El dolor y la belleza van de la mano

El dolor y la belleza van de la mano

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No hay vista majestuosa sin un recorrido arduo y difícil. Así como en casi todo lo que vale la pena en la vida, el esfuerzo arroja unos beneficios incuantificables

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123rf

Por: ALEXANDRA PUMAREJO - PARA EL TIEMPO
15 de abril 2020 , 09:12 a.m.

Debo confesar que nunca he entendido a las personas que suben al Everest o a cualquier otra de esas famosas cimas. Me bastó ver la película basada en la historia real de unos montañistas que murieron en el intento, para quedar ‘más que curada’. Incluso, pienso que son algo egoístas, pues no puedo comprender que arriesguen sus vidas y dejen a sus seres amados abandonados por su afán de batallar contra la naturaleza.

Sin embargo, en estos días, cuando hay tiempo de sobra para pensar, por algún motivo he hecho una reflexión ponderada sobre estos montañistas. Y poco a poco entendí ciertas enseñanzas que me dejan, cambiando así mi percepción.

Quizás ellos entienden algo que muy pocos hemos sentido hasta ahora. No hay vista majestuosa sin un recorrido arduo y difícil. Así como en casi todo lo que vale la pena en la vida, el esfuerzo arroja unos beneficios incuantificables.

Sin el dolor del parto no hay nacimiento. Sin el dolor de la transformación, la oruga no se vuelve mariposa. Sin los dolores del crecimiento no hay estiramiento en las articulaciones. Sin los dolores del aprendizaje no hay crecimiento espiritual. Ellos entienden que ver esa inexplicable belleza desde la cima solo se logra habiendo vivido el dolor intenso que implica llegar hasta allí.

La mayoría de nosotros solo queremos la belleza, los triunfos, la abundancia o el amor sin pasar por el dolor, la escasez, la traición ni los fracasos. Pero, así como admiramos la belleza de las rosas, necesariamente hay que amarlas con sus espinas. Siempre están juntas, al igual como en la vida los contrastes van tomados de la mano.

Estos momentos nos recuerdan que no hay facilidad sin dificultad. No hay amor sin odio. No hay un antes sin un después. No hay una causa sin un efecto. Los contrastes se alimentan el uno del otro permanentemente. Siempre ha sido y siempre será.

El quid del asunto es entender que esto que estamos viviendo es un contraste con lo que conocíamos y un recorderis de la dificultad, para que apreciemos lo que habíamos tomado a la ligera. Ojalá después de salir de esto jamás se nos olvide cuando no pudimos ir a una playa, abrazar a nuestros padres, visitar a un amigo, caminar en un parque, estudiar en el colegio o encontrar lo que se nos antojaba en un supermercado.

Ojalá recordemos que jamás estuvimos separados los unos de los otros, y que al ayudar al prójimo igual nos ayudamos a nosotros mismos y a nuestras familias. Pero, ante todo, ojalá nunca se nos borre de la mente que TODOS, sin importar la raza, el rango social, la nacionalidad o la religión, ¡somos exactamente iguales!

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