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Las Jiménez Arbeláez, un clan de pioneras
Jiménez Arbeláez

Luis Emilio Jiménez junto a sus hijas Edith, Ruth, Sonny y Lilian, que brillaron por su inteligencia.

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Archivo Débora Tejada

Las Jiménez Arbeláez, un clan de pioneras

Cuatro hermanas, nacidas a comienzos del siglo XX, fueron las primeras bachilleres de Medellín.

Para las cuatro jóvenes Jiménez Arbeláez, hacer realidad el sueño de su madre fue épico. Si bien en el gobierno de Enrique Olaya Herrera se aprobó la entrada de las mujeres a la universidad, dando luz verde para que se hicieran bachilleres, el cambio de color solo fue acogido con prudencia en Bogotá.

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En Medellín no había ningún colegio de educación superior femenino y demoraron meses en acatar la orden.

El hogar de Débora Arbeláez y Luis Emilio Jiménez Molina, cuatro hijas, Edith, Ruth, Sonny y Lilian, y tres hombres, dio ejemplo.

“Contaba la abuela Débora que siendo adolescente en más de una ocasión escondió en sus faldas anchas y largas armamento para los soldados liberales en la guerra de los Mil Días”, dice muy orgullosa la matemática Débora Tejada, una de sus nietas, hija de la ingeniera Sonny Jiménez de Tejada.

“Mi abuela Débora Arbeláez junto al abuelo Luis Emilio Jiménez fueron quienes encabezaron la ayuda de alimentación y demás solidaridad para la primera huelga femenina del país. Sin su ayuda, es muy posible que otros sectores no se unieran para que las alumnas pudieran ser escuchadas por el propio de Presidente de la República”, dice la economista y filósofa María del Pilar Muñoz, otra de las nietas de Débora, hija de la antropóloga Edith Jiménez de Muñoz.

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Estos relatos son una pequeñísima muestra del orgullo de las nietas de Débora Arbeláez, matrona antioqueña que nació en 1892, en la zona minera de Remedios, y murió cincuenta años después en Medellín. No le alcanzó la vida para ver a alguna de sus hijas profesionales, aunque ya habían ingresado a la universidad, hazaña que sigue celebrándose.

No se movía una aguja sin su consentimiento

Débora les inculcó a sus siete hijos la idea de que en la vida había que estudiar, tener una profesión. Y más a las mujeres, a las que les repetía día de por medio que para casarse con quien quisieran, para no ser dependientes de un esposo, tenían que ser autónomas económicamente y solo lo conseguirían siendo profesionales.

Por ello, todos crecieron con la idea fija de que, así no tuvieran demasiados recursos económicos, terminarían la secundaria y llegarían a la universidad. Lo consiguieron.

El padre, Luis Emilio, fue toda la vida empleado público honrado y liberal de pensamiento y de obras. Contador del Ferrocarril de Antioquia por muchos años. Su esposa ayudaba a las finanzas hogareñas, nunca suficientes por la familia numerosa, haciendo costuras. Modista de manos prodigiosas. Confeccionaba trajes a la medida y arreglaba otros que se heredaban y quedaban para estrenar. Sus hijas le servían de modelo, sus vestidos despertaban envidia.

Luis Emilio, músico y cantante, era de pocas palabras y aunque simulaba ser el ‘jefe de hogar’, como en la mayoría de las familias antioqueñas, la que tomaba todas las decisiones era Débora. “No se movía una aguja sin su consentimiento”, solían decir las hijas.

Primeras en las protestas

Eran los años treinta, las hermanas Jiménez estudiaban en el Colegio Central Femenino, que cambió de nombre muchas veces, regentado por la maestra vasca Enriqueta Séculi Bastidas, que había puesto de cabeza el establecimiento ante la mirada sorprendida pero sobre todo represora de la sociedad y de las autoridades. Renovó no solo la educación, sino las instalaciones y modernizó las mentes de unas jóvenes que seguían ancladas en el siglo XIX.

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A los pocos meses, la rectora Enriqueta fue destituida. Y, entonces, Edith, la mayor de las Jiménez, junto a Blanca Ochoa, que con los años sería la esposa del pensador y abogado socialista Gerardo Molina, encabezaron una protesta que desembocó en la toma de las instalaciones por un centenar de niñas, entre las que se contaban las hermanas de Edith.

Débora, su esposo y personas de distintos sectores sociales, como las vendedoras de la plaza de mercado municipal, se encargaron de proveer alimentos, elementos de aseo y de rodear a las huelguistas. La protesta era transmitida por la radio y todos los días los periódicos daban cuenta de su desarrollo, el país se enteró de que unas adolescentes respaldaban las reformas de una educadora española y pedían su reintegro.

Poquísimas familias podían presumir que cuatro hermanas fueran alumnas en una institución de educación superior
y todas con sobresalientes notas.

El presidente, Alfonso López Pumarejo, por intermediación del escritor y periodista Baldomero Sanín Cano, pidió que tres delegadas fueran llevadas a Bogotá en avión militar a una cita a su despacho. Edith Jiménez, Blanca Ochoa y Margarita Peláez fueron las elegidas.

El presidente ordenó la destitución del gobernador y de su equipo, y aunque no reintegró a la rectora, no echó para atrás sus cambios. Las jóvenes se hicieron famosas. Celebridad que acompañaría a las Jiménez para el resto de sus vidas.

Las llamaron las ‘Rojas’, ‘Marías Cano’, ‘Huelguistas’ y ‘Seculistas’ y otros términos desobligantes. El clero conservador no las perdonó y excomulgó a las lideresas. Sería la primera excomunión para Edith Jiménez.

Mayor y adelantada

Edith y Blanca no regresaron al Instituto Técnico Femenino, su nuevo nombre, que seguía siendo solo normalista, sino que se fueron al Liceo Antioqueño de hombres a terminar sus estudios de secundaria. Los jóvenes y los profesores las recibieron bien: entre sorprendidos y admirados.

Con el cartón bajo el brazo como las primeras bachilleras de Antioquia y las que sacaron las notas más altas, les llegó la buena noticia de dos becas que les otorgaba Francisco Socarrás, como director de la Normal Superior con sede en Bogotá, para adelantar el programa de Ciencias Sociales.

Y como si las persiguiera la buena suerte, al siguiente semestre de estar estudiando en Bogotá se creó el Instituto Etnológico Nacional, dependiente de la Normal, dirigido por Paul Rivet, con planta de arqueólogos y antropólogos europeos que huían de la guerra y profesores nacionales de la talla de Guillermo Hernández de Alba, para formar a los primeros etnólogos del país.

Edith y Blanca, con ocho compañeros, terminaron sus estudios. Edith Jiménez obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de San Marcos en Lima (Perú) una especialización de dos años que cambió por un año, pidiendo que extendieran la beca a su amiga Blanca Ochoa. Petición que le fue atendida.

Regresaron a trabajar al Museo Nacional y ahí Edith entró a la Universidad Nacional a adelantar una maestría en Ciencias Económicas, en donde conoció a quien se convertiría en su esposo, el abogado Santiago Muñoz Piedrahíta. Se casaron y llevaron una vida profesional paralela. Con los años, ella lo apoyó en la creación de la Fundación Universidad de América, de la que sería profesora de economía, y fue fundadora, en 1975, del Museo de Trajes Regionales, que sigue en pie en el costado sur de la plaza de Bolívar.

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Edith Jiménez dedicó buena parte de su ejercicio profesional a la investigación de la indumentaria de los distintos grupos indígenas del país. Autora de varios artículos, y como conferencista, visibilizó a las tejedoras y costureras indígenas de las que poco se sabía y a pocos les interesaba.

Asimismo, Edith creó, junto a sus hermanas, en Medellín, la Asociación para el Rescate de las Artes Manuales (Arama) y ayudó en el gobierno de Alfonso López Michelsen, con Cecilia Caballero, al establecimiento del Centro de Oficios Tradicionales, con sede en la vecindad del Palacio de Nariño.

Edith fue excomulgada por segunda vez cuando en los años sesenta le respondió a su confesor que solo tenía un hijo porque practicaba métodos anticonceptivos. El señor cura se paró del confesionario y le dijo que era una pecadora y que no volviera por la iglesia, lo que ella hizo. Edith tuvo una hija y otro hijo.

Rara como su nombre

Luis Emilio Jiménez, seguidor del boxeo, convenció a su esposa de darle a su quinta hija el nombre de un boxeador que admiraba. Era, por supuesto, Sonny Liston, famoso en los años sesenta. Sonny, tan guapa como su madre y sus hermanas, se destacó por una ristra de motivos.

Con tan solo 12 años tenía una nutrida colección de láminas de boxeadores. Así lo contó en un reportaje a El Colombiano en 1987. “Todos tenían un tórax tremendamente desarrollado y me encantaba observarlos. La profesora me los encontró en el pupitre junto con otras curiosidades y me señaló como anormal”.

Pocas familias podían presumir que cuatro hermanas fueran alumnas en una institución de educación superior

Halló también la novela El tigre de Malasia, de Emilio Salgari, lo que terminó por casi hacerla desmayar, así que la aisló en el último rincón del salón hasta que su madre se hiciera presente. Débora alegó en su defensa que se trataba de material supervisado por ella y que le proveía el mayor de sus hermanos. Sin embargo, la maestra no quedó conforme y la hizo expulsar bajo el argumento de que era mala influencia.

Para no tener que peregrinar por la ciudad en busca de un cupo, consiguieron que la recibieran en el Instituto Pedagógico Nacional de Bogotá. En ese año, Sonny se hizo aún más curiosa y despierta, como si hiciera falta. Al año regresó a Medellín y entró a estudiar al Instituto Técnico, donde estaban sus hermanas. Allí, también participó en la huelga, y siempre que podía recordaba esos días en que protestaron con razón.

Las fotos de las cuatro Jiménez caminando de su casa al colegio se hicieron famosas. Poquísimas familias podían presumir que cuatro hermanas fueran alumnas en una institución de educación superior y todas con sobresalientes notas.

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Sonny terminó su bachillerato y pasó los exámenes de admisión para estudiar Ingeniería Civil y de Minas en la Universidad Nacional. Muchas veces explicó que era más hábil en las matemáticas, física y cálculo que en humanidades. Sería la primera mujer en graduarse en una carrera netamente masculina.

Sonny corría casi todos los días, a eso de las once de la mañana, a la casa de unas amigas para entrar al baño. En la facultad no existía uno para mujeres.

Al graduarse se ganó una beca para hacer maestría de estructuras en Pittsburgh, lo que la convirtió en la primera ingeniera civil y de minas del país y con maestría en Estados Unidos. Muy pronto se casó con el ingeniero José Tejada Sáenz, que le llevaba ventaja de dos años en la carrera.

Después de criar a sus cinco hijos, Sonny sintió como que todo su conocimiento estaba obsoleto y se devolvió a la Nacional a estudiar una maestría en Planeación Física Urbana, y enfiló su carrera profesional hacia el servicio público.

Fue diputada por el Partido Liberal entre 1968 y 1970 y luego ocupó varios cargos en la alcaldía de Medellín, donde dejó huella en el ordenamiento territorial de la ciudad. También trabajó varios años en una asociación privada para el desarrollo de la Facultad de Ingeniería Civil y de Minas de la Nacional.

Reportajes en periódicos regionales, en programas de televisión, homenajes locales y nacionales en los que destacaba la influencia materna en sus estudios y volvía a recabar en la importancia de que las mujeres se hicieran profesionales hacen parte de la memoria que guarda su hija Débora.

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Murió rodeada de hijos, hijas, nietas y nietos, que esperan que su legado se conozca más para romper el silencio alrededor de las pioneras, esas mujeres ejemplo de superación que lograron un lugar en profesiones e instituciones donde las mujeres no tenían cabida.

Ruth Jiménez, la segunda mujer del clan, fue una de las primeras odontólogas-cirujanas de la Universidad de Antioquia, y Lilian, la menor, siguió los pasos de Sonny y se convirtió en la segunda mujer en recibir el título de ingeniera civil y de minas. Se especializó en París.

Cuatro profesionales destacables y destacadas.

MYRIAM BAUTISTA
Especial para El Tiempo

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