Razón y fe en la pandemia del coronavirus

Razón y fe en la pandemia del coronavirus

Ante la crisis del el pensamiento religioso y el racional, una opción intermedia es la solidaridad.

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La fe perdió, en primer lugar, porque las religiones tradicionales fueron declinando vertiginosamente con la modernización.

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Istock

Por: David Roll - Para El Tiempo
08 de abril 2020 , 11:35 p.m.

Como dice Reza Aslan en su famoso libro Dios, una historia humana, desde que el hombre tuvo autoconciencia desarrolló la creencia en fuerzas sobrenaturales que lo protegieran de las inclemencias de la vida.

Al principio se creía que todo objeto tenía un alma; luego, con la agricultura, llegaron los dioses propiciatorios de las cosechas y con la aparición de los primeros reinos surgieron los dioses protectores de cada unidad política.

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Luego se fue imponiendo la concepción de un solo Dios, con Akenatón en Egipto, por un corto tiempo; con Abraham y toda la saga judía después; con Mahoma ya en la Edad Media, y con Lutero y otros en la Modernidad.​

Dos deidades

Curiosamente, cuando por fin el monoteísmo estaba consolidado en todo el mundo Occidental y Oriente Próximo, una nueva deidad apareció de repente para disputarle el cetro de las creencias humanas: La Razón.

Como toda diosa que se respete, al inicio prometía todo para una mejor existencia en la tierra, aunque no la vida eterna como casi todas las anteriores creencias.

Pero a los humanos recién conversos a La Razón no les importó esta falla, pues desde sus orígenes habían descubierto con la autoconciencia el sufrimiento moral que causa el dolor físico, y lo que más habían necesitado de los dioses era un alivio de esa angustia que genera la terrible percepción mental del propio padecimiento.

Los dioses habían concedido esa ayuda con generosidad en cada una de las etapas de las creencias, a través de sus representantes en la tierra

Los dioses habían concedido esa ayuda con generosidad en cada una de las etapas de las creencias, a través de sus representantes en la tierra. Sin esas magias iniciales, castas sacerdotales, ritos sanadores y esperanzadores, la vida del Homo sapiens hubiera sido una tortura insoportable.

Como buena diosa recién llegada, La Razón se cuidó mucho al principio de no disputar con los dioses más veteranos y curtidos, siempre celosos y vengativos en todas las culturas, y vivió armoniosamente con ellos.

Especialmente con el monoteísmo reinante. Sin embargo, luego vio esas creencias como obstáculo para el logro de sus propias promesas y se lanzó contra ellas lanza en ristre, reclamando el trono y el destierro de sus dioses enemigos, especialmente del Dios único.

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Fue así como esta nueva deidad comenzó a reclutar generales de tres soles y a ganar batalla tras batalla desde el Renacimiento hasta hoy, sin tregua y sin pausa.
Copérnico demostró que la Tierra no era el centro del universo sino un planetita insignificante, luego Darwin dejó en claro que éramos sencillamente unos animalitos en evolución, y finalmente Marx dictaminó que éramos esclavos de unos pocos y que el opio de la religión impedía la liberación que la razón dictaminaba como necesaria.

Luego la diosa Razón envió al general Nietzsche a demostrar que la moral en la que se basaban las religiones, así como la dicotomía entre el bien y el mal, no existía.

Al general Freud a dejar bien claro que nuestra conciencia es un fosforito en un enorme cuarto oscuro, en el cual nos aferramos torpemente a las deidades antiguas, en vez de abrazar a la diosa Razón para sanar nuestras primigenias angustias frente al dolor.

Pero a las creencias sobrenaturales les pasó como al comunismo en China, según Mao: “de derrota en derrota hasta el triunfo definitivo”. Para el 2020, de casi 8.000 millones de seres humanos hoy existentes, se calcula que más de 6.000 millones creen en una realidad paralela, mientras que muy difícilmente los racionalistas ateos lleguen a 2.000 millones en la cuenta más sesgada.

Doble fidelidad

Así fue como se pudo seguir siendo fiel tanto a la razón como a las diversas manifestaciones de la religión, a partir de artilugios racionalistas de gran calado, provenientes de estudiosos creyentes como Heisenberg, para quien en el fondo de la copa de la ciencia está Dios. O para teólogos, como Chardin, que aceptan la evolución como designio divino.

La verdad de esta doble fidelidad terminó por debilitar a ambas creencias, aunque la mayoría de las personas digan vivir cómodamente en los dos mundos. Como en una batalla en el Olimpo, o en el enfrentamiento de grupos criminales latinoamericanos al más puro estilo de Netflix, al final, las dos diosas salieron perdiendo.

Batallas perdidas

La fe perdió, en primer lugar, porque las religiones tradicionales fueron declinando vertiginosamente con la modernización y muchos templos se convirtieron en museos y hasta en restaurantes.

No han podido levantar vuelo a pesar de que cada organización despliega toda una estrategia mediática para disimular su persistente agonía y tratar de frenarla.

Igualmente, la diosa Razón fue destronada de su pedestal, a pesar de haber cumplido casi todas sus absurdas promesas electorales hechas en campaña. Y es que después de esa terrible Edad Media de guerras sin fin, enfermedades, desastres naturales, crueles gobiernos y brevedad de la vida, nos prometió que si la adorábamos nos libraría de todas esas plagas. Y lo logró.

Como buena política y líder religiosa, la nueva deidad dijo que si la apoyábamos nos iba a quitar el dolor moral que causa el dolor físico de todas estas maldiciones, pero ya no con abluciones, sacrificios rituales y experiencias místicas, sino con inventos humanos inspirados en ella, para acabar con sus causas reales. Y contra toda probabilidad, lo cumplió

La verdad de esta doble fidelidad terminó por debilitar a ambas creencias, aunque la mayoría de las personas digan vivir cómodamente en los dos
mundos

Grandes victorias

El desarrollo agrícola fue eliminando el hambre endémica. Los cuadros comparativos en desnutrición humana, desde 1800 hacia atrás, son terribles y dicientes, y desde esa fecha hasta hoy, especialmente en las últimas décadas, nos muestran unos logros jamás soñados.

Por otro lado, el avance médico y la planeación urbana hicieron que las temibles enfermedades que cada cierto tiempo diezmaban las poblaciones fueran siendo vencidas década tras década, aunque no del todo derrotadas, y que la esperanza de vida casi que se duplicara gracias esto.

Hasta las más absurdas promesas se cumplieron para cuando llegó el siglo XXI: las políticas. La diosa Razón juró que inventaría una fórmula de gobierno en la que no hubiera déspotas abusando de sus súbditos, y ya para 1999 las democracias habían derrotado las dictaduras en toda Europa, América Latina, Oceanía y partes de Asia, y hasta en algunos países de África.

Como si fuera poco, la diosa Razón empezó a jugar con la idea de la paz mundial como regalo celestial. Y aunque fracasó estrepitosamente durante varios siglos, para el año 2000 ya se habían acabado la mayoría de guerras limítrofes o entre naciones y, de más o menos 200 países, en menos de un 10 por ciento se reportaban conflictos en la más pesimista de las mediciones.

Los fieles son ingratos, como se puede ver en todos los textos religiosos de la mayoría de las creencias. También los feligreses de la Razón, a pesar de todos esos logros, comenzaron en este siglo a volverse escépticos y se pusieron en la tarea de quemar los altares de la diosa Razón uno a uno, como cuando había cambio de faraón en el antiguo Egipto.

Se desmanteló el templo de la economía capitalista, que se había globalizado tras la destrucción del modelo comunista de producción, en Rusia y China.

Tomas Piketty demostró que el 90 por ciento de la riqueza está concentrada en el 10 por ciento de los humanos, y que esto es culpa del capitalismo. Aunque omitió mencionar que sin esa maldición no se habrían vencido el hambre generalizada y otras plagas.

El altar de la democracia se desmoronó, a pesar de que gracias a ella, y luego de millones de sacrificios personales y colectivos, se lograron dejar atrás las monarquías personalistas, los fascismos destructivos y los comunismos congelantes.

Todo por las crisis en unos cuantos países importantes y la traída de viejos problemas, como la corrupción.

Ciencia, razón y religión 

Los seres humanos se empezaron a convencer unos a otros de que jamás hubo tantos conflictos como ahora, cuando realmente el mundo nunca ha estado tan en paz desde que comenzó la civilización.

El único altar incólume era el de la ciencia, que nos había liberado de enfermedades, del sufrimiento físico y de las muertes masivas de manera no soñada ni por los más optimistas. Pero con la pandemia actual está cayendo este último bastión de fe en la diosa Razón.

Es el momento de darnos cuenta de que, si bien es probable que sea cierta la existencia de Dios, como piensa la mayoría de las personas, y de que la razón es nuestra principal aliada al mismo tiempo, los seres humanos, llegados a este planeta hace como 200.000 años, dependemos los unos de los otros para sobrevivir frente a la adversidad con independencia de esas dos deidades a las que siempre hemos rendido culto.

DAVID ROLL
Especial para El Tiempo.

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