetas desconocidas de la santa colombiana Laura Montoya

Tras 70 años de la muerte de la misionera y religiosa, una experta analiza su labor literaria.

Madre Laura Montoya

Laura Montoya, fundadora de las lauritas y hoy santa, abrió espacios antes restringidos para la mujer.

Foto:

Archivo del convento.

Por: María Eugenia Osorio Soto*
18 de octubre 2019 , 09:04 p.m.

¿Qué sabemos de nuestra única santa colombiana, Laura Montoya Upegui? ¿Qué facetas conocemos de esta antioqueña nacida en el municipio de Jericó el 26 de mayo de 1874 y fallecida en Medellín el 21 de octubre de 1949, hace 70 años?

Además de las ya repetidas noticias sobre su canonización –ocurrida el 12 de mayo del 2013 en el Vaticano– y de los méritos que tuvo para recibir esa importante exaltación de la Iglesia, poco se ha escrito sobre esta mujer cuya semblanza es difícil de abordar desde una sola perspectiva.

Algunos estudiosos dicen que su alcance teológico podría igualarse al de mujeres excepcionales de la Iglesia católica como Hildegarda de Bingen (Alemania, 1098-1179), Catalina de Siena (Italia, 1347-1380), Teresa de Jesús (España, 1515-1582) o Teresita de Lisieux (Francia, 1873-1897).

Las mismas que han recibido el título de doctoras de la Iglesia, al distinguirse por aportar al fortalecimiento de la doctrina y la afirmación de la fe y por su carisma intelectual como escritoras o visionarias.

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El referente más inmediato es, por supuesto, la carmelita de Ávila, con quien Laura Montoya guarda varias afinidades. Pues, así como Teresa de Jesús, en pleno siglo XVI, recorría los caminos de España con la misión de fundar conventos para su congregación –17 en total–, Laura Montoya hizo sus peregrinaciones a lomo de mula por los insondables caminos de Antioquia y, al momento de su muerte, en 1949, dejó expandida su congregación de misioneras en tres países, 90 casas misioneras y un total de 467 religiosas.

En la actualidad, las misioneras lauritas –como las conocen– trabajan en 21 países de América, África y Europa.

Se podrían encontrar otros puntos coincidentes de la vida y la obra de Laura Montoya con las de las doctoras de la Iglesia. De hecho, ahora transita en el Vaticano, después de la canonización, el trámite hacia su posible proclamación como doctora de la Iglesia.

Laura Montoya es hija de su tiempo y quizá por eso desarrolló una obra titánica en las selvas colombianas; esto, a pesar de las muchas dificultades que encontró en su camino y de las restricciones que tenían las mujeres dentro de la Iglesia.

Ser mujer y misionera no solo era novedoso: la forma como ella se lo propuso era inédito en el contexto hispanoamericano. Santa Laura es, por tanto, en el estricto sentido teológico, nuestra primera mujer-misionera.

Cuando en 1914 obtuvo, finalmente, los permisos para desempeñarse como maestra en el municipio antioqueño de Dabeiba, donde también desarrollaría su propuesta misionera, abandonó Medellín en compañía de su madre, de 68 años, y de otras cuatro compañeras.

Fueron 274 kilómetros los que recorrieron en esta primera salida y el suceso ha quedado registrado en El Colombiano de la siguiente manera: “La marcha del grupo misionero por las calles de Medellín fue cosa nunca vista”.

¿Qué podía implicar para una mujer antioqueña emprender un viaje hacia esas lejanas “tierras de indios”?

¿Qué podía implicar para una mujer antioqueña emprender un viaje hacia esas lejanas “tierras de indios”? Para entender la dimensión de la empresa podemos tomar como referencia el cuestionario que la misma Laura Montoya diseñó para aplicarlo a quienes serían sus primeras acompañantes, con el fin de identificar su fortaleza de espíritu: ¿Se somete usted al hambre? ¿Se somete, en caso necesario, a comer de lo mismo que los indios comen: raíces y hojas del monte? ¿Se resuelve usted a que los indios, en cualquier momento, nos atropellen y nos hagan huir a los montes y tengamos que amanecer entre las malezas y las selvas? (…) ¿Se somete a tener que volver huyendo de la ferocidad de los salvajes y a aguantar la rechifla de Medellín? ¿Se resuelve a que aquí digan que nos vamos a ocultar delitos y a vivir más libremente? ¿Se someten a trabajar sin conseguir ningún fruto? ¿A cocinar? ¿A que los indios las despedacen? (…) ¿A que tengamos que salir pidiendo limosna?

Ahora bien, en los valiosos cuadernos de apuntes de santa Laura encontramos antecedentes de cómo nace en ella el deseo de entregar su vida al servicio de los indígenas. Escribe que en sus clases de historia, cuando tenía diecisiete años, se conmovía hondamente con la suerte de los indígenas de América, de tal manera que desde entonces “los indios fueron como unas llagas continuas en mi alma” (cuadernos de Apuntes 1).

En el contexto colombiano, otro suceso pudo haber fungido como motivación para que Laura Montoya optara por la causa de los indios; esto es, el surgimiento y la consolidación del movimiento indígena conocido como los terrajeros, entre 1910 y 1917, liderado por Manuel Quintín Lame (1880-1967), quien apoyándose en el Código Civil, específicamente, en la citada Ley 89 de 1890, asume la defensa de los derechos de los indígenas.

Laura Montoya 2

Madre Laura Montoya.

Foto:

Andrés Henao

La pluma de una santa

¿Cómo llevaba Laura Montoya su pesada humanidad –pues llegó a pesar 200 libras– por las difíciles travesías en la selva tropical? Se caía con frecuencia y se volvía a levantar, es lo que leemos en sus textos con admiración. Sin embargo, sus hazañas tienen diferente envergadura; en compañía de sus “monjas-cabras”, como les decía, emerge una escritora.

Esta última faceta es la que un grupo de profesores de la facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia hemos venido investigando desde hace cinco años. Santa Laura es, ante todo, una escritora. O como bien lo apuntó Héctor Abad Faciolince en una columna reciente en El Espectador: “Una santa novelista”.

Laura Montoya, por supuesto, nunca habría aceptado la denominación de escritora y quizá tampoco reconocería su fruición por la escritura, pues, en el contexto religioso, no había sido bien visto el que las mujeres-monjas revelaran un placer en escribir.

En otro sentido, no podríamos sostener que Montoya es solo novelista, pues su obra es polifacética. Y la riqueza escritural que encontramos en su archivo, además de revelar una verdadera pasión por la escritura, da cuenta de su inmensa capacidad para escribir sobre diversos temas, aun en condiciones poco favorables.

Si hacemos un breve recuento de su obra, tenemos que Laura Montoya publica en 1906 la famosa Carta abierta, por mucho tiempo atribuida a don Tomás Carrasquilla. El objetivo de dicha carta era recuperar su honra después del conflicto ocasionado por la publicación de la novela corta del doctor Alfonso Castro: Hija espiritual (1906), que, al parecer, estuvo inspirada en ella, pero con otro nombre, y que ocasionó gran escándalo en la sociedad medellinense de la época.

La escritora de cartas se dirige a personalidades de la política en Colombia, como al entonces presidente Carlos E. Restrepo, a quien le solicitó apoyo para el proyecto misional que empezaba a concebir como algo diferente, pues consideraba que por ser mujer lo podría hacer de una manera más apropiada.

Mientras prepara su viaje a Dabeiba, aunque entonces tampoco lo reconocería como parte de su gusto por la escritura, compra útiles de escritorio y unas cincuenta hojas de papel de escuela y otros tantos sobres. Viendo que eran demasiado pocas, le advierte a su acompañante que “no volvería a escribir sino una carta o dos por año”. Sin embargo, la compañera la interpela para decirle “Verá que de allá, del pleno monte, va a comenzar su vida pública y que no va a ser como la de Nuestro Señor, de tres años, sino más larguita...”.

Pues bien, precisamente desde Dabeiba empieza esa forma de ‘corresponsalía’ con sus Cartas misionales, inicialmente enviadas a la familia y a benefactores, como al obispo Maximiliano Crespo, en las que relata los pormenores de su trabajo en la región de Urabá. Estas cartas empezaron a publicarse en el mismo año de 1914 en El Colombiano y, posteriormente, en El Católico de Santa Rosa.

No solo redactaba cartas. La obra que mejor permite entender esta dimensión de escritora es Misericordias de Dios en un alma, texto que escribe entre 1925 y 1933, por petición de su confesor, el sacerdote eudista Esteban Le Doussal. Él, como lo hacían muchos confesores en el período colonial con las monjas escritoras, le solicitó a Laura que escribiera y que le enviara la narración de su vida.

Así, Santa Laura escribió, bajo el signo de la obediencia, aunque quizá solo tenía en mente los receptores posibles: el sacerdote y sus hijas de la congregación. El resultado es un texto delicioso para cualquier lector. Misericordias de Dios... se constituye en la obra más polifacética de la santa y es quizás la más rica en recursos estilísticos.

La obra que mejor permite entender esta dimensión de escritora es Misericordias de Dios en un alma, texto que escribe entre 1925 y 1933

En 1971 se publicó por primera vez bajo el nombre de autobiografía, en edición realizada por el sacerdote claretiano Carlos Mesa; sin embargo, fue solo en 2017 cuando se publicó una edición completa que incluye muchos pasajes censurados en su momento por el primer editor.

La nueva edición es fruto de la investigación doctoral de la candidata a doctora Nancy López Peña, integrante del Grupo de Estudios Literarios de la Universidad de Antioquia.

Además de prolífica –dejó 23 obras en total–, es polifacética. Bajo el sugestivo título de Voces místicas de la naturaleza se ha publicado una pequeña y delicada obra que fue concebida como un medio de oración en aquellos espacios donde no se dispusiera de templos.

A la manera de la más hermosa tradición mística, la Santa alude a la naturaleza como sagrario y a los elementos de la misma: el río, la flor, el arcoíris, los pájaros, como símbolos de la presencia divina o como medios para acceder a Dios.

Sobre este texto, Natacha Ramírez, también candidata a doctora de la Universidad de Antioquia, prepara una edición anotada que saldrá a finales de 2019. Además, santa Laura fue teóloga y editora, y un grupo de investigadores de la Universidad de Antioquia siguen adelantando sus estudios acerca de estos aspectos.

MARIA EUGENIA OSORIO SOTO*
Para EL TIEMPO
​*Profesora titular de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia. Miembro del Grupo de Investigación - Estudios Literarios.

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