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Alfonso Llano, un cura revolucionario que llega a los 95 años
Alfonso Llano Escobar

El padre Alfonso Llano Escobar nació en Medellín en 1925. Es doctor en teología y filosofía y autor de más de 30 libros.

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Son muchas las batallas que ha tenido que librar el sacerdote jesuita, escritor y columnista.

“Ya diviso tierra firme (cielo). Falta el último trayecto. El más delicado, sin duda alguna, el más difícil y el más expuesto a tentaciones de toda clase. Quiero llegar a la meta. Por eso le pido diariamente al Señor que me dé la gracia de arribar a buen puerto. Un naufragio aquí sería fatal”.

Así comienza la columna que el sacerdote jesuita Alfonso Llano Escobar publicó en EL TIEMPO el 6 de septiembre del año 2018, bajo el título ‘¡Señor, que acabe bien!’. Fue la confesión de una persona que se sabe en el ocaso de su vida. Un testimonio de sus angustias más existenciales. En ese entonces, en su antepenúltima columna, tenía 93 años. Este viernes 21 de agosto llegó a los 95.

“El final revela la calidad de la persona, si es de oro, plata, cobre u hojalata. Jesús reveló, en la última etapa de su vida, la calidad divina de su persona: la pasión y muerte en cruz”, escribió el padre Llano, haciendo gala de la pluma exquisita que ha dejado ver en sus más de 30 libros y en su columna dominical 'Un alto en el camino', que apareció por primera vez en este diario el 22 de mayo de 1980. Aunque, en 1964 y 1970, había colaborado con 'Lecturas Dominicales' con escritos sobre sexualidad y teología.

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Una columna de culto que ha tenido que interrumpir en diferentes épocas debido a los problemas que se ha ganado con su propia comunidad religiosa, la Compañía de Jesús, y con las autoridades eclesiásticas más conservadoras. ¿Cómo entender que un cura esté a favor de los métodos de anticoncepción artificial que años atrás habían sido prohibidos por el entonces papa Pablo VI?

“Formen su conciencia y, si ustedes creen seriamente que pueden regular con métodos artificiales, continúen creyendo en Cristo, y seguirán perteneciendo a la Iglesia”, escribió en su columna, en el 2002, por la cual fue crucificado por los grupos provida. El entonces arzobispo de Bogotá, el cardenal Pedro Rubiano Sáenz, le envió una carta: “Me dolería tener que acudir a sus superiores, para que al escribir su columna no se aparte de la doctrina de la Iglesia”.

Soy audaz, pero no rebelde. Soy innovador y buscador de formulaciones nuevas de la fe

La psicóloga, escritora, columnista y feminista Florence Thomas celebró al padre Llano. Y extraña su defensa por las libertades de las mujeres, sobre todo en lo que tiene que ver con la anticoncepción. “Necesitamos más curas así, que entiendan que ya no estamos en el siglo 19, con todo ese conservatismo y ese patriarcado rancio e insoportable. Las iglesias, todas, son las que nos han puesto obstáculos a las mujeres para seguir avanzando”.

Y sigue: “lástima que no haya más padres Llanos. Padres que son capaces de hacer avanzar en los derechos de las mujeres y eso no tiene nada que ver con el credo personal”.

Soy audaz, pero no rebelde. Soy innovador y buscador de formulaciones nuevas de la fe, pero obediente al Magisterio. Por eso, como Ignacio (de Loyola), me someto hoy y siempre al juicio de la Iglesia”, dijo entonces Llano, nacido en Medellín en 1925 y ordenado en la Compañía de Jesús en 1958. La misma comunidad a la que pertenece el papa Francisco, a quien le dedicó una de sus columnas el 4 de julio del 2016:

“Usted ha manifestado ser misericordioso con los pobres, con los esposos fracasados, con los presos, los mendigos, todos, menos con los sacerdotes, que llevan desde hace diez siglos el peso ominoso de un celibato obligatorio, que se presta a toda clase de abusos, escándalos y humillaciones, frente a hermanos ortodoxos, luteranos y anglicanos que sí pueden ejercer el sacerdocio desde su vida matrimonial”, le escribió al papa Bergoglio, que antes de ser papa es jesuita, como él. Un jesuita de mente abierta y reflexiones profundas y sensatas, pero en una posición en la que le resulta imposible hacer reformas realmente estructurales en una Iglesia con más de dos mil años y posturas innegociables.

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Una mente brillante

De ese talante es el padre Llano, uno de los sacerdotes mejor formados de Colombia: teólogo, filósofo, doctor en filosofía y en teología con énfasis en moral —en universidades romanas—, prolífico autor de libros y director del Instituto de Bioética de la Universidad Javeriana, a la que ha estado vinculado durante casi toda su vida. Su relación con EL TIEMPO ha fluido de la mano con su cercanía con la familia Santos. Sobre todo con el entonces director Hernando Santos Castillo (1922-1999) quien le dio la columna en 1980.

Enrique Santos Calderón, sobrino de Hernando, cuenta que lo conoció en los años 70. “Me sedujeron su lucidez intelectual y su inconformismo con las posturas retrógradas de los jerarcas católicos. Discutíamos porque yo era ex- ateo, excatólico y agnóstico vacilante y él defendía con convicción y argumentos una concepción cristiana de la vida, con tal contenido social que poco podía refutarle”.

El también periodista y columnista destaca que sus textos trataban los problemas de los creyentes sin esguinces ni dogmas en temas como la pareja, el sexo, la familia, el adulterio y la crisis de la fe con valor e independencia y que por eso levantaba ampolla dentro de la Iglesia. “Explicaba, en lugar de condenar; prefería el discernimiento al dogma de fe y se ocupó de las penas y angustias de la gente. Por eso, sus columnas tenían tanta acogida entre creyentes y no creyentes”, sigue.

“Era provocador. No era un columnista más ni un cura más. Es un orador formidable, con su voz tan grave, capaz de dar sermones llenos de profundidad y de ideas polémicas que le generaron muchos problemas”, dice Rafael Santos Calderón, hijo de Hernando. Y revela que fueron muchos los encontrones que Llano tuvo con su papá, pues él no estaba muy de acuerdo en que abordara asuntos de la vida política como el polémico Proceso 8.000. Cientos de cartas llegaron al escritorio del entonces director de EL TIEMPO pidiéndole su cabeza. Y recuerda otro de los episodios más incendiarios del cura columnista: cuando dijo que no había evidencia de la resurrección de Cristo y cuando dijo que la Virgen María había tenido otros hijos con su esposo José. El padre Llano fue profesor de latín y griego del escritor, filósofo y periodista Jorge Restrepo, legendario director de 'Lecturas Dominicales'. Y fueron muy buenos amigos. Lo que más admira de él es su fidelidad a la vocación sacerdotal, que también significa caminar de la mano con el sacrificio.

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El padre Llano explicaba, en lugar de condenar; prefería el discernimiento al dogma de fe y se ocupó de las penas y angustias de la gente


“Representaba la idea de que las creencias no tienen que ser elementales ni rudimentarias. Que la fe no excluye la razón, ni la incertidumbre ni la duda”, dice Restrepo. Ha sido testimonio de una manera de ser y pensar y creer que tiene que ver ni más ni menos con el problema de la humanidad, con el ser y el deber ser de los hombres. Le deseo otros 95 años si fuera posible, porque no sé si crea en la resurrección”.

Monseñor Pedro Mercado es el presidente del Tribunal Eclesiástico y fue secretario general y vocero de la Conferencia Episcopal de Colombia. “Desde muy joven fui cautivado por su pluma y lo leo siempre con gusto, aunque no esté siempre de acuerdo con lo que escribe. Admiro también su perseverancia vocacional y su piedad. Es un gran ser humano, un buen sacerdote y un prodigioso columnista. Tres cosas que nos hacen falta hoy en el país”, opina y añade que Llano dio voz a esas preguntas trascendentales sobre Dios y sobre el sentido de la vida. “Es lógico que sus columnas hayan suscitado controversia dentro y fuera de la Iglesia. Para eso fueron escritas, para suscitar preguntas”.

El padre Llano fue fundamentalmente un formador de las conciencias. No solo de sus lectores. También de sus estudiantes en la Universidad Javeriana, donde se desempeñó como decano de la facultad de Medicina. Eso lo explica el sacerdote jesuita, abogado, periodista y filósofo Luis Felipe Gómez, rector de la Universidad Javeriana en Cali.

“Fundamentalmente, lo que él buscaba con sus estudiantes era darles las claridades de criterios para la toma de decisiones en el futuro. Por eso, son bien interesantes sus posturas cuando se vinieron todas esas situaciones complejas para instituciones católicas sobre el aborto”, dice Gómez, quien hace varias décadas fue el director del periódico La Patria, de Manizales.

Se refiere al caso del Hospital San Ignacio, de la Javeriana en Bogotá, que tenía que cumplir con las reglas del Ministerio de Salud en las causales en las que está despenalizado el aborto (cuando existe peligro para la salud física o mental de la mujer, cuando exista grave malformación del feto y en caso de violación).

“El dejó un escrito muy bonito que era una propuesta para el Congreso para ampliar ese margen de incidencia de la libertad de conciencia: que no solamente fuera para personas naturales sino para personas jurídicas y eso es, en el fondo, respetar las culturas organizacionales y de valores que también las instituciones pueden tener”.

Un segundo aspecto que Gómez resalta es su intención del desarrollo de las ciencias alrededor de la bioética. Y en ese sentido aparece la creación del Centro Nacional de Bioética (Cenalbe) que tuvo mucha importancia y que formó a una gran cantidad de profesionales en este campo a nivel de maestrías.

Carlos Novoa también es jesuita y gran amigo del padre Llano. De Llano, dice, es un hombre que ha buscado vivir el ejemplo de San Ignacio de Loyola, el militar y luego religioso español que fundó la Compañía de Jesús, quien solía decir que quien vive en el Evangelio no necesita ninguna regla.

“Es un teólogo muy serio, que busca adaptar la teología a las circunstancias de tiempos, lugares y personas. Es un hombre muy estructurado, un brillante académico y un escritor prodigioso. Es un hombre en salida, que sale al encuentro con Jesús, quien ya lo hizo libre”. De vez en cuando, Novoa va a visitarlo a la casa donde transcurre su retiro. La última vez que lo vio, hace unos meses, estaba leyendo un libro sobre teología y otro sobre bioética. Conversaron un rato. Lo vio cansado, pero tranquilo.

El padre Llano no ha querido volver a dar entrevistas y está alejado de la vida pública. Ayer salió su más reciente columna, en la que celebraba sus 95 años.

“De mi vida puedo decir que ha sido plena, feliz, desbordante. Por esto mismo deseo compartir con mis lectores y hacerlos partícipes de mi fe en Jesucristo. He vivido una vida plena, llena de sentido, abierta al más acá y al más allá, luminosa y radiante. Puedo decir al igual que el poeta Neruda: “¡Confieso que he vivido!”.

JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
EDITOR DE EL TIEMPO
En Twitter: @joseamojicap

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