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La tradición religiosa de casi 500 años que rompió la pandemia
Procesiones 

La tradición religiosa de casi 500 años que rompió la pandemia

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Por primera vez desde el siglo XVI, los nazarenos de Tunja no salieron a las calles en Semana Santa.

Entre nubarrones de incienso aparecen estos hombres vestidos con túnicas, guantes y capirotes, esos gorros altos en forma de cono que usaban los condenados a muerte en España durante la Edad Media, y que aparecen en algunas pinturas goyescas de la Inquisición. Se les conoce como nazarenos o penitentes.

Solo se les ven los pies y, desde muy cerca, una fracción de los ojos. Caminan descalzos durante horas por las calles de Tunja, cargando sobre sus hombros imágenes religiosas que pueden pesar más de una tonelada. Pero lo que más llama la atención no es el tamaño de esas esculturas sacras, sino los atuendos de quienes se asoman bajo ellas.

Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Así se celebraba la Semana Santa en la capital de Boyacá hasta que la pandemia por la covid-19 comenzó.

Julián Ríos Monroy

La escena solo tiene lugar durante una de las cincuenta y dos semanas del año: la Semana Santa. A lado y lado, en los andenes, cientos de feligreses, turistas y curiosos se asoman para ver los desfiles, que se organizan casi de la misma forma desde hace 480 años en la capital de Boyacá.

Se organizaban. Este 2020, la pandemia causada por el nuevo coronavirus obligó a que la tradición se rompiera. “Es la primera vez que no podemos hacer la procesión de Semana Santa en Tunja. En otros años suspendíamos algún desfile por la lluvia, pero nunca había pasado que no pudiéramos sacar los pasos”, dice José Manuel Montero.

Montero es el presidente de la Sociedad de Nazarenos de Tunja, una hermandad que apareció a finales del siglo XVI y fue la primera del Nuevo Reino de Granada. Ahora funciona como organización sin ánimo de lucro y congrega a los 350 penitentes que, organizados en 26 grupos, año a año se visten con estos trajes que impresionan a los adultos y atemorizan a uno que otro niño.

Carlos Mora es uno de ellos. Cuando ingresó a la Sociedad, a los 14 años, tenía el cabello negro, pero ya se le empieza a teñir de gris.

En 47 años que lleva como nazareno, es la primera vez que debe cambiar los altares monumentales de las parroquias tunjanas por uno pequeño que armó con su familia en casa. “Por cuenta del coronavirus, con los compañeros decidimos continuar en oración desde los hogares, armar nuestros altares y colocar una cruz en la puerta”.

Las calles de Tunja, que por estas fechas de otros años no dan abasto, hacen pensar que los feligreses hicieron lo propio. Están vacías a causa del confinamiento que comenzó en el país desde el 25 de marzo.

Para el Domingo de Resurrección, el último día de la Semana Santa de 2020, 31 de las casi 3.000 personas  portadoras de covid-19 en Colombia estaban en Boyacá.

Las primeras procesiones, organizadas por el sacerdote español y cronista de Indias Juan de Castellanos hace casi 500 años, eran encabezadas por la nobleza tunjana. Aunque durante décadas la tradición estuvo en manos de las mismas familias y pasaba de generación en generación, ahora cualquier creyente se puede convertir en nazareno.

Cuando los incensarios se apagan y los desfiles terminan, algunos penitentes –ya resguardados en las iglesias– se liberan del capirote y revelan su identidad. Entre los rostros descubiertos los tunjanos comienzan a reconocer al médico que los atiende, el panadero de su barrio, el profesor del colegio, el portero de su edificio o el papá de algún amigo.

Pedro Antonio Hernán, que se jacta de poder cargar con sus 78 años encima, dice que para ser nazareno “no se necesita pertenecer a ningún estrato ni tener ninguna profesión, solo tener la fe y el compromiso”.

Semana Santa en Tunja

Solo cuando las procesiones acaban es posible ver el rostro de algunos de los penitentes.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Solo cuando las procesiones acaban es posible ver el rostro de algunos de los penitentes.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Solo cuando las procesiones acaban es posible ver el rostro de algunos de los penitentes.

Julián Ríos Monroy

Esas dos características deben abundar. Aunque el linaje desapareció de los requisitos para ser penitente, portar el capirote es el resultado de varias pruebas.

Primero, los aspirantes, mayores de 16 años, deben estar durante dos años en una escuela, donde se instruyen en temas litúrgicos y estatutarios de la Sociedad de Nazarenos y, además, conocen la historia de las imágenes que algún día llevarán a cuestas.

Luego de aprobar un examen y hacer un juramento, pasan a ser miembros activos. Y, con eso, aparece la obligación de asistir a las reuniones mensuales que hace cada uno de los grupos y las asambleas anuales de los 350 penitentes en pleno.

También deben pagar una membresía, que sirve para cubrir parte de los gastos de organización de las procesiones y mantenimiento de las imágenes, que asume la Sociedad de Nazarenos casi por completo.

“Somos una sociedad comunitaria al servicio de Dios y tenemos unas reglas. Con tres fallas a las reuniones, la gente debe retirarse. No puede ser que usted vaya, cargue un año y se desaparezca hasta el próximo”, explica Carlos Mora.

Es solo una semana, pero a los hombres detrás de las túnicas y los capirotes les cuesta todo el año organizarla. De cierto modo, viven en función de su papel como nazarenos.

“Yo pido vacaciones para la fecha en que se programe Semana Santa. Los que sufren un poco son nuestros familiares, porque para mucha gente es una semana de descanso, de ir de paseo, mientras que uno como nazareno anhela que esos días lleguen”, dice Juan Pablo Hoyos, un tunjano que lleva 15 años como penitente.

En su familia, las banderas de la Sociedad de Nazarenos están presentes desde hace casi un siglo. Primero fue su bisabuelo, luego su abuelo, después su padre, y, ahora, él y sus dos hermanos, que salen a las procesiones infantiles desde los siete años.

Semana Santa en Tunja procesion niños

Este 2020 se cumplían 60 años de la procesión infantil, que tiene lugar todos los jueves santos.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja procesion niños

Este 2020 se cumplían 60 años de la procesión infantil, que tiene lugar todos los jueves santos. Imágenes de 2018 y 2019.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja procesion niños

Este 2020 se cumplían 60 años de la procesión infantil, que tiene lugar todos los jueves santos. Imágenes de 2018 y 2019.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja procesion niños

Este 2020 se cumplían 60 años de la procesión infantil, que tiene lugar todos los jueves santos. Imágenes de 2018 y 2019.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja procesion niños

Este 2020 se cumplían 60 años de la procesión infantil, que tiene lugar todos los jueves santos.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja procesion niños

Este 2020 se cumplían 60 años de la procesión infantil, que tiene lugar todos los jueves santos.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja procesion niños

Este 2020 se cumplían 60 años de la procesión infantil, que tiene lugar todos los jueves santos. Imágenes de 2018 y 2019.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja procesion niños

Este 2020 se cumplían 60 años de la procesión infantil, que tiene lugar todos los jueves santos. Imágenes de 2018 y 2019.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja procesion niños

Este 2020 se cumplían 60 años de la procesión infantil, que tiene lugar todos los jueves santos. Imágenes de 2018 y 2019.

Julián Ríos Monroy

El Jueves Santo es el día en que los grandes le ceden su espacio a los chicos. Los pasos procesionales –como se les conoce a las esculturas que cargan los penitentes– pasan de ser de escala real a miniaturas que niños y niñas desde los 6 años llevan a cuestas.

Ese día se ven pasear por la ciudad burros con jinetes que hacen las veces de Jesús, aunque aún no puedan hablar lo suficientemente claro como para predicar la palabra. Otros toman las espadas, cascos y escudos de la Guardia Romana, una organización que custodia los pasos de la Sociedad de Nazarenos y también tiene su cuota ‘junior’ en la procesión infantil.

El jueves desaparecen los rostros cubiertos y los pies descubiertos. Aunque por varios años los participantes de la procesión infantil caminaban descalzos, tras la expedición del Código de Infancia y Adolescencia las sandalias y alpargatas llegaron a la procesión.

Tunja, junto con Popayán, Mompox y Pamplona son algunas de las pocas ciudades que conservan sus tradiciones religiosas desde hace siglos, pero solo en la fría capital de Boyacá se mantiene el uso del capirote y la costumbre de los pies desnudos.

“Estar descalzo no es una flagelación. Es una penitencia, pero es sobre todo un acto de humildad. Uno lo hace como un acto espiritual”, explica Juan Pablo.

Él y las tres generaciones de familiares que le antecedieron saben lo que es enterrarse un vidrio en el pie mientras se tiene encima una escultura sacra que puede pesar entre 700 kilogramos y una tonelada. También conocen la sensación de quemarse con un carbón encendido que por error se cae de un incensario. Los gajes del oficio.

Semana Santa en Tunja

Caminar descalzos y ocultar sus rostros bajo el capirote son las tradiciones más peculiares de los nazarenos de Tunja. Imágenes de las procesiones de 2018 y 2019.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Caminar descalzos y usar capirotes son las tradiciones más peculiares de las procesiones de Tunja.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Caminar descalzos y usar capirotes son las tradiciones más peculiares de las procesiones de Tunja.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Caminar descalzos y usar capirotes son las tradiciones más peculiares de las procesiones de Tunja.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Caminar descalzos y usar capirotes son las tradiciones más peculiares de las procesiones de Tunja.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Caminar descalzos y usar capirotes son las tradiciones más peculiares de las procesiones de Tunja.

Julián Ríos Monroy

Usar el capirote parece ser más un acto de privacidad que de penitencia. “No queremos que la gente en el exterior sepa quién está cargando y cómo lo está haciendo”, dice uno de los nazarenos.

Otro de sus compañeros, que lleva más de 40 años en la Sociedad, explica que “con el capirote se evitan distracciones y burlas. Uno se concentra en lo que está haciendo, en su fe y devoción”.

Aunque detrás de cada acto hay una mística que se muestra inherente a la tradición pero tiene una interpretación subjetiva, el no romper con las costumbres no solo conlleva un sacrificio personal, sino también una maraña de técnicas para que las procesiones, que son los actos más concurridos por los tunjanos y turistas, salga a la luz sin percances.

En la parte delantera de algunos pasos aparece una campana pequeña, que el jefe de paso golpea una vez para arrancar y dos cuando el desfile se detiene. Otros grupos, en lugar de la campana, golpean con un anillo el anda de madera para dar las órdenes.

Distribuir correctamente el peso de las gigantes imágenes sacras que llevan a cuestas es otro de los retos que tienen los nazarenos.

En su argot, la primera vez que les permiten cargar el paso se conoce como ‘el palomazo’ y es, más que una prueba de resistencia, un intento del penitente por descubrir cómo acomodarse para soportar la carga que le corresponde del total del peso de su imagen. En unos pasos procesionales pueden ser 50 kilos, en otros hasta 100.

Semana Santa en Tunja

Para evitar eventualidades, los penitentes han desarrollado prácticas que les permiten entenderse en medio de las procesiones. Tocar la campana es una de ellas.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Para evitar eventualidades, los penitentes han desarrollado señales que les permiten entenderse en medio de las procesiones. Tocar la campana es una de ellas.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Para evitar eventualidades, los penitentes han desarrollado señales que les permiten entenderse en medio de las procesiones. Tocar la campana es una de ellas.

Julián Ríos Monroy
Semana Santa en Tunja

Para evitar eventualidades, los penitentes han desarrollado señales que les permiten entenderse en medio de las procesiones. Tocar la campana es una de ellas.

Julián Ríos Monroy

Durante años han ido descubriendo la técnica, calculando cómo organizarse según su estatura, con qué pie arrancar, qué tanto apretar el cíngulo (el cordón que usan alrededor de la cintura).

Aunque en algunos grupos se permiten los relevos o cambiar de lado para reemplazar el hombro izquierdo por el derecho, los más tradicionales tienen una consigna: “aguantarse o aguantarse”.

Según Juan Pablo: “El nazareno nunca va a querer  dejar de cargar. Uno casi siempre tiene su puesto, por eso se oye decir que ‘este es mi palito’, pero se pueden hacer cambios dependiendo de lo que la salud demande”.

Para echarse al hombro ese peso y soportarlo durante horas, también les sirven las almohadillas que Olga Puin, esposa de un nazareno y confeccionista de varios, les fabrica para incrustar en el anda.

Desde hace 15 años, Olga se encarga de vestir a buena parte de los 350 nazarenos. Les muestra las telas para sus trajes –el lino la más asequible, la satinada su favorita–, les toma la medida de los ojos para hacer los orificios casi exactos en el antifaz y la del contorno de la cabeza para que el capirote esté en su puesto.

También moldea en cartón los conos de esos gorros puntiagudos para que no pierdan la forma y altura que tanto impresiona, y revisa las procesiones de ciudades españolas como Sevilla, Cádiz, Monóvar y Zamora, de donde se importaron estos desfiles durante la época de la Conquista, para tener referentes de los diseños y colores de las túnicas.

Pero cuando se han caminado más de dos kilómetros con semejante peso a cuestas y el cansancio se asoma, más de un penitente agradece con más ímpetu la almohadilla que protege su hombro de la rigidez de la madera que el traje que oculta su identidad.

“Hay gente que se ha lesionado en la primera cargada”, me cuenta Juan Pablo. Su ‘palomazo’ llegó en la mañana de un Viernes Santo, cuando se celebra el Santo Viacrucis.

En tiempos sin pandemia, esta actividad congrega a tantos asistentes que la plaza de Bolívar de Tunja –una de las más grandes de Latinoamérica– se queda corta para recibirlos. A su alrededor, sobre los hombros de los nazarenos, aparecen las imágenes que recrean cada estación de la pasión de Jesús en el camino al calvario.

Julio César López, párroco de la Catedral Metropolitana de Tunja, cuenta que este año “el viacrucis tuvo que hacerse dentro del templo, siguiendo el recorrido de las estaciones que están fijas en su interior”.

Esta y las demás celebraciones de Semana Santa son presididas por el arzobispo Gabriel Villa y otros tres sacerdotes.

A excepción de ellos, un par de lectores y los camarógrafos del canal local –que también transmiten las eucaristías en directo través de redes sociales–, la iglesia permanece vacía.

El padre López dice que, aunque la gente no pueda acudir a los templos ni procesiones, el coronavirus ha despertado el fervor de los creyentes: “Cuando se tiene una tradición se le pierde el sentido a la misma religiosidad, pero la pandemia ha llevado a que la gente se acerque mucho más a Dios y vea la Semana Santa no como unas vacaciones, sino como un momento para no dejar de lado la espiritualidad”.

Pero, para muchos penitentes, la nostalgia no da espera. “Ver la Catedral sola da mucha tristeza. Algunos nazarenos me pidieron que solicitara el ingreso de unos pocos, pero el párroco ha sido enfático en acatar las medidas. Ni siquiera el coro pudo entrar”, dice José Manuel Montero, presidente de la Sociedad de Nazarenos.

Para varios de estos hombres entregados a las procesiones, la covid-19 no solo interrumpió una tradición de 480 años, sino que también les quitó la oportunidad de hacer su penitencia.

En el tintero se quedaron varios planes. Este año se iban a estrenar algunas réplicas de imágenes sacras que, por ser de inicios del siglo XVI, necesitan conservarse para evitar su deterioro.

La idea es reproducir con exactitud cada escultura, y hace parte de un proyecto que pretende que la Semana Santa de Tunja pase de ser patrimonio cultural inmaterial de la nación, a ser patrimonio de la humanidad.

Además, se cumplían 60 años de la procesión infantil. Cinco mil afiches conmemorativos alcanzaron a ser impresos, y casi todos los nazarenos asistieron al retiro espiritual que organiza la Sociedad antes de cada Semana Santa.

Olga y sus cuatro empleados tuvieron que parar la confección de 50 túnicas y capirotes que les habían encargado, y cientos de restaurantes, hoteles y tiendas religiosas dejaron de recibir a miles de turistas que los visitan en la semana más concurrida del año en la capital de Boyacá.

Pedro Antonio Hernán no deja de extrañarse cada vez que entra al cuarto donde guarda su indumentaria de nazareno. “Ver la túnica ahí, el capirote y saber que no se pueden usar los días que uno está acostumbrado causa mucha nostalgia”, dice.

Estará por cumplir  80 años cuando vuelva a usar sus vestimentas, sin la seguridad de que el cuerpo aún le dé para cargar esas imágenes que por 45 años han sido, tal vez, la única carga que él desea con fervor llevar sobre los hombros.

Créditos

Julián Ríos Monroy
EL TIEMPO
​En Instagram: @julianrios_m

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