Las batallas en nombre de Nuestra Señora de Chiquinquirá

Las batallas en nombre de Nuestra Señora de Chiquinquirá

Desde la colonia, la advocación de la Virgen María ha sido un símbolo de la devoción de los fieles.

Nuestra Señora de Chiquinquirá

En su visita a Colombia, el papa Francisco se inclinó y oró ante el cuadro de la Virgen de Chiquinquirá, en la Catedral Primada.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Mónica Chamorro
08 de julio 2019 , 08:19 p.m.

Corría el año del Señor de 1586 y la devota María Ramos –natural de Guadalcanal–, para reconstituirse, según cuentan las crónicas de la época, de los requiebros amorosos que su esposo infiel le causaba, se encontraba orando en una capilla de paja y tierra, frente a un cuadro que alguna vez había contenido la imagen de la Virgen María del Rosario del Niño Jesús.

Era el 26 de diciembre y en Chiquinquirá el frío, proverbial y, al parecer, etimológico (quiere decir lugar pantanoso y cubierto de niebla), de repente dejó de enfuriar sobre la cabeza de la arrodillada María y el lienzo, un cuadrado de tela de algodón tejido por los indígenas, se iluminó y la figura de la Virgen, flanqueada por san Andrés Apóstol y por san Antonio de Padua, se renovó en todo su original y pictórico esplendor.

Así tuvo lugar el milagro de la renovación y fue tal la maravilla que causó en los territorios del aún no fundado virreinato de la Nueva Granada que solo diez días después del suceso, el obispo de Tunja adelantaba ya el proceso eclesiástico para reconocer oficialmente el culto a la santísima Virgen de Chiquinquirá. Desde entonces, el resplandeciente cuadro renovado, que no ha dejado de brillar periódicamente –el último testimonio se remonta a 2001–, se convirtió en un poderoso epicentro devocional que atrajo a multitudes de peregrinos, detuvo epidemias, participó en batallas y también inspiró guabinas. Romerías han pasado sin descanso y desde Chiquinquirá se va y se viene a pagar promesas. Y se vuelve santos, tanto como para merecer un beso.

El cuadro participó en batallas: en la guerra de independencia fue invocada por todos, centralistas y federalistas, patriotas y chapetones. Incluso, sufrió un rapto: el general francés Serviez, al servicio de la causa independentista, entró a Chiquinquirá y, asediado por las tropas españolas, decidió llevarse el cuadro de la Rosa del Cielo.

El francés alegaba que quería salvaguardarlo de las manos criminales de la reconquista, pero para la escandalizada opinión del pueblo devoto aquello fue solamente y en realidad un secuestro sacrílego con criminales propósitos. Cuando Serviez, acorralado, tuvo que abandonar el cuadro, el ejército realista lo llevó en procesión de vuelta a Chiquinquirá, donde la población recibió a la Virgen y a la tropa del pacificador Morillo con igual entusiasmo.

Las batallas de la Virgen

Durante gran parte de la historia colonial y republicana, según el historiador Martín Ernesto Álvarez Tobos, Nuestra Señora de Chiquinquirá fue un importante y constante símbolo de cohesión social que, si bien concentraba a sus devotos en la sabana cundiboyacense, irradiaba y atraía creyentes de todas las regiones del país.

En esta medida, cuando a principios del siglo XX la nación se encontró con un saldo negativo en términos de memoria histórica, la Rosa del Cielo se erigió de nuevo, como una advocación oportuna y simbólica. La Virgen de Chiquinquirá será también para la generación del centenario un objeto de codicia por parte de las facciones que se disputaban el poder político en un país que no acababa de despertar de su pesadilla decimonónica.

Panamá se había perdido en manos de Roosevelt y la mitad del país culpaba a la otra mitad por la pérdida. La ruina económica y social se extendía como resultado de las innumerables guerras civiles del siglo pasado, y en particular de la guerra de los Mil Días. Los partidos políticos habían perdido su legitimidad al demostrarse incapaces de generar un proyecto de estado-nación.

En otras palabras, durante la primera década del siglo XX, la identidad nacional era un mal recuerdo y era indispensable, para evitar la ruina definitiva, buscar y encontrar nuevas formas de auto representación. Esto implicaba la práctica de ritos capaces de dar una nueva forma al pasado. Se hacía necesario conmemorar, forjar héroes, coronar Vírgenes: reconstruir o aun recrear la memoria colectiva alrededor de la idea de cohesión nacional.

La Virgen de Chiquinquirá será también para la generación del centenario un objeto de codicia por parte de las facciones que se disputaban el poder político

Incluso, la hegemonía conservadora que reinó en Colombia durante casi treinta años no dejaba de ser un cuerpo fragmentado donde militaban tirios y troyanos: nacionalistas e históricos, progresistas y reaccionarios. Carlos E. Restrepo, por ejemplo, presidente de Colombia entre 1910 y 1914, profesaba un conservadurismo de tipo soft para los parámetros de la época: tenía una visión progresista de la economía y de la sociedad, y, además, propendía por la libertad de culto. Marco Fidel Suárez, en cambio, quien pertenecía a la facción nacionalista del partido y bajo cuyo mandato se celebró la coronación del culto mariano, era un conservador hispanista que creía al mismo tiempo en Abraham Lincoln y la unión entre Iglesia y Estado.

En este contexto, la celebración del centenario era una batalla. El gobierno central, que buscaba ante todo la cohesión nacional, propendía por una consagración del papel protagónico de la zona central del país en la gesta independentista; mientras que los poderes locales, en particular los vinculados a la costa Atlántica, no dejaban de considerar este tipo de conmemoración como una expropiación de autonomía política.

El Congreso decretó que el 20 de julio sería en adelante la más importante celebración republicana y que el 7 de agosto debía considerarse como la conmemoración de la batalla definitiva que había permitido la fundación de la república. De este modo, todos los sucesos importantes se circunscribían al altiplano y se excluía a Cartagena, Mompox o Ciénaga, que tenían sus propias e importantes efemérides.

Ahí fue Troya, o casi, pues cartageneros, mompoxinos y cienagueros reaccionaron celebrando el centenario de la independencia con opúsculos, decretos e izadas de bandera que celebraban la propia independencia del poder local.

De este modo, el primer centenario de la república amenazaba con ser el último. Los cartageneros, en particular, reclamaban con virulencia el derecho a celebrar el 11 de noviembre como la fecha de la independencia nacional. El alcalde, con intenciones satíricas, invitó al pueblo cartagenero a participar de la conmemoración del 20 de julio, “para dar mayor lucimiento a la celebración de la independencia de los bogotanos”, es decir, para festejar la independencia de los habitantes de la capital: no la de Colombia y, por supuesto, tampoco la de los cartageneros.

La coronación aplazada

Entre tanto, el episcopado colombiano había solicitado al Vaticano la coronación de Nuestra Señora de Chiquinquirá, y esta gracia le había sido otorgada por el papa San Pio X en 1910: la Rosa del Cielo debía ser coronada con una lujosa tiara de oro. Pero, pese a los auspicios papales, tampoco en ese caso fue fácil poner de acuerdo a los diferentes interesados: una réplica del cuadro que se llevaba en procesión fue atacado a machete, se dijo, por liberales acérrimos, bolcheviques y enemigos de la religión. Por otra parte, la población de Chiquinquirá, cuando se enteró de que el cuadro sería trasladado a Bogotá, asaltó el templo para impedir su desplazamiento: temían que la Virgen fuese de nuevo secuestrada, como en los tiempos de la independencia.

En estos ires y venires pasaron nueve años, de suerte que solo en 1919 pudo celebrarse la coronación. Nada más oportuno para los propósitos del gobierno clerical de Marco Fidel Suárez (1918-1921), cuya imaginación de exseminarista no podía concebir nada más sublime que reunir en una sola efeméride la mayor fiesta nacional con la devoción más popular del país. Era una idea dorada para el romanticismo reaccionario de Suárez, y pudo llevarla felizmente a término el 9 de julio de ese año, en una concurrida y solemne ceremonia en la Catedral Primada de Colombia: el obispo de Tunja impuso una corona de oro y esmeraldas a la imagen, y el pueblo devoto estalló en alegría y consagró como patrona de Colombia a la bienaventurada Virgen María del Rosario de Chiquinquirá.

Días más tarde, el 7 de agosto del mismo año, se cerró el ciclo de celebraciones del centenario con la conmemoración de la batalla de Boyacá y se canonizó el triunfo del país conservador, centralista y clerical que la constitución del 86 había proyectado.
Las regiones tuvieron que resignarse de buena o mala manera a olvidar sus respectivas efemérides y, por su parte, a Cartagena solo le quedó el consuelo de elegir y coronar, los meses de noviembre de cada año, a la reina de belleza nacional.

Con la coronación de Nuestra Señora de Chiquinquirá, el poder político central se había apropiado de lo trascendental, de la verdadera reina de la patria: aquella que no necesitaba desfiles ni cuestionarios o elección; que no tenía medidas ni términos de caducidad. Se habían quedado nada menos que con la reina del universo.

MÓNICA CHAMORRO
Escritora y profesora universitaria
PARA EL TIEMPO

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