‘Tirar y vivir sin culpa’: el placer es feminista

‘Tirar y vivir sin culpa’: el placer es feminista

María del Mar Ramón publicó un libro con reflexiones que llaman a desmontar el machismo.

María del Mar Ramón

La autora es cocreadora de la Red de Mujeres, que busca llevar la perspectiva de género a diferentes ámbitos en la región.

Foto:

Cortesía Planeta

Por: Simón Granja Matias
04 de enero 2020 , 10:28 p.m.

María del Mar Ramón, feminista colombiana fundadora de la Red de Mujeres (que busca llevar la perspectiva de género a diferentes ámbitos en la región) y del colectivo Las Viejas Verdes, publicó 'Tirar y vivir sin culpa' (Editorial Planeta), un libro en el que comparte reflexiones que llaman a desmontar el machismo.

El título del libro fue decisión de los editores. El suyo, cuenta, era ‘El placer es feminista’, pero era muy corto. "Fue una decisión más editorial, el trabajo con los editores fue muy chévere porque los aportes fueron todo el tiempo. Yo habría hecho algo más de nicho, y ahora me parece que fue una determinación muy linda poder apostar a la polémica y a que la gente se sintiera muy atraída por un contenido que es mucho más trascendental. Me siento casi que emboscando a la gente que lo coge. Creo que fue una gran decisión y me gustó un montón poder jugar con temas que a la gente en Colombia le son todavía tabú, como el sexo", dijo María del Mar Ramón en entrevista con EL TIEMPO.

¿Por qué sigue siendo tan tabú?

Yo creo que es una idea religiosa y muy funcional a niveles altísimos de sometimiento y de violencia, porque lo que no se dice no se regula y está siempre en el marco de lo vergonzoso, y lo que está en ese marco está bajo el silencio. Es muy difícil trabajar con temas de la experiencia humana, como lo es su sexualidad, es difícil regularla, es difícil ofrecer herramientas cuando ni siquiera puedes decirlo en voz alta y la censura y la culpa es un dispositivo muy eficiente de aleccionamiento; y todo lo que se mantiene en el oscurantismo, pues, es peligroso y es difícil de regular con políticas públicas, por ejemplo. Creo que sigue siendo una noción muy religiosa. Sin embargo, sí veo que la sexualidad no está igualmente censurada para mujeres y para varones, creo que la sexualidad de los hombres sí puede estar en la esfera pública, pero la de las mujeres está relegada a la esfera privada y a la de la vergüenza. Para mí, sí hay un específico ensañamiento sobre la sexualidad de las mujeres y un específico aleccionamiento. Quienes no conocen su cuerpo, quienes no conocen las posibilidades de su cuerpo ni conocen tampoco las posibilidades de sus relaciones son mujeres mucho más propensas a la sumisión y también a la violencia. Nosotras apenas hasta ahora estamos discutiendo y rediscutiendo el término consentimiento, y nos encontramos con que las mujeres han tenido relaciones sexuales no consentidas y, cuanto mínimo, no placenteras durante todos estos años y eso no era importante, no era importante pensar que las mujeres al coger también tienen derecho a sentir placer. Para nadie era importante, ni para las narrativas educativas, ni para el mundo ni para las representaciones de la sexualidad. Y ahora estamos diciendo ‘no, un momento, esto es muy importante, no solo para que las mujeres vivan felices sino también para medir el consentimiento de las relaciones’. Por eso creo que es un tema tan delicado y tan potente.

Cuando hablas del consentimiento...

Para mí, el placer es una herramienta para medir el consentimiento. Lo que pasa es que la manera en que nosotros entendemos el consentimiento es como un contrato y que está relacionado con el deber. Hay una forma de contrato tácita y hay una forma de contrato explícita de lo que se espera que hagamos respecto a nuestra sexualidad. Si tenemos un marido, se espera que tengamos relaciones con ese marido una determinada cantidad de veces y por eso –incluso legalmente–, por ejemplo, en Argentina se reconoció como delito sexual la posibilidad de que un esposo violara a su esposa apenas en 1985. Antes era algo claramente incluido dentro del matrimonio. Si decía que no quería y el marido la violó, le iban a decir: ‘Es que tu marido no te puede violar porque forma parte de la relación’. Entonces, todo el tiempo hemos entendido que el consentimiento es algo de una relación pasivo-activa. Es decir, los hombres son los activos y las mujeres, las pasivas; somos nosotras las que cedemos algo y consentimos algo basado en el no. Así, todos entendemos que si te dicen que no, entonces, no hay consentimiento. Pero si empezamos a hilar más finito, vamos a entender que las mujeres muchas veces no podemos decir que no. No estamos igual de habilitadas a decir que no, muchas veces tenemos el compromiso tácito de que ya llegamos hasta el apartamento de un tipo, entonces, tenemos ganas de darnos besos, pero quizás no de tener relaciones, pero ya estamos ahí... En tal caso hay dos finales: el estereotipo de la calientahuevos y un castigo emocional y afectivo, o una posible violencia... ¿qué hago si me quiero ir y son las 3 de la mañana y estamos borrachos?, ¿y si se pone violento?, pues prefiero acceder... Entonces, era algo como mucho más centrado en lo que se debe ser y en lo que debe suceder con respecto a las relaciones sexuales, pero nunca relacionado al deseo de si yo quiero o no quiero tener relaciones. Y también la idea de que los varones siempre son sujetos activos que buscan las relaciones sexuales y no algo enfocado en la simultaneidad del deseo, y es justamente: no te dijeron que no, pero si una persona está quieta, está callada, incómoda, pues el consentimiento quizás no esté dado como tú crees que está dado. Por lo tanto, si pensamos en términos de consentimiento, sigue siendo un poco abstracto. En cambio, si pensamos en que tiene que haber placer, el término que introdujo Gloria Steinem hace un par de años fue consentimiento entusiasta, no solo te tiene que decir que no, sino que te tiene que decir que sí con muchísimas ganas. Y si nosotras pensamos que el consentimiento implica placer, el tema cambia de registro. Hay una estadística en el libro sobre cómo conciben una relación sexual satisfactoria, y para los varones era bueno que hubiera sido con movimientos que les gustaran, en cambio, para una enorme parte de la muestra una relación satisfactoria era una relación que no hubiera sido dolorosa. Como tenemos vidas tan distintas y atravesamos tantas injusticias, esas injusticias se trasladan al territorio íntimo, en el que nuestras expectativas son súper bajas; nuestra vara está muy bajita. Creo que tener todo esto en cuenta implica eso, pensar que el consentimiento tiene que estar ligado al deseo y no al deber. Todo el tiempo cuando discutimos esto en Twitter, los hombres ponen: ‘No, pues, ahora va a tocar ponerlas a firmar un contrato’. Me encanta ese ejemplo, porque es justamente lo contrario: aun si hay un contrato notariado que indique que si yo ahora firmo, voy a tener relaciones, ese contrato no tiene validez si mi deseo en un rato es otro, porque no se trata del deber sino del deseo en este preciso momento. Entonces, cómo se demuestra que quiero o no. Para los varones es que la mujer diga que no, pero no es solo eso, sino que, además, se sienta cómoda, que sienta placer, que sienta gusto... y para eso sí les tenemos que pedir a los varones un poco más de registro, que registren las emociones, que pregunten un poco más, que es algo que está sobreestimado en las relaciones sexuales y es el silencio. Hay una idea de que el silencio es erótico y que está muy representado en que las relaciones se dan en silencio. Si es la primera vez que vas a estar con una persona, es difícil sin el lenguaje verbal que sepas qué le gusta o qué no le gusta. Entonces, es empezar a trabajar con mejores prácticas sexuales para contribuir a esta idea del consentimiento.

Para mí, el placer es una herramienta para medir el consentimiento. Lo que pasa es
que la manera en que nosotros entendemos el consentimiento es como un contrato y que está relacionado con el deber

¿Cómo generar esta información?

Yo creo que la educación es fundamental. En Argentina hay desde el 2006 una ley de educación sexual integral que es fantástica, y hablamos además de la primera generación de chicos y chicas. Al margen de estos temas, en particular si queremos hacer y construir una sociedad libre de violencia y en la que no haya feminicidios, tenemos que empezar a desmontar los roles de género y las formas como esos roles de género se constituyen habilitados a ciertas violencias y a ciertos poderes. Y eso se hace a partir de la educación, nos guste o no, cuando son estas marchas por los homicidios. Pero la única manera de pensar y corregir eso a largo plazo es con una educación que empiece a desmontar los estereotipos sexistas. Con la educación sexual lo que tiene que haber es una educación basada en el consentimiento y en el placer, y eso es muy difícil de lograr en un país como Colombia porque nos enseñaron que uno tiene relaciones sexuales cuando es en el marco de una institucionalidad, y resulta que el amor y el respeto son términos que son muy subjetivos y que son muy difíciles de poner en el plano o de describir con acciones porque varían un montón. En cambio, el consentimiento no, y el deseo tampoco. Hay algo de cómo la sexualidad femenina nunca está dada en los colegios por la calentura. A las mujeres nunca se nos ha hablado de que tenemos relaciones sexuales cuando estamos excitadas y que además es imprescindible para tener relaciones, sino que nosotras habilitamos y gestionamos el deseo de los hombres. Creo que eso es peligroso porque una educación sexual que no está basada en el consentimiento como eje principal sigue siendo una educación sexual que básicamente censura todo el deseo sexual de las mujeres, y además, por supuesto, no estoy segura de cómo es ahora, tengo 27 años. Nuestra educación sexual estaba fundamentada, y todavía, en que las relaciones sexuales son heterosexuales y que, además, suceden cuando hay una erección.

SIMÓN GRANJA MATIAS
Redacción Domingo

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