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La activista que tendió un puente entre el arte y el mundo trans
Daniela Maldonado

Daniela Maldonado es fundadora de la Red Comunitaria Trans.

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Cortesía Tony Arévalo, Chris Mosquera

La activista que tendió un puente entre el arte y el mundo trans

Conversación con Daniela Maldonado, una artista que se desarrolló en los márgenes de Bogotá.

Cuando Daniela Maldonado Salamanca está en escena es imposible desviar la mirada. En el evento de cierre del Salón Nacional de Artistas 2019 llevaba una peluca morada. Cubría una parte de su cuerpo con una maya negra. Sus tetas estaban expuestas. Frente a curiosos, morbosos, artistas y aspirantes que se unieron en la plaza de Las Nieves (centro de Bogotá) se presentó con su banda de punk Radamel 666.

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“Metemos pegante porque tenemos algo roto adentro”, dijo. Con voz gutural, le cantó a las drogas y al sexo; se burló de crímenes de los que ha sido víctima, de los estereotipos de género. Con la venia del círculo del arte colombiano, Daniela y su compañera de escenario, Katalina Angel, exhibieron la mirada divergente del mundo que habitan: uno de mujeres trans y trabajadoras sexuales, víctimas sistemáticas de violencia y exclusión social.

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Radamel 666 es uno de sus proyectos. Daniela es fundadora de la Red Comunitaria Trans del barrio Santa fe, una organización civil que desde el 2012 lucha por defender los derechos de trabajadoras sexuales trans, y que ha sido casa, escuela y refugio de una población que vive en un círculo de pobreza impuesto. Así lo explica por teléfono con una voz, ahora dulcísima: “A raíz de mi identidad es precarizada mi vida. Mi construcción de identidad me lleva a atravesar situaciones hostiles”.

Daniela tiene 33 años y ha sido trabajadora sexual. Salió de su casa en Ibagué a los 16 años y se instaló en el barrio Santa fe de Bogotá. En la calle fue víctima de violencia sexual y física. Vio morir a sus compañeras durante la mal llamada limpieza social del 2008. Aprendió de drogas, alcohol y, sobre todo, de discriminación.

Al mismo tiempo, como motor y catarsis, Daniela ha desarrollado proyectos artísticos. Impulsó ‘Cuerpos en Prisión, Mentes en Acción’, una obra sobre la defensa de los derechos de la población trans encarcelada. Ideó, con la artista Matilde Guerrero, el calendario Mujer fatal 2016. Produjo el documental La primavera trans (2018). Escribió en el libro Encorazonadas (2020), del Instituto Caro y Cuervo, una reflexión sobre la maternidad. Porque también, Daniela es madre de Lucci, una niña de 2 años.

Desde el confinamiento, habló de ese mundo que habita. Y contó cómo el arte se convirtió en una posibilidad de expresión, como ningún otro campo de conocimiento.

¿La Red Comunitaria Trans nace en la calle?

Me gradué del colegio en Ibagué y vine a Bogotá en busca de mejores condiciones. Vivía en un contexto humilde y estaba atravesada por una sensación de masculinización forzada. Llegué al barrio Santa fe, empecé a construir mi identidad y encontré en el trabajo sexual la única forma de sobrevivir. Era menor de edad, no tenía redes de afecto ni apoyo. Llegué a la casa de compañeras trans.

Las dinámicas de la Red nacen de esa experiencia. Cuando la policía nos golpeaba o estábamos en la UPJ porque habían hecho batida, nos llevábamos comida, dinero o ropa. Estábamos pendientes de cuando alguna estaba enferma o se hacía una cirugía. Estas dinámicas marcaron mi vida. Ver tanta generosidad... era genuino y sin pretensiones.

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¿Cómo se creó la Red?

Yo trabajé en territorio. En el 2010 me vinculé a la Fundación Procrear, que hacía trabajo con habitantes de calle y población trans. Ahí aprendí sobre el abordaje comunitario y cómo identificar las necesidades de poblaciones vulnerables.
Entre el 2006 y el 2008, la limpieza social se llevó a compañeras con las que puteaba en la calle. Esos crímenes quedaron en impunidad. A raíz de esa situación y la angustia de que a uno le tocara, empezamos a visibilizar temas de violencia, relacionados con la expectativa de vida trans, que es de 35 años. Nos movilizó el miedo, la rabia, pedir justicia.

¿Cómo era la relación con el movimiento LGBTI?

Éramos rechazadas. Las personas trans trabajadoras sexuales no teníamos espacios de trabajo ni de participación dentro de la población LGBTI. Éramos burladas, criticadas. Los que más duro nos daban eran gays y lesbianas. Por eso decidimos hacer acciones aparte.

¿Qué temas trabajan?

Lo trans y sus intersecciones. Ser trans y puta, negra, pobre o vivir con VIH. La mejor herramienta que encontramos fue el arte. Tuvimos un proyecto de danza folclórica que se llamó Las faldas de Colombia. Era el folclor, con sus costumbres binarias, heteronormadas, en cuerpos travestis con un arquetipo femenino: la falda. Esa fue una puerta de entrada.

La Red nació en el 2012 como un espacio de movilización, para acercarnos entre pares trans trabajadoras sexuales. Dos veces a la semana nos encontrábamos para bailar. Era la oportunidad de encontrarnos, no desde el puteo, sino para hacer actividad física, en un lugar seguro y de cuidado.

Tuvimos un proyecto de danza folclórica que se llamó Las faldas de Colombia. Era el folclor, con sus costumbres binarias, heteronormadas, en cuerpos travestis con un arquetipo femenino: la falda

¿Cómo evolucionó la relación entre lo trans y el arte?

Hay una brecha social entre lo comunitario y la academia. La Red se constituye como un puente entre ambas: cómo debería la academia hacer un abordaje comunitario respetuoso, profesional, ético y transparente, y cómo lo comunitario desarrolla estrategias académicas. Trabajamos con fotógrafos, psicólogos, universitarios, investigadores. Aprovechamos este escenario para proponer.

Hacemos un arte incómodo que desestabiliza el orden. Desescalonamos el arte elitista, clasista y lo volvemos subterráneo. Devolvemos las miradas que tenemos sobre el mundo, sobre cómo percibimos la violencia, el machismo, el patriarcado; cómo definimos nuestra genitalidad y nuestra identidad. Con el arte decimos: esto somos, esto pensamos.

¿Cuáles son los problemas de la población trans?

El principal problema es la exclusión estructural en la que vivimos y el círculo de pobreza impuesta; es a raíz de mi identidad que es precarizada mi vida. El sistema educativo no está pensado para personas trans. Es binario, heteronormado, pensado a partir de la genitalidad y así, también, el sistema de salud. La estructura desconoce la realidad de los cuerpos trans.

El estado no piensa en hombres que tienen vulva ni en mujeres que tienen pene. Incluso, el comercio: no ves ropa interior para mujeres trans. Conseguir zapatos es difícil. No hay nada hecho para nuestra identidad. Esto nos deja por fuera del sistema y esta exclusión nos pone en un círculo de pobreza y en espacios criminalizados y empobrecidos de la ciudad.

¿Cómo les fue con la medida de Pico y género?

Antes de que saliera el decreto, vimos el borrador y entramos en pánico. A las 10 a. m. del primer día de la medida se reportó el primer caso de transfobia. Una compañera fue agredida por un policía y un hombre gay que entró a defenderla fue golpeado. En la tarde ya íbamos por el tercer caso. Empezamos a hacer un centro de denuncias. En redes sociales fuimos incisivas, hablamos del tema, prendimos alarmas.

Salió la transfobia de mucha gente. Me afané porque el nivel del discurso era muy violento. Los comentarios en redes eran abrumadores. Además de la violencia que estábamos viviendo en la calle nos aguantábamos a ‘haters’. No nos bajaban de payasas y ridículas.

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Pero también, pudimos hablar de otro tema trans distinto a los shows: cómo esta pandemia saca a relucir nuestra situación de derechos, de pobreza y la transfobia. Esto es muy grave. Cuando te niegan la entrada a un banco, cuando te niegan ser en la ciudad, es una manera de matarte emocionalmente.

Cuando te niegan la entrada a un banco, cuando te niegan ser en la ciudad, es una manera de matarte emocionalmente

Volvamos al arte. ¿Qué define su visión del mundo en su propuesta artística?

Las personas trans desde pequeñas tenemos posturas críticas. ¿Por qué soy niño? ¿Por qué me ponen ropa que no me gusta? Hay cuestionamientos grandes. Todo pasa en la mente. No puedes hablar ni socializarlo con los papás.

¿Cuánto tuvo esas preguntas?

Desde pequeña asumí un comportamiento andrógeno. Era algo que nacía. Empecé a ser consciente cuando me decían que no podía jugar con muñecas. Tal vez a los 6 o 7 años.

La pobreza me llevó a ser recursiva. Yo no tenía televisor y leía revistas de decoración de casa, de recetas y eso me inspiró un resto. Después tuve la oportunidad de hacer danza folclórica en el colegio.

Estando en la prostitución pensé que iba a perder esto. Me imaginaba que lo trans no tenía nada, que era una vergüenza en todas las formas. No me iba a nombrar artista o activista. No sabía cómo hablar de las violencias a través del arte. Pero luego, el arte me hizo reconocer esto en mí, cuando toda la vida me habían hecho sentir que no tenía cabida, que ni siquiera debería existir.

¿Y cómo se convirtió en madre?

En el 2017, estaba en el proceso de irme del país. Había recibido amenazas por mi trabajo artístico en zonas veredales. Iba a renunciar a ser la directora de la Red.

Vivía en ese momento con Máximo Castellanos, un hombre trans. Estábamos juntos, pero no éramos pareja. Él empezó a tener vómitos y tenía la duda de si estaba en embarazo, a pesar de que una doctora le había dicho que su útero era un sitio inhóspito. Fuimos el primer caso en Colombia en el que dos personas trans tendrían un hijo. Fue un reto médico y pasamos por tantas violencias... Me daba escozor ir al médico, la gente era grosera e ignorante.

¿Cómo fue el embarazo?

Se demoraron en hacernos el primer control prenatal porque nos mandaron al siquiatra. Sobre el octavo mes, él pidió la última ecografía transvaginal. Lo bloquearon del sistema de salud porque le dijeron que él estaba haciendo trampa, que cómo un hombre se hacía esa ecografía. Luego, el día del parto fue horrible. Los médicos de los dos turnos entraban a vernos como si fuéramos un circo.

No sabía cómo hablar de las violencias a través del arte. Pero luego, el arte me hizo reconocer esto en mí, cuando toda la vida me habían hecho sentir que ni siquiera debería existir

¿Y el registro?

A los 15 días fuimos a la Registraduría Nacional del Santa fe. Ahí me conocían, yo había llevado a varias compañeras a procesos de identificación. La señora que me atendió puso el grito en el cielo. Amenazó con llamar al bienestar familiar. Me imaginé lo peor, que iban a vernos como degenerados.

Me ayudó una abogada. El registrador se disculpó. A partir del nacimiento de Lucci se creó un protocolo especial para el registro civil de hijos de personas trans. Es el primer registro en Colombia en donde la mamá aparece con sexo masculino y el papá con sexo femenino.

¿Qué es para usted la maternidad?

La visión de la maternidad cambió. El papel es romantizado. Está llena de sacrificios. Además, ¿qué hace una travesti en la calle con una bebé? Mi expareja se fue cuando Lucci tenía 7 meses. Todo esto me hizo replantearme. Me llenó de ideas y creaciones artísticas.

Lucci es increíble. Es amorosa, inteligente. Le va a tocar una vida sin estructuras de religión, género; sin prejuicios, sin tabúes. Ojalá tenga más vida, quiero ver crecer a mi chiquita.

¿Qué quiere para Lucci?

Mi sueño es tener una ecoaldea con Lucci. El panorama no es favorable y pienso en otras formas de vida: que crezca al lado de la tierra, que pueda sembrar su comida.

El universo es maravilloso. Dicen que los hijos escogen a los padres. Si eso es cierto, no se por qué Lucci escogió a dos papás travestis. Es maravilloso: después de vivir la presión, el estrés, llegar a la casa y sentir que me recibe es tan lindo. O despertarme y que me diga que me ama, me llena la vida. Al final del día, todo lo que hago vale la pena por ella.

NATALIA NOGUERA - monnog@eltiempo.com
REDACCIÓN EL TIEMPO

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