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¿Cómo y cuándo se elige al sumo pontífice?
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Conclave o junta de cardenales para elegir nuevo papa. En la foto el del 2013.

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EFE

¿Cómo y cuándo se elige al sumo pontífice?

Conclave o junta de cardenales para elegir nuevo papa. En la foto el del 2013.

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El papa es elegido por el Colegio Cardenalicio que reside en el Estado de la Ciudad del Vaticano.

La elección pontificia es un acto que suscita el más vivo interés de las personas, pues, aunque es una cuestión intraeclesial, reservada a los cardenales, involucra el bien de la Iglesia y del pueblo cristiano.

El sumo pontífice, es elegido por el Colegio Cardenalicio hasta su muerte, (aunque puede renunciar), como soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano y posee la plenitud de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial mientras ejerza como tal.

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Durante el período de Sede Vacante (a la muerte o renuncia del Pontífice), estos pertenecerán al Colegio de Cardenales, el cual podrá expedir las disposiciones legislativas que sean necesarias en caso de urgencia o con eficacia limitada durante la vacancia, salvo que éstas sean confirmadas por el nuevo sumo pontífice sucesivamente elegido de acuerdo con las normas canónicas.

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Así mismo, la representación del Estado con otros del exterior o con los demás sujetos del derecho internacional, para las relaciones diplomáticas y el perfeccionamiento de tratados, está reservada exclusivamente al sumo pontífice, quien la ejercerá por intermedio de la Secretaría de Estado. La facultad de conceder amnistías, indultos y perdones es una gracia reservada exclusivamente al sumo pontífice. También pide el sumo pontífice concluir tratados y mantener relaciones diplomáticas con los demás Estados; de igual manera, es Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, Primado de Italia, Arzobispo Metropolitano de la Provincia Romana y Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano.

El sumo pontífice reside en el Estado de la Ciudad del Vaticano, donde se encuentran también algunos de los organismos que le asisten. El Estado, tiene, por lo tanto, la característica propia de ser un instrumento de la independencia de la Santa Sede y de la Iglesia Católica respecto a todo poder constituido.

Cónclave de la época actual.

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REUTERS


Como cabeza del Colegio de los Obispos y Vicario de Cristo, es el Pastor de la Iglesia Universal, permaneciendo en él la función que el Señor encomendó al apóstol Pedro, como primero entre los Apóstoles, para ser transmitida a sus sucesores y en virtud de su función ejerce «potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente» (el canon 331 del Código de Derecho Canónico, CIC y el canon 43 del CCEO - Código de Derecho Canónico para las Iglesias Orientales).

El Papa, también como heredero y vicario de Pedro, es titular de la sollicitudo, la cura de pastoral sobre todas las Iglesias y se le consideraba el defensor de la Cristiandad, defensor Christanitatis. Por su parte el Colegio Episcopal «es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la universal Iglesia» (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 22).

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Se puede decir por ello que en la Iglesia existen dos sujetos de la suprema potestad, pues se declaró allí que los obispos son sucesores de los Apóstoles y que el poder supremo en la Iglesia universal corresponde tanto al Colegio episcopal como a su cabeza, el Papa.

La Iglesia se edifica sobre la roca de Pedro, como estableció el Señor, porque es la garantía de la unidad. La palabra viene del latín papas, padre; Papa es un acrónimo del latín Petri Apostoli Potestatem Accipiens: “el que sucede al apóstol Pedro”.

Tras la renuncia de Benedicto XVI al pontificado, el papa Francisco fue elegido el 13 de marzo de 2013 en la quinta votación efectuada durante el segundo día de cónclave.

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Ettore Ferrari / EFE


Con las “llaves del Reino de los cielos”, el Papa cumple la singular función de administrar el reino de Cristo en la tierra, como cabeza visible de la Iglesia y con la plena y suprema autoridad sobre ella.

El período de “Sede Vacante” es el período que hay entre el momento en que se produce en la sede romana la vacante (por renuncia o fallecimiento) y la elección del siguiente sucesor de Pedro. Sin embargo, en ese interregno, la Iglesia no queda acéfala, puesto que, el mismo Benedicto XVI lo señala en su dimisión: queda “al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo”.

Este período de Sede Vacante y las normas electorales recogen la praxis milenaria sancionada y reglamentada por la legislación canónica y se produce por la muerte o por la renuncia, dimisión o abdicación del Pontífice, pues de acuerdo con la Constitución Política del Estado Vaticano, expedida en el 2000, el Papa es el soberano de ese Estado.

Renuncia del Pontífice:
Un hecho histórico, que no sucedía hacía más de 608 años, se produjo el 11 de febrero de 2013, pues el Santo Padre Benedicto XVI, sentado en el trono, con voz ronca y rostro inmutable, a las 11:40 de la mañana, al final del consistorio para las causas de canonización, anunció al colegio cardenalicio, ese cenáculo apostólico, su renuncia al ministerio de Obispo de Roma.

En cuanto a la elección y renuncia, el Canon 332 del Código de Derecho Canónico, establece lo siguiente:

Canon 332: El Romano Pontífice obtiene la potestad plena y suprema de la Iglesia mediante la acción legítima por él aceptada juntamente con la consagración episcopal. Por lo tanto, el elegido para el pontificado supremo que ya ostenta el carácter episcopal, obtiene esa potestad desde el momento mismo de su aceptación. Pero si el elegido carece del carácter episcopal, ha de ser ordenado Obispo inmediatamente.
Si el romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.

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En la historia de la Iglesia seis Papas oficiales han renunciado a su cargo. Algunos casos se pierden en los tiempos, como los de Marcelino y Liberio y, otros ya son legendarios, así, el primer Pontífice en renunciar fue el papa Clemente I (del 88 al 97) quien renunció a favor de Evaristo, porque tras ser arrestado y condenado al exilio decidió que los católicos no se quedasen sin un guía espiritual. Igualmente, el papa Ponciano (230 al 235) dejó su cargo a favor del Papa Antero al haber sido enviado al exilio, mientras que el Papa Silverio (536 al 537) fue obligado a renunciar a favor del Papa Vigilio. Más complicada fue la historia de Benedicto IX (del 10 marzo al 1 de mayo de 1045), pues en un primer momento renunció a favor de Silvestre III y después retomó el cargo para pasarlo a Gregorio VI, quien fue acusado de haberlo adquirido ilegalmente y decidió también renunciar como culpable de simonía. El caso es que a la muerte de Clemente II, sucesor de Silvestre y de Gregorio, reapareció Benedicto y nuevamente fue elegido, aunque acabó nuevamente renunciando.

El caso más conocido fue el del papa san Celestino V, el fraile Pietro Angeleri, pues tras más de dos años de cónclave, la incapacidad de los cardenales para ponerse de acuerdo (enfrentadas las dos “familias” principales, los Orsini y su cardenal decano Latino Malabranca Orsini y los Colonna) llevó a elegir a quien ha pasado a la historia como el pontífice del "gran rechazo", pues su pontificado duró del 29 de agosto al 13 de diciembre de 1294 y después se retiró a una vida de eremita, siendo canonizado en el 1313; tras su renuncia fue elegido Bonifacio VIII, no sin que se diera una gran discusión.

El último papa, antes de Benedicto XVI que renunció fue Gregorio XII (1406 a 1415), que vivió el llamado Cisma de Occidente, en el que coincidieron tres papas al mismo tiempo: además de Gregorio XII, el papa de Roma; Benedicto XIII, el papa de Avignon, conocido como el Papa Luna y, el llamado "antipapa" Juan XXIII, con sede en Pisa. Con el concilio de Constanza, el emperador Segismundo obligó a dimitir a los tres pontífices, pero sólo Gregorio XII obedeció y después de él fue elegido, tras una larga discusión, Martín V en 1417.

Hay una respuesta, diría yo, premonitoria, acerca de la renuncia de Benedicto XVI, en las respuestas que, en el año 2000, el por entonces Cardenal Ratzinger le dio al periodista Peter Seewald y contenidas en el libro “Dios y el Mundo”: “Y aquel que no forma parte de los poderosos, estará agradecido cuando vea que el poderoso no se sirve personalmente en la mesa de la vida. Que considera el poder o los bienes que le han sido dados como una misión para convertirse en sirviente”. Eso significa que Benedicto XVI era muy consciente de que “Dios no pide a nadie, ni siquiera al papa, más peso del que es capaz de llevar”.

Otro aspecto a considerar es que al Romano Pontífice, no obstante ser Obispo, no se le aplica la invitación o ruego a presentar renuncia por edad avanzada (el día que se cumplen los 74 años comienza a correr el año 75), que consagra el canon 401 del CIC.

Precisamente, a su regreso de la peregrinación a Tierra Santa, el Papa Francisco, en una rueda de prensa en el avión de regreso el 27 de mayo de 2014, dijo sobre la Renuncia al pontificado en caso de falta de fuerzas y cuestión de pontífices eméritos lo siguiente:

“Haré lo que el Señor me diga que debo hacer: rezar y buscar la voluntad de Dios. Creo que Benedicto XVI no es un caso único. Vio no tenía las fuerzas y honestamente, un hombre de fe y tan humilde, tomé esa decisión. Hace 70 años no había obispos eméritos. Ahora hay muchos. ¿Qué pasará con los Papas eméritos? Creo que debemos mirar como una institución a este Papa que abrió una puerta: la de los Papas eméritos. ¿Habrá otros o no? Sólo Dios lo sabe. Pero esa puerta está abierta. Creo que un obispo de Roma que siente que sus fuerzas decaen -porque ahora se vive mucho más- debe plantearse las mismas preguntas que se planteó el Papa Benedicto”.

¿Qué siguió a la renuncia de Benedicto XVI? En lo que a él respecta, como lo expresó en su renuncia, dijo que en el futuro desea servir, de todo corazón a la santa iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria, una vida eremítica como la de Celestino V, que renunció con ese fin en el año 1294.

¿Por qué puede el Papa renunciar por sí mismo? Porque el poder pleno, supremo, inmediato y universal del que es titular para gobernar la Iglesia, no lo recibió únicamente del colegio de cardenales que lo eligieron, sino que lo recibió directamente de Cristo, como lo resume el doctor Adame. Pero también, “la renuncia sin causa legítima o con causa leve sería lícita y moralmente culpable, pero válida, ya que es suficiente sólo la libre voluntad del Obispo de Roma de cesar en su cargo. Tampoco la manifestación expresa del motivo es condición de validez de la renuncia”.

El canon 187 del Código de Derecho Canónico, expresa que “el que se halla en su sano juicio puede, con causa justa, renunciar a un oficio eclesiástico” y, el 188 del CIC, recoge lo siguiente: “es nula en virtud del derecho mismo la renuncia hecha por miedo grave injustamente provocado, dolo, error substancial o simonía”. El error sustancial es el juicio equivocado sobre algún elemento de la renuncia, como, por ejemplo, indicándole que padece de alguna enfermedad, sin ser así, para que dimita. A la libertad de renunciar hay que agregarle que no puede estar presionada por violencia física o por enfermedad síquica provocada.

A propósito de la posibilidad de una renuncia, Juan Pablo II redactó esta fórmula que se encuentra en el punto 86 de la Universi Dominici Gregis:

“Ruego, también, al que sea elegido que no renuncie al ministerio al que es llamado por temor a su carga, sino que se someta humildemente al designio de la voluntad divina. En efecto, Dios, al imponerle esta carga, lo sostendrá con su mano para que pueda llevarla; al conferirle un encargo tan gravoso, le dará también la ayuda para desempeñarlo y, al darle la dignidad, le concederá la fuerza para que no desfallezca bajo el peso del ministerio.”

La renuncia, que es un mecanismo extraordinario del cese de la titularidad Pontificia, debe llegar de modo inequívoco y seguro a toda la Iglesia; es irrevocable y rige desde el momento en que se expresa; no requiere que se haga por escrito y algo muy importante, es que se aplica el principio nihil innovetur, es decir, que no se innove en nada, según lo dispone el mismo Código en su Canon 335:

Canon 335: Al quedar vacante o totalmente impedida la sede romana, nada se ha de innovar en el régimen de la Iglesia universal: han de observarse, sin embargo, las leyes especiales dadas para esos casos.

¿Y si fallece el Pontífice? La Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, dispone lo pertinente en los artículos 17, 18, 19, 27, 28, 29, 30, 31, 32 y 49.

Cuando se reciba la noticia de la muerte del Sumo Pontífice, el Camarlengo de la Santa Iglesia Romana debe comprobar oficialmente la muerte del Pontífice en presencia del Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, de los Prelados Clérigos y del Secretario y Canciller de la Cámara Apostólica, el cual deberá extender el documento o acta auténtica de muerte.

Según la tradición, el cuerpo del papa se debe depositar en tres féretros; el del exterior es de madera de olmo pulimentada; el del medio de plomo, para evitar la humedad; y el interior de madera de pino o ciprés. Dentro del féretro se depositan unas bolsas de cuero con monedas acuñadas durante su pontificado y el rogito, un documento en latín sobre la vida del pontífice que se lee durante el funeral y posteriormente se introduce en el ataúd dentro de un tubo de plomo. También debe cubrirse el rostro del difunto con un velo de seda antes de cerrar el primer féretro.

El Camarlengo debe además sellar el estudio y la habitación del mismo Pontífice, disponiendo que el personal que vive habitualmente en el apartamento privado pueda seguir en él hasta después de la sepultura del Papa, momento en que todo el apartamento pontificio será sellado; comunicar la muerte al Cardenal Vicario para la Urbe, el cual dará noticia al pueblo romano con una notificación especial; igualmente al Cardenal Arcipreste de la Basílica Vaticana, para que tome posesión del Palacio Apostólico Vaticano y, personalmente o por medio de un delegado suyo, de los Palacios de San Juan de Letrán y de Castel Gandolfo, ejerciendo su custodia y gobierno.

Luego establecerá, oídos los Cardenales primeros de los tres órdenes (obispos, presbíteros y diáconos), todo lo que concierne a la sepultura del Pontífice, a menos que éste, cuando vivía, no hubiera manifestado su voluntad al respecto; cuidar, en nombre y con el consentimiento del Colegio de los Cardenales, todo lo que las circunstancias aconsejen para la defensa de los derechos de la Sede Apostólica y para una recta administración de esta.

Precisamente, es competencia del Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, durante la Sede vacante, cuidar y administrar los bienes y los derechos temporales de la Santa Sede, con la ayuda de los tres Cardenales Asistentes, previo el voto del Colegio de los Cardenales, una vez para las cuestiones menos importantes, y cada vez para aquéllas más graves. De ahí que los cardenales constituyan algo que se conoce como el Senatus Papae, el Senado del Papa y ya san Pedro Damián, en el siglo XI, los llamaba senadores espirituales de la Iglesia universal, spirituales ecclesiae universalis senatores.

Según el artículo 18 de la UDG, el Cardenal Penitenciario Mayor y sus Oficiales, durante la Sede vacante, podrán llevar a cabo todo lo que ha sido dispuesto por Pío XI en la Constitución apostólica Quae divinitus, del 25 de marzo de 1935, y por Juan Pablo II en la Constitución apostólica Pastor Bonus, reformada por el Papa Francisco.

El Decano del Colegio Cardenalicio, una vez informado por el Cardenal Camarlengo o por el Prefecto de la Casa Pontificia de la muerte del Pontífice, tiene la obligación de dar la noticia a todos los Cardenales, convocándolos para las Congregaciones del Colegio. Igualmente comunicará la muerte del Pontífice al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede y a los Jefes de Estado de las respectivas Naciones. Realmente es un hecho que no se produce con tanta frecuencia, por eso, en italiano, se emplea un término para hablar de un acontecimiento que acontece muy de vez en cuando: ogni morte di papa (cada muerte del papa).

Después de la muerte del Romano Pontífice, los Cardenales celebrarán las exequias en sufragio de su alma durante nueve días consecutivos, según el Ordo exsequiarum Romani Pontificis, cuyas normas, así como las del Ordo rituum Conclavis se cumplirán fielmente por los purpurados.

Dispone el artículo 28 de la UDG que, si la sepultura se hiciera en la Basílica Vaticana, el correspondiente documento auténtico debe ser extendido por el Notario del Capítulo de la misma Basílica o por el Canónigo Archivero. Sucesivamente, un delegado del Cardenal Camarlengo y un delegado del Prefecto de la Casa Pontificia extenderán separadamente los documentos que den fe de que se ha efectuado la sepultura; el primero en presencia de los miembros de la Cámara Apostólica y el otro ante el Prefecto de la Casa Pontificia.

Si la muerte hubiere ocurrido fuera de Roma, le corresponde al Colegio de los Cardenales disponer lo necesario para un digno y decoroso traslado del cadáver a la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

Juan Pablo II dispuso precisamente que a nadie le está permitido tomar con ningún medio imágenes del Sumo Pontífice enfermo en la cama o difunto, ni registrar con ningún instrumento sus palabras para después reproducirlas. Si alguien, después de la muerte del Papa, quiere hacer fotografías para documentación, debe solicitarlo al Cardenal Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, el cual, sin embargo, no permitirá que se hagan fotografías del Sumo Pontífice si no está revestido con los hábitos pontificales.

Cuando se produzca la sepultura del Sumo Pontífice y durante la elección del nuevo Papa, no se puede acceder ni habitar ninguna parte del apartamento privado del Sumo Pontífice. El tiempo transcurrido entre el fallecimiento del pontífice y la convocatoria del cónclave se denominan novendiales, nombre que viene de la costumbre de celebrar el cónclave nueve días después de la muerte del Papa, pero una vez iniciado, una demora podría verse –por la prensa generalmente-, como una señal de desunión de los cardenales.

En el Motu proprio Normas Non Nullas del 23 de febrero de 2013, expedidas por Benedicto XVI para modificar la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, se establece que, al fallecer o renunciar el Papa, cesan en el ejercicio de sus cargos quienes ocupen funciones en la Curia Romana. Hay excepciones, al respecto, pues el Camarlengo de la Santa Iglesia Romana y el Penitenciario mayor son los dos únicos jefes de dicasterio de la curia cuyas funciones no cesan durante la "Sede vacante". De hecho, las del Camarlengo aumentan realmente durante este período, pues desarrolla amplias funciones en el período de sede vacante y en el Cónclave. Sus funciones son precisamente garantizar los derechos de la Sede Apostólica mientras dure la sede vacante y en el Cónclave de elección pontificia.

Previo un desfile desde la capilla Paulina del Palacio Apostólico, se desarrolla en la capilla Sixtina, y culmina inmediatamente después de la elección. Previamente se desarrolla la denominada congregación particular con el camarlengo y tres cardenales, uno por cada orden (diaconal, presbiteral y episcopal) y, la congregación general, con todos los cardenales para preparar la elección, para lo cual deben prestar juramento, obligación y promesa de mantener un escrupuloso secreto de todo lo que ocurra en el cónclave. Ese juramento también lo prestan el maestro de celebraciones litúrgicas pontificias, los dos médicos, los dos religiosos, el secretario de la asamblea, los ocho ceremonieros, los sacerdotes confesores y los que estén adscritos a los servicios de comedor y limpieza, así como los miembros de la seguridad, del mantenimiento y de la Guardia Suiza.

Después de la oración inicial “Veni Sancte Spiritus”, seguida por la plegaria “Adsumus”, toma la palabra el cardenal Decano que, en lengua italiana, saludó a los presentes informándoles de los acontecimientos relacionados con la Sede Vacante y del desarrollo de las Congregaciones reguladas por la Constitución apostólica “Universi Dominici Gregis”. A continuación, se facilitan indicaciones técnicas sobre el uso de los micrófonos y de los aparatos para las votaciones. En el Aula había intérpretes para la traducción simultánea en cinco idiomas: italiano, francés, alemán, español, e inglés.

En el cántico de la letanía de los Santos se han introducido en 2013 nombres no citados habitualmente, pero que corresponden a la Iglesia universal, como los Patriarcas y Profetas Abraham, Moisés y Elías; San Marón del Líbano; San Frumencio, de Etiopía y Eritrea; Santa Nina de Georgia; San Gregorio el Iluminador, de Armenia; San Patricio de Irlanda, y otros santos que representan a diversos pueblos de la tierra como los mártires de Canadá, de Uganda, de Corea, de Oceanía; Santa Rosa de Lima, por América Latina, y algunos Papas entre los que se encuentra San Pío X.

El solemne juramento de los cardenales, ya dentro de la Capilla Sixtina, organizados y distribuidos sus asientos en dos filas a cada lado del altar, paralelas a los muros laterales, sigue la fórmula establecida en la Constitución Apostólica “Universi Dominici Gregis”: cada uno de ellos, posando la mano sobre el evangelio, dice la formula ya mencionada.

Cuando el último de los cardenales electores ha terminada de prestar juramento, el maestro de ceremonias dice la fórmula tradicional "Extra omnes" y aquellos que no participan en el Cónclave abandonan la Capilla Sixtina.

Presente todavía el maestro de ceremonias, los cardenales tienen otra meditación que tiene que versar sobre el grave deber que tienen ante sí de elegir al Papa, moviéndose con rectitud de intención, buscando solo cumplir la voluntad de Dios, y mirando únicamente al bien de toda la Iglesia.

Tras esta exhortación, el cardenal que preside el cónclave propone al Colegio de los Electores que accedan a la primera elección del Cónclave.

Otra innovación fue respecto a las urnas para recoger los sufragios, pues al cáliz y al copón, previstos en las normas anteriores, era necesario añadir una nueva urna para recoger las eventuales papeletas de los cardenales con derecho a voto, pero impedidos por enfermedad de salir de su habitación y estar presentes en los escrutinios de la Capilla Sixtina. Así, en lugar de fabricar la única urna que faltaba, se pensó en hacer tres nuevas, en primer lugar, para que fueran más funcionales, pero también para darles un mismo estilo, digno y artísticamente válido de cara a al servicio al que se destinaban.

Dicha fumata se produce gracias a las chimeneas instaladas en la Capilla Sixtina, que son dos, las dos de hierro fundido: una de 1938, y la otra de 2005. En la primera están grabadas las fechas de los cinco Cónclaves a los que han servido: desde el que eligió a Pío XII, hasta el último, el de 2013, cuando el cardenal Bergoglio se convirtió en Francisco y a partir de ahí, recayó en sus manos el futuro de la catolicidad. En la chimenea antigua se queman las papeletas de las votaciones; en la otra, en la moderna, se "fabrica", con un dispositivo electrónico, el humo negro o blanco que indica al mundo el resultado de las votaciones hasta que se produzca la elección. Dos por la mañana y dos por la tarde.

Desde el Cónclave de 2005, para poder distinguir mejor el color de las fumatas, se utiliza un aparato auxiliar con fumógenos además de la estufa tradicional donde se queman las papeletas de las votaciones. Este aparato está instalado al lado de la estufa, y tiene un compartimento donde -según el resultado de las votaciones- se colocan cajetines que contienen fumógenos de diferente composición. El encendido se realiza mediante una centralita electrónica, y dura varios minutos, a la vez que en la estufa se queman las papeletas.

Para conseguir el color negro de la fumata, la composición química de los fumógenos es: perclorato de potasio, antraceno y azufre. Para la fumata blanca se usa clorato de potasio, lactosa y colofonia. La colofonia, llamada también "pez de Castilla", es una resina natural de color ámbar obtenida de las coníferas. Antiguamente, para producir el color negro se usaba el nerohumo o la brea, y para el blanco, paja mojada.

Las chimeneas de la estufa y del aparato auxiliar se unen en un único conducto que desde el interior de la Capilla Sixtina desemboca cerca de la cumbrera de la cobertura del edificio. Para mejorar el tiro, las chimeneas se calientan con una resistencia eléctrica. Además, tienen un ventilador de reserva.

Yo consideré que Benedicto XVI podría asistir al cónclave, pero no podría votar por la edad. Sin embargo, para algunos quedaba la duda sobre si conservaba al retirarse la dignidad cardenalicia, más no el oficio, porque en cuanto a la consagración episcopal sí la continuó detentando como antiguo obispo de Roma y pasó a tener todas las prerrogativas existentes para los obispos eméritos, pues no perdió el oficio eclesiástico de acuerdo con el documento de la Congregación para los Obispos del 2008, y por lo menos, en teoría, podría volver a ser elegido en la Sede de Pedro.

De acuerdo con el Motu proprio Constitutione Apostolica del año 2007, si en los escrutinios 33 o 34 no se alcanza resultado positivo, se pasa al balotaje entre los dos cardenales o los dos candidatos que en el último escrutinio hubieren obtenido el mayor número de votos, pero dichos candidatos, si están presentes en el cónclave, no podrán votar, para garantizar así libertad en la escogencia de quien ejercerá el .

Es esta una elección que no requiere confirmación, por tanto, se dice que es una elección constitutiva, que se perfecciona cuando el elegido acepta si es cardenal, o es consagrado obispo en caso de no serlo, o llega a Roma en caso de residir fuera del Vaticano.

Con posterioridad a la elección, el nuevo Papa escoge el nombre y lo da a Conocer al maestro de celebraciones litúrgicas pontificias, quien elabora un acta notarial, firmada por los dos ceremonieros como testigos. Luego los cardenales prestan homenaje y obediencia al pontífice quien siendo anunciado por el cardenal prodiacono con la bella fórmula annuntio vobis gaudium magnum; Habemus Papam, es decir, os anuncio con gran alegría, tenemos Papa, antes de que éste proceda a impartir la bendición para la ciudad y el mundo, Urbi et orbi.

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