Así sobreviví al matoneo en mi colegio por ser gay

Así sobreviví al matoneo en mi colegio por ser gay

Daniel relata la burla y las dificultades que pasó por señalamientos a su sexualidad.

Matoneo

Entré al colegio cristiano desde sexto grado. A mi madre le gustó esa institución porque según ella iba a tener buenos amigos, pero lo que realmente ocurrió fue que esas personas me destruyeron.

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Juan Carlos Soriano

Por: Daniel* 
14 de noviembre 2018 , 11:50 a.m.

Mi nombre es Daniel, soy abogado, tengo 23 años y estudie 6 años en un colegio cristiano del norte de Bogotá siendo gay. ¿Cómo lo hice? Antes de responder es necesario que cuente mi historia y lo que he tenido que pasar por tomar la decisión de demostrar lo que realmente soy.

Cuando pienso en mi infancia son cortos y breves los recuerdos que llegan. Recuerdo que cuando tenía tres años mis padres se separaron. Allí comencé a vivir solo con mi mamá, pues mi hermano y hermana ya tenían su vida organizada.

A esa edad mi vida era como la de cualquier niño; jugaba, pero nunca con carros o muñecos, veía televisión, iba al jardín entre semana, e incluso iba a la iglesia el domingo con mi mamá.

Comencé a ser cristiano no por elección, sino por obligación. Mis padres y mi familia llevaban varios años perteneciendo a esta religión y yo debía seguir con la tradición.

Mis 5, 9 y 12 años son fechas que también recuerdo. No porque hayan ocurrido cosas como las que le pasan usualmente a un niño; tener el juguete soñado o aprender a montar bicicleta, sino porque cuando tenía esas edades me violaron.

En estas tres ocasiones tres primos abusaron de mi cuando mi mamá me dejaba solo con ellos por diferentes razones, sobre todo por ir a trabajar y regalarme lo que siempre había querido para navidad.

Pero esa no es precisamente la historia que quiero contar. Lo que quiero plasmar es el bullying, el matoneo, la burla, los deseos de no vivir más, la confrontación con la realidad, las fuerzas que saqué desde el fondo de mi ser y la felicidad que siento al estar con un hombre.

Noveno grado

Entré al colegio cristiano desde sexto grado. A mi madre le gustó esa institución porque según ella me iba a consagrar más a Dios e iba a tener buenos amigos, pero lo que realmente ocurrió fue que esas personas me destruyeron y terminé alejándome más del cristianismo.

Sexto, séptimo y octavo grado fueron normales para mí, salvo una cosa: siempre me la pasaba con mujeres que con hombres sin saber por qué. Simplemente me sentía mejor teniendo amigas.

En noveno grado, cuando tenía 14 años, fue cuando comenzó todo. Mis compañeros empezaron a criticarme y a juzgarme porque tenía comportamientos femeninos y porque nunca compartía con hombres.

En los corredores, en los salones, en el parque, en las canchas y hasta en el restaurante escuchaba comentarios de que era gay. “Daniel es marica”, “Daniel es una mujer”, “A Daniel le gusta besar hombres”, “Daniel es un pecador”, era lo que decían cuando me veían.

No pronunciaban los comentarios duro porque los profesores estaban constantemente pendientes de nosotros, pero sí se aseguraban de que yo los escuchara.

Ellos creían que si era gay estaba cometiendo un pecado muy grave y que por ello me iba a ir al infierno. A veces se me acercaban y me decían que no era cristiano porque no me gustaban las mujeres. Me decían que estaba desobedeciendo lo que decía la biblia porque no estaba cumpliendo el diseño de Dios, (el hombre de estar con una mujer) y que por eso no iba a estar en gracia delante de él y no iba a poder tener una buena relación con él.

No solo decían cosas sino que también se reían de mí, me hacían mala cara y cuando teníamos que hacer trabajos en grupo nadie se quería hacer conmigo.

Respecto a todo ello yo no decía nada, actuaba frío y sin darle importancia, pero por dentro sentía que cada palabra, gesto y mirada me destruía. Ellos estaban describiendo en mí una identidad que yo no sabía que tenía o que a lo mejor no tenía la valentía para explorar.

Después de un día lleno de críticas llegaba a mi casa, me encerraba en mi cuarto y me ponía llorar. Me preguntaba quién era yo, pensaba por qué tenía que ser la burla de mis compañeros y me cuestionaba porque si Dios es amor y todos éramos cristianos tenían que ser así conmigo.

Ellos creían que si era gay estaba cometiendo un pecado muy grave y que por ello me iba a ir al infierno

Sufrí de ansiedad todo ese tiempo. Bajé seis kilos y dejé de hacer lo que más me gustaba que era cantar. En sexto, séptimo y octavo grado estaba en coro pero en noveno me retiré porque comenzaron a burlarse de mi delgada voz.

Encontré refugio en el alcohol y el cigarrillo, lo único que quería era escapar de mi realidad. No volví a la iglesia los domingos, y mi biblia, que siempre estaba en mi mesa de noche, la escondí. 

Hasta ese momento no le había contado nada a mi mamá porque no quería cargarla con mis problemas, intentaba ocultarlos lo mejor que podía. Pero todo ese dolor y rabia terminaron saliendo de mí un día.

Recuerdo que una tarde había un evento en el colegio y estábamos todos reunidos en la cancha de fútbol. El rector estaba hablando por un megáfono y pidió que se pararan solo las mujeres, en ese instante escuché a un compañero decirme delante todo el mundo que me parara porque era mujer.

Cuando llegué a la casa hice lo que ya se había convertido en mi rutina: llorar. Al día siguiente decidí no tomar el bus del colegio y escaparme, irme lejos y perderme.

Mi mamá me encontró en la tarde y me regañó. Luego de escucharla le conté lo que estaba pasando, le dije que en ese colegio estaban diciendo que yo era gay. Al principio ella se puso brava, pero después se sentó en mi cama, me abrazó y me dijo que sin importar lo que fuera ella no iba a permitir que me hicieran daño.

Ella fue a hablar con el rector sobre el tema y contempló cambiarme de colegio, pero sentía que ya no tenía gracia hacerlo, el daño ya estaba hecho. Supongo que conté sobre el matoneo muy tarde.

Ellos estaban describiendo en mí una identidad que yo no sabía que tenía o que a lo mejor no tenía la valentía para explorar.

Décimo grado

Para décimo grado, el colegio decidió no renovarle la matricula a esa persona que me dijo públicamente gay.

Comenzando también ese año, el rector entró a mi salón y les pidió a mis compañeros que me ofrecieran disculpas por cualquier comentario dicho. Ellos lo hicieron.

Esperé que luego de eso el psicólogo o el pastor me llamaran, que hablaran conmigo, que me preguntaran como me sentía, que me dieran indicaciones o que al menos me reprendieran porque si era gay estaba cometiendo un pecado, pero ninguno lo hizo.

Se supone que es un colegio integral cristiano, que se preocupa por tus problemas, que te ayuda a sentirte mejor, que te rodea del amor de Dios, pero a mí nunca me ayudó.

Nunca me hablaron sobre identidad de género, las cosas que aprendí y que estaba resolviendo las estaba haciendo solo, con ayuda de mis amigos del conjunto y del internet.

A partir de ese día, en el que me pidieron perdón, todos comenzaron a comportarse de manera distinta. Los trabajos en grupo ya no era un martirio porque de manera extraña todos querían hacerse conmigo, no volví a escuchar ningún comentario sobre mí y los hombres empezaron a ofrecerme su amistad.

Puedo decir que ese año fue un tiempo de tranquilidad. Gracias a la ausencia de las críticas pude concentrarme en mí y en encontrar mi identidad. La respuesta la tuve cuando dejaron de hacerme bullying.

Mis amigos del conjunto fueron los que me ayudaron a resolverlo. Ellos, muy diferentes a los del colegio, me explicaron muchas cosas que después iba y comprobaba en internet.

No me compartían de la biblia ni me discriminaban porque estaba desobedeciendo lo que se decía allí, ellos nunca se interesaron por saber que me gustaba ni mucho menos me juzgaron por ello.

Con ellos comprendí que sentía una atracción emocional hacia los hombres, entendí que quería escuchar un te amo de una voz masculina, que quería apoyarme en el hombro de un hombre y coger su mano.

Sentía que siendo gay estaba haciendo lo que desde pequeño siempre había querido ser.
Pero ahora, el decirle a mi mamá la verdad era lo que me trasnochaba.

La respuesta la tuve cuando dejaron de hacerme bullying

Once grado

Fue un 31 de diciembre, listo para entrar a once grado, cuando confronté la realidad.

Estaba realizando mi cartelera de los sueños para el siguiente año, una con cuatro espacios: académico, laboral, económico y emocional.

Para ese último espacio había recortado una pareja heterosexual con hijos y la estaba pegando allí cuando mi mamá se acercó y me dijo en el odio: “Dios te va a dar los que tu deseas y no lo que estas poniendo allí”.

Quedé sorprendido, pensé que ella no se había dado cuenta de tantas cosas por las que había pasado y de lo que pedía con urgencia salir de mí.

No dije nada aquel día, pero el 1 de enero de 2011 decidí a hablar con ella del tema y empezar a mostrar lo que era.

Invité a mi mamá a un helado y en el camino se lo dije. Antes de pronunciar la palabra ‘gay’, ella me dijo: ‘Espera, ya se lo que vas a decir, y solo quiero decirte que para mí siempre será un hombre, así te gusten las mujeres o los hombres, para mí siempre serás hombre y apoyo tus gustos’

Al escuchar sus palabras se me aguaron los ojos y a ella igual, nos abrazamos en plena calle y nos pusimos a llorar.

Desde ese día soy abiertamente gay. Luego de 7 años siéndolo, puedo decir que sobreviví gracias al valor, la fuerza y las ganas de demostrarle al mundo que no existe una etiqueta en cuanto al amor, que los paradigmas están diseñados para ser a los diferentes infelices.

También me ha ayudado la meditación. Me ha servido porque con ella me he tomado el tiempo de pensar lo que quiero.

Mis amigos del conjunto marcaron un punto importante en el proceso. Sobreviví gracias a que sabían escuchar, aconsejar, respetar y tolerar. A que entendieron que uno nunca puede lastimar a alguien por sus gustos.

Agradezco a la burla de mis compañeros del colegio cristiano porque me hicieron más fuerte, porque sin querer me ayudaron a explorar lo que sentía desde que nací.

Hoy en día, soy cristiano por elección y pienso que gracias a Dios he podido salir y avanzar en este proceso. Mi relación con él no se ve afectada porque soy gay, como siempre me lo dijeron en el colegio. Al contrario, siento que se ha fortalecido más.

Logré separar a las personas y a Dios. Por mucho tiempo tuve rabia con él por lo que me estaba pasando pero entendí que no era su culpa.

Por último, he sobrevivido escuchando y siguiendo mi interior. No fue fácil ni lo ha sido, siempre estamos expuestos a las críticas y a las burlas, pero cuando se es feliz nada más importa, todo desaparece.

Todos los días me digo lo siento sociedad si no te gusta, pero este soy yo. Lo siento, pero estoy siguiendo lo que arde en mi corazón: ser gay.

DANIEL (Es un nombre ficticio que se incluyó por petición del personaje)

*Esta historia contó con la narración y la investigación de ANDREA HERNÁNDEZ BACCA (andbac@eltiempo.com), periodista de ELTIEMPO.COMSi quiere compartir su testimonio con nosotros en la sección #CómoSalíDe puede escribirnos al correo albsua@eltiempo.com. Todas las historias son valiosas para este espacio.

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