‘A muchos les choca que un hombre y una mujer se consideren iguales’

‘A muchos les choca que un hombre y una mujer se consideren iguales’

La escritora Siri Hustvedt transformó el sexismo al que se ha enfrentado en una fuente de reflexión.

Siri Hustvedt, ganadora del Premio Princesa de Asturias de las Letras

La escritora estadounidense Siri Hustvedt posa durante una rueda de prensa en el Instituto Cervantes de Londres, en Reino Unido.

Foto:

EFE / Isabel Infantes

Por: MARU LOMBARDO
25 de noviembre 2019 , 09:34 a.m.

La primera novela que publicó Siri Hustvedt (EE. UU., 1955) se llama Los ojos vendados. Salió a la luz en 1992 y, 27 años después, ella recuerda una de las percepciones duraderas que ese libro empezó a implantarse en el periodismo cultural. “Un periodista me dijo que mi primera novela era excelente y que mi esposo tuvo que haberla escrito”, cuenta.

Quizás aquel entrevistador pensaba que, con ese comentario, le quitaría alguna venda de los ojos a Hustvedt... ¿para probar qué? Ella no estaba segura, solo sabía que, en aquella época, ese tipo de preguntas le hacían daño.
Para 1992 llevaba una década casada con el escritor Paul Auster (EE. UU., 1947), quien ya había publicado una de sus obras en prosa más célebres hasta el día de hoy: La trilogía de Nueva York. A lo largo de los casi treinta años que la separan de aquella ópera prima narrativa (ya había incursionado en poesía), Siri Hustvedt también se consolidó como una autoridad en la exploración de las fronteras borrosas entre las ciencias y las artes. Sus 14 libros han sido traducidos a más de 30 idiomas, publica ensayos en revistas científicas con recurrencia y ha recibido cuatro doctorados honoríficos por su contribución.

De hecho, cuando Hustvedt fue galardonada este año con el Premio Princesa de Asturias de las Letras, sus miembros recalcaron esa contribución a la activa búsqueda intelectual del diálogo entre las ciencias y las artes, una exploración tan presente en libros de ensayos como La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (Seix Barral, 2016) que expone —además de reflexiones sobre arte, la condición humana y literatura— la gran equivocación que se comete al seguir relegando el campo de lo científico al ‘mundo masculino’ y el de las artes a ‘lo femenino’.
Y esta fue una de las aristas de su discurso cuando recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras en octubre y que coronó con lo siguiente: “Este premio llega de la mano de una niña, de una princesa (la actual princesa de Asturias, Leonor de Borbón, de 14 años). Me gustaría que fuera para todas las niñas que leen muchos libros sobre un sinfín de temas, que piensan, preguntan, dudan, imaginan y se niegan a estar calladas”.

Negarse a acatar ese silencio de las niñas y las mujeres responde directamente a que, durante toda su trayectoria, colegas, desconocidos y periodistas le han indicado a Hustvedt de dónde nace su conocimiento, su carrera, su voz: de una fuente masculina que, en muchos casos, se refirió a su esposo, Paul Auster.

Hustvedt recuerda que un periodista australiano describió su trabajo como ‘doméstico’ y al de su esposo como ‘intelectual’; recuerda que le han dicho que su pareja fue quien le enseñó sobre psicoanálisis, psicología, neurociencia y filosofía. Pocos le han preguntado a Paul Auster cómo Siri Hustvedt influencia su trabajo. Y la lista continúa.
Hace 10 años, EL TIEMPO publicó un artículo titulado De esposa de un afamado escritor, Siri Hustvedt pasó a ser una escritora reconocida por la crítica, lo que recuerda cómo un personaje de su calibre era constantemente relegada a la sombra de otro. Hoy, recordamos ese trayecto una vez más pero intentando rescatar el espíritu de Hustvedt de comprender la realidad por medio de la experiencia propia.

Por eso, Hustvedt respondió algunas preguntas para este periódico sobre lo que dejan ver los sesgos machistas con los que vivimos.

¿Cómo empezó a entender que se estaba enfrentando a este tipo de preguntas por parte de periodistas solo por ser mujer?

En un principio, y durante mucho tiempo, este tipo de preguntas me desconcertaban y me dolían. ¿Por qué estas personas me preguntaban esas cosas luego de haber leído mi trabajo supuestamente?

Sentía que podían estar haciéndolas porque mi esposo era más conocido que yo, que los periodistas lo usaban como un ‘gancho’ de interés para su público. No les decía nada de lo que pensaba pero, con el paso del tiempo, descubrí que incluso en países en los que sí conocían mi trabajo me hacían las mismas preguntas.

Empecé a darme cuenta de que no era un asunto personal, sino que lo que ocurría era que me estaban percibiendo como una afrenta a ideas queridas y cultivadas sobre los hombres y las mujeres, sobre el matrimonio y la jerarquía.

Ellos pensaban que era lógico que mi trabajo fuera menos importante, menos intelectual, más suave y más emocional que el de mi esposo. Si no lo era, de alguna manera me castigaban por eso; necesitaban castigar a una mujer intelectual y ambiciosa.

¿Por qué? Creo que esto tiene que ver con un profundo miedo a lo maternal. Incluso cuando las mujeres no son madres se espera que se comporten como buenas madres, poniendo a otras personas por encima de ellas. Quienes rompen con ese rol provocan desaprobación y escándalo moral.

Y, aún así, pocas personas, hombres o mujeres, entienden esos sentimientos violentos hacia ellas.

Paul Auster

Entre las obras de Paul Auster cabe mencionar las novelas de la ‘Trilogía de Nueva York’, ‘La ciudad de cristal’, ‘Fantasmas’ y ‘La habitación cerrada’.

Foto:

EFE

¿Qué impacto tenía lo que periodistas o críticos decían sobre su trabajo?

Los perfiles y las reseñas hechas por periodistas culturales sí tienen un efecto en un escritor. Si su tono es condescendiente, influencia la percepción.

Con frecuencia han resaltado que intento mostrar una forma de escritura filosófica compleja; han hecho críticas por hacer demasiadas referencias literarias e intelectuales, lo cual parece desagradable de alguna manera. A los escritores masculinos se los celebra ampliamente por las mismas características. Piensa en James Joyce, en Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño...

Pero también ocurría en otros escenarios. Cuando recibí un doctorado honorífico en una universidad europea, la ceremonia incluyó un discurso hecho por mí, un panel de discusión y la entrega oficial del título.

A mi lado estaban un neurocientífico y una investigadora de la historia de los libros. Un periodista científico moderaba el panel y él no se refirió en ningún momento a mi discurso, tampoco mencionó mi nombre o me miró, siquiera. Solo le habló al neurocientífico y le hizo preguntas que no tenían nada que ver con mi discurso. Se comportó como si yo no estuviera ahí, como si el evento entero no fuera sobre mí y mi trabajo. Podía sentir la incomodidad en la audiencia.

En algún momento dije que se supone que teníamos que discutir una reconciliación entre disciplinas —el tema de mi charla— y comencé a plantear preguntas a mis interlocutores. No le volví a dar pie para que hablara.

Ningún hombre se hubiera enfrentado a un apuro como este.

Las redes sociales tienden a reaccionar contra una pregunta o actitud que es considerada machista. ¿Considera que es una herramienta útil para denunciar el sexismo?

Manifestarse contra el sexismo y la misoginia es útil pero no puede terminar ahí. Señalar doble moral, crueldad y negligencia contra las mujeres puede ayudar a crear un nuevo contexto para otros comportamientos: lo que es aceptable se vuelve inaceptable. Pero también estoy convencida de que muchos periodistas no entienden por qué le hacen preguntas sobre twerking a la jugadora que acaba de ganar el Balón de Oro (como fue el caso de Ada Hegerbeg este año) o por qué tienen sentimientos hostiles mientras entrevistan a una mujer. Tenemos un problema enorme de autoridad femenina en el Oeste y esto debe ser confrontado. Muchos hombres se resisten a trabajar para mujeres, a comprar su arte o a leerlas, porque la experiencia de ver a una mujer con autoridad es una forma de emasculación, un acto de vergüenza. Esto es poderoso y se reproduce por su cuenta.

¿Qué patrón ha identificado en las preguntas sexistas que se le suelen dirigir a mujeres dedicadas a la literatura y la filosofía, como usted?

En general, el patrón de cuestionamiento hacia las mujeres se produce desde hace siglos, especialmente en cuanto al crédito que se le da a un hombre por la obra de una mujer. Las pinturas de Artemisia Gentileschi (Italia, s. XVI) fueron atribuidas a su padre; han dicho que el trabajo original de la escritora feminista Simone de Beauvoir (Francia, s. XX) fue escrito por Jean-Paul Sartre; cuando los científicos James Watson y Francis Crick publicaron la investigación sobre la estructura del ADN, se apropiaron del aporte de la científica Rosalind Franklin y fue relegado a un pie de página… Hay cientos de estas historias.

Y, con respecto a su convivencia con Paul Auster, ¿en qué momento ha sentido que los periodistas tratan de confrontarla con su figura, en vez de interpretar el mundo en el que viven ambos?

La verdad es que durante 38 años he estado viviendo con otro escritor, quien siempre me ha apoyado y ha admirado mi trabajo. Ese apoyo y admiración es algo mutuo. Lo chocante, para algunos, parece ser que dos personas que viven en la misma casa y que han estado casadas durante mucho tiempo genuinamente se consideran iguales.

MARU LOMBARDO
Periodista de ESPECIALES DIGITALES​Twitter: @puntoyseacabo

Esta entrevista hace parte de la campaña de EL TIEMPO #RepreguntemosSinMachismo, una iniciativa que busca replantear preguntas y menciones sexistas hechas y replicadas por periodistas en todo el mundo. Puede explorar todos los contenidos de la campaña aquí.

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